Génesis del Silencio - La Ilusión del Control (2000-2011)

Publicado el 23/02/2026
Advertencia de contenido: Dependencia farmacológica funcional, material de explotación infantil, pérdida fetal traumática, duelo patológico

«Ahora», dice Eva, y su voz tiene la claridad imposible de quien nunca tuvo que aprender a mentir, «verás cómo construiste tu prisión más perfecta. No con barrotes de hierro, sino con mentiras piadosas. No en una celda, sino en un matrimonio. Verás cómo el silencio dejó de ser supervivencia para convertirse en tu segunda naturaleza».

El limbo se disuelve como tinta en agua turbia. Las paredes de este lugar que no es lugar se vuelven cristal empañado por la lluvia. Madrid, marzo de 2000. Una tarde que lo cambió todo, aunque entonces no lo supiera.

Llueve en Madrid esa tarde de marzo cuando salgo del “edificio de cristal” —como se le denomina al edificio donde trabajan los servicios centrales de Información y de la UCO—, después de dieciocho horas analizando discos duros incautados en una operación contra pornografía infantil. Las imágenes siguen reproduciéndose en mi retina como un virus visual del que no puedo deshacerme. Llevo dos años en delitos tecnológicos, dos años desde la Academia, dos años perfeccionando el arte de convertir el horror en datos procesables.

He perfeccionado el arte de existir sin ser. De funcionar sin sentir. De analizar sin implicarme.

Me refugio bajo el toldo de una cafetería en Malasaña, esperando que escampe. El uniforme de la Guardia Civil está oculto bajo una chaqueta civil que no consigue borrar completamente lo que soy: un funcionario de veintiún años que ha aprendido a mirar el abismo sin pestañear, a tomar notas precisas mientras el mundo se pudre en pantallas de ordenador.

Ella llega caminando apresuradamente, protegiéndose la cabeza con una revista médica ya empapada. Maldice en voz baja —algo sobre el parte meteorológico y los turnos que no te dejan pensar en paraguas. Se refugia bajo el mismo toldo, sacudiendo el agua de su pelo castaño como un animal mojado. Me salpica. Se disculpa. Sonríe.

«¿Tienes hora?».

Miro mi reloj con precisión innecesaria. «Las cuatro y veintisiete».

Se ríe. «Podrías haber redondeado a “cuatro y media”».

El agotamiento extremo debe estar cortocircuitando mis defensas habituales.

«Podrías haber comprado un reloj», respondo con automatismo defensivo, sorprendiéndome cuando detecta algo parecido al humor en mi voz seca.

«Touche», dice, y su sonrisa se amplía. «Soy Laura».

«Marco».

Nos quedamos bajo el toldo aunque la lluvia amaina. Hablamos de trivialidades que no se sienten triviales: la imposibilidad de encontrar un piso decente en Madrid, el tráfico, el tiempo impredecible de marzo. Conversación superficial que de alguna manera toca algo profundo.

Me cuenta que es enfermera en el Hospital Clínico. DUE recién diplomada, especializándose en urgencias con cursos adicionales. Que lleva despierta treinta y seis horas. Que ha salvado dos vidas y perdido una en ese tiempo: un niño de ocho años con leucemia que no respondió al último tratamiento experimental.

«¿Cómo lo llevas?», pregunto sin pensar. «Lo de perder una vida».

Me mira con ojos que de repente parecen muy viejos en su cara joven. Reconozco esa mirada: la de quien ha visto demasiado para su edad.

«Compartimentando», dice. «Guardando cada cosa en su cajón. Si no, no podría volver mañana».

Compartimentando. La palabra resuena en mí como un diapasón afinado a mi frecuencia exacta. Es mi palabra, mi método, mi forma de supervivencia.

«¿Y tú qué haces?», pregunta.

«Guardia Civil. Delitos informáticos».

«Debe ser más fácil», dice. «Tratar con máquinas en lugar de personas».

«Las máquinas no cometen delitos», respondo. «Las personas sí. Y dejan rastros. Siempre dejan rastros». No le hablo sobre qué tipo de rastros. No le hablo de los archivos que catalogo, de las imágenes que proceso, de los monstruos que rastreo a través de direcciones IP y metadatos.

La primera omisión. El primer ladrillo en el muro que construiré entre nosotros.

«¿Tomamos algo?», propone cuando la lluvia cesa definitivamente. «Conozco un sitio aquí cerca donde el café no sabe a agua sucia y no te provoca arcadas».

Acepto. Primera violación de mi protocolo personal: no socializar después del trabajo. No mezclar mi vida operativa con nada que se parezca a una vida personal.

El café es efectivamente bueno. La conversación fluye con una naturalidad que me desconcierta. Me habla de su familia en Murcia, de porqué eligió enfermería en lugar de medicina —«quería estar más cerca de los pacientes, no solo diagnosticarlos»—, de sus turnos imposibles y sus jefes que confunden autoridad con incompetencia.

Yo le cuento versiones editadas de mi trabajo. Historias desprovistas de horror, datos sin sangre, análisis sin víctimas. Le hablo de la bodega del abuelo, de viñedos y tradición familiar, omitiendo cuidadosamente cualquier mención a los poemas. Le hablo sobre mi madre, reduciendo años de alcoholismo a «tuvo problemas con la bebida, pero está mejor ahora».

«¿Y tu padre?», pregunta.

«No lo conocí. Se fue antes de que yo naciera».

Hechos desnudos despojados de dolor. La verdad técnica sin su carga emocional.

«Nunca había conocido a alguien que escuchara de verdad», dice después de dos horas, cuando el café se ha enfriado y la cafetería empieza a llenarse del bullicio del viernes tarde. «La mayoría de la gente solo espera su turno para hablar».

«Es deformación profesional», respondo. «En mi trabajo, escuchar es analizar. Buscar patrones. Detectar inconsistencias».

«¿Y qué detectas en mí?».

Aquí es donde podría elegir la honestidad. Donde podría decir: “detecto que necesitas tanto como yo a alguien que entienda que el mundo duele. Que trabajas con la muerte y yo trabajo con la crueldad, y ambos necesitamos refugio”.

En lugar de eso, hago mi número de analista: «Que vienes de una familia acomodada, pero has elegido el camino difícil por convicción, no por necesidad. Que escribes con la mano izquierda, pero te han obligado a usar la derecha para ciertas cosas. Que eres zurda reconvertida como yo».

La observo mientras procesa mis deducciones. Su mano izquierda se mueve instintivamente hacia el bolígrafo en su bolsillo, luego se detiene.

«Para», dice. Me mira con una mezcla de fascinación y alarma. «Es un poco aterrador», dice, pero sonríe.

«Perdón».

«No, no. Es… interesante. Nadie me había leído tan rápido. Tan bien».

«¿Cómo sabes lo de la familia?», pregunta.

«La forma en que hablas del hospital. No tienes la amargura de quien eligió enfermería por falta de opciones. Hay convicción, pero también rebeldía. Como si hubieras decepcionado a alguien al no elegir medicina».

«¿Y lo de la zurdera?».

«La forma en que sostienes el bolígrafo. El ligero temblor cuando escribes. La posición de tu muñeca. Son signos de reconversión forzosa».

Como yo. Como el poeta que asesinaron en Santa Clara cuando tenía cuatro años. Como el que yo mismo maté en la Academia. Pero esa conexión, esa empatía genuina, la convierto inmediatamente en observación clínica.

