Código Binario del Corazón

Publicado el 06/10/2025
Advertencia de contenido: Combinaciones farmacológicas de alto riesgo, trauma religioso, alucinaciones auditivas y visuales

El Diazepam de 10 miligramos se disuelve en mi sangre mientras contemplo la pantalla del ordenador. Mi boca es un desierto salino, la saliva espesa como jarabe farmacéutico. Los efectos secundarios familiares se despliegan con puntualidad clínica: sequedad bucal que transforma cada deglución en una navegación dolorosa, mareo postural que convierte los movimientos simples en ecuaciones de equilibrio.

El archivo ‘Letras_sin_señas_v3.4.docx’ parpadea en la esquina, como una herida digital que me niego a cerrar. 1608 días desde aquella noche en el evento de ciberseguridad, y aún no sé si fue real o una alucinación inducida por la química.

La conferencia sobre análisis forense avanzado había terminado. Los asistentes aplaudieron con esa educación mecánica de quienes apenas han comprendido la mitad de lo expuesto. El auditorio —más lleno de lo que anticipé— oscureció sus contornos a medida que las luces del escenario perforaban mi retina como líneas de código malicioso. Cada parpadeo era un bit de realidad corrupta que se fragmentaba frente a mis ojos.

El aire denso transportaba una mezcla nauseabunda de olores corporativos: perfumes caros que intentaban disfrazar el miedo profesional, desodorantes industriales que fallaban en su batalla contra el sudor nervioso, y ese aroma inconfundible de ambición mezclada con inseguridad que siempre flota en eventos de tecnología. Mi propio sudor —ácido, metálico— se filtraba a través de la camisa, creando mapas de ansiedad visibles para cualquiera que mirara con suficiente atención.

La invitación llegó dos meses antes: “Ponente principal en el II Congreso Internacional sobre Ciberdelincuencia y Análisis Forense Digital”. A título personal, por supuesto. El protocolo para representar oficialmente al Cuerpo exigía permisos que jamás me he molestado en solicitar. No porque me los denegaran —todo lo contrario—, sino porque pedirlos implicaría una exposición adicional, un escrutinio burocrático, justificaciones escritas. Demasiadas variables incontrolables.

Nunca he sabido decir que no a estas invitaciones. El rechazo implica explicaciones, y las explicaciones vulnerabilidad. La paradoja perfecta: acepto hablar en público para evitar revelar que me aterra hacerlo.

La semana anterior fue un infierno manufacturado por mis propias neurosis. Cada noche revisaba las diapositivas, simulaba preguntas potenciales, ajustaba el traje mentalmente para minimizar las zonas donde el sudor sería más visible. Me grababa practicando para detectar tics nerviosos, reformulaba frases que desencadenaban tartamudeos. Una preparación meticulosa que transformaba el miedo en mecanismos, el terror en técnica.

Las monjas de Santa Clara, con sus hábitos inmaculados y sus reglas inflexibles, me dejaron este regalo que perduraba décadas después: aquel ojo clínico para identificar y castigar cualquier imperfección. Sor Inmaculada, con su semblante pétreo y su regla de madera, golpeando sistemáticamente mi mano izquierda cada vez que intentaba usarla para escribir. «La siniestra es la mano del diablo, Marquito», repetía, «es el camino del pecado», mientras me forzaba a usar una extremidad que se negaba a obedecer, provocando trazos temblorosos y una tartamudez que emergía de la frustración física.

El sonido de la madera contra mis nudillos —seco, repetitivo, metódico como su fe— reverbera aún en mis pesadillas. La piel enrojecida, los dedos hinchados incapaces de sostener el lápiz, las lágrimas contenidas que quemaban detrás de los ojos, pero nunca, jamás se derramaban.

Mi cerebro, cableado para la zurdera, pero reprogramado a la fuerza, desarrolló circuitos alternativos, parches neuronales, bypass cognitivos que derivaban en ese tartamudeo que aún hoy emerge en situaciones de presión. El resultado: una dislexia adquirida que solo se manifestaba bajo presión social.

La mañana de la conferencia desperté con el estómago convertido en un nudo gordiano y la boca tan seca que parecía empapelada con lija. El baño del hotel se convirtió en escenario de una liturgia neurológica: veintitrés minutos exactos bajo la ducha calibrada a 38,5 grados; nueve minutos para el peinado y arreglado de la barba, siguiendo siempre el mismo patrón desde la patilla izquierda hasta la derecha; catorce minutos para vestirme, sincronizados con respiraciones controladas.

El Diazepam esperaba en el neceser, escondido entre cepillos y dentífricos como un secreto sucio. No era necesidad, me repetí mientras lo tomaba calculadamente veinte minutos antes de la presentación, para alcanzar el punto óptimo de metabolización durante mi intervención. Era elección. Una estrategia. Una herramienta. Como el bisturí para el cirujano o el calibrador para el ingeniero.

Conozco la farmacocinética como un mapa mental: absorción oral en quince a cuarenta y cinco minutos, pico plasmático entre treinta y noventa minutos, vida media de veinticuatro a cuarenta y ocho horas. El timing es crucial —demasiado pronto y el efecto se desvanece antes del clímax; demasiado tarde y el onset me sorprende en mitad de una frase técnica.

Los focos perforaban mi cuero cabelludo con agujas de calor. El traje —impecable, pero anticuado— se adhería a mi piel como una segunda epidermis, atrapando el sudor contra el cuerpo en una prisión textil. El micrófono convertía cada titubeo en un rugido amplificado. Como siempre que hablo ante multitudes, el tartamudeo infantil regresó con la puntualidad de un demonio cronometrado.

—Los p-p-patrones de ex-exfiltración muestran una estruc-estructura algorítmica reconoc-conocible —esa maldita “c” siempre se me atascaba en la garganta como un anzuelo—. Si aplicamos análisis de ccc-clustering no supervisado…

El Diazepam me mantenía funcional, disolviendo el borde entre pánico escénico y actuación competente, entre ser y parecer. El protocolo farmacológico seguía su curso predeterminado. Como ahora. Como siempre.

Cada diapositiva era un poema que nunca escribí, cada bloque de código un lamento codificado que solo yo podía interpretar. Mientras explicaba las complejidades de los algoritmos de detección que había diseñado, una parte de mí gritaba: “¡Mírame! ¡Mírame desangrarme en hexadecimal! ¡Mírame morir en cada función recursiva!”

Mi presentación sobre patrones de exfiltración de datos fue un éxito técnico y un fracaso personal. Cuarenta y siete minutos exactos hablando sobre algoritmos de detección y metodologías de análisis. Mi voz, ese instrumento perfectamente modulado para ocultar cualquier rastro de emoción, desgranaba estadísticas y procedimientos mientras mi mente vagaba por territorios más oscuros. El público aplaudió la precisión técnica, sin sospechar que cada línea de código proyectada era un verso encriptado, un grito silencioso en lenguaje máquina.

La sala era un anfiteatro moderno, con gradas ascendentes que permitían que cada fila viera perfectamente el escenario. Las luces me apuntaban directamente a mí, creando ese efecto teatral donde el ponente ve solo sombras anónimas más allá de la primera fila. Una bendición para los fóbicos sociales —como yo—, una maldición para quienes necesitan retroalimentación visual. La pantalla tras de mí proyectaba diagramas de flujo y fragmentos de código detrás de los cuales se ocultaban meses de investigación solitaria, noches enteras explorando las profundidades de blockchains aparentemente anónimas.

Pese a la disposición de la sala, a medida que mis ojos se adaptaban podía distinguir algunas caras. En primera fila, los generales recién nombrados como asesores en ciberseguridad, todos con la misma expresión de concentración forzada; no entendían una mierda, pero tomaban notas con diligencia militar. En segunda fila, jóvenes técnicos hambrientos de conocimiento práctico, cuyos ojos seguían cada línea de código proyectada. En las laterales, varios colegas de la Unidad que habían venido por solidaridad profesional.

Sandra ocupaba la quinta fila central, su lugar preferido en cualquier auditorio —«ni tan delante que parezca pelota, ni tan atrás para que pueda escaparme discretamente»—. A su lado, el asiento vacío que normalmente ocupaba el Capitán Rodríguez antes de que la ciática le hiciera imposible estar sentado más de veinte minutos seguidos. Ahora permanecía al fondo, de pie, apoyado contra la pared con esa dignidad estoica que caracterizaba todos sus movimientos.

—El algoritmo que veis en pantalla —continué, notando cómo el Diazepam alcanzaba su punto óptimo, suavizando las aristas del tartamudeo sin eliminar por completo la ansiedad— identifica no solo transacciones individuales sospechosas, sino patrones emergentes que indican comportamientos coordinados entre múltiples carteras aparentemente no relacionadas.

