Epílogo: La Muerte Dulce
Respiro.
La bodega está en penumbra esta tarde de octubre. He bajado a revisar la fermentación de mi primera cosecha real. Casi un año desde mi llegada a la finca. Noto que una de las barricas está comprometida. Tiene una pequeña fuga. La madera, debilitada por años de humedad y falta de mantenimiento, muestra signos de podredumbre. Necesita ser reemplazada. Necesito hacer un trasiego.
La barrica especial del abuelo sigue intacta en su rincón, esperando un momento que nunca llega. Seiscientos cincuenta litros de roble americano —tipo Bordeaux Porto— donde fermentó mi cosecha de 1980. El tostado medio de las duelas aún desprende, después de cuatro décadas, ese aroma a vainilla y caramelo que se mezcla con la humedad de la bodega.
Quizás este sea el momento.
El resto de la bodega ha prosperado bajo mis manos: barricas nuevas, equipo renovado, producción estable. Todo excepto yo.
El conducto de ventilación, la zarcera como la llamaba el abuelo, lleva días obstruida. El abuelo Honorio me lo enseñó desde niño: «La zarcera es el pulmón de la bodega. Si no respira, tú tampoco respirarás».
Pero lo pospuse. Un día. Dos. Una semana. He estado posponiendo su limpieza con esa mezcla de pereza y algo más que caracteriza mis decisiones últimamente. «Mañana», me digo cada día. «Mañana lo arreglaré». Pero los mañanas se acumulan como las hojas muertas en el camino de entrada.
El medidor de pH se me escapa de las manos mientras intento tomar una muestra de la barrica más grande. El instrumento cae dentro con un chapoteo sordo que resuena en el silencio de la bodega. Me quedo mirando el agujero oscuro donde ha desaparecido. Doscientos treinta y siete euros tirados a la basura. Laura tendría razón: sigo siendo un desastre con las cosas prácticas.
Podría dejarlo. Podría comprar otro. Podría llamar a alguien que me ayude a recuperarlo.
Podría.
Pero algo en mí, esa voz que reconozco demasiado bien, susurra: «Puedes hacerlo solo. No necesitas a nadie. Nunca has necesitado a nadie».
Sigo adelante, impulsado por esa mezcla de orgullo y obstinación que siempre ha sido mi perdición. Quiero probarlo —¿a quién? ¿a mí mismo? ¿a Laura? ¿al recuerdo del abuelo?— que puedo hacerlo solo. Que soy capaz. Que soy autosuficiente.
Me inclino sobre el borde de la barrica. El olor dulzón de la fermentación me golpea inmediatamente. Ese aroma denso, casi narcótico, que el abuelo me enseñó a respetar y temer. «El tufo del vino», decía. «La muerte dulce que se lleva a los bodegueros descuidados». Pero yo no soy un bodeguero descuidado. Era un analista meticuloso. Un ingeniero del control. Un arquitecto de sistemas infalibles.
¿O no?
Introduzco el brazo hasta el hombro, tanteando en el líquido espeso. Nada. El medidor se ha hundido más de lo que esperaba. Necesito inclinarme más, meter medio cuerpo dentro para alcanzar el fondo. La voz del abuelo resuena en mi memoria: «Nunca, Marco. Nunca metas la cabeza en una barrica en fermentación. El gas te mata antes de que te des cuenta».
Pero yo siempre he creído saber más que los demás. Siempre he pensado que las advertencias son para otros, para los débiles, para los que no entienden los riesgos como yo los entiendo. Marco el analista. Marco el que calcula probabilidades. Marco el que controla cada variable.
Me apoyo en el borde con el estómago y me inclino más. Mi torso entero cuelga ahora dentro de la barrica. El líquido está a centímetros de mi cara. Puedo oler las pequeñas burbujas de la fermentación, ese proceso vivo que transforma el azúcar en alcohol y muerte. Puedo oír su olor cuando explotan. Puedo ver cómo hablan las bacterias entre ellas. Juro que puedo oír colores, como Candela.
Mi mano roza algo sólido en el fondo. El medidor.
