Génesis del Silencio - La muerte del poeta (1998-1999)

Publicado el 16/02/2026
Advertencia de contenido: Abuso de poder militar, humillación pública sistemática, posible agresión sexual, disociación traumática severa

«Ahora», dice Eva. Su voz tiene la gravedad de quien pronuncia una sentencia. «Ahora verás cómo se mata a un poeta. Cómo se ejecuta la parte más verdadera de uno mismo en público y se sobrevive para contarlo. O para no contarlo nunca».

El limbo se disuelve. O tal vez se solidifica. Las paredes se convierten en hormigón militar. El aire se espesa con calor andaluz. Huelo el sudor rancio de trescientos cuerpos, el cuero de las botas recién lustradas, el metal aceitado de las armas.

Baeza, Jaén. Academia de Cabos y Guardias. Lunes, 10 de septiembre de 1998. Tengo dieciocho años y cinco meses y todavía creo que puedo ser dos cosas a la vez.

Día uno. La llegada. El autobús nos vomita en el patio de armas como ganado en el matadero. Trescientos cincuenta y siete aspirantes para cubrir plazas de libre acceso. Todos con el mismo corte de pelo “reglamentario”. Todos con la misma expresión de determinación mal disfrazada de miedo.

Yo llevo una mochila verde oliva con todo lo reglamentario. Y en el fondo, envuelto en una camiseta, mi cuaderno verde oscuro, casi negro. Doscientas treinta y siete páginas de poemas transcritos con mi mejor caligrafía. Mi obra completa. Mi secreto más peligroso. Todo lo que he conseguido salvar del fuego de Elena y del infierno del colegio.

Visto una camiseta de voluntario de Cruz Roja, orgulloso de los dos años en ambulancias, de mi título de ATTS, del código de barras impreso que proclama: “No somos un número”.

La ironía del código de barras proclamando individualidad no se me escapa, pero aquí, en este contexto, se vuelve profética de formas que aún no comprendo. Y me golpeará después. Cuando ya sea demasiado tarde. Un código de barras proclamando que no somos números…

«¡Formación!», grita alguien.

Corremos. Tropezamos. Nos alineamos como podemos. Primera lección: aquí no somos personas. Somos números. Somos uniformes. Somos la materia prima de la que se forjan los guardias civiles.

El sargento instructor Ramírez aparece. Es un hombre que parece haber sido diseñado con escuadra y cartabón. Bigote perfectamente horizontal. Hombros perfectamente cuadrados. Ojos que habían aprendido a no ver para poder hacer lo que hace. Ojos de quien ha matado algo en sí mismo para poder matarlo en otros.

«Mírenme bien», dice. Su voz tiene la calidez de una sierra mecánica. «Durante los próximos nueve meses, seré su dios. Su padre. Su peor pesadilla. Algunos de ustedes no llegarán al final. Los débiles se irán. Los blandos se romperán. Solo los duros sobrevivirán».

Nueve meses. Doscientos noventa y dos días de régimen interno.

Recorre la formación. Se detiene frente a cada uno. Evaluando. Catalogando. Decidiendo quién será su próximo proyecto.

Se para frente a mí. Sus ojos registran la camiseta. Leo cómo su cerebro procesa la información: Cruz Roja. “No somos un número”. En su Academia. En su patio de armas. Bajo su mando.

Sonríe. No es una sonrisa agradable.

«Nombre».

«Sáez Villanueva, Marco, mi sargento».

«Bonita camiseta, Sáez». Su tono destila sarcasmo. «“No somos un número”. ¿Sabe qué es usted aquí?».

«Un aspirante a guardia civil, mi sargento».

«Error». Se acerca más. Puedo contar los poros de su nariz. Busca mis apellidos en el listado que tiene en su carpeta. «Es el número 5510. Nada más. Nada menos. ¿Entendido?».

«Sí, mi sargento».

«¿Qué es usted?».

«El número 5510, mi sargento».

«Más alto».

«¡Soy el número 5510, mi sargento!».

«Exacto. Aquí todos son números. Y los números obedecen. Los números no piensan. Los números no sienten. ¿Está claro?».

«Sí, mi sargento».

«¿De dónde viene, Sáez?».

«Madrid, mi sargento».

Me mira de arriba abajo una vez más. Hay algo en mi postura, en mi forma de mantener la mirada fija en un punto medio metro por encima de su hombro derecho, que le confirma su primera impresión: “este necesita trabajo extra”.

«¿Qué hacía antes de decidir que quería ser un número en mi Academia?».

La pregunta trampa. La encrucijada. Podría mentir. Decir cualquier cosa. Mecánico. Albañil. Estudiante de derecho. Pero en la ficha está la verdad.

«Estudiaba literatura, mi sargento. Primer año».

El silencio que sigue es denso como alquitrán. Algunos compañeros contienen la respiración. Otros directamente sonríen, oliendo sangre en el agua.

«¿Literatura?» Ramírez saborea la palabra como si fuera algo exótico y potencialmente peligroso. Como si acabara de confesar que estudiaba brujería. «¿Y qué hace un… literato… en mi Academia?».

«Decidí servir a España, mi sargento».

Mentira. La verdad es que no podía pagar la matrícula y Elena había quemado mis apuntes en una de sus borracheras. Pero esa verdad no existe aquí.

«¿Escribe, Sáez?».

Segunda encrucijada. El cuaderno pesa en mi mochila como una bomba. Doscientas treinta y siete páginas de evidencia en mi contra.

«No, mi sargento».

La mentira sale fácil. Natural. He estado practicándola durante años. Con Elena. Con los psicólogos. Con el mundo entero.

«Bien», dice Ramírez. Y hay algo en su tono que me dice que no me cree. Que ha olido al poeta escondido bajo mi ropa de civil que hoy mismo cambiaré por un uniforme nuevo. «Aquí no necesitamos poetas. Necesitamos hombres de acción. ¿Entendido?».

«Sí, mi sargento».

Se aleja. Pero el daño está hecho. Ya tengo etiqueta: el literato. El samaritano. El raro. El que no encaja. El que llegó diciendo que no era un número.

Esa noche, después de que nos asignen literas, taquillas y números, guardo mi camiseta de Cruz Roja en el fondo de mi bolsa. Junto a ella, envuelto en una sudadera, mi cuaderno.

Un compañero de litera se asoma.

«Mala suerte», dice. «Ramírez te ha marcado. Siempre elige a uno o dos cada promoción. Para hacer ejemplo».