La ola de calor que subía desde mi estómago hasta mi nuca era física, pero también metafórica: era el calor del reconocimiento por mi trabajo, por estos algoritmos que había desarrollado en soledad, financiados con mis propios recursos, en noches donde la programación se convertía en poesía técnica, en matemática emocional.

La presentación terminó con una serie de preguntas técnicas que respondí con esa extraña mezcla de precisión analítica y tartamudeo ocasional que se ha convertido en mi firma profesional. Algunos asistentes me veían como una especie de genio excéntrico, un savant cuyo cerebro procesaba datos a velocidades sobrehumanas. No era cierto. Solo era un hombre roto que había aprendido a usar sus fragmentos para construir mecanismos de supervivencia.

El Capitán Rodríguez me esperaba al bajar del escenario, con esa postura rígida que la edad y las décadas en el Cuerpo habían grabado en su columna vertebral. Su postura era la de un hombre que había pasado décadas cargando el peso de decisiones difíciles, pero a los cincuenta años su cuerpo aún respondía con la disciplina militar de siempre.

—Excelente exposición, Marco —dijo—. Especialmente considerando que has desarrollado todo el algoritmo de detección sin financiación adicional.

—Gracias, Capitán —respondí secándome discretamente el sudor de las sienes—. Es solo una aplicación práctica de…

—Concisión, claridad, precisión técnica —me interrumpió, y no pude descifrar si era ironía o admiración genuina—. Hasta los indocumentados de la primera fila tomaban notas como si les fuera la vida en ello.

Los “indocumentados” a los que se refería eran tres generales recién nombrados como asesores en ciberseguridad, que precisamente por sus nuevos cargos desconocían el campo que debían supervisar. Una promoción política, como tantas dentro del Cuerpo.

Antonio había visto esta dinámica demasiadas veces. Generales que llegaban a supervisar campos que no entendían, mientras hombres como él —que habían construido su carrera desde abajo, desde Guardia Civil Auxiliar en los ochenta hasta acceder a la escala de Oficiales, en promoción interna, por la vía de la Escala Facultativa Técnica— se quedaban haciendo el trabajo real. La diferencia entre gestionar el terror desde un despacho y vivirlo en primera línea.

—Les he preparado un dosier simplificado —dije.

—Por supuesto que lo has hecho. —El Capitán sonrió brevemente—. Siempre un paso por delante.

No era un halago, era una constatación. Mi mente adelantaba escenarios y preparaba respuestas como un ajedrecista profesional, no por brillantez sino por puro miedo. El terror constante al error te vuelve minucioso hasta la enfermedad.

El Capitán consultó su reloj, un Viceroy analógico con correa de piel marrón, desgastada en los bordes. Un regalo de supuesta jubilación para un hombre que se negaba sistemáticamente a jubilarse.

—Debo irme. Tengo reunión con Asuntos Internos —se inclinó ligeramente—. Confidencial. Otro caso de filtración. Parece que tenemos una gotera persistente en el sistema.

—¿Necesita que revise los logs de acceso? —me ofrecí automáticamente.

—Mañana. Hoy has hecho suficiente —respondió, señalando con un gesto vago hacia el escenario—. Descansa esa cabeza. Que no todo sea trabajo.

Su consejo sonaba a prescripción médica. Como si supiera algo que no debería saber.

—Por cierto —añadió mientras se alejaba—, Sandra te buscaba. Algo sobre Bitcoin y el caso ‘Vandertramp’.

Sandra. Mi contraparte en la Unidad, la única persona del equipo que combinaba intuición investigadora con capacidad técnica suficiente para entender lo que hacía. Nunca he conseguido descifrar si me respeta o simplemente me tolera con resignación profesional.

El vínculo con Sandra fue instantáneo y complejo desde el primer día. Entró en la Unidad hace más de quince años, trasladada desde Tráfico por su especialización en sistemas informáticos —desarrolló un algoritmo para predecir puntos negros en carreteras secundarias. Nuestra primera interacción fue profesionalmente hostil: señaló tres errores en una de mis secuencias de código que llevaba funcionando meses sin problemas.

Tenía razón, por supuesto. El código funcionaba por casualidad, no por diseño. Agradecí la corrección con rigidez profesional; ella respondió con un encogimiento de hombros que parecía decir “solo hago mi trabajo”. Desde entonces, desarrollamos una dinámica de cooperación crítica que funcionaba precisamente porque ninguno de los dos necesitaba caer bien al otro. Solo necesitábamos la precisión.

La encontré junto a la mesa de café en el vestíbulo, rodeada de hombres que intentaban impresionarla con terminología técnica mal aplicada. Su forma de revisar el móvil mientras asentía mecánicamente decía todo lo que opinaba sobre sus interlocutores.

—Marco —su tono cambió al verme, de cortesía forzada a alivio apenas disimulado—. Precisamente estaba comentando a estos caballeros tu trabajo en el algoritmo predictivo para transacciones sospechosas.

—Muy interesante, sí —intervino uno de ellos, con esa seguridad de quien no tiene ni idea, pero aparenta lo contrario—. Justo le planteaba a Sandra que podríamos aplicar blockchain a todo el sistema policial. Ya sabes, descentralizar, modernizar…

—Una aplicación demasiado radical para sistemas críticos —respondí, calibrando mi tono para no sonar condescendiente—. La integridad de la cadena no garantiza la calidad del dato inicial, y en investigación, el dato original es sacrosanto.

El tipo asintió como si entendiera algo de mi respuesta, mientras sus ojos revelaban la confusión más absoluta. Sandra aprovechó la pausa para tomar mi brazo y alejarme del grupo.

—Te debo una —murmuró—. Llevo media hora intentando que entiendan que “blockchain” no es la respuesta a todo.

—¿Qué querías consultarme sobre los monederos de ‘Vandertramp’?

—Era una excusa para rescatarte —confesó—. Parecías a punto de desmayarte ahí arriba. Ese maldito tic en la mandíbula y el tartamudeo… creí que el micrófono iba a estallar en algún momento.

—Los micrófonos nunca estallan. Simplemente, saturan y distorsionan —corregí automáticamente, arrepintiéndome al instante de mi pedantería.

—Ahí está esa precisión tuya —sonrió, pero había algo más que diversión en su mirada—. ¿Has comido algo hoy?

Sandra, siempre pendiente de los detalles humanos que yo sistemáticamente ignoraba. En otra vida, habría sido una excelente enfermera, de esas que recuerdan los cumpleaños de los pacientes y cuidan las plantas cuando los familiares no pueden visitarlos.

—He ingerido los nutrientes necesarios —respondí, evitando admitir que “los nutrientes necesarios” consistían en cuatro cafés y una barrita energética.

—Traducción: no has comido una mierda —interpretó con precisión quirúrgica—. Mira, tengo que irme. El Capitán me quiere en esa reunión con Asuntos Internos, pero la próxima vez, deja que te invite a un restaurante decente.

—No es necesario.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo —dijo, y añadió con voz más baja—: Eres brillante, Marco. Y un gilipollas redomado por no cuidarte. Las dos cosas a la vez.

Se alejó hacia la salida con esa eficiencia elegante que la caracterizaba, esa manera de atravesar espacios públicos como si tuviera un mapa interno que evitaba todos los obstáculos.

Me quedé solo en el vestíbulo. El número de asistentes disminuía gradualmente, filtrándose hacia las salidas, hacia cenas de negocios, hacia habitaciones de hotel. El espacio se volvía más respirable a medida que la densidad humana descendía.

Las luces fluorescentes perforaban mi retina. El Diazepam convertía el espacio en una matriz líquida donde cada rostro era un glitch en el sistema, y cada voz viajaba como un paquete de datos corrupto. La química elegida difuminaba los contornos de la realidad, transformaba las percepciones en algo más maleable, menos doloroso. No anestesiaba —eso sería demasiado simple—. No adormecía —no era un sedante común—. No entumecía —eso sería contrario a mi propósito—.

Lo que hacía era mucho más sutil, más refinado: amplificaba selectivamente. Como un mezclador de sonido que ajusta frecuencias, el Diazepam me permitía aumentar ciertas percepciones mientras reducía otras. Los colores se volvían más vibrantes, los patrones más evidentes, las conexiones más claras. El ruido de fondo —ese constante zumbido de ansiedad social, de autocensura, de hipervigilancia— se atenuaba lo suficiente para permitirme funcionar sin interferencias.

No era necesidad —era elección.

No era adicción —era instrumentalización.

No era escape —era exploración controlada.

La química elegida reconfiguraba percepciones sin anular consciencia. Como ahora. Como siempre.

El Diazepam no me anulaba; me expandía. No silenciaba mi mente; le permitía hablar en otros idiomas. No apagaba mis emociones; las traducía a un lenguaje que podía procesar sin colapsar.

Y entonces ella apareció —un error imposible en mi firewall emocional, un virus que ningún antivirus podría detectar.