«He aprendido a ser sucio y me parece bien, aunque algo en mí todavía se retuerce ante cada mancha, ante cada desorden que ya no puedo controlar», pienso mientras mi camisa se empapa del mosto fermentado. Toda mi vida persiguiendo la pulcritud, el orden, el control, y aquí estoy, literalmente hundiéndome en el caos orgánico de la descomposición.
El primer mareo llega suave, casi imperceptible. Como las primeras copas de vino, como las primeras pastillas. Esa sensación de flotar que siempre he buscado. El CO₂ es más denso que el aire, se acumula en el fondo de la barrica creando una cámara invisible de asfixia. Lo sé. Siempre lo he sabido. Y, aun así, sigo adelante.
Mi mano se cierra alrededor del medidor. Victoria pírrica. Intento incorporarme, pero el mareo se intensifica. Los bordes de mi visión se oscurecen. El cuerpo no responde como debería. Siento el peso muerto de mi propio torso tirando hacia abajo, hacia el líquido que burbujea con vida microscópica.
«Y no pude resistir a la perfección del silencio», susurro, o creo susurrar. Las palabras se pierden en el vacío de la barrica. El silencio que siempre busqué, que cultivé como otros cultivan jardines. Aquí está, perfecto, absoluto, mortal.
Mi último pensamiento coherente es una pregunta: ¿Qué estoy haciendo? La pregunta llega tarde, como siempre. Como cuando perdí a Eva, como cuando me separé de Laura, como cuando mis hijos dejaron de esperarme.
Pero incluso ahora, incluso con esta pregunta, la consciencia llega sin la capacidad de actuar, sin el poder de detenerme.
El equilibrio se pierde completamente. Mi cuerpo se desliza hacia adelante. El líquido me recibe con la tibieza de un útero podrido. No hay pánico. Solo una extraña sensación de inevitabilidad, como si toda mi vida hubiera sido una larga caída hacia este momento.
Mi rostro, distorsionado por el líquido, tiene una expresión que no logro descifrar. ¿Paz? ¿Terror? ¿Resolución? ¿Arrepentimiento?
«Si la belleza no fuera la muerte», pienso mientras el mosto entra en mi boca, en mi nariz, en mis pulmones. Pero la frase queda incompleta, como tantas otras cosas en mi vida.
Voy hacia el silencio.
«Qué irónico», pienso mientras la oscuridad comienza a cerrase a mi alrededor. He pasado un año entero reconstruyendo esta finca, reconstruyéndome a mí mismo, solo para que todo termine así.
La barrica con mi año de nacimiento está frente a mí, lo último que veo antes de que mi visión se nuble completamente. El vino que nunca compartí. El que nunca compartiré. La integración que nunca logré completamente. La voz que apenas empezaba a resurgir, silenciada de nuevo, esta vez definitivamente.
Los pensamientos se fragmentan. Nombres, rostros, memorias se mezclan en un caleidoscopio cada vez más borroso:
Laura… ¿encontrará paz algún día, o mi muerte será solo una carga más para ella? ¿Un fantasma más con el que tendrá que vivir?
Lorenzo… ¿qué algoritmo creará para calcular las probabilidades de este desenlace? ¿Cómo procesará esta nueva variable en su ecuación vital?
Candela… mi intensidad hipersensible. Mis colores emocionales. ¿Me odiará por abandonarla definitivamente?
Eva… la hija nunca nacida. ¿Es esto un reencuentro o solo otro tipo de vacío?
El abuelo… ¿me espera en algún lugar con una copa del vino que guardó para mí?
¿Respiro?
La muerte, descubro, no es el apagón súbito que esperaba. Es más bien como esos desvanecimientos que experimentaba con las pastillas, esa fragmentación familiar pero llevada a su extremo final. Mi consciencia, entrenada durante años en el arte de observarse desde fuera, encuentra en la muerte su disociación perfecta. Ya no es un mecanismo de defensa; es mi nueva forma de existencia. El observador sin cuerpo, el analista sin datos, el poeta sin palabras.
En algún momento entre la asfixia y algo más, mi conciencia se fragmenta de manera definitiva.
¿Qué… qué está pasando?
