Integración de Protocolos

Publicado el 08/12/2025
Advertencia de contenido: TEPT complejo, depresión mayor, TOC, uso problemático de múltiples sustancias controladas

Anteayer fue mi cumpleaños. Cuarenta y cuatro años. El primero en dos décadas que pasé sin mi cóctel químico habitual. Un domingo extraño, donde cada felicitación se sentía como un reconocimiento a esta nueva versión de mí que aún no sé manejar. Laura organizó una pequeña celebración en casa, controlada y medida como todo en mi nueva vida. Veintiún días desde que salí del hospital y aún me miran como si pudiera quebrarme en cualquier momento.

Lorenzo recitaba en voz baja las estadísticas de recaídas durante el primer mes postratamiento mientras pretendía ajustar mi regalo —un organizador digital que había programado él mismo. Candela me entregó dibujos de colores que, según ella, estaban “aprendiendo a sonreír de nuevo”, aunque algunos seguían escondiendo lágrimas tras sus sonrisas.

El ascensor suena diferente. Quizás siempre ha sonado así, pero la ausencia del Diazepam y del Stilnox en mi sangre transforma cada sonido en una agresión nueva. El zumbido del motor penetra mis tímpanos como un taladro mal calibrado, perforando directamente las membranas blandas de un cerebro desprotegido. El roce metálico de los cables sobre las poleas desgarra mi sistema nervioso como alambres de púas arrastrados sobre nervios expuestos, arrancándome de mi cordura recién estrenada. Los números del indicador de plantas cambian con un clic que reverbera en mi cráneo como el gatillo metálico de una pistola que se amartilla directamente contra mi corteza auditiva.

Respiro hondo, contando mentalmente: un-dos-tres-cuatro-cinco.

La técnica que la psiquiatra me ha sugerido. Pero sin mi química elegida, contar es solo contar. Ya no contiene el caos, solo lo mide. Las cifras no ralentizan el pulso, no amortiguan las sensaciones. No hay espacio entre el estímulo y mi reacción, no hay ese filtro ambarino que convertía el mundo en algo manejable. Ahora cada número es solo una marca en la arena, testigo impotente de una marea que avanza implacable.

La Jefatura de la Guardia Civil me recibe con su misma frialdad arquitectónica de siempre. Conozco cada grieta del techo, cada mancha en la pared del vestíbulo, cada cigarrillo mal apagado en la papelera exterior. Cuatro semanas fuera. Veintiún días de desintoxicación forzosa tras colapsar frente a todos una semana antes. 696 horas desde que me retiraron el arma reglamentaria por “razones de seguridad”. Un parpadeo en la eternidad desde que elegí la verdad sobre la química.

La parte más difícil ha sido firmar el alta voluntaria esta misma mañana. La psiquiatra no me lo ha recomendado, pero tampoco se ha opuesto. Recuerdo sus ojos evaluándome detrás de sus gafas de montura metálica, su bolígrafo golpeando rítmicamente contra el borde de la mesa mientras consideraba mi petición.

«Necesitas rutina estructurada», me ha dicho, «pero cualquier recaída significa volver al programa intensivo inmediatamente».

El diagnóstico sigue grabado a fuego en mi memoria: TEPT-C. Depresión mayor. TOC. Uso problemático de benzodiacepinas e hipnóticos. Etiquetas clínicas para el desastre que soy.

Traducción: Trastorno por Estrés Postraumático Complejo —¿qué coño significa eso realmente?—. Forma elegante de decir “todo lo que tu madre alcohólica y la Academia te hicieron”. Depresión Mayor —como si hubiera una versión menor, más manejable—. Código médico para “no puedes sentir una mierda sin química industrial”. TOC. Tres letras que sintetizan años de contar todo lo contable para mantener la apariencia de control. Uso problemático de benzodiacepinas. Forma civilizada de decir “te has estado automedicando como un puto yonqui con bata blanca”.

Mis credenciales cuelgan de mi cuello como una confesión pública. “Marco Sáez Villanueva - 65535 - Analista”. La misma identificación que he portado durante años, pero que ahora siento como una identidad prestada. O quizás es al revés: la identidad prestada ha sido siempre la otra, la del hombre desintegrado que utilizaba frenos de mano moleculares como otros usan corbatas.