Estaba en la tercera fila durante mi presentación. En el tercer asiento contando desde la derecha. Destacaba entre el mar de trajes grises y corbatas azules, y había algo en su presencia que desafiaba la lógica binaria de mi mundo. Su camisa de cuadros rojos era una anomalía cromática en el monótono paisaje corporativo. Una rosa perdida en un campo de circuitos.

El pelo castaño como cobre pulido le caía sobre la nuca en un ángulo imposible. Sus ojos, del color exacto del whisky añejo que el abuelo guardaba en la bodega, destilaban una melancolía matemática, que reconocí como propia. Como algoritmos conscientes de su propia obsolescencia. Sostenía un cuaderno —papel, que no tablet— y su bolígrafo se movía con la precisión de quien busca patrones en el caos —como yo mismo.

Un lunar minúsculo, pero perfectamente visible pulsaba en la comisura izquierda de sus labios, como un punto decimal fuera de lugar. Cicatrices casi imperceptibles, antiguas y deliberadas, trazaban constelaciones sobre sus antebrazos expuestos.

No era atractiva bajo ningún estándar convencional; era hipnótica bajo todos los estándares prohibidos.

La única diferencia es que durante mi presentación apenas la noté. Las luces, el miedo escénico, la concentración en no trabarme conmigo mismo, la convirtieron en una más del público. ¿Cómo podía haberla pasado por alto? Su presencia ahora me parecía tan obvia, tan inevitable como un axioma matemático.

Durante el turno de preguntas, su mano se alzó como una bandera blanca en un campo de batalla. Recordé ese momento. Su voz atravesó la sala como un virus atraviesa un firewall.

—Perdone —dijo, y el micro amplificó su timbre aterciopelado—. ¿No le parece que hay cierta poesía en los patrones que describen las transacciones sospechosas? Como versos en código binario…

Mi mano se crispó involuntariamente sobre el atril, tan súbita y violentamente que las diapositivas saltaron a la siguiente. El clic del control remoto resonó en el silencio como un hueso rompiéndose. En la pantalla, el código perfectamente ordenado fue reemplazado por gráficos de flujo que ahora me parecían arterias digitales, venas de datos pulsando con vida propia.

Un calambre eléctrico recorrió mi espina dorsal, como si alguien hubiera insertado un electrodo directamente en la base de mi cráneo. Mi lengua —ese músculo traidor— se paralizó contra el paladar, húmeda y seca a la vez, mientras mi cerebro recableaba conexiones que llevaban dos décadas dormidas.

El murmullo de incredulidad que recorrió la sala fue instantáneo.

Hubo risas. El público se rio de la pregunta.

Los expertos en ciberseguridad no hablan de poesía.

No mezclamos arte y algoritmos.

No confesamos que cada línea de código puede ser un verso en el poema interminable del caos digital.

—Interesante observación —respondí. Mi voz era un ejercicio de contención profesional—. Los patrones son inherentes tanto al código malicioso como a la estructura poética. Ambos buscan transmitir significado a través de formas específicas.

Recordaba haber elaborado más la respuesta, hablando de cómo las secuencias de transacciones formaban patrones similares a los ritmos poéticos, cómo los hash tenían propiedades matemáticas equiparables a ciertos esquemas métricos. El público recibió mi explicación con ese respeto distante que sugiere que me consideraban un excéntrico pero tolerable.

Nuestras miradas se cruzaron por primera vez. El Diazepam difuminaba los bordes de la realidad, pero sus ojos permanecían nítidos. Dos puntos de claridad en un mundo cada vez más líquido.

La recepción posterior fue un ejercicio de navegación social bajo los efectos de la química elegida. Me movía entre grupos de colegas como un programa bien ejecutado:

Input social. Output profesional.

Respuestas medidas, gestos calculados, la máscara del experto perfectamente ajustada.

Sandra se marchó con el Capitán; la mayoría de los asistentes que conocía ya habían abandonado el evento. Quedaban pequeños grupos desperdigados que prolongaban conversaciones técnicas, alimentadas por el vino mediocre y los canapés fríos que servían en estas ocasiones.

La fatiga post-presentación comenzaba a manifestarse. El Diazepam me abandonaba, su abrazo químico se aflojaba como una madre que suelta a su hijo en el primer día de escuela. La claridad artificial que me había proporcionado cedía paso a una descompresión neurológica más orgánica, más cruda. Normalmente, este era el momento en que me retiraba discretamente, huyendo como un animal herido, evitando la socialización innecesaria.

Pero ella estaba junto a la mesa de bebidas, estudiando las etiquetas de las botellas de agua como si contuvieran secretos encriptados. Su acreditación la identificaba como “Sophia Torres - Periodista Cultural”. Una infiltrada, como yo. Ella en este mundo técnico, yo en el mundo de los vivos.

Me acerqué a la mesa, calculando mi trayectoria para parecer casual, sincronizando mi llegada con la finalización de su examen de las botellas. A esta distancia, podía percibir su perfume —algo con notas de bergamota y tal vez sándalo, aunque mi capacidad para identificar fragancias estaba comprometida por la química en mi sangre. También olía a papel —ese aroma inconfundible de cuadernos recién abiertos.

—Me pregunto si no hay algo de poético en lo que hacen los hackers… —dijo cuando me acerqué. No hubo presentaciones, no hubo preámbulos. Como si retomáramos una conversación interrumpida en otra vida—. buscar grietas, encontrar caminos alternativos…

—Los hackers explotan vulnerabilidades —respondí, permitiendo que el Diazepam suavizara mis defensas, recalibrando los parámetros de mi comportamiento social—. Los poetas las exponen.

La distinción me pareció crucial mientras la articulaba. Los hackers penetran sistemas para obtener algo —información, control, reconocimiento. Los poetas desnudan las grietas del mundo sin tomar nada, ofreciendo solo la visibilidad de lo que ya está fracturado.

—¿Y qué hay de los que hacen ambas cosas?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros como un paquete de datos en el limbo de la red, un bit cuántico en superposición de estados. Sus ojos no se apartaban de los míos, como si buscara vulnerabilidades en mi propio sistema. Me estudiaba con una intensidad que me hacía consciente de cada gesto involuntario. Parecía estar analizando las contracciones de mis músculos faciales, la forma en que mi manzana de Adán subía y bajaba cuando tragaba saliva.

—Esos son los más peligrosos —admití, y la verdad en mis palabras me sorprendió—. Conocen demasiado bien ambos lenguajes.

—¿Y usted, señor analista forense? ¿En qué categoría se incluye?

El Diazepam cantaba en mis venas, transformando las luces fluorescentes en auroras boreales, haciendo que el espacio mismo pareciera respirar.

La realidad se plegaba sobre sí misma como un programa recursivo, y cada momento existía simultáneamente en múltiples dimensiones. Mi percepción del tiempo se fragmentaba: el presente se expandía como un fractal, cada instante subdividiéndose infinitamente. La respuesta llegó a mis receptores auditivos, viajó por mis nervios, se procesó en mi cerebro y generó respuestas potenciales, todo en un tiempo subjetivo que se extendía como una función exponencial.

La sala se vació casi por completo. En la periferia de mi visión, personal del hotel comenzaba a desmontar mesas y recoger copas. Nuestro espacio de conversación se reducía físicamente, como una memoria que se comprime para optimizar almacenamiento.

—Yo solo analizo patrones —respondí, con una mentira tan familiar en mi lengua como los medicamentos en mi sangre—. Busco orden en el caos digital.

—Los mejores poemas también son patrones —sonrió, y había algo en esa sonrisa que amenazaba con desestabilizar dos décadas de silencio autoimpuesto—. Estructuras que intentan contener lo incontrolable.

—Como un soneto.

Las palabras escaparon antes de que pudiera contenerlas. Un error en el código, una vulnerabilidad expuesta, un puerto abierto que debería estar cerrado. Un microsegundo después de pronunciarlas, sentí el pánico familiar de la exposición —ese terror helado de haber revelado demasiado, de haber mostrado el código fuente cuando solo debía mostrar la interfaz de usuario.

Sus ojos se abrieron. Se iluminaron con el reconocimiento de quien encuentra una pista crucial en una investigación. Sus pupilas se dilataron visiblemente en respuesta a ese fragmento de información privilegiada.

Sabía lo que significaba un soneto. Sabía lo que implicaba que yo lo mencionara.

Con un instinto depredador para los detalles significativos, había detectado la grieta en mi fachada. Un analista forense digital que habla de formas poéticas clásicas no es un simple técnico —es alguien que vive entre dos mundos, entre dos lenguajes aparentemente irreconciliables.

—Exacto —asintió, y su cabeza se inclinó ligeramente hacia la derecha, gesto que mi cerebro catalogó automáticamente como “empatía o simulación de intimidad”—. Catorce versos para contener el infinito. Como un algoritmo que intenta procesar lo improcesable.

