Génesis del Silencio - El precio de las palabras (1988-1997)
Ocho años. Tercero de primaria. Colegio Público Joaquín Costa. Un edificio de ladrillo visto que parece una cárcel de mínima seguridad para niños. El patio huele a meados y bocadillos rancios. A infancia podrida antes de tiempo.
Pero antes de esto, cuatro años antes del azul, antes de los márgenes llenos de versos, cuando tenía cuatro años, estuvieron las monjas.
Santa Clara. Parvulario. Cuatro años. El olor a incienso y lejía. A santidad desinfectada. A fe que quema como ácido.
Sor Inmaculada me vigila mientras intento escribir mi nombre. Mi mano izquierda se mueve naturalmente hacia el lápiz. Como siempre. Como debe ser. Como mi cerebro ordena.
‘CRACK’.
La regla de madera encuentra mis nudillos con precisión quirúrgica. El dolor sube por mi brazo como electricidad. Como un mensaje de Dios que dice: estás mal hecho.
«La siniestra es la mano del diablo, Marquito», su voz tiene esa dulzura empalagosa de quien disfruta con la corrección. «Es el camino del pecado».
Cuatro años. No entiendo qué es el pecado. Solo sé que mi mano duele. Que mis dedos están hinchados. Que el lápiz tiembla cuando intento usarlo con la derecha.
«Otra vez», ordena. «Con la mano de Dios».
La mano de Dios no sabe escribir. La mano de Dios hace trazos temblorosos. La mano de Dios convierte las letras en jeroglíficos incomprensibles.
‘CRACK’.
«Sin llorar», añade. «Los niños buenos no lloran».
Muerdo mi lengua. Fuerte. Hasta sentir sabor a metal. Las lágrimas se acumulan, pero no caen. Aprendo mi primera lección sobre contención. Sobre tragarse el dolor. Sobre convertir el cuerpo en cárcel.
Semanas. Meses. Mi mano izquierda aprende a esconderse. A no existir. A ser fantasma antes que demonio. Mi cerebro, cableado para la zurdera, empieza a crear rutas alternativas. Bypass neuronal. Parches cognitivos.
El resultado: cuando intento hablar rápido, las palabras se atascan. Ta-ta-tartamudeo. Como si mi lengua fuera zurda también y estuviera siendo castigada.
«Ma-ma-mamá», intento decirle a Elena cuando me recoge.
«No me hables así», espeta. «Pareces retrasado».
Dos fuentes de vergüenza. Las monjas por mi mano. Elena por mi lengua. Aprendo que todo en mí está mal configurado. Que necesito reprogramación constante.
Ahora, cuatro años después, en el Joaquín Costa, mi mano derecha escribe poemas en los márgenes. Pero tiembla. Siempre tiembla. Como si recordara que no debería estar haciendo esto. Como si Sor Inmaculada siguiera vigilando.
Visto con una ropa azul que Elena me ha impuesto. Pantalón azul marino que raspa entre las piernas. Jersey azul celeste que pica como una condena. Zapatos azules que encontró en el mercadillo, con la suela separándose como una sonrisa rota. Hasta los calcetines son azules. Hasta la ropa interior. Soy su experimento cromático ambulante, su pastilla de Valium con piernas. Su hijo convertido en bandera de la rendición.
«El azul calma», le dijeron en urgencias después de su último episodio. Después de que los vecinos llamaran porque mis gritos atravesaban las paredes como cuchillos. Después de que me encontraran agazapado en el armario, tartamudeando números primos para no volverme loco. «Rodéese de azul, señora. Píntele la habitación de azul. Cómprele ropa azul. El azul apacigua la ansiedad».
Y aquí estoy. Un pitufo de ocho años con un coeficiente intelectual de 125, atrapado en un cuerpo que el resto de niños usa como saco de boxeo. Un zurdo reconvertido que escribe con la torpeza de quien usa una prótesis. Un tartamudo ocasional que se traba cuando la presión sube.
El patio es un ecosistema de crueldad perfectamente organizado. Los mayores de octavo ocupan las canchas de fútbol. Los de séptimo controlan los bancos. Los de sexto patrullan los baños. Y nosotros, los pequeños, sobrevivimos en los márgenes, entre los contenedores de basura y las esquinas donde los profesores no miran.
«¡Eh, Príncipe Azul!», grita Raúl desde el otro lado del patio. Tiene nueve años y repite curso. Sus puños huelen a Phoskitos y violencia heredada. A gin de su padre y cigarrillos de su madre. A futuro fracasado gestándose ya en sus nudillos. «¿Dónde está tu caballo blanco?».