Nos despedimos intercambiando números. Ella escribe el suyo en una servilleta con esa caligrafía apresurada de quien vive siempre corriendo entre urgencias. Yo memorizo cada trazo, cada número, como evidencia de un crimen que aún no he cometido.

Esa noche, en mi piso que huele a ausencia y desinfectante, hago algo que no he hecho en dos años: escribo. No un poema completo. Solo fragmentos que brotan sin permiso:

Laura
lluvia
risa
luz
Cuatro palabras que no cuadran
En mi ecuación de silencios

Los rompo inmediatamente. Como si las palabras pudieran contaminar mi espacio aséptico. Las palabras son peligrosas. Pueden revelar demasiado, pueden resucitar al poeta muerto y arruinar mi nueva vida de funcionario eficiente. Es más seguro mantenerlo todo en el territorio controlado de los datos y los hechos.

La llamo tres días después. Una eternidad calculada para no parecer desesperado. Para mantener el control. Salimos a cenar a un restaurante italiano en Chamberí donde ella me habla de sus sueños: especializarse en urgencias pediátricas, trabajar con Médicos Sin Fronteras, salvar niños como el que acaba de perder.

Yo le hablo sobre la bodega del abuelo, omitiendo los poemas. Le hablo de viñedos y barricas, de tradición familiar pasteurizada, libre de los microorganismos tóxicos que podrían estropear esta fermentación perfecta que estamos comenzando a elaborar.

«¿Escribes?», pregunta de repente.

La pregunta me golpea como un puño. «¿Por qué lo preguntas?».

«No sé. La forma en que hablas. Como si estuvieras midiendo cada palabra. Como si tuvieras más palabras de las que usas».

Podría haberle confesado todo entonces. Hablarle sobre los versos que murieron en la Academia, sobre las palabras enterradas bajo años de silencio funcional. Podría mostrarle las cicatrices de mi voz estrangulada.

«No», miento. «No escribo nada. Nada más allá de mis informes, quiero decir».

Durante los siguientes meses construimos una burbuja perfecta de normalidad doméstica. Laura trabaja turnos imposibles salvando vidas con esa eficiencia brutal que requiere la medicina de emergencia. Yo analizo crímenes digitales con la precisión de un cirujano, diseccionando el mal con instrumentos técnicos.

En el trabajo, mi especialización se profundiza. El caso 47B-2001: una red de pornografía infantil que opera desde servidores holandeses. Material categoría 5, la peor clasificación posible. Bebés de entre tres y siete meses.

Antonio Rodríguez, mi superior inmediato —Teniente recién ascendido—, es un veterano con quince años viendo lo imposible de ver. El primer día me da su única regla: «No te lo lleves a casa. Construye un muro. Aquí dentro eres analista. Ahí fuera eres persona. No mezcles».

Pero ¿cómo no mezclarlo cuando cada imagen que proceso se superpone con cualquier niño que veo en la calle? ¿Cómo no llevártelo cuando los gritos grabados resuenan en el metro?

Desarrollo mi sistema de supervivencia: cada imagen vista se convierte en datos. Cada vídeo, en metadatos para analizar. Despojo al material de su humanidad para poder procesarlo. Los niños se convierten en “sujetos”. Los agresores en “perpetradores”. El horror en “evidencia”.

La deshumanización como herramienta de supervivencia psicológica.

Funciona durante las primeras semanas. Soy eficiente, meticuloso, frío. Mi capacidad para encontrar patrones en el caos digital nos lleva a identificar a tres de los principales distribuidores. Desarrollo herramientas propias: algoritmos para rastrear descargas en redes P2P, sistemas para identificar patrones de comportamientos pedófilos online en foros underground. Mi informe es impecable, técnico, desprovisto de cualquier rastro de humanidad.

Pero por las noches, en nuestro piso de Argüelles que compartimos desde octubre, las imágenes regresan. No como recuerdos sino como presencias físicas. Sombras que se mueven en los rincones. Sonidos que se filtran por las paredes. El horror que creí haber clasificado durante el día se desclasifica automáticamente en la oscuridad.

Laura lo nota. Por supuesto que lo nota. Es enfermera, está entrenada para detectar síntomas, para leer signos vitales, para reconocer cuando alguien se está desmoronando.

«Estás más callado de lo normal», dice una noche mientras cenamos. «Y eso ya es decir mucho tratándose de ti. ¿Estás bien?».

«Estoy bien. Caso complicado», respondo. Mi escudo verbal automático.

«¿Quieres hablar de ello?».

«No puedo. Clasificado».

No es mentira, pero tampoco es toda la verdad. La verdad es que no quiero contaminarla con lo que he visto. La verdad es que estoy protegiéndola de mí mismo, de mi trabajo, de mi realidad. No quiero que esas imágenes existan en su mundo limpio de urgencias médicas y protocolos salvavidas.

Estoy construyendo muros no solo contra el horror externo, sino contra mi propia naturaleza, contra mi capacidad de sentir, contra mi necesidad de procesar el dolor, compartiéndolo.

Vuelvo a tener pesadillas. Siempre la misma: estoy catalogando material y de repente reconozco a uno de los niños. Es un niño que podría ser mío, que podría ser de Laura y mío. Me despierto gritando, empapado en sudor frío, con el corazón latiendo como un tambor de guerra.

Laura me abraza, me pregunta qué pasa. «Nada», respondo cada vez. «Solo una pesadilla. Estoy bien».

Como si el horror que proceso durante ocho horas diarias fuera “nada”. Como si mi desintegración psicológica fuera un inconveniente menor que no merece atención.

Miércoles. 16 de mayo de 2001.

El médico de la Unidad —un psicólogo del Cuerpo que ha visto demasiados casos como el mío— me receta Diazepam después de cincuenta y dos días de terapia infructuosa y de que el insomnio se volviera crónico pese a los ejercicios de relajación y la higiene del sueño. «Solo para ayudarte a descansar», dice. «Temporal».

La primera pastilla es una revelación, pero no como esperaba. Esperaba niebla, embotamiento, el alivio de la inconsciencia; encuentro algo mucho más inquietante: claridad emocional. Cinco miligramos y algo dentro de mí se desbloquea. No es anestesia lo que siento, sino todo lo contrario: una apertura repentina, controlada, como si una compuerta se hubiera levantado. Emociones que normalmente mantengo confinadas tras muros de análisis riguroso se liberan, controladas pero presentes.

Es aterrador y liberador al mismo tiempo. Con la química alterando mi sistema nervioso, la armadura analítica se afloja lo suficiente para que pueda sentir sin desmoronarme. Me despierta partes de mí mismo que mantuve sepultadas desde parvularios, desde el colegio, desde Elena, desde la Academia.

Los niños del caso ya no son solo “sujetos” —son seres humanos sufriendo, y puedo llorar por ellos sin que el llanto me destruya. Descubro la paradoja: necesito la pastilla no para adormecer el dolor, sino para poder experimentarlo sin que me aniquile.

Esa noche, bajo los efectos del Diazepam, escribo por primera vez un poema completo desde la Academia. Sobre los niños. Sobre mi impotencia. Sobre la necesidad de nombrar el horror para poder sobrevivir a él. No es catarsis —es supervivencia. He encontrado mi válvula de escape programada:

Tengo un niño que grita en mi cabeza,
su alarido retumba en la negrura,
no puedo rescatarlo de su hondura,
ni salvarlo del filo de tristeza.