Mi mano izquierda tiembla ligeramente mientras busco la tarjeta de acceso. Los dedos se me contraen con espasmos finos, casi imperceptibles para quien no sabe buscarlos, pero tan evidentes para mí como un terremoto. Las sienes me supuran pánico líquido, como si mi cerebro estuviera licuándose y buscando escapatoria a través de los poros. Es mezcla de adrenalina y abstinencia, aunque no hace calor. El sudor tiene un olor distinto, amargo y químico, como si mi cuerpo estuviera purgando años de toxicidad farmacológica a través de cada glándula. El síndrome de abstinencia sigue manifestándose en pequeños espasmos, en una hipersensibilidad que convierte cada luz fluorescente en un foco de interrogatorio.

La puerta se abre con un chasquido que resuena en mi cerebro como un disparo. Las alarmas antiguas conectadas a las puertas de seguridad pitan en una frecuencia que parece diseñada específicamente para destrozarme los nervios auditivos. Las luces parpadean al ritmo exacto que maximiza la sobrecarga sensorial. El aire acondicionado exhala un aliento gélido que perfora mi epidermis como agujas de acupuntura mal colocadas.

La oficina está exactamente igual. Las mismas pantallas. Los mismos escritorios. Los mismos rostros que ahora me observan con una mezcla de curiosidad y precaución, como si fuera un programa potencialmente malicioso que requiriera cuarentena. Puedo sentir sus miradas taladrándome la nuca mientras me muevo hacia mi escritorio. Quizás solo lo imagino, pero la paranoia es indistinguible de la realidad cuando cada nervio está pelado y expuesto al aire.

Me muevo hacia mi escritorio, consciente de cada paso.

Un-dos-tres-cuatro-cinco. Un-dos-tres-cuatro-cinco.

Contando mentalmente hasta cinco la secuencia numérica que me mantiene anclado. La alfombra de mala calidad raspa contra mis zapatos con cada paso, y el sonido es como papel de lija directamente contra el tímpano. El zumbido de los ordenadores crea una cacofonía insoportable, cada equipo en una frecuencia ligeramente distinta, creando un coro disonante que me perfora el lóbulo frontal.

Ha dejado de ser un ritual obsesivo. Ahora es una forma de mantenerme anclado a la realidad. Ya no cuento medidas de pastillas, ni marcadores de tiempo entre dosis, ni combinaciones calculadas para conseguir estados alterados precisos. Ahora solo cuento pasos. Respiros. Latidos. Lo básico.

—Bienvenido de vuelta, idiota.

Sandra está ahí, de pie junto a mi escritorio, con esa mezcla de dureza y afecto que siempre ha sido nuestra forma de comunicarnos. Sus párpados cuelgan como cortinas rotas, mostrando la función de guardia que ha corrido en paralelo durante mis noches de desintegración. Su expresión intenta mantener la normalidad, pero veo la tensión en sus hombros, el alivio cauteloso en su mirada. Las arrugas alrededor de sus ojos son más profundas, como si hubiera envejecido años en estas semanas.

—Gracias —mi voz suena extraña, despojada de mi triunvirato químico. Más aguda. Más vulnerable. Como si alguien hubiera sacado mi voz habitual y la hubiera sustituido por una versión mal calibrada, con demasiados agudos y una reverberación incómoda—. Las plantas tienen sed.

Las tres pequeñas plantas en mi escritorio, rescatadas hace años de un contenedor, muestran hojas amarillentas. El cactus parece más hundido, la planta araña tiene puntas necróticas, y el pothos está perdiendo su variegación. Sandra las ha regado, pero no lo suficiente. Nadie riega las plantas de un hombre a punto de quebrarse completamente. Nadie invierte tiempo en el entorno de quien podría no regresar.

—Las regué dos veces —protesta Sandra con una media sonrisa, acariciando una hoja moribunda del pothos—. Pero creo que solo te hacen caso a ti. —Su tono se vuelve más serio, su voz bajando a ese registro que usamos cuando las palabras pesan—. Nos diste un susto de muerte, Marco. No vuelvas a hacerlo.

La familiaridad en su voz me golpea con una intensidad que no esperaba. No es solo la colega que me cubre las espaldas en operaciones. Es la Sandra que sostuvo a Laura mientras me metían en la ambulancia. La que recogió a Lorenzo del colegio cuando sonó la alarma. La que se aseguró de que Candela tuviera sus lápices de colores durante los dos primeros días, cuando nadie más pensaba en ello. Esta es la Sandra que estuvo durante mi crisis, la que ayudó a Laura a llevarme al hospital, la que ha sido mucho más que una compañera de trabajo durante todo este proceso.