No respondo. He aprendido que las palabras son munición que les devuelves cargada. Que el silencio los desconcierta más que cualquier respuesta ingeniosa. Además, cuando estoy nervioso, las palabras se me atascan. Y entonces soy el “ta-ta-tartaja” además del “pitufo”.
Pero por dentro, las palabras bullen. Hierven. Se derraman en los márgenes de mi cuaderno de matemáticas. Mi mano derecha tiembla al escribir, pero ya no por los golpes de Sor Inmaculada. Ahora tiembla de rabia contenida.
“Raúl tiene cuatro letras
Como odio
Como nudo
Como nada
Como niño sin padre”
La caligrafía es irregular. Las letras bailan. A veces la ‘d’ se convierte en ‘b’. A veces escribo al revés sin darme cuenta. Secuelas de la reprogramación forzosa. Mi cerebro zurdo protesta en código.
La poesía es mi válvula de escape. Mi mecanismo de supervivencia. Cuando los otros niños juegan al fútbol, yo juego con las palabras. Cuando ellos aprenden a mentir, yo aprendo a versificar. Cuando ellos descubren la masturbación, yo descubro la métrica.
El abuelo me lo enseñó todo. Octosílabos y endecasílabos. Romance y silva. Cuarteto y serventesio. Sonetos y liras. Un sistema perfecto para convertir el caos en arquitectura. Para que el dolor tenga forma. Para que el horror sea hermoso.
«La poesía», me dijo una vez, «es la única forma de venganza que le está permitida a los débiles».
No sabía que las víctimas de la venganza podían ser los propios poetas.
La señorita Carmela pasa entre los pupitres. Huele a tiza y melancolía. A café requemado y sueños marchitos. A virginidad resignada y gatos que no tuvo. A los polvos de talco que usa para disimular que ya no se ducha todos los días. Lleva veinte años enseñando y se le nota en los ojos. Tiene esa mirada de quien ha visto demasiados niños rotos para seguir creyendo que puede arreglarlos.
Demasiadas infancias destrozadas para mantener la inocencia pedagógica.
Se detiene en mi pupitre. Mira mi cuaderno. Las divisiones están perfectas. Los números alineados con precisión milimétrica. Cada operación es un pequeño monumento a la exactitud. Es lo único que mi mano derecha hace bien: matemáticas. Números. Orden. No necesitan la fluidez que requieren las letras.
Y en los márgenes, casi invisibles, mis versos. Pequeños, como susurros, como lágrimas. Torcidos. Bailando. Como si estuvieran borrachos. Como Elena.
No dice nada. Pero veo cómo sus ojos se detienen un segundo más de lo necesario. Cómo su respiración cambia sutilmente. Cómo su mano se mueve involuntariamente hacia mi hombro, pero se detiene.
Lo sabe.
Y ella sabe que yo sé que lo sabe.
Sabe que las matemáticas son mi coartada y la poesía mi crimen. Sabe que los números me aburren y las palabras me arden. Sabe que soy diferente de una forma que aquí significa peligroso.
Es un conocimiento compartido sin palabras. Como los secretos de familia. Como el alcoholismo de Elena. Como los moretones que a veces asoman por mi cuello. Todos lo saben. Nadie dice nada.
Durante el recreo, me escondo en la biblioteca. La señora Rosa, la bibliotecaria, finge no verme. Tiene sesenta años y cataratas. O eso dice. Yo creo que ve perfectamente. Solo que ha aprendido, como todos, que no ver es más seguro —como no hablar.
Es nuestro acuerdo tácito: yo no molesto, ella no me delata. Yo no hago ruido, ella no hace preguntas. Me siento entre las estanterías de literatura infantil y saco mi cuaderno.
Dos años llevando el sistema del abuelo. Dos años convirtiendo el caos en arquitectura verbal. He aprendido la diferencia entre un octosílabo y un endecasílabo. Entre rima consonante y asonante. Entre escribir por escribir y escribir para sobrevivir. Para no desaparecer completamente en el azul que me consume.
Pero todo lo escribo con esta mano impostora. Esta mano derecha que nunca debió ser la protagonista. A veces, cuando nadie mira, dejo que la izquierda toque el papel. Solo tocar. Como si fuera Braille. Como si pudiera leer lo que no puede escribir.