Le nombro en el abismo, su crudeza
se aferra a mi costado con ternura,
le doy cuerpo en el verso, su amargura
se escribe en la penumbra y la pobreza.

Nadie leerá el grito que lo nombra,
pero soy su testigo en la caída,
en la química oscura de mi sombra.

Por fin me atrevo a darle nueva vida:
sentir es abrazar lo que me asombra,
y ser es la luz que sangra su herida
”.

A la mañana siguiente, horrorizado por mi vulnerabilidad, rompo el papel en pedazos diminutos. Pero esa noche, tomo otra pastilla. Y vuelvo a escribir. Y vuelvo a destruir lo escrito. Establezco mi ritual: medicación-escritura-destrucción. Un ciclo perfecto donde puedo ser poeta durante horas controladas, para volver a ser analista cuando el efecto desaparece.

La brillantez perversa del sistema que desarrollo: puedo programar mi vulnerabilidad. Entre las 22:00 y las 04:00, bajo estricta supervisión química, me permito ser humano. Me permito sentir el peso completo de lo que veo. Me permito llorar por los niños. Me permito escribir sobre el horror.

Y cuando el efecto pasa, vuelvo a ser el funcionario eficiente. Sin riesgo de contaminación emocional durante las horas de trabajo. Sin peligro de que Laura me vea realmente roto. Sin amenaza para mi fachada de normalidad.

Es la solución perfecta para alguien que necesita procesar trauma, pero no puede permitirse ser vulnerable espontáneamente. La medicación no me anestesia —me da permiso controlado para sentir. Me da una ventana de seguridad donde puedo ser quien realmente soy.

El caso se resuelve después de ocho meses. Veintisiete detenidos en tres países. Cuatro menores rescatados de situaciones activas de abuso. Éxito operacional completo. Felicitaciones del mando —y para el mando. Medalla al mérito de la Guardia Civil. Antonio y yo somos héroes anónimos. Siempre anónimos.

Pero el éxito profesional viene acompañado de un nuevo problema: Sandra Arina, destinada desde Tráfico por su especialización en sistemas informáticos. Es la única persona de la Unidad que combina intuición investigadora con capacidad técnica suficiente para entender —y cuestionar— lo que hago.

Nuestra primera interacción es profesionalmente hostil. Sandra señala tres errores en una de mis secuencias de código que llevaba funcionando meses sin problemas. Tiene razón, por supuesto. El código funcionaba por casualidad, no por diseño.

«Tu algoritmo tiene memoria de elefante, pero la lógica de un pez dorado», dice sin levantar la vista de la pantalla. «Funciona, sí. Pero es como caminar por una cuerda floja. Una variable mal dimensionada y todo se viene abajo».

Agradezco la corrección con rigidez profesional; ella responde con un encogimiento de hombros que parece decir “solo hago mi trabajo”. Desde entonces, desarrollamos una dinámica de cooperación crítica que funciona precisamente porque ninguno de los dos necesita caer bien al otro. Solo necesitamos la precisión.

Sandra me observa con esa mezcla de respeto y sospecha que reserva para los códigos que funcionan, pero no deberían. Me estudia como quien examina un programa que se ejecuta bien, pero que internamente es un desastre. No sabe que está más cerca de la verdad de lo que imagina.

Esa noche, mientras Laura duerme pacíficamente en nuestro refugio de normalidad, tomo mi dosis y me encierro en el baño. Lloro durante horas, un llanto silencioso, ordenado, metódicamente controlado por la química. No solo lloro por los niños que rescatamos y por los que no pudimos. Lloro también por mi propia fragmentación. Lloro por el hombre que soy durante el día y por el poeta que solo existe bajo prescripción médica. Por ser tan eficiente en mi fachada profesional que ni yo mismo sé dónde termina la máscara y dónde empieza la persona.

Escribo en mi teléfono, porque no tengo papel:

El silencio no es ausencia Es presencia concentrada De todo lo que no puedo decir De todo lo que solo me atrevo a sentir cuando la química disuelve mi coraza”.

Lo borro inmediatamente, pero lo recuerdo palabra por palabra.

Continúo con el Diazepam después de resolver el caso. Ya no lo llamo “medicina”. Lo llamo “mi ritual”. Cinco miligramos —mi llave hacia un Marco que solo puede existir de forma controlada, programada, bajo supervisión química. Laura no lo sabe. Nadie lo sabe. Es fácil conseguir recetas cuando eres Guardia Civil con estrés postraumático documentado.

Con el tiempo, necesito diez miligramos para alcanzar el mismo estado de vulnerabilidad controlada. No es tolerancia física lo que desarrolla mi cuerpo, sino emocional. Necesito dosis más altas para atravesar muros cada vez más gruesos.

El Diazepam no me adormece —me despierta. No me anestesia —me permite sentir. La paradoja perfecta: necesito químicos para acceder a mis emociones más naturales. Necesito una sustancia externa para conectar con mi interior más auténtico.

Compramos una casa. Un adosado con dos plantas más un ático que empleo como buhardilla personal. Con garaje propio, con porche y con jardín trasero. Nos casamos en octubre de 2004. Ella me lo propone durante un paseo por el Retiro, bajo los mismos árboles donde nos dimos nuestro primer beso.

Laura siempre ha sido más práctica que romántica, más decidida que dubitativa. Más decidida en lo personal que en lo profesional. La he visto dudar durante horas sobre protocolos médicos, pero en nuestra vida juntos siempre ha sido ella quien ha tomado las decisiones importantes: el piso, los muebles, ahora esto.

«Creo que deberíamos casarnos», dice sin preámbulos, con esa practicidad de enfermera que ha aprendido a ir al grano. «Llevamos dos años juntos. Funciona. Somos compatibles. Nos queremos».

“Queremos”, no “amamos”. Un amor medido, racional, sostenible. El tipo de amor que puede construirse sobre versiones editadas de uno mismo.

«¿Es una propuesta?», pregunto.

«Es una propuesta», confirma.

Acepto, por supuesto. ¿Cómo no iba a aceptar? Laura es mi refugio, mi prueba de normalidad, mi demostración de que soy capaz de tener una vida funcional a pesar de todo. Casarme con ella es como aprobar un examen de cordura que no sabía que estaba haciendo.

La boda es pequeña, práctica, eficiente. Como nosotros. El abuelo Honorio asiste con su mejor traje y una sonrisa que dice “por fin”. Elena no viene. Está en su cuarto intento de desintoxicación, esta vez en una clínica de Guadalajara que cuesta más de lo que puedo permitirme, pero que promete “resultados definitivos”.

Durante el banquete, el abuelo me lleva aparte.

«Estás contento», dice. No es una pregunta.

«Sí», respondo. Y no es mentira. Estoy contento en la medida en que alguien puede estar contento cuando ha renunciado a la mitad de sí mismo.

«Laura es buena mujer», continúa. «Te hace bien».

«Sí».

«¿Y el vino?», pregunta. Se refiere a las botellas de mi cosecha, a la promesa no cumplida.

«Esperando», respondo.

«Bien», dice, con una resignación que ahora reconozco. «A veces las cosas necesitan tiempo».

Pero ambos sabemos que no es tiempo lo que necesito. Es valor. Y el valor es precisamente lo que busco en las pastillas que tomo cada noche, en la vulnerabilidad controlada que me permito solo bajo prescripción.