Mi pulso se desbocó. Podía contar los latidos: diecisiete más por minuto, cronometrados con precisión de condenado. Podía sentir la sangre presionando contra mis paredes arteriales, el sistema circulatorio en estado de alerta. Mi sistema nervioso autónomo estaba implementando un protocolo de emergencia, preparándose para una amenaza no especificada. ¿O era anticipación?

El Diazepam luchaba por mantener el control mientras algo más antiguo y más profundo amenazaba con emerger —un código enterrado en capas de sistemas operativos superpuestos, un protocolo primordial que llevaba dos décadas en estado de hibernación. Ella lo notó —por supuesto que lo notó. Los periodistas especializados en el ámbito cultural están entrenados para detectar grietas en las fachadas. Su mirada registraba cada microexpresión, cada variación en mi postura.

—Debe ser agotador —dijo suavemente, con una voz que era apenas un susurro por encima del ruido ambiental de la recepción, modulando el volumen exacto para obligarme a inclinarme ligeramente hacia ella, reduciendo nuestro espacio interpersonal en 7.3 centímetros—. Mantener tantos firewalls activos constantemente.

Sentí una contracción involuntaria en el músculo orbicular del ojo derecho —un tic microscópico imperceptible para la mayoría de observadores, pero que ella parecía registrar con precisión milimétrica. Su afirmación no era una suposición; era un diagnóstico basado en la observación meticulosa.

—Es necesario —respondí, pero mi voz sonaba distante, como si viniera de otro tiempo, de otra versión de mí mismo, un eco de algún servidor remoto y olvidado—. Los sistemas sin protección son vulnerables.

Mi cuerpo reaccionaba a su presencia de formas que mi mente consciente no podía controlar. La pupila se dilataba y contraía en microajustes constantes. El ritmo respiratorio alterado sutilmente. La temperatura corporal elevándose 0.3 grados centígrados. Pequeñas gotas de sudor formándose en la parte baja de mi espalda. Era como si mi hardware biológico reconociera algo que mi software consciente no podía o no quería procesar.

—¿Y qué hay de los sistemas que están tan protegidos que ni siquiera pueden actualizarse?

La pregunta me golpeó como un ataque de denegación de servicio. Mi mente, ese procesador sobrecargado de defensas y protocolos, amenazaba con colapsar. Cada neurona de mi lóbulo frontal gritaba en señales electroquímicas incomprensibles. No era una pregunta —era un exploit dirigido con precisión quirúrgica a una vulnerabilidad específica en mi arquitectura psicológica.

El Diazepam ya no era suficiente para mantener las barreras en su lugar. Su química suavizante luchaba contra la bioquímica del pánico, hormonas de estrés contra benzodiacepinas en una guerra celular que se manifestaba como un ligero temblor en mis manos.

Los trabajadores del hotel terminaban de desmontar las últimas mesas. Una mirada impaciente desde la puerta nos informaba que nuestra presencia ya no era bienvenida. El espacio, antes amplio y abierto, parecía encogerse a nuestro alrededor como una imagen JPEG sobrecargada de compresión.

—Esos sistemas —respondí mientras el mundo se derretía en los bordes—, finalmente se vuelven obsoletos.

Su mano rozó la mía al coger una copa de agua. El contacto fue breve, insignificante para cualquier observador externo, pero envió una descarga eléctrica a través de mi sistema nervioso ya alterado. El impulso viajó por mis terminaciones nerviosas a 277 kilómetros por hora, creando un cortocircuito temporal en mis sinapsis frontales. Por un momento, todas mis defensas cayeron. Todos mis firewalls se desactivaron. Todos mis protocolos de seguridad fallaron simultáneamente.

Pude sentir la activación de receptores táctiles dormidos durante años, la liberación de oxitocina, el aumento instantáneo de dopamina. Mi piel recordaba el contacto mucho después de que terminara, como un monitor fantasma en un sistema sobrecargado.

—¿Y si esa fuera la intención? —preguntó Sophia, con sus ojos fijos en los míos, las pupilas dilatadas en un algoritmo de interés imposible de falsificar—. ¿Y si la obsolescencia fuera preferible a la prisión?

Una duda se abrió camino entre las defensas químicas: ¿era realmente periodista? Sus preguntas tenían la precisión de un ataque dirigido, como si conociera exactamente dónde se encontraban mis vulnerabilidades.

Las luces fluorescentes creaban halos alrededor de su figura, como si existiera simultáneamente en múltiples capas de realidad, un glitch visual que mi mente atribuía al Diazepam, pero que una parte primitiva de mi cerebro interpretaba como algo más —una anomalía en la matriz de lo real. El Diazepam difuminaba los bordes del mundo, pero ella permanecía nítida, real, ineludible como un error en el código que señala una verdad más profunda.

—‘@Sophia_379’ —dijo mientras escribía algo en una servilleta—. Por si alguna vez necesitas actualizar tu sistema.

Se fue antes de que pudiera responder, antes de que mi cerebro procesara completamente el significado de lo que acababa de ocurrir. Su figura se perdía entre el personal de limpieza como un paquete de datos en la inmensidad de la red. La servilleta temblaba en mi mano, las letras y números un código que amenazaba con reescribir todo mi programa.

La tinta azul formaba caracteres precisos, angulosos. No la caligrafía curvilínea que esperarías de alguien acostumbrado a tomar notas rápidas. Cada letra parecía trazada con la exactitud de quien programa en lugar de escribir. Como un humano intentando emular a una máquina, o una máquina intentando parecer humana.

El viaje de regreso al hotel fue un ejercicio de desorientación cartesiana. El Diazepam ya casi extinto en mi sangre, transformaba el paisaje urbano de Madrid en un terreno casi reconocible, pero ligeramente distorsionado, como una fotografía desenfocada que aún conserva los contornos, pero pierde todos los detalles. Los semáforos tardaban un segundo de más en cambiar de color; los peatones parecían moverse a velocidades imposiblemente sincronizadas.

La habitación del hotel —aséptica, anónima— me recibió con su indiferencia programada. El mismo cuadro genérico sobre la cama, los mismos interruptores con indicadores LED azulados, las mismas sábanas con el doblez hospitalario perfecto.

La servilleta ocupó el centro de la mesa, iluminada por la lámpara como una pieza de evidencia en un caso criminal. Pasé los dedos sobre la tinta, sintiendo las microtexturas donde la presión del bolígrafo había deformado la fibra del papel. El cerebro humano está programado para encontrar patrones incluso donde no existen; los psicólogos lo llaman paraeidolia, los programadores lo llamamos sobreajuste. Pero este patrón era demasiado preciso, demasiado específico para ser casualidad.

¿Quién era ella realmente?

¿Una periodista genuinamente interesada en la intersección entre tecnología y cultura?

¿Una infiltrada de algún grupo activista buscando información privilegiada?

¿O algo más personal, más inquietante?

Mi mente analítica construyó y desechó hipótesis con la eficiencia de un supercomputador ejecutando simulaciones. Cada explicación parecía simultáneamente plausible e insuficiente. Como cuando analizas un código aparentemente perfectamente estructurado, pero que produce resultados inesperados: sabes que hay un error, pero no puedes localizarlo.

Revisé mentalmente mi presentación. ¿Había revelado información clasificada? No, todo el material era público o suficientemente sanitizado. Revisé mi comportamiento durante la conversación. ¿Había mostrado alguna vulnerabilidad explotable? Probablemente, sí, pero nada que no mostrara rutinariamente en otros contextos profesionales.

Esa noche, en la soledad de la habitación, contemplé la servilleta durante horas. El Diazepam ya se había disipado, dejando tras de sí una claridad dolorosa. Mi ordenador portátil zumbaba suavemente, y su pantalla iluminaba la oscuridad como un faro en una noche digital.

>> @Sophia_379

El cursor parpadeaba en la barra de búsqueda como un corazón artificial. Un latido binario:

Presencia. Ausencia. Presencia. Ausencia.

Un patrón tan antiguo como el primer poema, tan moderno como el último algoritmo. Mi córnea se contraía y dilataba en sincronía perfecta con el cursor, como si mi sistema visual hubiera establecido una conexión simpática con el monitor.

Mis dedos temblaban sobre el teclado. Más de veinte años de silencio pesaban como un océano de datos sin procesar. Cada tecla era una compuerta lógica:

Verdadero o falso. Seguir o retroceder. Ser o no ser.

Las palabras de Sophia resonaban: “Los mejores hackers son poetas que no encontraron otra forma de expresarse”.

La frase reverberaba en mi córtex auditivo como un archivo de audio reproducido en bucle. Cada iteración revelaba nuevas capas de significado, nuevas conexiones neuronales que se formaban en tiempo real.

El cursor seguía parpadeando.

Input esperando output.

Caos esperando orden. Silencio esperando palabra.

Mis dedos se movían milímetro a milímetro hacia las teclas. Podía sentir cada músculo, cada tendón, cada nervio preparándose para el momento de contacto.