El abuelo me visita los domingos. Cada vez menos, pero todavía viene. Cada visita es un poco más breve. Cada abrazo, un poco más frágil. Me trae libros que esconde en su viejo maletín de cuero. Neruda. Machado. Lorca. Bécquer. «Para que aprendas de los maestros», dice. «Para que veas cómo se hace».
No le digo que los maestros están muertos. Que tal vez por eso escribieron tan bien. Que tal vez hay que estar un poco muerto para escribir de verdad. Que tal vez escribir bien es una enfermedad terminal.
Tampoco le digo que a veces las letras se me mueven. Que la dislexia que las monjas me regalaron hace que tenga que leer cada verso tres veces. Que cuando escribo “amor” a veces sale “roma”. Que mi cerebro zurdo sigue protestando, saboteando, resistiendo.
El abuelo nunca pregunta porqué mi caligrafía tiembla. Porqué a veces tartamudeo cuando recito. Tal vez no lo quiere saber. Tal vez ya tiene suficiente con su hija alcohólica. Tal vez todos tenemos un límite de dolor que podemos procesar.
Escribo:
“Mi madre es un vaso roto
Que corta cuando la tocas
Que se estrellan contra el muro
Tiene el filo de las copas”
Es un romance. Ocho sílabas. Rima asonante en los pares. El abuelo estaría orgulloso de la técnica. Horrorizado por el contenido. Destrozado por la verdad. La ‘s’ de “vaso” sale como un ‘5’ a medias. Lucho por corregirlo. Mi mano derecha protesta. Mi cerebro zurdo sabotea.
A veces pienso que Sor Inmaculada me hizo un favor. Me enseñó que el cuerpo puede ser domesticado. Que el dolor puede ser pedagogía. Que uno puede aprender a ser quien no es. Lecciones útiles para sobrevivir con Elena —o en el mundo mismo.
La puerta de la biblioteca se abre. Pasos. No son de la señora Rosa. Ella camina como si los libros fueran bombas que podrían explotar. Estos pasos son más pesados. Más seguros. Más amenazantes. Pasos de depredador que ha encontrado a su presa aislada. El sonido de la caza.
«Mira a quién tenemos aquí», dice David. El matón oficial del curso. Doce años, dos repeticiones, manos como jamones. Coeficiente intelectual de 80 y furia de 180. El hijo de un albañil alcohólico y una cajera de supermercado que trabaja dobles turnos para no estar en casa. Huele a sudor rancio y frustración heredada. «El ma-ma-maricón de azul escribiendo mariconadas».
Imita mi tartamudeo.
Su vocabulario es limitado, pero efectivo. Cada insulto es una bala que dispara sabiendo que va a dar en el blanco. Él no sabe de métrica, pero conoce el ritmo perfecto de la humillación.
Cierro el cuaderno. Despacio. Sin mostrar miedo. El miedo es sangre en el agua para los tiburones. Es sudor que huelen desde metros de distancia. Es temblor que los excita más que la violencia misma. Pero mis manos tiemblan. La derecha por costumbre. La izquierda por instinto.
«Dame eso», ordena.
«No».
La palabra sale sola. Clara. Definitiva. Sin tartamudeo. A veces, cuando estoy muy cabreado, las palabras salen limpias. Como si la rabia fuera el único idioma que mi cerebro reconoce sin traducción.
Su puño encuentra mi estómago con precisión quirúrgica. Ha practicado este golpe con otros niños. Con su hermano pequeño. Con gatos callejeros. El aire escapa de mis pulmones como un alma huyendo. Como las palabras que no podré decir nunca más. Caigo de rodillas sobre el suelo sucio. El cuaderno se me escapa de las manos. De la mano derecha. La izquierda, por instinto, intenta atraparlo. Falla. Cuatro años de entrenamiento para no existir la han dejado inútil.
David lo recoge. Lo abre. Sus ojos de cerdo analfabeto intentan descifrar mi caligrafía. Mi caligrafía de zurdo convertido. Mi caligrafía de mano castigada. Palabras que para él son jeroglíficos. Poemas que para él son ridículos.
«¿Qué mierda es esto?», murmura. «¿Está en chino? ¿O es que escribes tan mal como hablas?».
Se ríe. Una risa que suena a futuro alcohólico. A maltratador en potencia. A padre ausente. A todas las variaciones de la masculinidad tóxica que aprenderé a reconocer y a evitar.
«Oíd, chicos», grita hacia la puerta. «¡El pi-pi-pitufo escribe po-po-poesías de amor!».
No son de amor. Son de supervivencia. Son de resistencia. Son de dolor convertido en algo soportable. Pero no hay diferencia para ellos. Todo lo que no sea puños o fútbol o tetas es una mariconada.
