Génesis del Silencio
Despierto sobresaltado. No hay transición entre el sueño y la vigilia, solo un corte abrupto como el cambio de escena en una película mal editada. Eva duerme a mi lado y su respiración rítmica, insonora. No quiero despertarla. No quiero explicarle que he vuelto a soñar con él, con la casa silenciosa, con la puerta cerrada. Con el niño que fui. Con el hombre que nunca llegué a ser del todo.
La habitación huele a jazmín y a algo más que no puedo identificar. Algo que no debería existir. Como Eva. Como yo. Como este lugar que no es lugar, este tiempo que no es tiempo.
El aire tiene sabor a cobre. A monedas viejas en la boca de un muerto. A esa saliva espesa que precede al vómito cuando el cuerpo rechaza lo que está por venir. Trago y el sabor se intensifica, se adhiere a mis papilas como barniz tóxico.
Mis manos tiemblan aunque aquí no hay frío. Es el temblor del cuerpo que recuerda antes que la mente. Músculo memoria de terror. El cuerpo es más honesto que los recuerdos.
Me levanto despacio. Mis pies no hacen ruido al tocar el suelo. Nunca lo hacen aquí. Camino hasta la ventana y miro hacia fuera. No hay nada. Solo una luz difusa que no viene de ninguna parte, que no proyecta sombras, que no calienta ni enfría.
«¿Otra vez?», pregunta Eva sin abrir los ojos. Su voz tiene veintidós semanas. Siempre tiene veintidós semanas.
«Otra vez», confirmo.
«Ve», dice. «Necesitas verlo. Necesitas recordarlo».
Y entonces estoy allí. O tal vez siempre estuve allí. El tiempo funciona diferente cuando ya no existe.
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