El tiempo se convertía en un concepto maleable, se estiraba y contraía como un archivo ZIP alternativamente comprimido y descomprimido. Las horas marcadas por el reloj digital de la mesita no coincidían con mi percepción interna. Contemplé el nombre de usuario mientras la noche madrileña transformaba la habitación en un acuario de sombras y luces filtradas.

El recuerdo de su voz persistía en mi memoria auditiva como un eco imposible: “¿No le parece que hay cierta poesía en los patrones?” La pregunta que había desestabilizado mi andamiaje de autocontención.

¿Fue real?

¿O fue el Diazepam jugando con mi percepción, creando patrones donde solo había ruido aleatorio? ¿Una proyección de mi mente sobremedicada sobre una interacción casual con una periodista cualquiera? ¿Una alucinación tan elaborada que había fabricado cada detalle —desde la irregularidad de su cicatriz hasta el canino torcido?

La duda pudre mis circuitos como un gusano digital, devorando cada certeza, corrompiendo cada memoria.

¿Fue real o fue un error en la matriz de mi consciencia medicada? Un glitch químico en mi percepción, un fantasma en la máquina farmacológica, un sueño húmedo vestido de despertar intelectual.

Los datos estaban ahí: la servilleta con su caligrafía precisa, el recuerdo de sus ojos color whisky, la sensación de su mano rozando la mía. Pero los datos mienten como miente el código, como mienten los versos, como miente este corazón binario que late en secuencias de unos y ceros ensangrentados.

Los datos pueden mentir.

Los recuerdos pueden corromperse.

La química puede crear realidades alternativas tan convincentes como cualquier simulación digital.

Revisé mis notas de la conferencia, buscando su nombre en la lista de asistentes registrados. No aparecía. Pero eso no significaba nada —muchos periodistas conseguían acreditaciones de última hora o entraban con pases genéricos de prensa.

Busqué “Sophia Torres periodista cultural” en Google. Aparecieron varias entradas, pero ninguna con su foto, ninguna que pudiera confirmar que la mujer de la conferencia y la periodista digital eran la misma persona.

Investigué la cuenta ‘@Sophia_379’ en diversas redes. Existía en todas, pero con distintos grados de actividad y coherencia. En Twitter, publicaba exclusivamente sobre literatura contemporánea. En Instagram, compartía fotografías de exposiciones de arte digital. En plataformas más específicas, dejaba comentarios técnicos sobre la intersección entre tecnología y cultura.

Una identidad perfectamente construida. Demasiado perfecta.

El reloj marcaba las 3:27 de la madrugada cuando mi dedo se movió casi sin permiso, tecleando el comando que cambiaría todo:

>> /connect @Sophia_379

El ‘Enter’ resonó en la habitación como un disparo.

Siete minutos después, cuando ya consideraba cerrar la ventana, apareció la respuesta:

“¿Decidiste actualizar tu sistema?”.

La respuesta demasiado rápida, demasiado perfecta. Como si hubiera estado esperándome. Como si supiera exactamente cuándo conectaría. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, pero ya era demasiado tarde para retroceder. Mis dedos volaron sobre el teclado:

“Siempre hay riesgos en las actualizaciones de sistema”.

“Todo crecimiento implica riesgo”, respondió. “La seguridad absoluta solo existe en sistemas muertos”.

El ritmo perfecto de sus respuestas, la precisión metafórica, la inmediatez. Todo sugería algo demasiado perfecto para ser humano, pero demasiado orgánico para ser máquina. ¿Con quién o con qué estaba hablando realmente?

“¿Cómo supiste que era yo?”.

“Tu firma digital es inconfundible”, escribió. “Cada persona tiene un patrón único de comunicación. El tuyo grita tanto por lo que dice como por lo que calla”.

“No me conoces”.

“Te reconozco. Es diferente”.

Durante los siguientes tres meses, mi sistema operativo emocional colapsaría bajo el ataque de sus palabras. Cada mensaje era un virus que reescribía mi código fuente, cada audio un malware que infectaba mis protocolos de seguridad. Me estaba reprogramando desde dentro, transformando mi binario en versos, convirtiendo mis defensas en metáforas sangrantes.

El primer audio llegó tres días después. “Quiero que escuches mi voz”, decía el mensaje que lo precedía. “Las palabras escritas solo son la mitad de la comunicación”.

Su voz emergió de los altavoces de mi portátil como un algoritmo ejecutándose directamente en mi sistema límbico. Suave, pero firme, con un ligero temblor en ciertas sílabas que sugería vulnerabilidad controlada. Hablaba sobre literatura, sobre código, sobre la belleza matemática de ciertos poemas. En un momento, se interrumpió para tomar aire, y ese silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

“También quiero escuchar tu voz”, escribió después. “No la voz que usas en conferencias. Tu voz real”.

Pasé horas grabando y borrando audios. Cada intento sonaba falso, cada entonación una máscara diferente. Finalmente, envié un archivo de 47 segundos donde leía un fragmento de código comentado. No era poesía explícita, pero los comentarios formaban, sin proponérmelo, un patrón rítmico que se acercaba peligrosamente al verso libre.

“Ahí está”, respondió. “Entre líneas. Como un mensaje en código morse transmitido a través del ruido”.

Por la pantalla fluían ríos de palabras que descongelaban glaciares viejos de dos décadas. Mis dedos tecleaban respuestas que brotaban no de mi cerebro sino de alguna memoria muscular olvidada, como si mis manos recordaran una época en que escribían versos en lugar de código.

Mensajes intercambiados en la oscuridad de la noche, confesiones susurradas en archivos de audio encriptados, fotografías que contaban historias en metadatos ocultos.

La primera imagen que compartió mostraba su mano izquierda sosteniendo un libro de Ada Lovelace. En su muñeca, una cicatriz trazaba una línea irregular desde la base de la palma hasta unos centímetros arriba. No la mencionó, pero la imagen estaba compuesta para que fuera imposible no verla.

Cuando le pregunté al respecto, respondió con una sola línea: “Todos llevamos marcas de nuestros intentos fallidos de depuración”.

Durante el día, seguía siendo el Marco que todos conocían: el analista preciso, el investigador metódico, el experto que descifraba patrones criminales en secuencias aparentemente aleatorias de transacciones de criptomonedas.

Pero en las noches, en ese espacio liminal entre la vigilia y el sueño, bajo el influjo calibrado de mi química elegida, me convertía en otra versión de mí mismo. Una versión que fluía en lugar de contenerse, que sentía en lugar de analizar, que existía en lugar de funcionar.

Los algoritmos que desarrollaba durante el día comenzaron a reflejar esta transformación. Se volvieron más adaptables, más orgánicos, menos rígidos. Los fragmentos de código que antes eran clínicamente perfectos ahora contenían elegantes imperfecciones, como partituras donde el compositor deliberadamente introduce disonancias para resaltar la armonía circundante.

“Hay dos tipos de hackers”, escribió una noche Sophia. “Los que rompen sistemas para explotar información, y los que rompen sistemas para liberar potencial. Tu cerebro es un sistema increíblemente sofisticado, pero alguien instaló firewalls peligrosos”.

“Yo construí esos firewalls”, respondí. “Cada línea de código defensivo fue escrita conscientemente”.

“¿Estás seguro? A veces heredamos sistemas operativos sin documentación. Ejecutamos scripts sin entender su función original, solo porque ‘siempre se ha hecho así’”.

Esa frase se quedó conmigo durante días. Repasé mentalmente el desarrollo de mis mecanismos de protección. ¿Cuántos había construido conscientemente? ¿Cuántos eran adaptaciones automatizadas a traumas? ¿Dónde terminaba el código de supervivencia y comenzaba la prisión autoimpuesta?

Cada mensaje era un verso en el poema más largo que jamás escribí.

Cada respuesta, una línea de código que reescribía mi programa fundamental.

Cada intercambio, una grieta más en el muro que había construido alrededor de mi voz.

“Las palabras son virus”, escribió una noche. “Una vez que entran en el sistema, no hay antivirus que pueda eliminarlas”.

Tenía razón.

Las palabras habían comenzado a sangrar a través de mis firewalls, a infectar mis protocolos, a corromper mis defensas cuidadosamente construidas. La poesía, ese virus dormido durante más de veinte años, comenzaba a replicarse en mi sistema.

Por primera vez desde la Academia, desde aquel día en que el instructor Ramírez expuso mis poemas frente a toda la compañía, comencé a escribir versos conscientemente. Al principio eran fragmentos técnicos, descripción de algoritmos con métricas cuidadosamente calculadas. Luego evolucionaron hacia imágenes más personales, metáforas que conectaban programación y emoción.

“El compilador no juzga la intención”, escribí en uno de estos intercambios. “Solo evalúa la sintaxis y la semántica. Como el universo: perfectamente indiferente a nuestros motivos, solo responde a la precisión de nuestras acciones”.