«¿Por la camiseta?».

«Por todo. Por cómo caminas. Por cómo miras. Por cómo respiras. Encuentra algo y lo exprime hasta que revientas o te conviertes en lo que él quiere».

Guardo el cuaderno en mi taquilla. Si me han marcado por una camiseta, qué harían si encuentran esto.

Los primeros días son exactamente lo que esperaba. Gritos. Carreras. Flexiones. Instrucción. Aprendemos a marchar hasta que los pies sangran. A montar y desmontar un arma hasta que podemos hacerlo con los ojos cerrados. A obedecer sin pensar.

Pero Ramírez cumple su promesa. Cada error mínimo es magnificado. Cada imperfección, castigada.

«¡5510! ¡Su cama está a 89 grados, no a 90! ¡Veinte flexiones!».

«¡5510! ¡Ha tardado 3.2 segundos en cuadrarse! ¡El estándar son 3! ¡Treinta sentadillas!».

«¡5510! ¿Eso es una arruga en su camisa? ¿O es que la Cruz Roja no le enseñó a planchar?».

«¡5510! Posición de flexión. ¡AHORA!». Me tiene haciendo flexiones sobre el asfalto del patio.

Los demás aprenden rápido: estar cerca de mí es peligroso. Hablar conmigo, más. Soy radioactivo.

Por las noches, cuando los demás duermen, saco el cuaderno. Escribo a la luz de una linterna tenue bajo las sábanas. Poemas sobre la transformación. Poemas sobre el sabor metálico del miedo. Sobre el peso del uniforme. Sobre cómo se siente perder tu nombre y convertirte en un número. Sobre cómo la identidad es algo que puedes quitarte como una camiseta.

El uniforme pesa
Como pesa la renuncia
A ser quien eras
Para ser quien esperan

Guardo el cuaderno en mi taquilla, al fondo, detrás de todas mis cosas. Mi secreto. Mi refugio. Mi última conexión con quien era antes de entrar aquí.

Día 10. Miércoles, 19 de septiembre de 1998. Inspección de taquillas. El día que todo cambia.

Estamos en formación en el patio. El sol de septiembre cae como plomo fundido. Treinta y dos grados, siete décimas a la sombra. Humedad relativa del diecisiete por ciento. Presión atmosférica de mil trece coma veinticinco hectopascales.

Sé estos datos porque cada detalle de este día quedará grabado en mi sistema nervioso con la precisión de un trauma perfectamente conservado.

Llevamos cuarenta y siete minutos en posición de firmes cuando Ramírez aparece. En sus manos, mi cuaderno.

El mundo se detiene. O tal vez soy yo el que deja de existir por un momento. Siento cómo el sudor en mi espalda se convierte en hielo. Cómo mi pulso se dispara a 180 pulsaciones por minuto. Cómo mis pupilas se dilatan.

«Cadetes», dice. Su voz tiene esa cualidad teatral de quien está a punto de disfrutar mucho. «Parece que tenemos un artista entre nosotros. Parece que el 5510 nos ha estado mintiendo. ¿Verdad, Sáez?».

Abre el cuaderno. Lee la primera página.

«“Dedicado a todos los silencios que gritan”», recita con tono burlón. «Qué profundo, ¿no creen, cadetes?».

Suenan algunas risas nerviosas. Todos saben que esto no terminará bien.

«Veamos qué más tenemos aquí», continúa, pasando páginas. «Ah, aquí hay uno bueno. “Madre borracha de silencios rotos, tus manos son aves muertas en mi pelo”».

Su voz adopta un falsete ridículo al leer. Cada palabra es una puñalada en zonas de mi cerebro que creía cauterizadas. Cada verso es una humillación exponencial.

«¿Aves muertas en el pelo, Sáez? ¿En serio? ¿Esto es lo que piensas mientras deberías estar pensando en aprender cómo servir a tu país?».

«Mi sargento, yo…».

«¡SILENCIO!» El grito rebota en las paredes del patio. «No he pedido excusas. He pedido atención».

No respondo. Debo mantener el porte. Debo mantener la posición. No debo darle la satisfacción de verme quebrar.

Continúa leyendo. Poema tras poema. Mis confesiones más íntimas expuestas al sol despiadado y a trescientas gargantas que empiezan a reír. Primero tímidamente. Luego con más fuerza. Finalmente, es una carcajada unánime.

«“La luna se derrama como leche sobre la herida del horizonte”», lee Ramírez con lágrimas de risa en sus ojos. «¿Qué coño es esto, Sáez? ¿Quieres mamar de la teta de la luna? ¿Te faltó pecho de pequeño?».

La imagen es tan absurda, tan vulgar, que las risas se convierten en carcajadas histéricas. Trescientos cuerpos convulsionando de risa. Seiscientos pulmones expulsando su desprecio por lo que soy. Por lo que no he sabido esconder lo suficientemente bien.

Algunos ríen fuerte, aliviados de no ser el objetivo. Otros fuerzan risas nerviosas. Unos pocos mantienen la mirada fija al frente, incómodos pero sin atreverse a disentir.

Puedo oler su aliento colectivo: café del desayuno, restos de dentífrico, el sabor metálico del agua del cuartel. Puedo sentir cada carcajada como un impacto físico. Algunas golpean mi pecho. Otras se deslizan bajo mi piel. Algunas penetran directamente en mi cráneo.

«Escuchen este», dice Ramírez, casi sin poder contener su propia risa. «“Tus manos son mapas que me conducen a países que no visitaré”».

Se detiene. Me mira directamente.

«¿Saben qué creo, cadetes? Creo que Sáez aquí quiere que algún machote le toque con sus manitas de mapa. ¿Es eso, Sáez? ¿Eres un poeta maricón?»

La palabra cae como una bomba. Maricón. En 1998, en una Academia militar, es una sentencia de muerte social.

«No, mi sargento», respondo. Mi voz suena extrañamente tranquila. Sorprendentemente firme. Gracias a años de práctica mintiendo a Elena sobre mi estado emocional.

«¿No qué? ¿No eres poeta o no eres maricón?».

«No soy ninguna de las dos cosas, mi sargento».

«¡MENTIROSO!», dice. El grito rebota en las paredes. Agita el cuaderno. «Aquí tengo doscientas… ¿cuántas páginas de evidencia?».

«Doscientas treinta y siete, mi sargento».

«¡Doscientas treinta y siete páginas de mariconadas!», grita para que todos lo oigan. «¿Saben qué vamos a hacer con esto?»