Los pensamientos llegan rotos, como señales de radio mal sintonizadas. ¿Estoy… estoy soñando? No. Los sueños tienen otra textura. Esto es… ¿qué es esto? Intento moverme, pero no hay cuerpo que responda. Intento gritar, pero no hay garganta que vibre.
¿Dónde estoy? ¿Por qué no puedo…?
La memoria regresa en oleadas desordenadas: el medidor de pH, la barrica, el mareo… No, no puede ser. Yo no… yo no estoy… La palabra se resiste a formarse incluso en este no-lugar donde existo sin existir.
Fragmentos de realidad se reorganizan lentamente, como un puzle que alguien armara bajo el agua. Mi cuerpo —¿mi cuerpo?— cuelga grotesco de la barrica. Pero si ese es mi cuerpo, entonces yo… ¿qué soy yo?
El pánico debería llegar, pero no hay sistema nervioso que lo procese. Solo esta consciencia flotante, atrapada entre la negación y la imposibilidad de negar lo evidente.
«Esto no está pasando», pienso. «Esto no puede estar pasando». Pero está pasando. Sea lo que sea esto, está pasando.
Quizás esto sea solo mi último mecanismo de defensa, la disociación final.
En algún momento entre el último espasmo y el silencio, algo persiste. Tal vez solo sean las últimas sinapsis disparando historias mientras el cerebro se apaga. Tal vez.
Floto sobre mi propio cuerpo, observándome desde arriba como en esas experiencias cercanas a la muerte que siempre consideré alucinaciones de cerebros privados de oxígeno. Mi cuerpo cuelga grotescamente de la barrica, medio dentro, medio fuera, como un borracho que se quedó dormido vomitando. Los brazos cuelgan inertes dentro del líquido. Las piernas, flácidas, apenas tocan el suelo de la bodega.
Observo con esa claridad que solo llega cuando ya es demasiado tarde para cambiar algo. La muerte me ha dado la honestidad que me negué en vida.
No hay dignidad en esta imagen. No hay poesía. Solo un hombre de mediana edad muerto de la forma más estúpida posible, víctima de su propia arrogancia y negligencia.
“El presente se reduce a un punto temporal fugitivo”, recuerdo haber leído. Pero mi presente se ha expandido, se ha vuelto eterno. Observo mi cadáver con la misma frialdad analítica con la que examinaba evidencias en mi otra vida. En la tangible. Aquella que supe vivir. Calculo el tiempo que tardará alguien en encontrarme. Días, probablemente. Semanas, tal vez. Nadie espera nada de mí desde hace tiempo.
No sé cuánto tiempo ha pasado. ¿Minutos? ¿Horas? El tiempo se comporta de forma extraña en este no-lugar. A veces un segundo se estira como chicle infinito, cada momento expandiéndose hasta volverse insoportable. Otras veces, horas enteras —¿son horas?— colapsan en un instante.
Intento aferrarme a algo concreto: la luz que entra por la ventana de la bodega. Pero incluso eso es confuso. ¿Es la misma luz de cuando caí? ¿O ya es otro día? No hay forma de saberlo con certeza.
Lo que sí percibo, con una claridad que me aterra, son los cambios en ese cuerpo que ya no habito pero que sigo sintiendo como mío. Los primeros signos son sutiles: la rigidez que se apodera de los músculos, el color que abandona la piel. Cada transformación es un recordatorio brutal de lo irreversible.
Mi mente analítica —esa parte de mí que sobrevive incluso a esto— intenta catalogar los cambios como forma de mantener algún tipo de cordura. Si puedo analizar, aún existo. Si puedo observar, no estoy completamente perdido.
El tiempo pierde significado cuando flotas en este limbo imposible. Los detalles se vuelven borrosos, como una película mal enfocada. A veces veo con claridad brutal; otras, todo es niebla y confusión. Mi consciencia parpadea como una bombilla defectuosa, encendiéndose y apagándose sin patrón reconocible. La fermentación continúa, indiferente a mi presencia, transformando mi descomposición en parte del proceso, en parte del vino.
El teléfono suena en la casa. Una vez. Dos. Diez. Los tonos se pierden en la distancia, pero sé que es Laura:
“Marco, contesta”. “¿Dónde estás?”. “Los niños preguntan por ti”. “Si esto es otra de tus huidas…”.