—¿Cómo estás? —pregunta, examinando cada micromovimiento de mi rostro, cada contracción involuntaria, cada parpadeo—. Y no me digas que bien, porque ambos sabemos que es mentira.

La pregunta flota en el aire como un paquete de datos malicioso, imposible de procesar sin desencadenar alarmas en todo el sistema. ¿Cómo estás? No hay respuesta simple. No hay función que pueda procesar las últimas cuatro semanas y devolver un resultado comprensible. ¿Cómo explicar que mi cerebro se siente como una casa abandonada donde alguien acaba de encender todas las luces? ¿Cómo describir la sensación de que cada nervio de mi cuerpo está conectado directamente a un amplificador sin control de volumen?

—Aquí —respondo, porque es la única verdad indiscutible, la única constante en medio del caos de sensaciones y pensamientos—. Estoy aquí.

Sandra asiente, como si esa respuesta incompleta le dijera exactamente lo que necesita saber. Hay un momento de silencio entre nosotros, cargado de palabras no dichas, de diagnósticos sin pronunciar, de miedos compartidos sin necesidad de verbalizarlos.

—El Capitán y yo… —comienza, bajando la voz y acercándose más. Puedo oler su champú, un aroma a cítricos que antes apenas habría notado y que ahora es tan intenso que casi puedo saborearlo—. Hemos tenido que mover algunos hilos. Todo se ha manejado con extrema discreción. Si esto hubiera llegado a la Dirección General…

No necesita terminar la frase. Ambos sabemos lo que significa. Suspensión de empleo y sueldo, como mínimo. Una investigación interna. Posiblemente el fin de mi carrera. La Guardia Civil no tolera agentes inestables. No tolera adicciones. No tolera vulnerabilidades que puedan comprometer la seguridad. Y yo soy un compendio andante de todo lo que la Institución considera inadmisible.

—Borramos el código —continúa, su voz tan baja que tengo que esforzarme para escucharla, a pesar de mi hipersensibilidad auditiva—. El análisis con los comentarios. Los versos escondidos. Los… —se detiene, buscando las palabras adecuadas, apartando la mirada momentáneamente— los gritos de ayuda. Nadie más lo ha visto. Lo eliminamos del servidor y manipulamos los logs para que pareciera que nunca existió.

El alivio me golpea con una intensidad física, como una inyección directa de oxígeno en venas comprimidas. Mi cuerpo se relaja por primera vez desde que entré al edificio. Una preocupación menos. Una humillación menos. Una exposición menos. Mis colegas no han leído la poesía disfrazada de código. No han visto el torrente lírico que había empezado a infectar mis análisis tras el encuentro con Sophia. No han presenciado mi desintegración silenciosa transcrita en hexadecimal.

—Gracias —logro articular, la palabra insuficiente pero sincera.

—Lo hicimos por ti —aclara—. Pero también porque somos familia, Marco. En este puto cementerio de bytes, solo sobrevivimos los que compartimos claves de cifrado.

Su metáfora me alcanza directamente, como solo puede hacerlo alguien que habla tu mismo lenguaje. Ser familia no es compartir sangre. Es compartir códigos, protocolos de comunicación, cifrados que solo los iniciados pueden descifrar. Somos una familia de datos fragmentados, de almas ensambladas con código imperfecto, de corazones que laten en binario.

Me dirijo hacia la oficina del Capitán Rodríguez. Cada paso es un ejercicio de equilibrio entre el presente frágil y el pasado recién desenterrado. El pasillo nunca me ha parecido tan largo. Las miradas furtivas de mis compañeros nunca tan evidentes. Puedo sentir sus ojos evaluándome, escaneándome como un documento sospechoso, buscando signos de corrupción en mi código fuente. Ignacio, del departamento de análisis de riesgos emergentes, desvía la mirada cuando paso junto a él. Carmen, del grupo de ciberamenazas, sonríe demasiado ampliamente, con ese tipo de sonrisa tensa que se reserva para los enfermos terminales. Miguel, que siempre me invitaba a sus barbacoas, súbitamente encuentra fascinante el modelo de su zapato.