Se acerca a la formación. Se planta frente a mí. Puedo oler su loción barata mezclada con sudor y satisfacción sádica. Puedo oler su aliento. Café. Tabaco. Odio destilado.

«Sáez, salga de la formación. Al centro».

Camino hacia el centro del patio. Cada paso es medido. Controlado. Por fuera, el cadete perfecto. Por dentro, algo muriéndose, sistemas vitales colapsando en cascada.

«Quiero que lo rompa», dice, tendiéndome el cuaderno. «Página por página. Aquí. Ahora. Delante de todos sus compañeros».

El cuaderno pesa en mis manos como un hijo muerto. Doscientas treinta y siete páginas. Años de trabajo, de supervivencia emocional. Toda mi adolescencia convertida en versos. Todo lo que soy realmente.

«Es una orden, cadete».

Miro el cuaderno. Miro a Ramírez. Miro los trescientos rostros expectantes. Algunos con lástima. La mayoría con alivio de no ser ellos. Muchos con anticipación mórbida. Todos expectantes.

«No, mi sargento».

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas. Claras. Definitivas. Sin tartamudeo.

El silencio que sigue es absoluto. Incluso el aire caliente parece haberse detenido.

«¿Cómo ha dicho?», la voz de Ramírez es peligrosamente suave.

«He dicho que no, mi sargento. No voy a romper mi cuaderno».

Su cara se pone roja. Luego púrpura. Las venas de su cuello palpitan.

«¿Se está negando a cumplir una orden directa?».

«Me estoy negando a destruir mi alma para su entretenimiento, mi sargento».

Nunca veo venir el primer golpe. Su puño impacta contra la boca de mi estómago con la fuerza de un martillo. El aire escapa de mis pulmones. Me doblo. Caigo de rodillas, el cuaderno todavía sigue aferrado en mis manos.

«¡LEVÁNTESE!».

Me levanto. Tambaleante. Pero me levanto.

«Última oportunidad, Sáez. ¡Rompa el puto cuaderno!».

«No, mi sargento».

Esta vez es una patada. En las costillas. Lado derecho. Algo cruje. No sé si es hueso o solo cartílago. El dolor es eléctrico, se extiende como fuego líquido por mi costado.

«¡Está desobedeciendo una orden directa frente a toda la compañía!», grita Ramírez. «¿Saben qué significa eso? ¡Expulsión! ¡Deshonor! ¡Fracaso!».

Pero no me expulsa. No puede. Tendría que explicar porqué. Tendría que admitir que perdió el control. Que golpeó a un cadete por negarse a romper un cuaderno de poemas.

En lugar de eso, hace algo peor.

Me lo quita de las manos y empieza a leer en voz alta. Cada poema. Cada verso. Durante una hora. Bajo el sol abrasador. Mientras yo permanezco de pie en el centro, sangrando internamente, escuchando cómo cada palabra que escribí es profanada, ridiculizada, convertida en munición.

Lee sobre Elena. Sobre sus borracheras. Sobre los golpes. Lo convierte todo en motivo de burla.

«“Mi madre es un vaso roto que corta cuando la tocas”», recita con voz de borracho. «¿Así que mamá bebía, Sáez? ¿Por eso eres tan mariposón? ¿Mamá no te dio suficiente amor?».

Lee sobre el abuelo.

«“El abuelo cuenta sus días en botellas de vino”», dice con tono melodramático. «Vaya familia de borrachos. No me extraña que hayas salido poeta. Y maricón».

Lee sobre el amor no correspondido. Sobre la soledad. Sobre el deseo de pertenencia.

«“Quisiera tener la violencia fácil de los otros / Sus puños que hablan el idioma del respeto”», recita mientras los otros ríen. «¡Pues aquí se lo enseñamos gratis, Sáez! ¡Primera lección! Los maricones poetas nunca serán normales».

Cada poema expuesto es una violación. Cada verso compartido sin permiso es un trozo de mi alma que muere públicamente. Pero no me muevo. Mantengo la posición con sangre en la boca por morderme la lengua. No hablo. No lloro.

Como me enseñó el abuelo: «Cuando no puedas hacer nada más, mantén la dignidad».

Y aquí estoy, sangrando por dentro mientras el sol me calcina y las risas me destrozan. Pero con dignidad.

Finalmente, después de lo que parecen horas, termina.

«Esto», dice Ramírez, sosteniendo el cuaderno en alto como si fuera basura radioactiva, «es exactamente lo que NO queremos en la Guardia Civil. Debilidad disfrazada de profundidad. Sentimentalismo. Mariconería envuelta en metáforas».

Se acerca de nuevo a mí. Su cara está a centímetros de la mía.

«Pero como se ha negado a romperlo usted mismo, Sáez, lo guardaré yo. En mi despacho. Como recordatorio permanente de lo que pasa cuando alguien cree que es especial. Cada vez que la cague, sacaré su cuadernito y leeré otro poema a sus compañeros. Hasta que no quede nada. Hasta que prefiera haberlo roto usted mismo. ¿Entendido?».

«Sí, mi sargento».

«¿Qué es usted, cadete?»

«Un futuro guardia civil, mi sargento».

«¿Y qué no es usted?»

La pregunta del millón. El momento de la verdad. Puedo seguir resistiendo o puedo empezar el proceso. Los cincuenta y cuatro días comienzan aquí.

Trago sangre. Literal y metafóricamente.

«No soy un poeta, mi sargento».

«Más alto».

«No soy un poeta, mi sargento».

Otra piedra para el muro.

«Que lo oigan todos».

«¡NO SOY UN POETA, MI SARGENTO!».

Las palabras rebotan contra los muros del patio. Cada eco es un clavo más en el ataúd del poeta. Pero el poeta no muere de golpe. Morirá poco a poco, durante cincuenta y cuatro días exactos.

«Rompan filas», ordena finalmente. «Todos menos Sáez. Usted se queda».

Los demás se dispersan como metralla. Algunos me miran con lástima. Otros con desprecio. La mayoría con alivio de no ser ellos. Yo sigo en el centro con el sol calcinándome y la sangre coagulándose en mi boca.

Cuando estamos solos, Ramírez se acerca.

«¿Cree que ha ganado algo negándose a romperlo?», pregunta. «¿Cree que su pequeño acto de rebeldía significa algo?»

No respondo.