Los primeros años de matrimonio son una clase magistral de normalidad fingida. Laura y yo funcionamos como un equipo bien sincronizado. Ella trabaja turnos de doce horas en urgencias, salvando vidas con esa eficiencia brutal que requiere la medicina de primera línea. Yo analizo crímenes digitales con la precisión de un cirujano, diseccionando el mal con instrumentos técnicos.

Por las noches nos reunimos en nuestro espacio que huele a desinfectante hospitalario y café recalentado. Cenamos frente a la televisión, comentamos noticias, vemos series de médicos, compartimos versiones resumidas de nuestros días. Ella me habla sobre pacientes sin nombres. Yo le hablo sobre casos sin víctimas.

Hacemos el amor los martes y viernes con la regularidad de quien cumple un horario. No es pasión, es mantenimiento. Como cambiar el aceite del coche o revisar la presión de los neumáticos. Como limpiar el arma reglamentaria. Necesario para que el mecanismo siga funcionando.

Mi especialización en el trabajo continúa creciendo. Pero también mis herramientas de supervivencia. La colaboración con Sandra me obliga a perfeccionar mi código no solo para que funcione, sino para que sea elegante. Sus revisiones son una terapia técnica: me obligan a ordenar no solo algoritmos, sino procesos mentales.

«Tu estilo es muy particular», me dice un día mientras revisamos un nuevo sistema de rastreo que he desarrollado. «Eficiente, pero con capas de redundancia innecesarias. Como si programaras esperando que todo falle al mismo tiempo».

No le digo que programo exactamente eso. Que cada línea de código anticipa la catástrofe. Que mi arquitectura digital refleja mi arquitectura emocional: múltiples sistemas de respaldo para cuando el principal colapse.

Pero cada caso me cuesta más fragmentos de alma. La única forma de procesarlo es a través de mi ritual nocturno: la pastilla que me permite acceder al poeta que sigue vivo en algún lugar dentro de mí. Cada caso resuelto genera un ciclo de poemas que escribo bajo la influencia química y que destruyo sistemáticamente antes del amanecer.

Algunos fragmentos de estos poemas fantasma los guardo en una carpeta cifrada en mi ordenador. Migajas de mi verdadero yo que preservo como quien esconde un tesoro que no se atreve a contemplar.

La dosis de Diazepam sube gradualmente. Quince miligramos se convierten en veinte —repartidas principalmente entre la mañana y la noche. No para funcionar mejor durante el día, sino para prepararme para el momento en que pueda ser vulnerable bajo condiciones controladas. Añado Lexatin —1.5 mg— para extender la ventana de vulnerabilidad controlada, Stilnox —5 mg, media dosis— para esas noches en que necesito que el poeta en mí tenga más tiempo para expresarse antes de que el sueño lo silencie.

¿El objetivo? Aparentar normalidad perfecta durante las horas sociales mientras proceso el trauma en sesiones químicamente supervisadas. Es arquitectura emocional. Dos personas en un cuerpo, turnándose según el horario de las pastillas.

No es adicción —es logística existencial.

Es un juego peligroso de química cerebral. No busco el embotamiento, sino la apertura regulada. No quiero desconectarme —quiero conectar con partes de mí mismo que mantengo encerradas por necesidad de supervivencia.

Laura no lo sabe. No puede saberlo. Su amor está construido sobre la versión funcional de mí mismo, no sobre el poeta fragmentado que necesita químicos para existir bajo condiciones estrictamente controladas.

En junio de 2007, el universo decide cobrarme la factura.

Es un viernes de junio cuando me quito la camisa después del trabajo y Laura ve la mancha en mi espalda. Un lunar que no estaba allí antes, o que quizás estaba, pero que ahora ha cambiado. Forma irregular, bordes difusos, colores que van del marrón al negro.

«Eso no me gusta», dice con voz clínica. «Tienes que ir que a que te lo miren».

«Es solo un lunar».

«Marco, soy enfermera. Eso no es solo un lunar».

Tiene razón, por supuesto. Siempre tiene razón en lo médico. Pero reconocer que tiene razón significa admitir que mi cuerpo se está rebelando, que años de contención emocional están pasando factura física.

El dermatólogo confirma sus sospechas. Melanoma maligno, estadio II. Escisión amplia inmediata, seguida de biopsia del ganglio centinela.

«Es tratable», dice el doctor García con esa confianza ensayada de quien ha dado esta noticia muchas veces. «La tasa de supervivencia a cinco años es del ochenta y cinco por ciento si se trata adecuadamente».

Ochenta y cinco por ciento. Quince por ciento de posibilidades de que mi silencio me mate literalmente, no solo metafóricamente.

La operación está programada para la semana siguiente. Escisión completa del melanoma más un margen de seguridad de dos centímetros. Si el ganglio centinela está afectado, tendrán que limpiar toda la cadena ganglionar de la axila.

Laura se toma dos días libres para acompañarme. Es la primera vez, en los cinco años que llevamos juntos, que veo miedo real en sus ojos. No el miedo profesional de quien maneja emergencias médicas, sino el miedo personal de quien podría perder algo importante.

«¿Tienes miedo?», me pregunta la noche antes de la operación.

«No», miento. La verdad es que estoy aterrorizado, pero no del cáncer. Estoy aterrorizado de que la anestesia desmonte mis defensas, de que durante la operación hable, de que revele secretos que he guardado durante años. Los anestésicos pueden funcionar como suero de la verdad. ¿Qué pasaría si, bajo sus efectos, empiezo a recitar los poemas que escribo mentalmente? ¿Qué pasaría si confieso mi ritual nocturno con las benzodiacepinas? ¿Qué pasaría si le digo a Laura que solo puedo amarla verdaderamente durante las horas limitadas en que la química me permite ser vulnerable?

«Es normal tener miedo», dice, acariciándome el pelo. «Yo también lo tengo».

Debería consolarla. Debería ser valiente por los dos. En lugar de eso, esa noche altero mi ritual: Stilnox doble, no para calmarme y dormir, sino para extender la ventana de escritura, para permitirme sentir el miedo plenamente y escribir lo que podría ser mi último poema si el cáncer resultara más agresivo de lo esperado.

La operación dura tres horas. Cincuenta y cuatro grapas metálicas para cerrar la herida, desde el omóplato hasta la mitad de la espalda. El ganglio centinela está limpio, pero han tenido que llevarse más tejido del previsto inicialmente.

Cincuenta y cuatro. El número me golpea como una revelación. Como los cincuenta y cuatro días exactos que necesité para matar al poeta en la Academia. Mi cuerpo repite patrones que mi mente intenta olvidar. Los números importantes siempre regresan. Siempre vuelven a ser significativos.

Cuando despierto en la sala de recuperación, Laura está ahí. Su rostro muestra el agotamiento de quien ha pasado horas en modo alerta máxima.

«¿Cómo te sientes?», pregunta.

«Como si me hubieran cortado en dos», respondo. Y es verdad en más sentidos de los que puedo explicar.

Pero el tratamiento no termina ahí. Durante los siguientes once meses siguientes, me someto a revisiones semanales. Análisis de sangre. Biopsias de seguimiento. Mapeo completo de lunares. Fotografías detalladas de todo mi cuerpo desnudo. En febrero de 2006, encuentran otro nódulo sospechoso en la ingle izquierda. Segunda operación: cuarenta y tres puntos para cerrar una herida de veinticinco centímetros que parece un paréntesis deforme escrito en mi piel.