«Odio las mentiras», pienso con amargura cósmica. He estado toda mi vida huyendo de la falsedad, construyendo elaboradamente sistemas de evasión que llamaba “protección”. El mal menor, me decía. El bien del menor por encima de todo, me decía. Pero era un jodido embustero cuya vida entera fue una mentira tras otra, anteponiendo mi silencio por encima de todo lo que creía amar.
Verdugo de mi propia existencia. Víctima de mis propias decisiones. Testigo de mi destrucción final.
“Al principio esta soledad se llena por sí sola y, en muchas ocasiones, sirve de campo a mis pensamientos”. Pero esta soledad es diferente. No es la soledad elegida del despacho o la buhardilla. Es la soledad absoluta del que ya no existe, del que solo puede observar sin poder intervenir, sin poder hablar, sin poder siquiera morir del todo.
En los momentos de lucidez —cada vez más escasos, cada vez más breves— percibo cambios en ese cascarón que fui. Pero son destellos, fragmentos, no la observación meticulosa del analista que creía ser. La mayor parte del tiempo floto en una especie de sueño lúcido donde nada tiene sentido completo. La barriga se hincha con gases de descomposición. La piel adquiere tonos que no existen en la paleta de los vivos. Y yo sigo aquí, atrapado en esta vigilia imposible, esperando.
Cuando finalmente algo me arrastra de vuelta a la consciencia —¿un sonido? ¿una presencia?— no tengo idea de cuánto tiempo ha pasado. El motor del coche suena lejano, como filtrado a través de agua. Mi percepción del tiempo se ha disuelto completamente. ¿Días? ¿Semanas? Solo sé que algo ha cambiado irreversiblemente en ese cuerpo abandonado que observo desde esta distancia imposible.
Es el coche de Laura. Reconocería ese sonido en cualquier lugar, ese ritmo particular del motor diésel que tantas veces escuché alejarse llevándose a mis hijos. Viene con ellos, por supuesto. Domingo. Día mensual de visita programada y supervisada.
Lorenzo baja primero. Ha crecido en estos meses. Su postura es más erguida, más segura. Lleva su portátil bajo el brazo, como siempre. Siempre documentando, siempre registrando, como le enseñé.
Tres semanas sin contestar y ahora tampoco está en la casa —murmura Laura, más para sí misma que para los niños—. ¿Dónde se habrá metido?
—Su coche está aquí —observa Lorenzo con esa precisión que me llena de orgullo incluso ahora—. Probabilidad del setenta y tres por ciento de que esté en la bodega, veintidós por ciento en los viñedos, cinco por ciento otras ubicaciones.
Candela baja última, sus ojos ya captando colores que los demás no ven. Se queda inmóvil de repente, mirando hacia la bodega.
—Los colores están mal —susurra—. Están todos mal ahí abajo.
Laura frunce el ceño, pero no dice nada. Está acostumbrada a las percepciones sinestésicas de Candela, aunque no siempre las comprenda. Primero se dirigen a la casa, llamándome por mi nombre. Sus voces resuenan en el vacío. Sin respuesta.
—Vamos a la bodega —decide Laura tras revisar la casa—. Lorenzo, quédate con tu hermana.
—Quiero ir —insiste Candela—. Los colores me llaman.
Descienden los tres. Puedo ver el momento exacto en que el olor los golpea. Laura lo reconoce inmediatamente. Años en urgencias te enseñan a identificar el hedor de la muerte. Se lleva la mano a la boca, y sus ojos profesionales ya saben lo que van a encontrar.
—Niños, subid arriba. Ahora —ordena con esa voz que no admite discusión.
Pero es tarde.
Lorenzo ya ha visto las piernas colgando de la barrica. Su mente analítica procesa la escena en milisegundos: posición del cuerpo, tiempo estimado desde el evento, probabilidad de supervivencia (0%). Sus dedos empiezan a moverse en ese patrón de conteo compulsivo que desarrolló durante mi primera ausencia: uno-dos-tres-cuatro-cinco, uno-dos-tres-cuatro-cinco.