«Le voy a hacer la vida imposible, Sáez. Cada día. Cada hora. Le voy a enseñar que aquí todos se rompen. Algunos tardan más que otros. Pero todos se rompen. Hasta que se largue por su propio pie o lo saquen en camilla. No quiero poetas en mi Academia. No quiero maricones. No quiero débiles».

Se aleja. Luego se detiene.

«Ah, y Sáez. Si encuentra su cuaderno destrozado un día de estos… bueno, las cosas se pierden. Se rompen. Accidentes».

Empieza el vía crucis.

Los días siguientes son un infierno calculado. Guardias extra. Ejercicios de castigo. “Revisiones” de mi litera donde siempre encuentran algo mal. Flexiones en el barro. Carreras con equipo completo bajo el sol del mediodía.

Ramírez lee una página durante la formación de una mañana. Un soneto sobre la soledad. Lo destroza verso a verso mientras yo mantengo la posición. Guardia nocturna extra. De pie en la garita durante ocho horas. Prohibido apoyarse. Prohibido moverse. Solo pensar en que no debo pensar.

Durante la instrucción, Ramírez me hace marcar el paso en el sitio durante dos horas mientras los demás descansan.

«¡Cante algo, Sáez! ¡Una de sus poesías! ¡A ritmo de marcha!».

No lo hago. Más castigo. Más horas. Las piernas me arden. Pero no canto. No convierto mis versos en marchas militares.

Mis compañeros me evitan. Soy radioactivo. Contagioso. El poeta maricón.

Por las noches, cuando creo que duermo, escucho susurros. Risas. Alguien recitando mis versos con voz aflautada.

No escribo. ¿Cómo podría? Mi cuaderno está en manos del enemigo. Mis palabras son rehenes.

Pero en mi cabeza, los versos siguen formándose. Sobre el sabor de la humillación. Sobre cómo se siente morir por dentro y seguir marchando. Sobre la diferencia entre rendirse y ser derrotado.

Una semana después del incidente. 26 de septiembre de 1998. Encuentro mi litera deshecha. Otra vez. Las sábanas anudadas con formas obscenas. Mensajes en papel higiénico: “Poeta maricón”.

Lo arreglo en silencio. Una y otra vez. Es casi meditativo. Orden del caos. Como escribir, pero con sábanas.

Entre mis cosas, páginas sueltas. De mi cuaderno. Arrancadas. Tres poemas sobre mi madre. Con anotaciones en los márgenes con letra de Ramírez: “Llorón”, “Maricón”, “Basura”.

Las guardo. No sé porqué. Tal vez como evidencia. Tal vez como reliquias.

Esa noche, Moreno se acerca a mi litera.

«Aguanta», susurra. «Solo aguanta».

«¿Hasta cuándo?».

«Hasta que encuentre otro objetivo. Siempre lo hace. Siempre hay alguien nuevo a quien joder».

Pero yo sé que esta vez es diferente. No me eligió al azar. Me eligió porque vio algo en mí que odia. Algo que le recuerda a alguien. O algo que él mismo mató en su interior hace mucho tiempo.

Clase de armamento y tiro. El instructor nos habla sobre la precisión.

«Un guardia civil debe ser preciso en todo», dice mientras desmonta un Z-70 con movimientos que parecen coreografiados. «Preciso en el tiro. Preciso en la observación. Preciso en el informe. La imprecisión mata».

Tomo notas meticulosas. Dibujo el diagrama del arma con exactitud milimétrica. Anoto cada especificación técnica. Es casi como escribir poesía: la búsqueda de la palabra exacta transformada en la búsqueda del dato preciso.

«Sáez», me llama el instructor. «Venga aquí».

Me levanto. Me cuadro frente a él.

«Monte el arma».

Mis manos se mueven con la precisión de quien ha pasado años contando sílabas, midiendo versos, buscando la rima perfecta. Cada pieza encuentra su lugar con un clic satisfactorio. El orden impuesto al caos. Como un soneto perfecto.

«Treinta y dos segundos», dice el instructor, consultando su cronómetro. «Excelente».

Durante el tiro, mi agrupación es perfecta. Todos los disparos en el centro. El instructor me felicita públicamente.

Descubro que tengo buena puntería. Años de precisión poética transformados en precisión balística. Cada disparo es un verso. Cada impacto, una sílaba perfectamente colocada.

«Excelente agrupación, Sáez», dice el instructor de tiro. «Pulso firme. Respiración controlada. Buen trabajo. El mejor promedio de la compañía».

Primera vez que destaco en algo positivo. Pero no es por talento natural. Es porque he transformado mi obsesión por el orden poético en competencia militar. He convertido mi necesidad de estructura en habilidad práctica.

Ramírez está observando desde el fondo. Veo cómo toma notas mentales. Lo observo igual que me observa él a mí.

Algunos compañeros me miran diferente. Ya no soy solo “el poeta maricón”. Soy “el poeta maricón que puede meterte una bala entre los ojos a cincuenta metros”.

Domingo. Día de descanso relativo. Algunos llaman a casa. Otros juegan a las cartas. Yo no. ¿Qué le diría a Elena? ¿Que su hijo ha dejado de tener nombre? ¿Que ahora es solo un número que otros números gritan?

Yo me escondo en una esquina del barracón y escribo. El papel higiénico que nos proporcionan a cada cadete —3 rollos al mes—, áspero como lija de carpintero, se convierte en mi pergamino clandestino. Escribo pequeño, apretado, con un bolígrafo mordido. Palabras que pueden ser tragadas, desechadas o disueltas en agua en caso de emergencia. Poesía desechable para un poeta en extinción.

Un compañero, Moreno, se acerca. Es un chico de Badajoz con cara de bulldog bonachón. De los pocos que no se rió cuando Ramírez me llamó “literato”.

«¿Qué haces?», pregunta.

Cierro el cuaderno.

«Nada. Apuntes».

Me mira. Sabe que miento. Pero no insiste. En cambio, se sienta a mi lado.

«Mi hermana lee mucho», dice después de un rato, tanteando terreno. «Poesía. Dice que es como respirar. Que si no lo hace, se ahoga. Que es lo único que la mantiene cuerda en el pueblo».

No respondo. Pero algo en mi expresión debe delatarme.

«Ten cuidado», añade. «Ramírez tiene fama. Le gusta encontrar el punto débil de cada uno y apretarlo hasta que revienta. Una vez hizo que un chaval se comiera página por página su diario. Decía que así aprendería a digerir sus días».

Instrucción de combate cuerpo a cuerpo. Aprendemos a reducir, a inmovilizar, a causar el máximo daño con el mínimo esfuerzo.