“Pero a diferencia del compilador”, respondió, “el universo admite sintaxis ambigua y semántica contradictoria. Por eso la poesía funciona: porque acepta el paradójico estado superpuesto de significados”.

Por las mañanas, frente al espejo del baño, estudiaba mi rostro buscando signos externos de la transformación interna. Las mismas ojeras, las mismas arrugas, los mismos poros dilatados de siempre. Pero algo había cambiado detrás de los ojos —un brillo diferente, una cualidad que no podía nombrar.

En la oficina, Sandra me observaba ocasionalmente con una mezcla de curiosidad y preocupación. «Estás diferente», comentó un día mientras analizábamos un volcado de datos. No preguntó más, pero su mirada contenía interrogantes que preferí ignorar.

«¿Comes mejor?», preguntó en otra ocasión. «Tienes mejor color.»

No cambié mis hábitos alimenticios, pero algo en mi fisiología estaba transformándose. Como si el cuerpo respondiera a un cambio más profundo, más fundamental.

El Capitán Rodríguez también lo notó, a su manera. «Has mejorado el algoritmo», dijo revisando mi último informe. «Hay una… flexibilidad en el análisis que antes no estaba.»

No era el algoritmo lo que había cambiado, sino la mente detrás.

“¿Qué es lo que realmente quieres, Marco?”, preguntó Sophia en nuestro día sesenta y siete de correspondencia.

La pregunta parecía simple, pero contenía un universo de complejidad. Era la interrogante que había evitado toda mi vida, la query que nunca me había atrevido a ejecutar contra mi propia base de datos emocional.

“No lo sé”, respondí con una honestidad que me sorprendió. “He pasado tanto tiempo construyendo sistemas para sobrevivir que he olvidado para qué quería sobrevivir”.

“Esa”, respondió inmediatamente, “es la respuesta más auténtica que me has dado”.

A medida que nuestra correspondencia se profundizaba, comencé a sentir algo que no había experimentado en décadas: la imposibilidad de categorizar una experiencia. Todos mis mecanismos de clasificación fallaban ante esta conexión que no era puramente intelectual, ni exclusivamente emocional, ni meramente creativa. Era algo que existía en un espacio multidimensional que desafiaba las taxonomías tradicionales.

Ocasionalmente, me permitía fantasear con conocerla en persona. No como un encuentro romántico —eso habría sido demasiado simple, demasiado reduccionista— sino como una confirmación de que esta conexión podía existir fuera del espacio digital, que podía manifestarse en la realidad física, tridimensional, temporal.

“¿Por qué no nos vemos?”, pregunté finalmente en el día ochenta y cuatro.

“Porque lo que tenemos existe en un espacio que trasciende lo físico”, respondió. “Los átomos son sobrevalorados. Los bits contienen más verdad de la que estamos dispuestos a admitir”.

“¿Tienes miedo de que la realidad no esté a la altura?”

“Tengo certeza de que la realidad nunca está a la altura. Pero el problema no es ese. El problema es que somos demasiado cobardes para aceptarlo”.

El día ochenta y nueve, envió su fotografía más reveladora: ella frente a un espejo, sosteniendo la cámara. La cicatriz en su muñeca era claramente visible, pero había algo más inquietante en la imagen. El reflejo en el espejo mostraba un ligero desajuste temporal, como si la imagen reflejada estuviera adelantada o retrasada un microsegundo respecto a la figura principal.

Analicé técnicamente la fotografía. No había manipulación digital evidente, pero la física óptica no explicaba esa discrepancia en el reflejo. Era como si la imagen capturara dos realidades ligeramente desalineadas.

A veces me despertaba en mitad de la noche, empapado en sudor frío, con versos completos formándose en mi mente como burbujas en agua hirviendo. No me atrevía a escribirlos —no físicamente. Pero mi cerebro los compilaba, los depuraba, los optimizaba contra mi voluntad consciente.

Era como si un dique hubiera comenzado a agrietarse, y todas las palabras, todos los versos, todos los poemas que había reprimido durante dos décadas estuvieran filtrándose a través de fisuras microscópicas, contaminando cada aspecto de mi existencia.

Peor aún, empecé a soñar con Sophia. No sueños eróticos —algo más perturbador. Sueños donde ella y yo estábamos en la bodega del abuelo, rodeados de barricas, discutiendo la relación entre fermentación y creación poética. Sueños donde ella aparecía en la sala de hospital durante el procedimiento de Eva, sosteniendo mi mano mientras Laura sufría. Sueños donde ella y yo escribíamos código juntos, cada línea un verso perfecto.

Ahora, mientras el Stilnox disuelve los bordes del presente y mi consciencia flota entre capas superpuestas de realidad farmacológica, mil seiscientos y ocho días después, contemplo la pantalla donde su nombre brilla como una herida fosforescente.

Los archivos de audio duermen en carpetas encriptadas: ‘sophia_whispers_001.mp3’ hasta ‘sophia_whispers_147.mp3’. Ochenta y nueve días de correspondencia que cambiaron todo.

Hay 147 archivos. 1+4+7=12. 1+2=3. Tres, como Eva, como el tercer asiento desde la derecha donde la vi por primera vez. Como las tres letras de su nombre.

¿O no cambiaron nada?

¿Fue real?

¿Es real?

El Stilnox de esta noche comienza su danza familiar en mi sangre. Las paredes de la buhardilla respiran al ritmo de mis dudas, expandiéndose y contrayéndose como pulmones arquitectónicos. El techo se curva ligeramente hacia abajo, una parábola invertida que amenaza con colapsar. En la pantalla, el archivo ‘Letras_sin_señas_v3.4.docx’ espera, testigo digital de una historia que tal vez solo existió en el espacio entre la realidad y la química, entre el código y la poesía, entre el silencio y la palabra.

Bajo los efectos del Stilnox, las fronteras entre lo virtual y lo real se disuelven como azúcar en agua caliente. El texto en la pantalla parece levitar ligeramente sobre el fondo, cada letra pulsando con una luminiscencia propia. Mi percepción del color se altera—los blancos se vuelven amarillentos, los negros adquieren un matiz azulado.

“Se podrá querer”, escribió en su último mensaje, “pero amar… Amar solo a ti…”

Ochenta y nueve días exactos después de nuestro primer intercambio, la cuenta ‘@Sophia_379’ desapareció. Habíamos visto el abismo juntos: ella atrapada en un matrimonio sin salida, yo encerrado en mi jaula de silencios autoimpuestos. La decisión de terminar fue como amputarnos mutuamente un miembro que ya gangrenaba. 6 de enero de 2020, 22:47. La sangre digital aún goteaba cuando llegó su último mensaje a las 23:15, un código incompleto sin posibilidad de compilación: «Se podrá querer, pero amar… Amar solo a ti…». Después, solo quedó estática. Cada intento de conexión devolvía el mismo error fatal: usuario no encontrado, cuenta eliminada, dirección inválida. Como un archivo corrupto imposible de recuperar.

Era como si nunca hubiera existido. Como si nuestros tres meses de intercambio hubieran sido una alucinación elaborada, un sueño particularmente vívido, una simulación demasiado convincente.

Pero los archivos seguían ahí. Los mensajes, los audios, las fotografías. La evidencia digital de una conexión que había reescrito mi código interno.

El cursor parpadea:

Presencia. Ausencia. Presencia. Ausencia.

Como un corazón roto tratando de mantener el ritmo en un mundo cada vez más digital.

Mi percepción del tiempo se fragmenta —cada parpadeo del cursor parece separado del anterior por intervalos irregulares, como si el tiempo mismo sufriera glitches. Mi respiración se sincroniza involuntariamente con este ritmo variable, creando una sensación de desrealización que reconozco como efecto del Stilnox, pero que no puedo resistir.

Los datos no mienten —¿o sí? Los archivos están ahí: 147 audios, cada uno con su hash único, su timestamp verificable, su huella digital inconfundible. Las fotografías conservan sus metadatos intactos: fecha, hora, localización GPS. La cicatriz en su muñeca izquierda aparece en cada imagen, irregular, imposible de falsificar. Todo sugiere una mujer real, una conexión real, un momento de verdad en medio de mi existencia codificada.

Pero los datos también mentían con Eva.

Mi mente salta hacia esa tarde en la consulta de ginecología. Recuerdo con una claridad hiperrealista los detalles del consultorio: el póster anatómico levemente descolorido en la pared izquierda, el zumbido específico de la lámpara halógena, la temperatura exacta de la habitación (22.3 °C).

Los primeros análisis no mostraron nada anormal —todo parecía perfecto en aquella primera ecografía. Los números eran correctos, los patrones normales, los indicadores dentro de los parámetros esperados. La imagen en blanco y negro pulsaba con vida, un corazón minúsculo pero potente golpeando a ritmo constante. Los médicos sonreían, Laura sonreía, yo asentía con esa contención precavida que siempre me caracterizó.