Un zumbido persistente en mis oídos compite con los latidos acelerados de mi corazón. El aire parece más denso, como si tuviera que empujarlo físicamente para avanzar. La luz fluorescente zumba a una frecuencia que reverbera directamente en mis muelas, creando un dolor fantasma en las empastaciones. El crujido del suelo bajo mis pies taladra mis tímpanos. La luz del sol que entra por las ventanas me calcina los nervios ópticos como si me vertieran metal fundido directamente en los globos oculares. El roce de mi camisa contra la piel es como escorpiones arrastrándose sobre llagas supurantes.

El despacho del Capitán huele a desagüe —probablemente por la suciedad del filtro del aire acondicionado— y a ese aroma particular de los hombres que han pasado décadas en el mismo edificio. Como si sus células se hubieran integrado con el mobiliario, con las paredes, con el propio aire acondicionado. Un olor a café rancio, a sudor antiguo, a colonia barata aplicada sobre piel que no se ha duchado lo suficiente. A informes impresos y olvidados durante meses. A comidas recalentadas en el microondas de la sala común.

—Marco —me saluda, levantándose para darme un abrazo que no espero, que me pilla completamente desprevenido. Su espalda es más ancha de lo que recordaba, sus brazos más fuertes. El contacto humano inunda mi sistema con una sobrecarga de información: su calor corporal, el roce de su camisa contra mi piel hipersensible, el sonido de su respiración junto a mi oído, el olor de su loción de afeitado y pasta de dientes, el movimiento de sus músculos bajo la piel—. Siéntate, por favor.

Hay una familiaridad en su gesto que trasciende lo profesional. Más de treinta años en el Cuerpo, más de veinte trabajando juntos, incontables horas compartidas en operaciones, en celebraciones, en momentos que ahora parecen pertenecer a otra vida. El Capitán no es solo mi superior. Es Antonio, el hombre que estuvo en mi quinto aniversario de boda con Laura, que visitó a Lorenzo en el hospital cuando nació, que me ayudó con la mudanza cuando compré la casa. El hombre que consoló a Laura durante la crisis de Eva, que me obligó a tomarme los días de baja cuando descubrieron el primer melanoma, que siempre ha actuado más como un padre que como un jefe.

—Has conseguido el alta voluntaria —observa mientras se sienta, sus dedos entrelazándose sobre la mesa con esa precisión geométrica que siempre ha caracterizado sus movimientos—. El psiquiatra no estaba muy convencido, por lo que me ha comentado Sandra.

—Necesitaba volver —respondo simplemente, mientras mis ojos registran involuntariamente la disposición exacta de los objetos sobre su escritorio: bolígrafo a 90 grados respecto al borde, carpetas perfectamente alineadas, monitores a idéntica altura, reloj orientado precisamente hacia su posición.

Antonio asiente, comprensivo. Su mirada se fija en mí, evaluándome con ojo clínico. Busca los signos: pupilas, temblores, sudoración, ritmo respiratorio. Toda una carrera profesional de mi drogadicción legal y nunca los vio. Ahora que están escritos en el informe médico, no puede dejar de buscarlos.

—TEPT-C. Depresión mayor. TOC. Uso problemático de benzodiacepinas e hipnóticos —recita como si leyera un informe, cada letra una sentencia, cada acrónimo una cadena perpetua—. Un cóctel explosivo que has estado ocultando más de veinte años. ¿Cómo no hemos visto nada de esto?

La pregunta no parece dirigida a mí, sino a sí mismo. Un fallo en el sistema de detección. Un error de análisis. Una brecha de seguridad que no detectó al enemigo interno. El Capitán Rodríguez, experto en patrones de comportamiento, no vio los míos durante todos nuestros años trabajando juntos.

—Porque lo escondí bien —respondo, sorprendiéndome a mí mismo con la honestidad, con la ausencia de filtros habitual—. Soy bueno en eso. En esconderme.

“En fingir ser un sistema funcional cuando estoy completa y sistemáticamente jodido por dentro”, quiero añadir, pero no lo hago. Hay límites en la nueva honestidad recién estrenada, fronteras que todavía me cuesta cruzar sin mis escudos farmacológicos habituales.

El Capitán me estudia durante un momento, como si estuviera calculando coordenadas GPS de una amenaza potencial, midiendo la distancia exacta entre el hombre que creía conocer y el que tiene delante ahora.

—Veinticinco años —dice finalmente, y cada sílaba es un puñal—. Desde que saliste de la Academia, conociéndonos, y nunca supe quién eras realmente.