Once meses de vivir en estado de alerta permanente. Once meses de extirpaciones de una docena de nevus atípicos. Once meses donde cada revisión médica es una sentencia potencial. Once meses donde la muerte se convierte en compañera de trabajo.

La cicatriz de la espalda es obscena. Una línea irregular que recorre mi omóplato derecho como un mapa de carreteras rotas. Los puntos forman un patrón que parece morse: líneas cortas y largas que podrían ser un mensaje en un idioma que no comprendo. La de la ingle, más discreta, pero más dolorosa, se inflama cuando cambia el tiempo.

Durante las semanas de recuperación, Laura se convierte en mi enfermera personal. Cambia mis vendajes con precisión profesional, controla mi medicación, me ayuda a ducharme cuando los movimientos de mi brazo están limitados.

Es la primera vez que me ve completamente vulnerable. No puedo ocultar mi debilidad física detrás de funcionalidad profesional. No puedo fingir que tengo todo bajo control cuando no puedo ni abrocharme la camisa.

«Me gusta cuidarte», dice una mañana mientras cambia mis vendajes. «Es la primera vez que me necesitas de verdad».

Sus palabras me golpean como un bisturí. He construido nuestra relación sobre la base de que soy autosuficiente, de que no necesito nada de nadie. Mi vulnerabilidad forzada por la cirugía es lo más parecido a intimidad real que hemos tenido en cinco años de convivencia.

Lo más devastador es que, durante estas semanas de recuperación, mi triángulo químico se desmorona. El Diazepam, el Lexatin, el Stilnox —«Todo interactúa con los analgésicos», dice el médico. «Demasiado riesgo de depresión respiratoria».

Sin mi estructura emocional, el poeta en mí permanece sepultado. No puedo procesar emocionalmente lo que está sucediendo. Estoy físicamente vulnerable pero emocionalmente más blindado que nunca. Es una crueldad: cuando por fin tengo la oportunidad de mostrarme realmente a Laura, he perdido mi acceso a esa parte de mí mismo.

Debería aprovechar este momento. Debería usar esta ventana de vulnerabilidad física para empezar a ser honesto. Para hablarle sobre las pastillas, sobre los poemas, sobre el peso que llevo dentro.

En lugar de eso, me curo tan rápido como puedo. En cuanto los puntos salen, vuelvo al trabajo. En cuanto puedo moverme normalmente, vuelvo a ser el Marco funcional. La ventana se cierra. Retomo mi ritual nocturno, mi vulnerabilidad programada que solo existe cuando nadie puede verla.

La cicatriz me duele durante meses. No solo físicamente, sino como recordatorio constante de mi mortalidad. Cada vez que me visto, cada vez que Laura me toca la espalda, cada vez que me miro al espejo, veo la evidencia de que mi cuerpo puede traicionarme.

Pero también veo otra cosa: supervivencia. He sobrevivido al cáncer. He sobrevivido a la cirugía. He sobrevivido a ser vulnerable frente a Laura sin mis herramientas químicas. Mi capacidad de supervivencia se ha probado una vez más.

Esta experiencia, en lugar de abrirme, me refuerza en mi estrategia de control químico. Si puedo sobrevivir al cáncer manteniendo mis secretos intactos, ¿a qué no podré sobrevivir?

En 2008, Laura menciona por primera vez la posibilidad de tener hijos. Lo hace casualmente, durante una cena, viendo un reportaje sobre la baja natalidad en España.

«A veces pienso que nos falta algo», dice sin mirarme. «Una familia completa».

«Somos una familia», respondo automáticamente.

«Sabes a qué me refiero».

Sí, lo sé. Está hablando de niños. De convertir nuestro dúo funcional en un conjunto más complejo. De añadir variables impredecibles a nuestra ecuación perfectamente balanceada.

La idea me aterroriza. No por la responsabilidad, sino por la honestidad que requiere ser padre. Los niños tienen una capacidad innata para detectar mentiras, para ver a través de las fachadas. ¿Cómo podría mantener mis secretos frente a una mente que no ha aprendido aún que algunas verdades deben ocultarse?

«¿Tú quieres?», pregunto.

«Creo que sí. Tengo veintiocho años. Si vamos a hacerlo, debería ser pronto».

Hablamos durante semanas. Conversaciones donde analizamos pros y contras como si preparáramos un informe técnico. Laura hace listas: ventajas de ser padres jóvenes, desventajas económicas, impacto en nuestras carreras profesionales.

Yo hago mis propios cálculos, más oscuros: ¿Qué tipo de padre sería alguien que necesita químicos para acceder a sus propias emociones? ¿Qué tipo de herencia genética estaría transmitiendo? ¿Qué pasaría si mi hijo heredara mi tendencia al silencio, mi incapacidad para procesar emociones sin medicación?

«Creo que sería bueno para ti», dice Laura una noche. «Tener algo más grande que el trabajo. Algo más importante que los casos que investigas».

No lo entiende. No puede entenderlo. Para mí, tener un hijo significaría tener que elegir: ¿sería el padre analítico, controlado y emocionalmente distante, o el padre vulnerable, sensible y presente que solo existe bajo efectos controlados? ¿Qué versión de mí mismo recibiría mi hijo?

Pero acepto. Por supuesto que acepto. Porque decir que no requeriría explicaciones que no puedo dar. Porque negarme sería admitir que hay algo profundamente roto en mí. Porque Laura quiere ser madre, y yo no tengo argumentos válidos más allá de mis propios miedos patológicos.

Laura deja de tomar anticonceptivos. Durante los siguientes meses, hacemos el amor con propósito. No por placer, no por conexión emocional, sino por procreación. Cada encuentro sexual se convierte en una misión con un objetivo específico.

Mi ritual nocturno continúa. Diazepam, Stilnox, escritura, destrucción. Pero ahora añado algo nuevo: poemas para un hijo que aún no existe. Versos que nunca leerá, palabras de un padre que solo puede existir entre las 22:00 y las 04:00, bajo estricta supervisión química.

Se queda embarazada en octubre de 2009. Un test de farmacia confirma lo que Laura ya sabía por los cambios en su cuerpo. Seis semanas de gestación.

«¿Estás contento?», pregunta, mostrándome el test con sus dos líneas azules.

«Sí», respondo. Y una parte de mí lo está. La parte que siempre quiso ser normal, que siempre quiso tener una vida convencional. La parte que ve en este embarazo la prueba definitiva de que somos una pareja funcional.

Pero la parte más profunda, la parte que solo existe cuando tomo mis pastillas, está aterrorizada. Esa noche, bajo los efectos combinados del Stilnox y el Diazepam, escribo versos desgarradores sobre el miedo a ser padre, sobre la responsabilidad de criar a alguien cuando uno mismo está fragmentado.

«Eva», dice esa misma noche. «Si es niña, quiero llamarla Eva».

«¿Por qué Eva?».

«Significa vida. Y esto», se toca el vientre que aún no muestra nada, «esto es más vida de la que he tenido nunca».

Eva. Vida. La ironía que entonces no puedo percibir.

«Me gusta», digo. Y es verdad. Me gusta porque es simple, porque tiene solo dos sílabas, porque suena como un suspiro.

No sé entonces que Eva será el nombre de mi condena. Que su ausencia pesará más que su presencia. Que amaré más intensamente a la hija que nunca llegará a nacer que a cualquier persona que haya existido realmente en mi vida.

Las primeras semanas son una clase magistral de felicidad doméstica. Laura resplandece con esa luz interior de las embarazadas. Sus náuseas matutinas las trata como síntomas bienvenidos, confirmación de que todo va bien.