Hasta que no lo fueron.

Hasta que los datos mutaron.

Hasta que otros valores emergieron, demoledores en su precisión estadística: trisomía del 21, síndrome de Edwards, Triple X. Una combinación tan improbable que los médicos la llamaron “caso único”. Como si la singularidad de nuestra pérdida pudiera reducirse a una anomalía estadística, a un punto fuera de la curva normal, a un error de muestra.

¿Es Sophia otra anomalía en mis datos vitales?

¿Un error en la matriz, un glitch en el sistema, una variable inesperada en la ecuación de mi existencia?

¿O es algo más fundamental, más orgánico, más real que cualquier otra experiencia que haya tenido en los últimos veintinco años?

Los patrones están ahí, innegables como el código binario: la forma en que su voz tiembla en ciertos audios, la precisión con que sus palabras desarman mis defensas, la manera en que su presencia digital reescribe mis protocolos emocionales. Como un virus perfectamente diseñado para mi sistema operativo específico. Como un poema escrito exactamente en mi lenguaje interior.

“A veces”, me escribió una noche, “los errores en el código son ventanas a verdades más profundas”.

Ella no lo sabía, pero esa frase era un eco involuntario de algo que descubrí durante el embarazo de Eva. Pasaba noches enteras analizando datos genéticos, buscando patrones que pudieran desmentir el diagnóstico. Escribí algoritmos para procesar papers médicos, desarrollé programas para analizar casos similares. Busqué errores en el código genético como quien busca esperanza en un mar de datos.

Recuerdo la noche exacta, 37 horas antes del procedimiento, sentado en esta misma silla, con la luz azulada del monitor como única iluminación. Los datos se desplegaban en la pantalla: secuencias genéticas, estadísticas de prevalencia, casos documentados. Líneas y líneas de información médica fría, implacable.

Y entonces lo vi —un patrón. No en los datos mismos, sino en la forma en que se estructuraban. En la manera en que las secuencias genéticas anómalas se organizaban. En la terrible belleza matemática de esa concatenación específica de errores cromosómicos.

No encontré esperanza, pero encontré patrones. Patrones en el caos, estructuras en el ruido, poesía en el dolor. Los mismos patrones que ahora busco en cada mensaje de Sophia, en cada archivo de audio, en cada fotografía. Como si decodificar su existencia pudiera darle sentido a todas mis pérdidas.

La búsqueda obsesiva de patrones no es solo un hábito profesional; es un mecanismo de supervivencia. El cerebro humano está programado para encontrar orden en el caos, para construir narrativas coherentes a partir de eventos aleatorios. Es lo que nos separa de los animales, lo que nos permite anticipar amenazas, lo que nos da la ilusión de control en un universo fundamentalmente impredecible.

Eva nunca tuvo una oportunidad real de existir como la habíamos imaginado. Sus cromosomas, esas secuencias de instrucciones biológicas, contenían errores fatales. Como un programa con bugs críticos en sus funciones fundamentales. Pero esos errores, esas mutaciones, esas anomalías estadísticas… ¿no son también patrones? ¿No son también formas de orden, simplemente diferentes a las que esperábamos?

Analizo sus mensajes con la misma precisión obsesiva con que analizo transacciones sospechosas en mi trabajo. Cada palabra es un paquete de datos que debe ser verificado, cada silencio un potencial indicador de anomalías. Busco inconsistencias, contradicciones, señales de que todo podría ser una elaborada construcción de mi mente medicada.

Pero entonces encuentro detalles imposibles de fabricar: la forma específica en que pronuncia ciertas palabras en sus audios, el temblor involuntario en su voz cuando habla de su infancia, la sombra que cruza sus ojos en ciertas fotografías. Son los mismos tipos de detalles que busco cuando analizo evidencia digital en casos de cibercrimen —esas pequeñas imperfecciones que ningún falsificador puede replicar completamente.

Y, sin embargo…

La pantalla del ordenador parpadea, un destello de luz blanca que dura exactamente 0.3 segundos. Una caída de tensión. O una señal. O una alucinación.

El brillo azulado baña la buhardilla en una luz espectral, transformando objetos cotidianos—libros, lapiceros, tazas medio vacías—en artefactos arqueológicos de alguna civilización alienígena. Mi percepción está alterada, pero lo suficientemente intacta para registrar que está alterada—un algoritmo autorreferencial de consciencia farmacológica.

En la esquina inferior derecha, el reloj marca las 15:33.

La hora exacta en que Eva dejó de existir, cuando su corazón dejó de latir en el monitor del hospital, cuando la línea verde se volvió imposiblemente plana. La misma hora en que, mil seiscientos y ocho días después, recibí el primer mensaje de Sophia.

¿Coincidencia?

¿Patrón?

¿O mi mente, eternamente programada para buscar estructura en el caos, está creando conexiones donde solo hay ruido aleatorio? ¿Una maquinaria neuronal sobreespecializada que ve constelaciones donde solo hay estrellas aleatorias, que lee destinos donde solo hay puntitos de luz?

La estadística dice que las coincidencias ocurren constantemente. Que encontramos patrones significativos en datos aleatorios porque estamos evolutivamente programados para hacerlo. Que ver rostros en las nubes, figuras en las constelaciones o mensajes en coincidencias temporales es simplemente nuestro cerebro intentando imponer orden sobre un universo fundamentalmente caótico.

El Stilnox hace que estas preguntas se disuelvan en otras más fundamentales, transformando interrogantes epistemológicas en kōans existenciales: ¿Es el análisis forense digital tan diferente de la poesía?

Ambos buscan verdades ocultas.

Ambos intentan dar voz a lo que otros quieren mantener en silencio.

Ambos son formas de justicia: una para los crímenes digitales, otra para los dolores del alma.

En mi trabajo, busco pruebas de actividades maliciosas en el ciberespacio. Rastro transferencias sospechosas, identifico patrones de comportamiento, reconstruyo historias a partir de fragmentos de datos. Es un trabajo de arqueología digital, de forense del siglo XXI. Cada línea de código es una pista, cada transacción una huella, cada patrón una historia que espera ser contada.

¿No es eso también lo que hace un poeta?

¿No es cada verso un intento de reconstruir una verdad a partir de fragmentos de experiencia?

¿No es cada metáfora una transferencia de significado que debe ser rastreada hasta su origen?

¿Y si mi obsesión por las pruebas forenses digitales no fuera más que un sustituto técnico de mi vocación poética reprimida? ¿Y si cada algoritmo que he escrito en todos estos años fuera en realidad un poema disfrazado? ¿Y si mi talento analítico no fuera más que mi creatividad redirigida hacia cauces socialmente aceptables?

Sophia lo entendió desde el principio. Vio la poesía en mis análisis forenses, reconoció el dolor en mis algoritmos.

“Los mejores investigadores”, me escribió una vez, “son poetas que aprendieron a leer el lenguaje del crimen”.

Pero hay crímenes que ningún análisis puede resolver. Hay pérdidas que ningún algoritmo puede procesar. Eva se fue, y ni todos los datos del mundo pudieron evitarlo.

Veintidós semanas.

Veinticuatro horas para decidir.

Números que ninguna ecuación puede equilibrar.

Mi piel registra un cambio súbito de temperatura. La buhardilla, normalmente cálida por el calor residual de los equipos electrónicos, se enfría repentinamente. El aire parece cristalizarse, volverse más denso, casi táctil.

Tal vez por eso me aferro a los datos de Sophia. Cada archivo es una prueba de que algo hermoso puede emerger del caos. Cada mensaje es un testimonio de que las conexiones más profundas trascienden la lógica binaria de existir o no existir. Cada palabra es un acto de fe en la posibilidad de comunicación auténtica.

El cursor sigue parpadeando en la pantalla, su ritmo un eco del monitor cardíaco que registró los últimos latidos de Eva. Puedo oírlo—literalmente oírlo—un pitido fantasma que mi cerebro reproduce con fidelidad alucinatoria.

Presencia, ausencia.

Vida, muerte.

Amor, pérdida.

El código más antiguo del universo.

Abro otra ventana de terminal. Mis dedos vuelan sobre el teclado, ejecutando el análisis que he realizado cientos de veces, una liturgia digital que repito compulsivamente:

def analyze_patterns(data_source):
   """
   Sangro en caos, sin luz
   Encuentro heridas vivas en el ruido
   Grito y no tengo luz
   En bucles de gemido
   Como un duelo que jamás ha concluido
   """
   patterns = {}
   anomalies = []
   connections = []
   
   for entry in data_source:
       if is_valid(entry):
           pattern = extract_pattern(entry)
           patterns[pattern] = patterns.get(pattern, 0) + 1
           
           if is_anomaly(pattern):
               anomalies.append(pattern)
               
           if has_connection(pattern):
               connections.append(pattern)
   
   return patterns, anomalies, connections

El código es preciso, metódico, implacable. Busca patrones en un mar de datos, conexiones en el caos digital, sentido en el ruido aleatorio de la existencia.