«El objetivo», explica el instructor, «no es pelear bien. Es sobrevivir. Es neutralizar la amenaza. Por cualquier medio necesario».

Practicamos llaves, golpes, puntos de presión. Mi cuerpo aprende un nuevo lenguaje. El lenguaje de la violencia controlada. Cada movimiento medido, calculado. Como versos, pero escritos en carne y hueso.

Durante uno de los entrenamientos, derribo a mi oponente con más fuerza de la necesaria. Hay saña en el golpe. Rabia destilada.

Descubro que la rabia contenida es un combustible excelente para la violencia controlada. Cada golpe que practico es un verso no dicho. Cada llave es una metáfora retorcida.

«Bien, Sáez», dice el instructor de combate. «Pero controle la fuerza. Esto es técnica, no desahogo».

Tiene razón. Estoy golpeando demasiado fuerte. Como si el saco fuera Ramírez. Como si fuera Elena. Como si fuera yo mismo. Pero no es aprendizaje. Es metamorfosis. Estoy convirtiendo la sensibilidad en brutalidad. La precisión poética en precisión para el daño.

Esa noche escribo:

Aprendo el idioma del daño
Conjugo verbos de violencia
En tiempo presente
Porque el pasado ya no existe
Y el futuro es solo
Un blanco al que apuntar

Duchas comunitarias. Hora punta. Vapor, ruido y cuerpos moviéndose.

Bajo los tres pisos con el albornoz puesto y la toalla al hombro. Los pasillos son estrechos, las dos tuberías del techo tienen agujeros mal perforados, desiguales. Fría, tubería de la derecha; caliente, tubería de la izquierda. El agua sale a presión errática. Elijo fría. El shock es brutal. Pero es mejor que quemarse.

Entro. Algunos se apartan. El poeta maricón. Mejor no acercarse mucho. Otros me empujan “accidentalmente” bajo el chorro hirviente. La piel se me pone roja inmediatamente. No grito. Ya he aprendido que los gritos son combustible para ellos.

Me ducho rápido. Eficiente. Pero cuando salgo, mi toalla no está. Tampoco mi albornoz.

«¿Buscas eso?», dice alguien. No reconozco la voz entre el ruido.

Ambos cuelgan de una de las tuberías. Fuera de mi alcance. Tendría que subirme a los lavabos, desnudo, mientras todos miran. El albornoz está manchado de mierda. Literal. Alguien ha cagado en él y luego se ha limpiado el culo con otra parte del albornoz.

«Venga, poeta», dice otra voz. «Trepa. Como el mono que eres».

No lo hago. En lugar de eso, camino desnudo hasta mi taquilla. Subo los tres pisos con calma. Cada paso es una declaración. No me escondo. No corro. No les doy el placer de verme desesperado.

Silbidos. Risas. Comentarios sobre mi anatomía. Sobre lo que querrían hacerme. Sobre lo que creen que me gusta que me hagan.

Llego a mi taquilla. Me visto con tranquilidad. Como si nada.

Cuando salgo, cuando paso por la puerta del baño de la compañía, alguien ha escrito en el espejo con vapor: “Sáez chupa pollas por versos”.

Lo borro con la manga. Otro verso mental:

La humillación es un músculo
Que se fortalece con el uso
Hasta que nada puede herirte
Porque ya estás muerto

Día cincuenta y cuatro. Sábado, tres de noviembre de 2018. El día que todo cambia.

Ya no escribo. No físicamente. Pero en mi cabeza los versos siguen formándose. Los memorizo. Cientos de versos que nunca verán papel. Poemas sobre la transformación. Sobre cómo se mata lo mejor de uno mismo para sobrevivir.

Mi cuerpo cambia. Más músculo. Menos grasa. La mandíbula más apretada. Los ojos más duros. Empiezo a caminar diferente. No como poeta observando el mundo, sino como soldado marcando territorio.

Ramírez lo nota.

Son las tres de la madrugada cuando sucede. Me despierto con ganas de mear. Voy al baño. Está vacío. O eso creo.

Cuando salgo de la letrina, Ramírez está ahí. En calzoncillos y camiseta. De guardia en la Compañía. Borracho. Puedo olerlo desde aquí.

«Sáez», dice. Su voz es pastosa. «Mi poeta favorito».

Intento pasar. Me bloquea el paso.

«¿Sabes qué he estado leyendo?», pregunta. «Tu cuadernito. Hay cosas muy interesantes ahí. Pero está empezando a aburrirme su poesía. Toda igual. Lloriqueos de niño sensible».

Es una victoria pírrica. Mi poesía ya no vale ni para humillarme.

«Sigues siendo el mismo poeta maricón. Solo que ahora lo escondes mejor».

No respondo. He aprendido que a veces el silencio es la única respuesta segura.

«Tu cuaderno», dice, sacándolo de un cajón. «¿Lo quieres?».

Es una trampa. Obvio. Transparente.

«No, mi sargento».

«¿No? ¿No quieres recuperar tus… cómo era… “silencios que gritan”?».

«No, mi sargento».

Me estudia. Buscando grietas. Fisuras. Cualquier signo del poeta.

Y entonces, lo dice:

«El cuaderno lo quemé». Me mira a los ojos. «Fue un bonito funeral. Ardió bien. Como arden las cosas secas. Las cosas muertas».

«Pero leí cosas sobre lo solo que te sientes. Sobre lo mucho que necesitas que alguien te entienda. Que alguien te… toque».

Se acerca. Demasiado.

Su mano se mueve hacia mí. Instinto puro. Mi rodilla encuentra su entrepierna con la fuerza de dieciocho años de rabia contenida.

Se dobla. Jadea. Vomita.

«Hijo de puta», gime.

Algo se quiebra dentro de mí. No es rabia —la rabia la conozco—. Pierdo el control. O tal vez lo encuentro. Quizás no sea pérdida de control, sino su opuesto terrible: un control frío, calculado, nacido de cincuenta y cuatro días viendo su rutina, memorizando sus puntos débiles.

Mis manos se mueven solas, como alguien que ha imaginado este momento cien veces. Un golpe en la nuca mientras está inclinado. Cae. Su cabeza golpea contra la baldosa del suelo y rebota.

‘Crack’.

Sangre. Mucha sangre. Está inconsciente. O algo peor.

Me quedo paralizado. ¿Qué he hecho? ¿Qué acabo de hacer?