Más niños entran. Sergio. Carlos. Javi. Los tenientes de David. Los apóstoles de la crueldad. Me rodean como lobos. Los reconozco por sus olores antes que por sus caras. Miguel huele a chorizo y abandono paternal. Sergio a colonia barata y compensación. Carlos a tabaco robado y necesidad de aprobación. Me rodean. Huelo su excitación. Esa electricidad que precede a la violencia grupal. El cuaderno pasa de mano en mano.
Leen en voz alta, destrozando la métrica, convirtiendo mis versos en caricatura. Cada palabra es una violación. Cada verso leído con su acento de barrio es una profanación.
«Mi ma-madre es un va-vaso roto», recita Sergio, exagerando un tartamudeo que no está en el papel, pero que asocian conmigo. «¡Qué ro-ro-romántico!».
Es una ejecución pública. Un auto de fe literario. Están quemando mis palabras mientras yo las escucho arder.
Intento levantarme. Un pie me lo impide. Es David. Caigo de cara. El sabor a sangre llena mi boca. Metálico. Familiar. Como besar a Elena cuando me abraza demasiado fuerte. Como el sabor de morderme la lengua en Santa Clara para no llorar.
«De-de-devuélvemelo», digo desde el suelo. El tartamudeo sale ahora. La presión lo convoca. La sangre en mi boca no ayuda.
«¿O qué?», pregunta David. «¿Vas a es-es-escribir un poema sobre nosotros?».
Y entonces lo hace. Rasga una página. El sonido es como huesos rompiéndose. Como algo dentro de mí que se quiebra para siempre. Como el ‘crack’ de la regla de Sor Inmaculada, pero dirigido al alma.
Otra página. Y otra. Mis versos flotan en el aire como ceniza. Como los restos de algo que ardió antes de vivir. Veo fragmentos de palabras. Pedazos de dolor convertido en belleza. Todo destruido.
Mi mano izquierda tiembla con el impulso reprimido de moverse. Por primera vez en cuatro años, siento el fantasma del movimiento, pero el condicionamiento es más fuerte. Intenta alcanzar los pedazos. David lo nota.
«¡Mira! ¡El marica es zurdo! ¡Por eso escribe como el culo!».
Más risas. Pisa mi mano izquierda. Fuerte. Siento los huesos protestar. Los mismos huesos que Sor Inmaculada entrenó para no existir. Grito. No puedo evitarlo.
«Las monjas no te curaron bien», dice David. «Déjame ayudarte».
Retuerce el pie. Mi mano izquierda explota en dolor. Dolor nuevo sobre dolor viejo. Capas arqueológicas de trauma.
No lloro. Ni siquiera cuando me patean las costillas. Ni siquiera cuando escupen sobre los pedazos de mi cuaderno. Ni siquiera cuando la señora Rosa finalmente aparece, gritando, dispersándolos como palomas asustadas.
He aprendido que llorar es darles lo que quieren. Que las lágrimas son su premio. Que el dolor compartido es el dolor multiplicado.
«Dios mío, Marco», susurra, arrodillándose junto a mí. «¿Estás bien?».
Sus manos tiemblan mientras toca mi cara. Dedos de bibliotecaria acostumbrados a páginas, no a sangre. Manos que han acariciado miles de historias, pero nunca una herida real.
Asiento.
«Estoy bien», le digo.
La sangre gotea de mi nariz sobre los fragmentos de papel. Rojo sobre azul. Los colores de mi infancia. Rojo sobre palabras rotas. Mi mano izquierda palpita. La abrazo contra mi pecho como a un animal herido.
«Tu mano», dice la señora Rosa.
«Es-es-estoy bien», repito. Miento. El tartamudeo delata.
En la enfermería, mientras la enfermera me limpia la cara con ese desinfectante que huele a hospital y derrota, pienso en el abuelo. En sus lecciones sobre métrica. En cómo me enseñó que el dolor puede ser hermoso si le das la forma correcta.
No le contaré esto. No le diré que sus enseñanzas me han convertido en una diana. Que la poesía es un lujo que no me puedo permitir. Que las palabras bonitas son para niños que no tienen que esquivar puños. Que las manos zurdas reconvertidas no pueden defender lo que escriben.
La enfermera examina mi mano izquierda. Está hinchada. Morada. Como una berenjena podrida.
«¿Puedes moverla?», pregunta.
Lo intento. Los dedos responden torpemente. Como si hubieran olvidado para qué sirven. Como si cuatro años de no existir los hubieran atrofiado definitivamente.