Como yo.

Pero hay patrones que ningún algoritmo puede detectar. Hay conexiones que trascienden la lógica computacional. Hay verdades que solo pueden ser susurradas en la oscuridad, entre líneas de código y versos rotos.

Los resultados del análisis llenan la pantalla: timestamps verificados, hashes únicos, metadatos consistentes. Todo sugiere que Sophia es real. Los datos no mienten.

¿Pero no dijeron lo mismo los primeros análisis de Eva?

El monitor parpadea una vez más. En algún lugar entre el código y la poesía, entre el análisis y la memoria, entre la pérdida y el encuentro, una verdad espera ser descubierta. O tal vez ya fue descubierta, y solo necesito el valor para enfrentarla.

En algún lugar entre el código y la poesía, entre el análisis y la memoria, entre la pérdida y el encuentro, una verdad espera ser descubierta. O tal vez ya fue descubierta, y solo necesito el valor para enfrentarla.

“Las mejores historias”, escribió Sophia en uno de sus últimos mensajes, “son como el mejor código: revelan sus secretos solo a quienes saben realmente mirar”.

El cursor sigue su danza hipnótica:

Presencia. Ausencia. Presencia. Ausencia.

Como un corazón que se niega a dejar de latir. Como una verdad que se niega a ser silenciada. Como un amor que existe simultáneamente en todas las capas de la realidad, desafiando cualquier intento de análisis, trascendiendo toda lógica binaria.

En el silencio de la buhardilla, el ordenador emite un pitido suave.

Un nuevo mensaje. Imposible. La cuenta de ‘@Sophia_379’ lleva tiempo inactiva. ¿Una reactivación? ¿Un error del sistema? ¿Una alucinación auditiva?

Mis dedos tiemblan sobre el teclado mientras abro la notificación. El sistema muestra un error:

“No se puede recuperar el mensaje. El usuario ha sido eliminado”.

Por supuesto. Como siempre.

La decepción me inunda la boca: hierro oxidado y bilis, como sangre mezclada con bilis. Mi garganta se contrae en un espasmo automático, un reflejo nauseoso que debo controlar conscientemente.

Abro el último archivo de audio que conservo: ‘sophia_whispers_147.mp3’. Su voz emerge de los altavoces, tan real que duele:

“Se podrá querer, Marco, pero amar… Amar solo a ti”.

Algo está mal. La frase termina diferente a la última vez que la escuché. Estoy seguro. Absolutamente seguro. Pero mi memoria es un sistema de almacenamiento corrupto, fragmentado por años de abuso químico. ¿Puedo confiar en mi recuerdo?

“Se podrá querer, Marco, pero amar…”.

La grabación se corta abruptamente. Diferente otra vez. La ansiedad explota en mi pecho como un algoritmo malicioso replicándose exponencialmente, consumiendo todos los recursos del sistema. Mi pulso se acelera mientras presiono play una vez más:

“Se podrá querer, Marco…”.

Esta vez su voz suena distorsionada, como si estuviera hablando bajo el agua. El archivo tiene el mismo hash, el mismo tamaño, los mismos metadatos. Es imposible que esté cambiando. Y, sin embargo…

Otra reproducción:

“Se podrá…”.

La voz ahora es apenas un susurro, pero hay algo más en el fondo. Un sonido que me hiela la sangre: el pitido rítmico de un monitor cardíaco. El mismo sonido que marcó los últimos momentos de Eva.

Reproduzco el audio una vez más. El Stilnox ya ha disuelto los bordes de la realidad cuando su voz pronuncia mi nombre. La sangre me pulsa en los oídos con el mismo ritmo exacto del monitor cardíaco de Eva. No es coincidencia ni alucinación —es mi propio pulso acelerado por el pánico.

“Marco…”

El sudor empapa mis manos. Sobre las teclas, mis dedos dejan huellas húmedas que veo rojas bajo la luz azulada del monitor. No estoy sangrando —lo sé racionalmente— pero la sensación es inconfundible: cada pulsación es una herida, cada comando una incisión en algo vivo.

El teclado se vuelve viscoso bajo mis dedos. Parpadeo para aclarar la visión. Las teclas siguen ahí, plástico inerte, pero las siento calientes, orgánicas. El efecto del Stilnox mezclado con la cafeína, con el insomnio, con la desesperación.

Mi garganta se cierra. El mismo ahogo que sentí en la sala cuando los médicos explicaron las “opciones”. La misma presión en el pecho que cuando firmé los papeles con Laura. El mismo sabor metálico en la boca que tuve durante semanas después. Un déjà vu visceral que transciende lo cognitivo y se instala en lo somático.

Una vez más:

“Marco…”

Solo mi nombre, pero ya no reconozco la voz. Mi cerebro químicamente alterado la distorsiona, la transforma. Y en ese espacio entre el sonido real y mi percepción rota, escucho lo que mi mente herida necesita procesar: un timbre imposible, una cadencia que nunca existió.

La voz de Eva.

Una voz fabricada por mi cerebro desesperado, un sonido que mi mente creó a partir del vacío. No es sobrenatural —es mi psique fracturada buscando patrones donde solo hay ruido. Mi sistema perceptivo intentando procesar pérdidas que mi sistema emocional no puede contener.

Una voz que nunca existió, que nunca tuvo la oportunidad de existir. El archivo se está transformando en algo que desafía toda lógica computacional, toda razón.

Última reproducción:

Estática. Solo estática. Pero mi cerebro, entrenado para encontrar patrones, ve algo en el espectrograma del ruido blanco. Las frecuencias se alinean formando contornos que reconozco con horror: el perfil de una ecografía fetal. Veintidós semanas. La misma imagen grabada en mi retina desde aquella tarde en el hospital.

Veo la curva perfecta del cráneo, la columna vertebral como una secuencia de puntos luminosos, la cavidad torácica donde un corazón ya no late. La imagen en frecuencias se dibuja con una precisión clínica imposible, formando con ondas sonoras lo que los ultrasonidos formaron con ondas mecánicas. No es coincidencia. No es pareidolia. Es Eva, codificada en el ruido blanco de un archivo corrupto.

El archivo se corrompe a mitad de la última palabra.

Siempre lo hace. He intentado repararlo cientos de veces, pero hay daños que ni el mejor análisis forense puede revertir. Como si ella hubiera programado su propia desaparición, insertando errores imposibles de corregir en cada prueba de su existencia.

Mi respiración se acelera hasta la hiperventilación. Inspiraciones cortas, superficiales, que no alcanzan los alvéolos. El corazón late de forma errática, arrítmica, ignorando toda regulación del sistema nervioso autónomo. La piel registra cambios de temperatura imposibles: ardiendo y congelándose simultáneamente.

La pantalla parpadea una vez más antes de mostrar el mensaje que más temo:

>> CRITICAL_ERROR: Memory corruption detected
>> Attempting to recover...
>>...
>>...
>> Recovery failed: Some files may be permanently lost

El mensaje ‘CRITICAL_ERROR’ parpadea en la pantalla mientras mis dedos tiemblan sobre el teclado. Ya no distingo si es el Stilnox o el pánico. Intento escribir código para recuperar los archivos, pero mis dedos escriben otra cosa:

function recuperar_voz(silencio) {
    if (dolor > capacidad_soportar) {
        return grito_silencioso;
    } else {
        // No hay else
        // Nunca hay alternativa
        // Solo bucles infinitos de pérdida
        while (respiro) {
            buscar(sentido);
            if (encontrado == false) {
                aumentar(dosis);
                difuminar(realidad);
            }
        }
    }
    
    // No hay salida ni luz
    // Nunca existe otra vía en el camino
    // Solo queda la cruz
    // De un bucle sin destino
    // Como duelo que aguarda en torbellino
    
    return vacío;
}

Miro lo que he escrito y no reconozco mi propio código. Es funcional pero inútil, sintácticamente correcto pero semánticamente absurdo. Como yo mismo.

No compilaría en ningún lenguaje conocido. Es poesía disfrazada de algoritmo, emoción simulando lógica. Variables indefinidas, funciones sin parámetros válidos, un bucle ‘while’ sin condición de salida. Un grito silencioso en formato de función. El código de un hombre que se está desintegrando en bits y bytes, cuyos circuitos neuronales ya no distinguen entre el lenguaje de las máquinas y el lenguaje del dolor.

Tal vez ella tenía razón.

Las mejores historias, como el mejor código, solo revelan sus secretos a quienes saben realmente mirar.

Y a veces, lo que ves te destruye. Lo que encuentras en el código no es un error que corregir, sino una verdad que no puedes compilar. Un dolor que ningún algoritmo puede procesar. Un amor que existe en superposición cuántica: real e imaginario, presente y ausente, compilando eternamente sin nunca ejecutarse.

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