Entonces escucho pasos. Alguien viene. El cadete que está de guardia Imaginaria. Huyo. Vuelvo a mi litera. Me meto bajo las mantas. Finjo dormir mientras mi corazón intenta escapar de mi pecho. Pero cuento hasta calmarlo: uno-dos-tres-cuatro-cinco, inhalo, uno-dos-tres-cuatro-cinco, exhalo. Hasta que encuentra el ritmo perfecto de quien está dormido.

Cinco minutos después, gritos. Han encontrado a Ramírez. Mientras los pasos corren por los pasillos, mientras las sirenas perforan la noche, yo sigo contando. Uno-dos-tres-cuatro-cinco.

Cada número es un ladrillo. Cada respiración controlada, una piedra más en el muro que estoy levantando dentro de mi pecho. Alrededor de mi corazón. Alrededor de todo lo que siente.

Ambulancia militar. Oficiales del cuerpo seguridad y Oficiales Superiores del Centro. Interrogatorios. Entrevistas con psicólogos: “¿Dónde estaba? ¿Vio algo? ¿Oyó algo?”

Respondo con precisión matemática. Sin emoción. Sin inflexiones. Mi voz suena como un informe meteorológico.

El psicólogo me estudia. Busca nerviosismo. Culpa. Cualquier signo. No encuentra nada.

Nadie sospecha de mí. ¿Por qué lo harían? Estaba durmiendo. Como todos.

Ramírez sobrevive. Traumatismo craneoencefálico con amnesia postraumática. Tres costillas rotas. No recuerda nada del incidente. O dice no recordarlo.

Vuelve a la Academia, pero no como instructor. No vuelve a mirarme a la cara.

Nunca encuentran al culpable.

Nunca recupero mi cuaderno.

Los días siguientes son extraños. El nuevo instructor es estricto pero justo. No le interesan los poetas. Solo los resultados.

Algo ha muerto en mí. La parte que creía que podía escribir y servir. La parte que pensaba que había espacio para la belleza en este mundo de violencia y órdenes.

Pero la muerte no es instantánea. Es un proceso. Una desconexión sistemática.

No vuelvo a escribir. Ni un verso. Ni una línea.

Es el cuarto día después del incidente cuando empiezo a notarlo. Estoy frente al espejo del baño, afeitándome. La navaja se desliza. Un corte limpio en la mejilla. Veo la sangre brotar. Veo la herida formarse.

Pero es como verlo a través de cristal. Como si le estuviera pasando a otro.

Analizo el corte: dos centímetros de longitud, medio milímetro de profundidad. Curará en cinco días. No dejará cicatriz. Datos. Solo datos.

No duele. O duele, pero el dolor llega procesado, catalogado, archivado. Como información meteorológica.

Cada día que pasa, la distancia se amplía. Entre el Marco que siente y el Marco que analiza. Entre el Marco que sufre y el Marco que observa el sufrimiento con curiosidad científica.

Empiezo a tomar notas mentales. Como si fuera mi propio sujeto de estudio.

Día 6 post-incidente: Reducción del 60% en respuesta emocional a estímulos externos. Incremento del 40% en capacidad de análisis objetivo.

Día 8: Primera evidencia de disociación completa durante ejercicio de combate. Capacidad de observar mi propia violencia como fenómeno separado.

Día 12: Eliminación total de escritura creativa. Sustitución por documentación técnica y análisis de comportamiento.

Es fascinante, de una forma horrible. Estoy asistiendo a mi propia lobotomía emocional. Y la estoy documentando.

La transformación es sistemática. Metódica. Mi cuerpo aprende nuevas respuestas.

Respiración: más lenta, más controlada. Optimizada para precisión, no para expresión emocional.

Movimientos: económicos, medidos. Eliminación de gestos innecesarios que puedan transmitir información sobre estados internos.

Habla: directa, técnica. Eliminación gradual de metáforas, de matices poéticos, de toda ambigüedad innecesaria.

«Estás raro, Sáez», me dice Moreno una mañana. «Diferente».

«¿Diferente cómo?».

«No sé. Más… frío. Como si fueras otra persona».

Tiene razón. Soy otra persona. La anterior murió hace una semana. Esta es la versión 2.0. Mejorada. Sin errores emocionales. Sin vulnerabilidades poéticas.

«Debe ser el entrenamiento», respondo. Mi voz no tiene inflexión. No tiene temperatura.

«¿Estás bien?», me pregunta.

«Estoy bien», respondo.

Moreno me mira como si estuviera viendo un fantasma. Y lo está. Está viendo el fantasma del poeta que fui.

Las pesadillas empiezan. Pero incluso en ellas mantengo la distancia. Sueño con Ramírez cayendo, con el sonido húmedo de su cabeza contra las baldosas. Pero lo analizo como quien estudia un problema de física. Masa por aceleración. Fuerza de impacto. Trauma craneoencefálico predecible.

Sueño con palabras que se convierten en balas. Con versos que sangran. Con metáforas que se rompen como huesos. Me despierto empapado en sudor. Pero en silencio. He aprendido a no hacer ruido ni durmiendo.

Una noche me despierto ahogándome con mi propio grito, que he aprendido a tragar antes de que salga. La litera cruje cuando me muevo. El metal se queja como yo no puedo quejarme. Y entonces lo siento. Al girarme, algo raspa contra mi pierna. Un borde. Un filo de papel.

Me incorporo en silencio. Los demás respiran con el ritmo pesado del sueño militar. Deslizo los dedos entre dos listones oxidados de la estructura metálica. Allí, donde la soldadura mal hecha ha creado una brecha, encuentro un trozo de papel. Doblado. Casi pulverizado por la humedad.

Lo rescato como quien desentierra un cadáver. Lo desdoblo bajo la manta. Lo examino como quien estudia un artefacto arqueológico. Es un fragmento. Un pedazo de otra página de mi cuaderno. Arrancada. Mutilada. Solo tres palabras legibles entre las tachaduras de Ramírez: “Orden del caos”.

La guardo en mi cartera, con los demás trozos. Durante años. Un recordatorio. Una cicatriz. Una lápida para el poeta. No por nostalgia —la nostalgia es una respuesta emocional ineficiente. Lo guardo como evidencia. Prueba del antes y del después. Línea divisoria entre Marco 1.0 y Marco 2.0.

Construyo mi personalidad como quien ensambla una máquina. Componente a componente.

Módulo 1: Eficiencia. Cada acción debe tener un propósito. Cada palabra debe ser necesaria. Nada de ornamentos. Nada de poesía.