«No está rota», dictamina. «Solo magullada. Ponte hielo».
Solo magullada. Como mi capacidad de escribir. Como mi voz. Como todo lo que toco.
La enfermera me mira con esa mezcla de pena y cansancio que tienen todos los adultos aquí. Ha visto demasiados niños rotos. Otro más no hace la diferencia.
«¿Quieres que llamemos a tu madre?», pregunta, mientras me pone una tirita en el labio partido.
«No».
La palabra sale automática. Elena no puede verme así. No puede saber que su experimento azul ha fracasado. Que su hijo calmado y pacífico ha sido despedazado en una biblioteca. Que la poesía no lo ha salvado. Que nada lo ha salvado.
«¿A algún familiar?».
Pienso en el abuelo. En su despacho lleno de libros y cuadernos. En cómo sus ojos brillan cuando me enseña un soneto bien construido. En cómo me abrazó la última vez que vino a casa. En cómo me dijo que era especial. En cómo no sabría qué hacer con un nieto zurdo machacado que tartamudea y escribe torcido.
«No», repito.
Me da una aspirina infantil. Masticable. Sabor naranja. Como la sangre, pero más dulce. La mastico con los dientes, no con la lengua. Otro truco aprendido: si no usas la lengua, no tartamudeas al tragar.
Vuelvo a clase. Cojeando ligeramente. La mano izquierda vendada e inútil. Más inútil que de costumbre. La señorita Carmela me mira. Ve la venda. Ve mi cara hinchada. Ve los restos de papel azul pegados a mi jersey con sangre seca. Abre la boca como si fuera a preguntar, pero algo en mi expresión —esa máscara de normalidad que ya he perfeccionado— la detiene. Suspira, un sonido pequeño y derrotado, y continúa con la clase. Sabe lo que ha pasado. Todos lo saben. Pero nadie dirá nada. Es más fácil así. Más limpio para el sistema.
Durante la clase de lengua, mientras explica los tipos de palabras —agudas, llanas, esdrújulas— intento escribir con la derecha. La mano tiembla más que nunca. Las letras salen como garabatos de niño de tres años. Como si hubiera retrocedido. Como si cada golpe me hubiera robado un año de aprendizaje.
Miro a la pizarra. Las palabras se mueven. Se intercambian. “Agudas” se convierte en “Agujas”. “Llanas” en “Llamas”. Mi cerebro zurdo, traumatizado doblemente, se rinde.
Escribo en el margen de mi nuevo cuaderno:
“Las palabras agudas duelen más
Cuando te las clavan en el patio”
Es un pareado imperfecto. Al abuelo no le gustaría la métrica irregular. Pero al abuelo nunca le han pateado las costillas por escribir. Al abuelo nunca le han aplastado la mano incorrecta por ser diferente. Al abuelo nunca le han destrozado el alma a los ocho años. Al abuelo nunca le han enseñado que las palabras son peligrosas. Que la belleza mata. Que la poesía es un lujo que no todos pueden permitirse.
A la salida, Elena me espera. Lleva gafas de sol aunque está nublado. Es su forma de ocultar los ojos inyectados en sangre. Su andar tiene esa precisión estudiada de los borrachos funcionales. Cada paso medido para no revelar el tambaleo.
«¿Qué te ha pasado en la cara?», pregunta, notando el labio hinchado. Su voz arrastra las consonantes. Señal de alerta nivel amarillo.
«Me ca-caí».
Es mi primera mentira adulta. La primera de muchas. El primer ladrillo en el muro que construiré entre el mundo y yo. Entre la verdad y la supervivencia. Pero el tartamudeo me traiciona. Elena entrecierra los ojos. Odia cuando tartamudeo. Le recuerda que su hijo no es normal. Que algo está mal cableado. Que tal vez es su culpa.
«¿Y la mano?».
«Ta-también».
Me mira. Por un momento parece que va a insistir. Por un momento veo en sus ojos un destello de la madre que podría haber sido. Pero el esfuerzo para ella es demasiado. La realidad pesa más que la curiosidad. Asiente y echa a andar. Su bolso tintinea. Botellines pequeños. Medicina preventiva.
«No corras», dice. «Me duele la cabeza».
Su dolor de cabeza huele a vino blanco. A coñac barato. A medicina líquida para males incurables. A pastillas que no toma y sueños que no cumple. Su dolor de cabeza soy yo. Su dolor de cabeza es todo lo que no puede ser. Todo lo que no puede dar. Todo lo que no puede salvar.