Candela grita. Se queda paralizada. Sus ojos permanecen fijos en algo que solo ella puede ver. Los colores que percibía, esos colores imposibles, ahora tienen forma y significado. Su padre convertido en un espectro cromático de putrefacción.
—Arriba. Los dos. Ya —repite Laura, interponiéndose físicamente entre ellos y la escena.
Esta vez obedecen. Sus pasos en la escalera suenan lentos, pesados, como si cada peldaño costara un esfuerzo sobrehumano.
Laura saca su móvil con manos que apenas tiemblan. Marca el número de Sandra.
—Ven a la finca. Ahora —dice sin preámbulos—. Trae a alguien. A Antonio si puedes. Marco está… Marco está muerto.
No espera respuesta. Cuelga y se acerca a la barrica con pasos medidos. Enfermera antes que esposa, profesional antes que persona. Observa la escena: la posición del cuerpo, la zarcera obstruida, el medidor de pH flotando en el líquido, mis antecedentes. Las variables se acumulan sin ofrecer una conclusión clara.
Sandra llega en veintidós minutos, conduciendo como si el mundo se acabara. Récord de velocidad desde su piso. Antonio la sigue de cerca en otro coche. Capitán Rodríguez en su vida oficial, Antonio para los amigos. Para mí.
—¿Los niños? —pregunta Sandra al entrar en la bodega.
—Arriba. Los he mandado arriba —responde Laura.
Antonio se acerca a la barrica. Veo cómo su rostro cambia al reconocerme, o lo que queda de mí. Hemos compartido demasiadas escenas del crimen como para que esto lo sorprenda, pero es diferente cuando es alguien a quien conoces. Alguien a quien consideras amigo.
—Joder, Marco —murmura—. Joder.
Es Sandra quien llama a emergencias. Su voz es profesional, controlada. Muerte no asistida. Aparente accidente. Tiempo estimado: semanas. Sí, hay menores en el lugar, pero están apartados de la escena.
Mientras esperan, Antonio examina la bodega con ojo experto. La zarcera obstruida. Las herramientas en su sitio. Mi propio cuaderno —con papel Moleskine— para las notas de la bodega, en el suelo, cerca de la barrica. Lo recoge, lo hojea. Lee algunas páginas. Su expresión no cambia, pero veo cómo aprieta la mandíbula.
—¿Accidente? —pregunta Sandra en voz baja.
Antonio mira la escena una vez más. Saca su libreta, ese gesto automático de años de investigación. Anota: “conducto obstruido, posición del cuerpo, herramientas en su sitio”. Se acerca a la zarcera, la examina con una linterna.
—Hojas secas —murmura—. Acumulación de meses, tal vez.
Sandra se acerca. —¿Qué piensas?
Antonio no responde inmediatamente. Revisa mi cuaderno de notas de la bodega, página por página. Lee en voz alta: —“Revisar ventilación”, subrayado tres veces. Fecha: hace dos semanas.
Intercambia una mirada con Laura.
—Tendré que documentar todo esto —dice, más para sí mismo que para los demás—. El juez querrá un informe completo. La ventilación obstruida, el medidor dentro de la barrica, su posición…
—Mi marido conocía perfectamente los riesgos —interrumpe Laura. Su voz es profesional pero, con un temblor casi imperceptible—. Se lo enseñó su abuelo desde niño. Nunca… nunca habría…
Se calla. Antonio asiente lentamente.
—Lo sé —dice finalmente—. Marco conocía los riesgos. Los conocía perfectamente.
La ambigüedad de esa afirmación flota en el aire viciado de la bodega. No es una conclusión. Es el reconocimiento de que algunas preguntas no tendrán respuesta clara, sin importar cuánto se investigue.
—Habrá que esperar a la autopsia —añade Antonio—. Y a toxicología. Procedimiento estándar en estos casos.
Pero todos saben que los resultados no resolverán la pregunta fundamental: ¿Por qué un experto en seguridad ignoró protocolos básicos que conocía desde la infancia?
La policía llega. Bomberos. Ambulancia. Todo el protocolo. Hacen las preguntas de rigor. Laura responde con precisión clínica. Sí, tenía historial de depresión. Sí, había intentado suicidarse antes. Sí, tomaba medicación psiquiátrica. No, no habían hablado en semanas.