Módulo 2: Control. Las emociones son variables incontrolables. Deben ser suprimidas o, si eso es imposible, simuladas. Aprendo a imitar las reacciones humanas apropiadas sin sentirlas.

Módulo 3: Supervivencia. El objetivo primario es completar la Academia. Graduarse. Conseguir un destino. Construir una vida funcional. Todo lo demás es secundario.

Módulo 4: Protocolo de emergencia. Si alguna vez surge algo que amenace con despertar al poeta muerto, activar protocolos de desconexión inmediata.

Es sorprendentemente fácil. Como si hubiera estado esperando toda mi vida a tener una excusa para dejar de sentir.

Jueves, 27 de diciembre de 1998.

Cincuenta y cuatro días desde el último “incidente” con Ramírez hasta mi transformación completa. Cincuenta y cuatro días para matar lo mejor de mí y sobrevivir con lo que quedaba.

Cincuenta y cuatro grapas necesitarían años después para cerrar la herida del cáncer.

Cincuenta y cuatro veces me arrepentiría de no haber golpeado más fuerte.

O de haber golpeado.

Nunca estuve seguro de qué versión era verdad.

Me eligen cabo de escuadra para una práctica. Dirijo a ocho compañeros en un ejercicio táctico. Mi voz suena diferente dando órdenes. Metálica. Sin melodía. Sin ritmo poético. Solo autoridad.

«Excelente liderazgo, Sáez», dice el instructor.

El cambio es evidente. Ya no camino: marcho. Ya no hablo: informo. Ya no observo: vigilo. La transformación externa es completa.

Pero por dentro, el poeta agoniza lentamente. Cada día más débil. Cada día más silencioso.

Durante una práctica de tiro nocturno, el teniente me aparta.

«Sáez, ¿verdad?».

«Sí, mi teniente».

«He estado observándote. Tienes madera. A pesar de… todo. ¿Has pensado en especializarte?»

«No, mi teniente».

«Deberías. Investigación tecnológica, quizás. Se te dan bien los detalles. La precisión. Y en tu ficha dice que tienes conocimientos informáticos».

No le digo que mi precisión viene de años contando sílabas. Que mi atención al detalle es herencia poética. Que refugio mis emociones en el código binario.

Penúltimo día. Mañana será la evaluación final. Teoría. Práctica. Tiro. Combate. Instrucción. Y última evaluación psicológica.

Los que pasen jurarán bandera. Los que no, a casa.

Lo paso todo con notas excelentes.

Por la tarde, formación especial. Van llamando nombres. Los que han pasado, a la derecha. Los que no, a la izquierda.

«¡Sáez Villanueva, Marco! ¡A la derecha!».

Me muevo. Pero algo se queda atrás. El poeta. Lo siento desprenderse de mí como una piel muerta. Como una muda necesaria para sobrevivir.

Por la noche, no puedo dormir. Los versos no escritos se agolpan en mi cabeza como refugiados en una frontera cerrada. Necesito expulsarlos o me volveré loco.

Subo a la azotea. Está prohibido, pero ya no importa.

Baeza brilla a lo lejos. Las estrellas son escasas, ahogadas por la contaminación lumínica de todo el acuartelamiento. Como mis poemas, ahogados por la disciplina.

Y entonces hago algo que no he hecho en cincuenta y tres días: recito. En voz alta. Al cielo. A la nada. A mí mismo.

Todos los poemas que he compuesto mentalmente. Todos los versos que he tragado. Salen en un torrente susurrado. Una hemorragia poética bajo las estrellas.

Es mi funeral privado. Mi despedida al poeta.

Cuando termino, el sol empieza a asomar. He estado recitando durante horas. La garganta me duele. Pero es un dolor bueno. Último.

«Bonito», dice una voz detrás de mí.

Me giro. Es Moreno. El de Badajoz.

«¿Cuánto has oído?».

«Lo suficiente». Se sienta a mi lado. «Mi hermana estaría orgullosa. Dice que los mejores poemas son los que se dicen a las estrellas».

«Ya no soy poeta».

«No. Eres el 5510. Y mañana serás guardia civil. Pero eso…» señala el cielo donde he derramado mis versos, «eso siempre será tuyo. Aunque no lo escribas. Aunque no lo digas. Aunque lo niegues».

Tiene razón y no la tiene. Será mío, pero como se es dueño de un miembro amputado. Presente en la ausencia. Doliendo donde ya no está.

Día de Jura de bandera. Viernes, dieciocho de junio de 1999. Me han elegido Guion de la 2ª Compañía. El honor de llevar el estandarte. Ironía máxima: el poeta muerto convertido en símbolo del Cuerpo que lo mató.

Desfilo con la bandera en alto. Erguido. Perfecto. Vacío. Sin sentir orgullo. Sin sentir nada. Solo ejecutando la tarea asignada con precisión militar.

El abuelo viene a la ceremonia. Me abraza después. Huele a vino, a su tabaco negro y a orgullo.

«Estás diferente», dice. Sus ojos buscan algo en los míos.

«Es el uniforme, abuelo».

Me mira. Sus ojos de viticultor ven más allá.

«No. Es otra cosa. Es como si… como si fueras tú, pero sin ser tú. Pero supongo que es normal. Todos cambiamos».

No le digo que algunos cambios son muertes. Que puedes matar partes de ti mismo y seguir caminando. Que puedes enterrar tu voz y seguir hablando. Que puedes quemar tu alma y seguir respirando.

Cuando me gradúo, soy otro. Eficiente. Frío. Preciso. El guardia civil perfecto.

Ni siquiera me presento en mi destino de guardia eventual. Durante la última conversación con el Teniente que me sugirió la especialización, todo cobra sentido.

—Sáez, he revisado su expediente completo —dice, consultando una carpeta que reconozco como mi historial académico—. Tus conocimientos previos en informática no son “básicos” como indica el resumen. Programación en C, ensamblador, redes, electrónica digital…

No le digo que aprendí todo eso para huir de Elena. Que cada línea de código era una forma de no escuchar sus gritos. Que la lógica binaria era mi refugio cuando el mundo analógico de casa se desmoronaba.

—¿Cómo se las arregló para adquirir esos conocimientos? —pregunta.

—Autodidacta, mi Teniente. Libros de biblioteca, manuales fotocopiados, experimentos con equipos que… conseguía.