Compra libros sobre embarazo que lee con intensidad de opositor. Convierte nuestra habitación de invitados en proyecto de habitación infantil. Empieza a hablar con Eva a través de su vientre, hablándole sobre su día, sobre el mundo que la espera.

Yo observo con mezcla de asombro y terror. Laura está construyendo una relación con Eva antes de que Eva exista físicamente. Está amando a alguien que solo existe como concepto.

«¿Quieres hablar con ella?», me pregunta una noche.

«¿Con quién?».

«Con Eva. Puede oírnos ya. Los bebés reconocen las voces de sus padres desde las veinte semanas».

No le digo que no sé qué decirle a alguien que no existe aún. Que mi relación con lo abstracto siempre ha sido problemática. Que prefiero los hechos a las posibilidades.

En lugar de eso, apoyo mi mano en su vientre y susurro: «Hola, Eva».

Y por un momento, solo por un momento, permito que la esperanza se filtre por las grietas de mi armadura emocional.

La ecografía de las doce semanas es nuestro primer encuentro visual con Eva. Una mancha grisácea con forma vagamente humana que late en el centro de la pantalla. El técnico nos explica cada pixelación: la cabeza, los brazos diminutos, el corazón que late como un tambor microscópico.

«¿Quieren una foto?», pregunta.

Laura dice que sí antes de que yo pueda responder. Salimos de la consulta con una imagen en blanco y negro que parece un mensaje interceptado desde otro planeta. Eva como abstracción visual, como promesa fragmentada.

Esa noche, Laura pega la ecografía en la puerta de la nevera con un imán promocional del hospital. Es oficial: somos una familia esperando ser completa.

Ajusto las dosis: Diazepam a veinticinco miligramos, Stilnox a diez para alargar las sesiones nocturnas. No por ansiedad creciente, sino porque necesito poder sentir más profundamente. Necesito acceder a partes más recónditas de mí mismo, necesito encontrar al padre que sé que existe dentro de mí, pero al que solo puedo acceder a través de la química.

Esa noche, bajo los efectos de mi dosis aumentada, le escribo a Eva el primer poema completo en años que no destruyo inmediatamente:

Estás en camino aún, pero siento
que ocupas más que todo lo vivido,
temo no ser el padre prometido
cuando apenas respiro en el intento.

Espérame, Eva, en medio del tormento,
aprendo a no escapar de lo perdido,
a sentir sin caer en lo temido,
a ser más que mi miedo y mi lamento.

Eres sombra y promesa en mi costado,
presencia que me habita y me sostiene,
futuro que me nombra y me desarma.

Y aquí me tienes, temblando y asustado,
pero abrazo el dolor que me mantiene:
aprendo a ser tu casa, no tu alarma”.

Lo guardo en la misma carpeta cifrada donde conservo fragmentos de poemas anteriores. La primera vez que permito que mis palabras sobrevivan al amanecer.

Las siguientes semanas son un delirio de preparativos. Laura convierte cada tarea doméstica en proyecto relacionado con Eva. Reorganiza armarios para hacer espacio para ropa de bebé. Investiga cochecitos con la misma metodología que usaría para estudiar un nuevo protocolo médico. Compra libros sobre crianza que apila junto a su cama como si fueran textos sagrados.

Yo participo desde la distancia. Ayudo a montar muebles, instalo sistemas de seguridad infantil que aún no necesitamos, calculo presupuestos para gastos futuros. Funciono como un consultor técnico en el proyecto de construcción de nuestra nueva vida familiar.

Pero por las noches, bajo el efecto de mi ritual químico, escribo cartas para Eva. Le hablo sobre quién soy realmente, sobre el poeta que solo existe seis horas al día, sobre cómo espero poder ser un padre mejor que el que soy durante las dieciocho horas restantes.

A las veinte semanas, descubrimos oficialmente que es niña. La ecografía morfológica confirma lo que Laura intuía desde el principio.

«Eva», susurra Laura mientras el técnico nos muestra los genitales femeninos en la pantalla. «Nuestra Eva».

Esa noche, Laura habla con Eva durante media hora. Le habla sobre los planes que tenemos, sobre la habitación que está preparando, sobre lo emocionados que estamos. Su voz tiene una dulzura que raramente usa conmigo, una ternura reservada para alguien que aún no puede juzgarla.

Yo me quedo en el marco de la puerta, observando. Esperando que llegue la noche, que Laura se duerma, para poder tomar mi dosis y convertirme en el padre que quiero ser, aunque sea solo por unas horas.

Todo cambia con una recomendación médica rutinaria. A las veinte semanas, el ginecólogo sugiere amniocentesis. Laura tiene veintinueve años, técnicamente no la necesita, pero el doctor es meticuloso.

«Por precaución», dice con sonrisa tranquilizadora. «Solo para estar seguros».

Amniocentesis. Cariotipo. Palabras que no significaban nada y de repente lo significan todo.

Quince minutos en la consulta. La aguja atravesando el abdomen de Laura para extraer líquido amniótico. Sostengo su mano fingiendo una calma que no siento. El sonido de la aguja perforando la piel, un ‘pop’ casi imperceptible que me revuelve el estómago.

Laura mantiene los ojos abiertos, observando la pantalla donde se ve a Eva moviéndose, ajena a la invasión que penetra su santuario.

Los resultados tardarán dos semanas. Dos semanas que parecen un cruel interludio, un período de falsa seguridad antes de la caída.

Seguimos comprando muebles, pintando paredes, haciendo planes. Instalo una lámpara de estrellas que proyectará constelaciones durante la noche. Laura organiza ropa diminuta por colores y tamaños. Ambos discutimos nombres alternativos, aunque Eva ya está decidido.

Eva fue nuestra elección final después de muchas alternativas. “Dadora de vida”. La cruel ironía de ese significado no se nos escapa durante las largas noches que siguen al diagnóstico.

La consulta está programada para las 9:47 de la mañana. Tres médicos, no uno. Mal presagio. El silencio que precede a la sentencia es lo peor. Esos segundos donde ya sabes que algo está mal, pero aún no sabes qué.

«Hay anomalías severas», dice el jefe del equipo. «Síndrome de Down, síndrome de Edwards y síndrome Triple X. Los tres simultáneamente».

Anomalías. Como si Eva fuera un error de programación, un código mal ejecutado. Mi cerebro intenta procesar la información como lo haría con un programa defectuoso: buscar la línea del error, identificar la variable problemática.

Pero no hay manera de reescribir este código genético. No hay ‘Control+Z’ para la vida de Eva.

Laura aprieta mi mano. Sus dedos están helados. «¿Qué significa eso exactamente?».

El médico nos lo explica con términos ensayados. «Malformaciones incompatibles con la vida». «Probabilidades extremadamente reducidas de supervivencia postnatal». «Sufrimiento fetal significativo».

«Les daremos tiempo para decidir», concluye. «Pero necesitamos una respuesta en veinticuatro horas. Están en la semana veintidós. El límite legal».

Veinticuatro horas para decidir sobre una vida. Nuestra vida. La vida de Eva.

El viaje a casa es un funeral en movimiento. Laura no habla. Sus manos acarician su vientre donde Eva sigue moviéndose, ajena a la sentencia que acaba de recibir.