En casa, me encierro en mi cuarto. Saco un cuaderno. Uno que guardo bajo el colchón. Donde Elena no busca porque tendría que agacharse y el mundo le da vueltas cuando se inclina.
Mi mano derecha tiembla. La izquierda palpita bajo las vendas. Entre las dos, intento escribir. Sale torcido. Irregular. Como yo.
Escribo durante horas. Poemas sobre puños que huelen a recreo. Sobre cuadernos asesinados. Sobre el sabor de la derrota a los ocho años. Sobre manos que nacieron para una cosa y fueron obligadas a hacer otra. Sobre el momento exacto en que te das cuenta de que el mundo no es para ti. De que tu sensibilidad es un defecto. De que tu inteligencia es una maldición. De que tu capacidad de amar es una debilidad que te costará caro.
Pero ahora escribo de otro modo. Más pequeño. Más oculto. Códigos dentro de códigos. Versos que parecen apuntes. Metáforas disfrazadas de ejercicios. Un lenguaje que solo yo puedo descifrar. Que está doblemente encriptado: por mi necesidad de ocultarlo y por mi cerebro zurdo que sigue peleando contra la mano derecha.
He aprendido la segunda lección del silencio: lo que no pueden encontrar, no lo pueden destruir. Y lo que no pueden leer por tu letra de mierda, no lo pueden usar contra ti.
El abuelo viene el domingo. Me trae un libro nuevo. “Poeta en Nueva York”. Lorca.
«Para que veas que el dolor también puede ser surrealista», dice, guiñándome un ojo. Su ojo derecho, el que ve peor. El que está más cansado. El que parece más triste cada vez que viene.
Noto cómo mira mi mano vendada. Cómo sus ojos registran mi cara magullada. Cómo decide no preguntar.
«¿Qué te ha pasado?», dice finalmente. No puede evitarlo.
«Me caí», respondo. Sin tartamudeo esta vez. He practicado.
Me mira. Sus ojos tienen esa sabiduría triste de quien reconoce una mentira, pero entiende su necesidad.
«Ten más cuidado», es todo lo que dice.
No le cuento lo del patio. No le muestro los moretones bajo la camisa azul. No le digo que ahora entiendo porqué mataron a Lorca. Que la belleza es peligrosa. Que las palabras bonitas te convierten en objetivo. Que los zurdos y los poetas tienen algo en común: el mundo intenta corregirlos hasta que dejan de existir.
En lugar de eso, le recito un soneto que he memorizado. Uno sobre las estaciones. Inofensivo. Técnicamente perfecto. Vacío. Sin alma. Sin riesgo. Sin nada que pueda dolerme.
«Muy bien», dice. Pero hay algo en sus ojos. Una sombra de duda. Como si notara que algo falta. «¿Estás escribiendo con el corazón, Marco?».
«Sí, abuelo».
Otra mentira. Escribo con las vísceras. Con los puños. Con el miedo. Con la rabia. Con todo lo que no puedo decir. Con la sangre seca en las fosas nasales. Con la mano derecha que tiembla y la izquierda que ya no existe. No con el corazón. Pero eso no se lo puedo decir. No en voz alta. No a él. No al hombre que me enseñó a amar las palabras sin saber que me estaba condenando.
«Las palabras», me dice, acariciándome la cabeza, «son lo único que nos queda cuando todo lo demás se rompe».
Me abraza antes de irse. Huelo su colonia de siempre. Tabaco negro. Vino añejo. Derrota heredada.
«Cuídate, mi niño», susurra. «Y cuida tus palabras. Son lo único verdaderamente tuyo».
Pero se equivoca. Mis palabras ya no son mías. Son de David y sus puños. Son de Sor Inmaculada y su regla. Son de Elena y su desprecio. Son de todos los que las han roto antes de que pudieran volar.
Esa noche, sueño con palabras que flotan como ceniza. Con cuadernos que sangran tinta azul. Con poemas que gritan mientras los despedazan. Con versos que corren por el patio mientras los persiguen a patadas. Con rimas que se esconden en armarios, temblando, esperando que no las encuentren.
Me despierto sudando. Son las tres de la madrugada. Elena ronca en el sofá. La tele emite estática. El mundo duerme mientras yo sangro poesía en la oscuridad.
Voy al baño. Me miro en el espejo. El moretón del pómulo empieza a ponerse amarillo. Como un sol enfermo. Como un verso mal medido. Como una flor que nace muerta.