No menciono el 486 comprado con sangre y sudor en la construcción. No hablo de las noches programando mientras Elena destruía la casa en sus borracheras. No explico que la tecnología fue mi primer idioma de supervivencia.

—Excepcional —murmura, tomando notas—. Los conocimientos que ha desarrollado por cuenta propia superan los de muchos licenciados en informática. ¿Ha pensado en especializarse?

El momento de la decisión llega cristalino, inevitable. La máquinas no leen poemas en voz alta para humillarte. Los algoritmos no convierten tu vulnerabilidad en espectáculo. El código es honesto: funciona o no funciona. No existe el sarcasmo en una función, no hay burla en un bucle.

—Análisis forense informático, mi Teniente.

—Policía Judicial, entonces. UCO si sus aptitudes lo permiten. —Cierra la carpeta—. Le voy a hacer una recomendación personal. Pero tendrá que demostrar que es algo más que conocimientos técnicos. Tendrá que demostrar que puede pensar como los criminales piensan.

No sabe que llevo años pensando como alguien que esconde cosas. Que soy experto en compartimentar, en cifrar, en mantener secretos. Que toda mi adolescencia fue una lección magistral en cómo ocultar información sensible.

Solicito el curso de Policía Judicial esa misma tarde. Seis meses de formación intensiva. Derecho penal, criminalística, técnicas de investigación. Pero, sobre todo: análisis forense digital. Recuperación de datos. Descifrado. Rastreo.

Todo lo que he hecho conmigo mismo, pero aplicado a encontrar verdades que otros quieren esconder.

Las máquinas no se burlan. Los algoritmos no discriminan. El código no juzga. Son los únicos jueces imparciales que conozco. Y yo voy a aprender a hacer que confiesen todos sus secretos.

Seis meses aprendiendo que todo lo que había desarrollado instintivamente tenía nombre técnico, protocolo oficial. “Análisis de patrones de comportamiento digital” era lo que yo llamaba “entender cómo piensa Elena cuando borra archivos para esconder evidencias”.

Al graduarme, fui el único de mi promoción recomendado directamente para UCO. No por las mejores notas, sino porque según el informe final, mostraba “una comprensión intuitiva excepcional de la mentalidad criminal digital”.

Era el eufemismo perfecto. Lo que realmente había demostrado es que reconocía a los que esconden cosas porque llevaba toda la vida siendo uno de ellos.

Esa noche, en la celebración, brindamos. Los nuevos guardias civiles. Los supervivientes.

Alguien propone un brindis por los que no lo lograron. Por los que se fueron. Por los débiles.

Yo brindo en silencio por otra cosa. Por el poeta que fui. Por los versos que nunca escribiré. Por las doscientas treinta y siete páginas que son ceniza. Por el sistema que funciona. Por la eficiencia. Por la precisión.

Por el número 5510 que aprendió que a veces, para sobrevivir, hay que matar lo mejor de uno mismo.

Y vivir con el cadáver dentro.

Para siempre.

La imagen se congela en ese brindis. El cuartel se disuelve. El guardia civil novato con su uniforme impecable, alzando una copa mientras por dentro algo esencial se pudre. El calor andaluz se evapora. Estoy de vuelta en el limbo con Eva.

«¿Lo hiciste?», pregunta. «¿Golpeaste a Ramírez?»

«No lo sé», respondo. Y es verdad. «Recuerdo hacerlo. Recuerdo no hacerlo. Recuerdo desearlo con tanta fuerza que tal vez mi deseo se hizo recuerdo. O tal vez lo hice y me convencí de que no».

«¿Importa?»

«Sí. No. Las dos cosas».

Eva sonríe. Esa sonrisa imposible de veintidós semanas.

«Lo que importa», dice, «es que ese día mataste al poeta. Con tus propias palabras. “No soy un poeta, mi sargento”. Lo gritaste para que todos lo oyeran. Para que tú mismo lo oyeras. Y funcionó».

«Funcionó», repito.

«Ahí está», dice Eva. «El momento exacto. No cuando gritaste que no eras poeta. No cuando quemaron tu cuaderno. Sino aquí. Cuando brindaste por tu propia muerte y decidiste que era un precio aceptable».

«¿Valió la pena?».

Pienso en los veinticinco años de silencio. En las pastillas. En Laura. En Lorenzo contando obsesivamente. En Candela viendo colores imposibles. En Eva misma, que nunca llegó a nacer.

«No», digo finalmente. «Nada vale matar la mejor parte de uno mismo».

«Cincuenta y cuatro días», murmuro. «¿Por qué ese número? ¿Por qué no cincuenta y tres o cincuenta y cinco?»

«Porque ese era el tiempo exacto que necesitabas», responde Eva. «Ni un día más ni uno menos. El tiempo perfecto para una transformación completa. Como las cincuenta y cuatro grapas de tu operación. Como las cincuenta y cuatro veces que me soñaste antes de que muriera. Los números importantes siempre se repiten, Marco. Siempre vuelven. Como los poemas no escritos. Como los poetas muertos que se niegan a estarse quietos».

«¿Y si no la mataste?», pregunta Eva. «¿Y si solo la enterraste? ¿Y si estuvo ahí todo el tiempo, bajo cincuenta y cuatro capas de negación, esperando?».

«Esperando qué».

«A Sophia. A la crisis. A la muerte. A este momento. A recordar que las palabras no dichas no desaparecen. Solo fermentan. Como el vino del abuelo. Hasta que revientan las barricas».

Y entonces lo entiendo. Porqué estoy aquí. Porqué Eva me guía por estos recuerdos. Porqué duele tanto y porqué es necesario.

No estoy aquí para lamentar al poeta muerto. Estoy aquí para certificar que nunca murió del todo. Que sobrevivió a Ramírez, al silencio, al cáncer, a las pastillas. Que esperó veinticinco años. Que esperó a Sophia, fuera quien fuera. Que esperó hasta este momento imposible en el limbo.

No estoy aquí para lamentarme. Estoy aquí para testimoniar. Para decir, aunque sea tarde, aunque sea desde la muerte, aunque sea inútil: fui poeta. Soy poeta. Incluso muerto, las palabras siguen brotando.

El poeta nunca murió del todo. Solo se enterró vivo. Y sigue esperando.

«Una más», dice Eva. «No la última. Sí la más importante».

«¿Cuál?».

«El día que elegiste vivir muriendo. El día que conociste a Laura y decidiste que el amor era posible sin poesía. Sin voz. Sin verdad».

«El día que elegiste vivir sin vivir».

Y caigo de nuevo.

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