En casa nos sentamos en extremos opuestos del sofá. El espacio entre nosotros podría medirse en centímetros o en años luz. Entre nosotros, los cojines que compramos juntos en IKEA parecen continentes. Laura abraza el que tiene forma de estrella —lo elegimos pensando en la habitación del bebé. Yo mantengo las manos sobre las rodillas, como si estuviera en posición de firmes en mi propio salón.

«No podemos», dice Laura finalmente. «No podemos obligarla a nacer para sufrir».

«Lo sé», respondo. Y lo sé. He visto suficiente sufrimiento para saber que hay cosas peores que no existir.

«Pero es nuestra hija», continúa, llorando. «Es Eva. Ya tiene nombre. Y la quiero».

«Lo sé», repito, porque qué más puedo decir.

Esa noche, tomo el doble de mi dosis habitual. No para anestesiarme, sino para poder sentir plenamente el horror de lo que está sucediendo. Para permitirme experimentar el dolor sin fracturas. Para poder llorar como Laura llora, para poder conectar con la realidad de lo que estamos perdiendo.

Bajo esa química potenciada, escribo el poema más devastador de mi vida. Lo escribo para Eva, para explicarle porqué hemos decidido lo que hemos decidido. Lo escribo para Laura, que nunca lo leerá. Lo escribo para mí, para recordar que una vez fui capaz de sentir algo tan profundo que me destrozó por completo.

Lo guardo en la carpeta cifrada junto con todos los demás. Es lo único que quedará de Eva cuando todo termine.

A las siete de la mañana, Laura sale de la habitación verde donde ha pasado la noche. Tiene los ojos enrojecidos, la piel transparente. Se ducha, se pone el vestido azul que compró cuando supo que estaba embarazada.

«Quiero que me recuerde así», explica. «El azul era su color».

A las nueve volvemos al hospital. La decisión ha sido tomada sin necesidad de palabras.

El protocolo es frío, metódico, preciso. Un ballet médico ensayado decenas de veces.

Mifepristona primero: una pastilla blanca para preparar el cuerpo. El médico la coloca en la palma de Laura con gesto casi reverente.

«Una vez ingerida, el proceso no puede detenerse», explica. «¿Está segura?».

Laura traga la pastilla sin agua, sin dudar. Una decisión irrevocable como la condición de Eva.

Veinticuatro horas de espera. Veinticuatro horas de limbo donde Eva sigue viva, moviéndose dentro de Laura, pero ya condenada. Cada patada es al mismo tiempo despedida y acusación.

Durante esas veinticuatro horas, me niego a tomar mi medicación habitual. Por primera vez en años, elijo enfrentarme a la realidad sin química, sin filtros. Es el respeto mínimo que le debo a Eva: experimentar su pérdida con total claridad, sin el consuelo de mi vulnerabilidad controlada.

Prostaglandinas después. Inducir el parto. Forzar a la naturaleza.

El proceso dura ocho horas. Laura grita. No de manera contenida, sino desgarrándose desde dentro. Un sonido primitivo que hace vibrar las paredes. Sus uñas se clavan en mi antebrazo hasta hacer brotar sangre.

Me obligan a salir cuando empieza la parte final. «Protocolo», dicen. Espero en el pasillo contando baldosas. Ciento cuarenta y siete blancas. Ochenta y nueve grises.

Cuando todo termina, no nos dejan verla. «Ya se la han llevado», dice una enfermera cuando Laura pregunta. Es protocolo hospitalario: muerte fetal después de las veinte semanas, procesamiento automático.

Incineran a Eva según protocolos. Nadie nos informa de nuestro derecho a verla, de nuestro derecho a reclamar sus cenizas. Nuestro último contacto con ella fue esa ecografía sin latido.

«¿Dónde está?», balbucea Laura al despertar. «¿Dónde está mi niña?».

«Ya se la han llevado», respondo. No sé a dónde. No lo he preguntado.

«Quiero verla».

«Ya es tarde. Ya se la han llevado».

«Quiero verla», repite, más insistente.

Laura se desmorona. Literalmente. Su cuerpo se dobla sobre sí mismo como si alguien le hubiera cortado los hilos que la mantenían erguida. Un sonido que no es humano sale de su garganta, un grito primitivo de dolor que hace que todas las personas en la consulta se pongan tensas.

Yo me quedo inmóvil. Sin mi ritual químico, sin mi acceso controlado a la vulnerabilidad, no puedo procesar lo que está sucediendo. Mi cerebro categoriza: Eva, muerta. Embarazo, terminado. Futuro, cancelado. Pero las emociones están atrapadas detrás de un muro que solo la química puede derribar.

Y es entonces cuando me doy cuenta de la terrible verdad: necesito las pastillas no para funcionar, sino para sentir. No para anestesiarme, sino para experimentar el dolor de forma controlada. Sin ellas, soy incapaz de llorar por mi propia hija.

Mi hija está muerta y no puedo llorar delante de Laura. Siento el peso del dolor como una presión física en el pecho, como si mis pulmones estuvieran llenos de cemento, pero las lágrimas no vienen. Es como si mi cuerpo hubiera olvidado el mecanismo del llanto, como si los conductos lacrimales se hubieran sellado junto con todo lo demás que enterré en la Academia.

Laura nunca me perdona por no verme llorar a nuestra hija. Nunca me perdona por haber sido racional cuando ella necesitaba que fuera emocional. No puede entender que mi falta de lágrimas no es falta de dolor, sino exceso de control. Que necesito mis rituales químicos para poder llorar, para poder procesar, para poder ser humano.

Salimos del hospital con las manos vacías. Entramos esperando salir con una niña y salimos con formularios que certifican que Eva existió durante veintidós semanas y luego dejó de existir.

En casa, la habitación de Eva nos espera. Todo preparado para alguien que nunca lo usará.

Laura se encierra allí durante días. La escucho llorar, pero no entro. No sé qué decir. No sé cómo consolarla cuando yo mismo estoy completamente desconectado del dolor sin mi acceso químico a la vulnerabilidad.

Recalibro todo el sistema: Diazepam a treinta miligramos, Lexatin a tres, Stilnox a cinco cuando el dolor es insoportable. Un cóctel que me permite sentir el dolor de Eva sin destruirme, que me permite llorar cuando Laura duerme, que me permite escribir poemas sobre una hija que nunca conocí bajo la única luz que puede soportar tal oscuridad.

Vuelvo al trabajo después de una semana. Mis compañeros me dan el pésame con incomodidad de quien no sabe qué decir ante la pérdida de alguien que técnicamente nunca existió.

«Lo siento mucho», dice Antonio. «¿Cómo está Laura?»

«Procesándolo», respondo. Como si el dolor fuera un expediente que pudiera archivarse una vez revisado.

Sandra me observa con más atención que de costumbre. Durante una revisión de código, se detiene.

«Escribes tu código de forma diferente», dice. «Es más agresivo. Más… despiadado. Sin comentarios que expliquen cada función».

No le digo que he canalizado mi incapacidad para llorar a Eva en eficiencia técnica. Que cada línea de código es una lágrima que no pude derramar. Que programo con la precisión de quien ha perdido todo lo que importa y ya no tiene nada que perder.

Me sumerjo en el trabajo con intensidad nueva. Casos que antes me perturbaban ahora parecen manejables. El horror digitalizado es más fácil de procesar que el horror personal.

Desarrollo nuevas herramientas de análisis forense. Algoritmos más sofisticados para rastrear criminales online. Mi productividad se dispara. Es como si la muerte de Eva hubiera liberado energía mental que antes dedicaba a preocuparme por el futuro.