Abro la boca. Intento gritar. Solo sale aire. El grito se ha convertido en escritura. La escritura se ha convertido en secreto. El secreto se ha convertido en tumor. El tumor se ha convertido en yo.
Vuelvo a mi cuarto. Saco el cuaderno oculto. Escribo:
“Hoy aprendí que las palabras
Son balas que puedes tragar
O disparar
Yo elijo tragarlas
Todas
Hasta que me revienten
Por dentro
Como una granada
De silencio”
No es un poema. Es un diagnóstico. Es una condena. Es el principio del fin de mi voz. Es la primera línea de mi testamento literario. Es el momento en que dejo de ser poeta para convertirme en víctima. En que dejo de crear para empezar a sobrevivir.
Pero sigo escribiendo. Porque es lo único que sé hacer. Porque el abuelo me enseñó que el dolor necesita forma. Porque si no escribo, el veneno se acumula hasta que no queda espacio para nada más. Porque las palabras no dichas se pudren dentro de ti como frutas olvidadas. Porque el silencio es un cáncer que se extiende hasta que no queda nada sano.
Un mes después, la señorita Carmela se acerca a mi pupitre después de clase. La tartamudez ha empeorado. Ahora me trabo con las ‘p’ y las ‘b’. Consonantes explosivas que mi lengua no puede manejar bajo presión.
«¿Qu-qu-quería us-usted algo?», intento preguntar.
No dice nada sobre mi habla. En cambio, saca un libro de su bolso. “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.
«Tu caligrafía es muy bonita», miente piadosamente. Ambos sabemos que mi caligrafía es un desastre de zurdo reconvertido. «Cuídala».
No me está hablando de la caligrafía. Me está diciendo que lo sabe. Que ha visto los poemas en los márgenes. Que lo entiende.
Leo a Neruda a escondidas. Como si fuera pornografía. Como si las palabras pudieran corromperme más de lo que ya estoy. Como si la poesía fuera una droga que puede matarte si tomas demasiada.
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.
El verso me golpea como un puño en el patio. Como una verdad que duele más por ser hermosa. Como un diagnóstico disfrazado de poema.
Yo siempre estoy callado. Siempre ausente. Pero a nadie le gusto por ello. Mi silencio no es poético. Es supervivencia. Es cobardía. Es la única forma que conozco de existir sin molestar demasiado. Sin que me vean. Sin que me destruyan completamente.
Elena encuentra el libro una tarde. Está menos borracha que de costumbre, lo que la hace más peligrosa. Más atenta. Más cruel.
«¿Qué es esto?», pregunta, hojeándolo. Las páginas suenan como hojas secas en sus manos temblorosas.
«Un li-libro del co-colegio».
El tartamudeo empeora con Elena. Siempre empeora con Elena.
Me mira. Sus ojos tienen esa lucidez terrible de los alcohólicos entre copas. Ese momento de claridad que usan como arma.
«Poesía», escupe la palabra como si fuera obscena. Como si fuera una enfermedad contagiosa. «Como tu abuelo».
No digo nada. He aprendido que sus comparaciones con el abuelo nunca terminan bien. Son el preludio de algo peor.
«¿Sabes qué me escribía tu abuelo cuando era más joven, cuando naciste?», pregunta. No espera respuesta. Las preguntas de Elena son monólogos disfrazados. «Poemas. Sobre lo mala madre que sería. Sobre cómo el alcohol me pudriría por dentro. ¿Sabes qué? Tenía razón. Pero sus versos no me salvaron. Las palabras bonitas no salvan a nadie, Marco».
Tira el libro sobre la mesa. Neruda cae abierto por el poema 20.
“Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
Elena se ríe. Una risa rota, llena de cristales. Una risa que corta, que ha estado rota tanto tiempo que ya no recuerda cómo sonar entera.
«Eso sí que es verdad», dice. «Lo único verdadero que escribió ese comunista de mierda. El amor es corto. Durará lo que tarde en matarte, Marco. Como yo maté a tu padre con mi amor».
No sé de qué padre habla. No sé si habla metafóricamente o si hay una verdad más oscura que nunca conoceré. El mío se fue antes de que yo pudiera recordarlo. Antes de que yo naciera, quizás. Nunca lo sabré porque nunca nadie habla de él. Y me aterra preguntar. Otro fantasma en la casa. Otro silencio que pesa.
Se va a su cuarto. La oigo abrir una botella. El sonido del corcho es como un suspiro de alivio. Como si la casa entera exhalara. Como si pudiéramos respirar ahora que ella tiene su medicina.