—Parece un accidente —dice el oficial a cargo, evitando mirar mientras los bomberos trabajan para extraer mi cuerpo—. El CO₂ de la fermentación, la ventilación obstruida. Es más común de lo que cree.
—Mi marido… era… analista forense —responde Laura—. Experto en seguridad. Además… prácticamente se crio en esta bodega. Conocía perfectamente los riesgos.
El oficial intercambia una mirada con Antonio. Se conocen. El mensaje pasa sin palabras: no insistas.
Acordonan la zona. Mandan a todos arriba mientras trabajan. Pero sé que Lorenzo está mirando desde alguna ventana, documentando mentalmente cada detalle. Sé que Candela está dibujando frenéticamente, plasmando colores que nadie más puede ver.
Extraer mi cuerpo requiere esfuerzo. La hinchazón lo ha trabado dentro de la barrica. Tienen que ladearla, derramar el contenido, trabajar con cuidado. Cuando finalmente emerge, irreconocible, grotesco, Laura hace algo inesperado. Se acerca, ignorando las advertencias, y busca en los bolsillos empapados de mi pantalón. Extrae mi libreta, la que siempre llevaba conmigo. Las páginas están destruidas por el líquido, pero algunas son legibles.
Lee en silencio. Su rostro no cambia, pero veo cómo procesa cada palabra. Finalmente, lee en voz alta, solo para Sandra y Antonio:
“El vino y la sangre, tan similares en color. Ambos mejoran con el tiempo o se corrompen. No hay término medio. El silencio también fermenta. También puede volverse tóxico en espacios cerrados. También puede causar la muerte dulce”.
Cierra la libreta.
—¿Qué vais a poner en el informe? —pregunta a Antonio.
—Accidente —responde él sin dudar—. Intoxicación accidental por CO₂ durante labores de bodega.
Laura asiente. Sandra también. Un acuerdo tácito. Por los niños. Por la memoria. Por la inutilidad de la verdad a estas alturas.
Los siguientes días pasan en una bruma de procedimientos. Autopsia: ahogamiento por inmersión, contribuyendo intoxicación por CO₂. Papeleo. Decisiones sobre qué hacer con el cuerpo, con la finca, con las cosas que dejé sin resolver.
El funeral es tres días después. Y aquí viene la ironía más cruel: está abarrotado. Compañeros del Cuerpo que no he visto en años. Familiares que apenas reconozco. Vecinos del pueblo que tal vez intercambiaron dos palabras conmigo. Todos están aquí, llenando la pequeña iglesia del pueblo, fingiendo un dolor que no sienten por un hombre que no conocían.
Yo, que amaba la soledad, rodeado de multitudes en la muerte. Yo, que odiaba la hipocresía, convertido en el centro de un espectáculo de falsedad social. Veo a primos lejanos limpiándose lágrimas inexistentes. Escucho a excompañeros hablar de lo buen Agente que era, omitiendo convenientemente mi colapso final.
Antonio, en uniforme de gala, es quien habla desde el púlpito. No sobre el deber abstracto o el sacrificio vacío. Habla de su amigo.
—Marco Sáez fue muchas cosas —dice con voz firme pero con un temblor casi imperceptible—. Brillante analista. Padre complicado. Poeta secreto. Pero sobre todo fue un hombre que dio más de lo que recibió. Que sacrificó más de lo que debería. Que cargó con pesos que no le correspondían.
Pausa. Mira directamente a Laura y los niños.
—En nuestro trabajo vemos lo peor de la humanidad. Marco absorbía esa oscuridad para que otros no tuvieran que hacerlo. Cada caso que resolvía, cada red que desmantelaba, dejaba una marca en él. Algunas personas están hechas para mirar al abismo. Marco era una de ellas. El precio fue alto. Demasiado alto.
No menciona el colapso. No menciona las pastillas. No menciona la ambigüedad de mi muerte. Solo un hombre que dio hasta que no quedó nada más que dar.
Lorenzo ha preparado unas palabras. Nadie se lo ha pedido pero él insiste. Se levanta con su papel cuidadosamente doblado, se acerca al púlpito con pasos medidos.