Por las noches, bajo el efecto de mi ritual químico, continúo escribiendo para Eva. Poemas sobre lo que podría haber sido, sobre lo que nunca será. Es la única forma que encuentro de procesarlo. Es la única manera que tengo de ser padre para ella.

Laura no vuelve a trabajar durante meses. Cuando finalmente regresa al hospital, es una versión diferente de sí misma. Más dura, más cerrada, más funcionalmente eficiente pero emocionalmente distante.

Nuestras conversaciones se vuelven cada vez más técnicas. Hablamos de horarios, de responsabilidades domésticas, de planes prácticos. Nunca hablamos de Eva. Nunca hablamos de lo que perdimos. Nunca hablamos de cómo su muerte nos cambió a ambos.

El sexo desaparece de nuestro matrimonio. Simplemente, se evapora, como si Eva se hubiera llevado consigo nuestra capacidad de conexión física. Laura y yo coexistimos en el mismo espacio como compañeros de piso educados que comparten gastos y responsabilidades.

Intentamos tener otro hijo. No porque queramos ser padres, sino porque no sabemos qué más hacer con el espacio que Eva dejó. Durante meses, hacemos el amor mecánicamente, tratando de concebir un reemplazo para alguien irreemplazable. Laura se queda embarazada tres veces. Tres abortos espontáneos antes de las doce semanas. Su cuerpo rechaza cada nueva posibilidad.

Después del tercero, nos rendimos. Oficialmente, decidimos que no vamos a tener hijos. No lo hablamos, simplemente dejamos de intentarlo.

Pero el espacio que Eva iba a ocupar sigue ahí. Su habitación permanece cerrada. Sus cosas, guardadas en cajas. Su ausencia, más presente que si hubiera existido.

Mi arquitectura química alcanza su límite: cuarenta miligramos de Diazepam. Stilnox a diez miligramos. Mantengo la misma con el Lexatin. Pero varío las tomas. Una combinación que haría dormir a la mayoría durante días. A mí apenas me permite sentir durante seis horas, escribir bajo sedación controlada en esa ventana microscópica donde puedo ser humano. Laura toma su propia combinación de antidepresivos y ansiolíticos. Somos una pareja de adictos legales que mantienen un matrimonio por inercia.

Una noche del 2010, encuentro a Laura en la cocina a las tres de la madrugada. Está escribiendo en una libreta médica, con esa letra microscópica que usan las enfermeras para las historias clínicas. Llena páginas y páginas con listas obsesivas: síntomas que Eva podría haber tenido, tratamientos que podrían haber funcionado, probabilidades calculadas hasta el décimo decimal.

«¿Qué escribes?», pregunto.

Es la primera vez en meses que muestro curiosidad por algo que no sea estrictamente funcional.

«Nada», responde, cerrando la libreta. «Solo… protocolos. Casos hipotéticos. Ayuda a procesar».

Veo las páginas antes de que las cierre. No son protocolos. Son los datos médicos de Eva repetidos una y otra vez, como un mantra. Como si pudiera cambiar el diagnóstico escribiéndolo diferente. Como si las palabras tuvieran poder retroactivo.

Nos miramos. Por un segundo, somos dos personas rotas procesando el mismo trauma de formas completamente diferentes. Ella con sus listas obsesivas de datos médicos. Yo con mis poemas secretos bajo sedación química.

Podría haberle hablado sobre los versos que escribo bajo los efectos de mi ritual químico. Podría haberle mostrado que una parte de mí sigue siendo capaz de sentir, de crear. Podría haberle confesado que necesito las pastillas no para adormecer el dolor, sino para poder experimentarlo. Podría.

Asiento y vuelvo a mi libro. La ventana se cierra. La oportunidad de conexión real se desvanece como todas las otras.

Esa noche escribo mi último poema sobre Eva:

Tu ausencia pesa más que tu presencia habría pesado Ocupas más espacio muerta que viva Eres más real como fantasma que como esperanza Eva hija que no fue padre que no será Silencio que me enseñó a callar Hasta que no quedó nada que decir si no es bajo la química que me permite sentir”.

Lo guardo en mi carpeta encriptada, junto a todos los poemas que he escrito durante años bajo el efecto de mis rituales químicos y que nadie leerá nunca.

El poeta en mí no muere esa noche. Nunca murió realmente, aunque durante todo este tiempo creí haberlo matado. Sigue vivo, pero enterrado. Secuestrado. Confinado a existir solo en esas horas controladas, entre pastilla y pastilla, entre el Marco analítico del día y el Marco sensible de la noche. Entre el hombre que todos conocen y el hombre que solo yo conozco.

Creí haber matado al poeta, pero solo lo sepulté bajo capas de negación, de control, de código y de control químico. El poeta respiraba en la oscuridad, alimentándose de benzodiacepinas y secretos, esperando. No sé a qué, pero esperando.

«Y ahí terminaste», dice Eva, regresando a este limbo donde el tiempo no tiene sentido. «Ahí terminó todo lo que podrías haber sido».

«No», respondo con esa claridad imposible de quien ve desde fuera del tiempo. «Ahí empezó todo lo que realmente fui. Mi doble existencia. Mi vida fragmentada entre el analista diurno y el poeta nocturno. Todo lo que vino después —Lorenzo, Candela, mi carrera, mi enfermedad, mi muerte— no fue más que la consecuencia de esa decisión».

«¿Qué decisión?», pregunta Eva.

«Elegir la vulnerabilidad controlada sobre la honestidad absoluta. Elegir ser dos personas fragmentadas en lugar de una persona completa. Elegir sentir solo cuando la química me lo permitía, en lugar de aprender a sentir sin destruirme».

Eva asiente. Tiene razón. Como siempre la tiene aquí, en este lugar imposible donde las mentiras no pueden existir.

La muerte de Eva no me destruyó. La muerte de Eva me fragmentó definitivamente. Me mostró quién era realmente cuando se quitaban todas las capas de funcionalidad: alguien incapaz de sentir lo suficiente como para procesar la pérdida más importante de su vida sin ayuda química.

Alguien que prefería controlar su vulnerabilidad a través de pastillas antes que afrontar la verdad de su propio corazón roto con autenticidad absoluta.

«¿Podría haber sido diferente?», pregunto.

«Siempre», responde Eva. «En cualquier momento. Con cualquier decisión. Pero especialmente aquí, conmigo. Si hubieras elegido sentir mi muerte sin la mediación química. Si hubieras elegido compartir tus poemas con Laura en lugar de guardarlos en carpetas encriptadas. Si hubieras elegido la vulnerabilidad real en lugar de la vulnerabilidad programada».

«¿Y entonces?».

«Entonces habrías vivido. Realmente vivido. En lugar de existir fragmentado entre el funcionario diurno y el poeta nocturno que solo respiraba bajo prescripción médica».

El limbo se oscurece gradualmente, pero Eva permanece. Su presencia se vuelve más sólida, más definida.

«Esto es solo el principio», dice. «Aún no has visto lo peor. Aún no has visto cómo mi muerte te convirtió en el padre que nunca debiste ser. Cómo infectaste a Lorenzo y Candela con tu fragmentación. Cómo cuando finalmente encontraste tu voz con Sophia, ya era demasiado tarde».

Su sonrisa tiene ahora una tristeza infinita.

«Vamos, Marco. Tus hijos te esperan. Los que tuviste. Los que destruiste sin saberlo».

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