Recojo el libro. Paso las páginas buscando daños. Está intacto. Los poemas siguen ahí, esperando. Como pequeñas bombas de tiempo emocional. Como palabras que nunca podré decir en voz alta.
Esa noche escribo mi primer poema largo. Cien versos sobre el azul. Sobre cómo un color puede ser prisión. Sobre cómo Elena me viste de cielo mientras me entierra bajo tierra. Sobre manos zurdas que aprenden a fingir ser diestras. Sobre lenguas que aprenden a tragarse las palabras antes de que salgan torcidas.
Mi mano derecha tiembla durante todo el proceso. La izquierda late bajo las vendas como un corazón enjaulado. Entre las dos, nace un poema deforme. Hermoso en su fealdad. Perfecto en su imperfección.
No se lo enseño a nadie. Ni siquiera al abuelo. Es demasiado verdadero. Demasiado peligroso. Demasiado mío. Es mi secreto más profundo convertido en arte. Es mi dolor más íntimo convertido en belleza. Es mi muerte convertida en poesía.
Lo escondo con los demás. Mi arsenal secreto de palabras. Mi reserva de belleza para cuando el mundo sea soportable. Para cuando pueda hablar sin que me rompan la boca. Para cuando el azul sea solo un color y no un uniforme de víctima. Para cuando mi mano izquierda pueda existir sin castigo. Para cuando mi lengua no tartamudee con mi propio nombre.
Para nunca.
Pero sigo escribiendo. Cada día. Cada margen. Cada espacio en blanco es una oportunidad. Cada silencio, un poema potencial.
Porque aunque las palabras no salven, como dice Elena, tampoco matan. No como los puños. No como el alcohol. No como el silencio absoluto. No como las reglas de madera sobre nudillos infantiles.
Las palabras solo duelen si las dices en voz alta. Si las guardas, si las escondes, si las conviertes en secreto, pueden mantenerte vivo. Pueden ser tu respiración cuando el aire se vuelve veneno. Pueden ser tu voz cuando tu garganta se cierra. Pueden ser tu mano izquierda cuando solo te queda la derecha.
Pueden ser todo lo que necesitas para sobrevivir hasta mañana.
Y mañana, tal vez, solo tal vez, puedas decirlas.
Mentira.
Mañana las esconderás mejor. Las cifrarás más. Las enterrarás más profundamente. Las escribirás más pequeñas. Las disfrazarás mejor.
Porque eso es lo que haces con los tesoros en territorio enemigo.
Los entierras tan profundo que ni tú mismo puedes encontrarlos.
Hasta que olvidas dónde los pusiste.
Hasta que olvidas que existen.
Hasta que olvidas que alguna vez tuviste algo que decir.
Hasta que olvidas que alguna vez fuiste zurdo.
Hasta que olvidas que alguna vez fuiste poeta.
Hasta que solo queda el silencio.
Y el silencio no tartamudea. El silencio no tiembla. El silencio no delata. El silencio es ambidiestro. El silencio es perfecto.
El silencio es todo lo que querían que fuera.
La imagen se fragmenta como un cuaderno despedazado. Pedazos de infancia azul flotando en el aire viciado del limbo. Fragmentos de palabras que nunca llegaron a ser. Manos que nunca aprendieron su verdadera función.
«¿Duele?», pregunta Eva.
«Como un hijo de puta», respondo.
«Bien», dice. «El dolor significa que aún no estás completamente muerto. Que aún hay algo que salvar».
«¿Y si no quiero ser salvado?».
«Entonces», dice, y su sonrisa tiene veintidós semanas de sabiduría imposible, «¿por qué sigues aquí? ¿Por qué sigues recordando? ¿Por qué sigues sangrando palabras que nunca dijiste?».
No tengo respuesta. O tal vez la respuesta es todo esto. Este acto imposible de narrar desde la muerte. Esta necesidad de testimoniar, aunque sea tarde. Esta compulsión de ordenar el caos, aunque ya no importe. Esta urgencia de escribir con ambas manos, aunque ambas estén muertas.
«Una vez más», dice Eva. «Necesitas ver una vez más. El momento exacto en que elegiste el silencio definitivo. El momento en que dejaste de ser poeta para convertirte en fantasma».
«La Academia», susurro. Y la palabra sale sin tartamudeo. Como si la muerte finalmente hubiera curado lo que la vida no pudo.
Y caigo de nuevo. Hacia arriba. Hacia abajo. Hacia el momento donde todo terminó de romperse.
Hacia los 54 días que mataron al poeta.
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