—Estos días me han dado tiempo para pensar, para analizar como él me enseñó —empieza, y su voz solo tiembla ligeramente—. Mi padre era un hombre complejo.
Veo el esfuerzo sobrehumano que hace para no llorar. Exactamente, el mismo esfuerzo que yo hice en el funeral del abuelo. El mismo silencio tóxico, la misma represión emocional, transmitiéndose como una enfermedad genética.
—Le gustaba el silencio. Decía que en el silencio se podían escuchar cosas que el ruido ocultaba. Pasaba horas en su buhardilla, escribiendo cosas que nunca compartía con nosotros. Ahora que no está, el silencio suena diferente. Suena vacío.
Otra pausa. Sus dedos se mueven sutilmente: uno-dos-tres-cuatro-cinco. Conteniendo, calculando, controlando.
—Intentó enseñarme muchas cosas. A ver patrones. A analizar. A pensar. Pero creo que lo más importante que aprendí, aunque no fuera su intención, es que hay palabras que duelen más cuando no se dicen. Que el silencio puede matar. Que las palabras no dichas pesan más que las dichas. Que a veces proteger duele más que exponer.
Se le quiebra ligeramente la voz. Veo las lágrimas formarse, veo la batalla interna. Y veo el momento exacto en que gana el condicionamiento: endereza la espalda, respira profundo, continúa.
—Mi padre escribía poesía. Nadie lo sabía. Ni siquiera nosotros. Encontramos cuadernos llenos de versos que nunca compartió. En uno de sus poemas escribió: “El silencio es mi lengua materna, la aprendí antes que las palabras”. Creo que pasó toda su vida intentando aprender otro idioma. Creo que murió intentándolo.
Dobla el papel con cuidado, mira el ataúd una última vez.
—Te fuiste como viviste, papá. Solo. En silencio. Dejándonos con más preguntas que respuestas. Espero que hayas encontrado las palabras que buscabas. Espero que donde estés, finalmente puedas hablar.
Se aleja del podio. No llora. No se derrumba. Ha aprendido que los hombres procesan el dolor en privado, en silencio, hasta que los mata.
Candela no habla en el funeral. Pero dibuja. Durante toda la ceremonia, su pequeña mano se mueve frenéticamente sobre el papel, trazando colores que nadie más comprende. Después, Laura encuentra el dibujo abandonado en el banco de la iglesia: espirales de negro y rojo, con pequeños puntos de luz dorada dispersos. En una esquina, con su caligrafía infantil, ha escrito: “Papá flota”.
Me entierran junto al abuelo. Dos hombres que vivieron y murieron por el vino, por el silencio, por la incapacidad de decir las palabras importantes a tiempo. La lápida es sencilla: nombre, fechas, nada más. Laura rechazó todos los epitafios sugeridos.
«¿Qué pueden decir unas palabras grabadas que él no pudo decir en vida?», preguntó.
Y tiene razón. ¿Qué iban a poner? ¿Padre ausente? ¿Poeta silenciado? ¿Profesional sin sentimientos? ¿Hombre que no supo vivir?
Después del entierro, los asistentes se dispersan murmurando condolencias vacías. Laura se queda sola frente a las dos tumbas. Lorenzo y Candela esperan en el coche con Sandra.
—Conseguiste lo que querías —dice al aire—. Tu silencio perfecto. Tu soledad absoluta. Espero que valiera la pena.
Saca algo de su bolso. Mi primer poemario, “Lágrimas de una Vida”. Ese libro delgado que publiqué con pseudónimo hace apenas unos meses, cuando aún creía que las palabras podían salvarme de nuevo.
—Los niños lo leerán algún día. Cuando estén listos. Cuando puedan entender que su padre era más que sus silencios. Que había belleza en él, aunque estuviera enterrada bajo capas de mierda y miedo.
Deja el libro sobre mi tumba. Otra ilusión más que se pudrirá como las barricas mal mantenidas.
—No te perdono. Quiero que lo sepas. No te perdono por elegir esto. Por dejarme sola con dos niños que llevan tu veneno en las venas. Pero tampoco te odio ya. El odio requiere energía que necesito para ellos.
Se da la vuelta para irse, luego se detiene.
—¿Sabes qué es lo más triste, Marco? —la voz se le quiebra ligeramente y se limpia los ojos—. Que probablemente esto sea lo más honesto que has sido en tu vida. Morirte. Tu acto final de verdad. Y ni siquiera tuviste los cojones de hacerlo claramente. Hasta en eso fuiste ambiguo.
Se aleja sin mirar atrás.
«No te conviertas en otro fantasma», me pidió Candela antes de que me fuera de casa. «Ya tenemos demasiados».
Y aquí estoy, convertido en otro fantasma de la familia Sáez. El más reciente de una larga lista. Aquí me quedo, atrapado entre dos mundos, observando cómo la vida continúa sin mí. Verdugo, víctima y testigo eterno de mi propia ausencia.
Observando sin poder intervenir. Viendo cómo la vida continúa sin mí.
Las estaciones pasan. La finca se vende a una familia joven que no sabe nada de su historia. Los viñedos prosperan bajo otras manos. La bodega se moderniza. La barrica donde morí es destruida.
Lorenzo crece siguiendo el camino que era predecible: algoritmos y patrones, lógica fría que mantiene las emociones a distancia. Sus trabajos académicos, inevitablemente, gravitan hacia la predicción de comportamientos autodestructivos.
No menciona que su padre fue su primer caso de estudio.
Candela se convierte en artista. Sus sinestesias se vuelven más intensas con los años. Pinta emociones que otros no pueden ver, mundos cromáticos donde los muertos flotan en espirales de color imposible. Intuyo que, en sus obras más privadas, las que nunca expone, habito de formas que solo ella comprende. Laura a veces encuentra dibujos olvidados donde reconoce formas que prefiere no interpretar.
Laura no rehace su vida. ¿Cómo podría? Trabaja, cuida a los niños, sobrevive. A veces sale con compañeros del hospital. Un celador, Carlos, que entiende los turnos imposibles. Pero nunca pasa de ahí. No puede. Eva y yo somos fantasmas demasiado pesados.
Las noches de insomnio relee mis poemas. No por nostalgia. Para recordar porqué algunas personas no deben ser salvadas. Para confirmar que hizo lo correcto al dejarme ir. Para convencerse de que no había otra opción.
Y yo sigo aquí. Atrapado en este limbo de observación perpetua. Viendo cómo el daño que causé se propaga en ondas a través de las generaciones. Lorenzo, incapaz de mantener relaciones porque calcula probabilidades de fracaso. Candela, pintando muertos porque es lo único que la hace sentir cerca de su padre. Laura, salvando vidas como no pudo salvar la mía.
El silencio que tanto amé es ahora mi prisión eterna. No hay palabras aquí, solo observación muda. No hay soledad elegida, solo aislamiento absoluto. La muerte dulce resultó ser amarga, como todo en mi vida.
A veces, en lo que podría ser noche o día en este no-lugar, pienso en el medidor de pH. Ese instrumento de doscientos euros que desencadenó todo. O no. Tal vez fue la zarcera obstruida. O tal vez fueron cuarenta y cinco años de cobardía acumulada. Las causas se multiplican hacia atrás hasta el infinito, y ninguna explicación es suficiente.
“Si la belleza no fuera la muerte”, escribí sin terminar. Ahora sé cómo termina: “nunca la habría perseguido con tanta dedicación”.
Mi hijo tenía razón en el funeral. Morí intentando aprender otro idioma que no fuera el silencio. Fracasé, como en casi todo. Pero al menos, en este fracaso final, fui consecuente. Fui honesto. Fui, por primera y última vez, exactamente quien era: un hombre roto que confundió el silencio con la sabiduría, la soledad con la independencia, la muerte con la paz.
El tufo del vino me mató. Pero yo llevaba muriendo desde mucho antes. Desde el primer silencio tragado, desde la primera palabra no dicha, desde el primer “estoy bien” mintiendo.
No hay transmisión final. No hay datos. No hay patrones. Solo un hombre que se ahogó en su propio silencio, fermentando eternamente en el vino de sus propias mentiras.
La muerte dulce tiene un sabor amargo.
Y dura para siempre.
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