—Yo tampoco lo sabía —admito, y la confesión fluye sin el dique habitual de contención—. O quizás lo sabía demasiado bien y por eso necesitaba tanta química.

—Cuando me ofrecieron el ascenso a Comandante hace unos años, pensé mucho en ti —dice Antonio, sorprendiéndome con la confesión—. En todos vosotros. En si valía la pena alejarme del equipo por un sueldo mejor.

—¿Comandante? —pregunto, procesando la información.

—Lo rechacé. Su tono es firme, sin rastro de arrepentimiento. Los Comandantes se convierten en políticos, Marco. Gestionan presupuestos, asisten a reuniones, escriben informes para gente que nunca ha estado sobre el terreno. Yo necesito estar aquí, donde se hace el trabajo real. Donde puedo cuidar de mi gente.

El Diazepam, no elegido para silenciar, sino para abrir puertas específicas a emociones que no me permitía en estado sobrio. El Lexatin, no para contener, sino para suavizar los bordes de una vulnerabilidad cuidadosamente programada. El Stilnox, no para olvidar, sino para transformar lo sólido en líquido, permitiendo que las palabras fluyeran como agua de manantial. Mi trinidad sagrada de autocontradicción, mis llaves maestras para acceder a partes de mí mismo que mantenía bajo llave el resto del tiempo. Mi forma sofisticada de permitirme sentir, pero solo cuando, como y cuánto yo decidiera. De ser auténtico, pero únicamente en los momentos químicamente designados para la autenticidad.

La ironía que conseguí explicarle a Hernández, pero que Antonio nunca entendería completamente: tomaba la medicación para controlar precisamente cuándo, cómo y cuánto perdía el control. “Control extremo para permitirse momentos de descontrol controlado”, así lo describió el psiquiatra. “Como quien construye una jaula para sentirse libre dentro de ella”.

Ahora, sin esa jaula química, la libertad es aterradora e ilimitada. El Diazepam abría puertas específicas. El Lexatin suavizaba los bordes ásperos de la realidad. El Stilnox transformaba la solidez en fluidez, permitiendo que las palabras fluyeran sin obstáculos. Cada sustancia tenía su propósito en el algoritmo emocional que había diseñado para mí mismo. Era mi forma de permitirme ser vulnerable, de sentir dolor, de escribir sin miedo, pero siempre bajo parámetros predeterminados en mi laboratorio interior.

Esta contradicción es lo que nadie aquí en la oficina podría comprender: no me drogaba para silenciarme, sino para poder expresarme sin el terror de la expresión total, para sentir sin el riesgo de sentir demasiado, para existir sin el peligro de existir completamente.

Un silencio pesado llena la habitación, denso como plasma sanguíneo coagulado. El Capitán se levanta y camina hacia el armario metálico, blindado, en el rincón del despacho, ese monstruo gris donde se guardan los expedientes confidenciales de cada miembro de la Unidad. Ese archivo de almas descompuestas, ese mausoleo de traumas profesionales donde se archivan todos los perfiles psicológicos —pasados, presentes y candidatos futuros— que han puesto sus manos sobre el fuego de nuestra particular guerra invisible. El metal chirría al abrirse, y las bisagras oxidadas protestan como articulaciones sin aceitar tras años de secretos acumulados. Saca una carpeta roja con la palabra “CONFIDENCIAL” estampada en el frente, las letras desgastadas tras años de consultas furtivas.

—Nunca te lo he dicho —comienza, con una voz que parece salir de algún lugar más profundo, como si hablara desde un pozo abandonado dentro de sí mismo, una frecuencia que nunca le había escuchado usar—. Pero te entiendo mejor de lo que crees.

Abre la carpeta, revelando un expediente médico. Su propio expediente. La tinta azul oficial de la Sanidad Militar cubre formularios que he visto demasiadas veces. Diagnósticos. Tratamientos. Evoluciones. Pero esta vez con su nombre en el encabezado: Antonio Rodríguez Velasco.

—1997. Casi me cuesta la carrera. TOC severo. Insomnio crónico. Ansiedad generalizada —recita, como si fuera un informe más, uno de tantos que analizamos diariamente, y no el mapa de su propio infierno personal—. Después de Valencia. Después de desmantelar aquella primera célula del GIA. Después de encontrar lo que encontramos.

Valencia, 1997. Una de las primeras operaciones contra el terrorismo yihadista en España. Un año antes de mi incorporación al Cuerpo. Sin nombre clave mediático, sin publicidad, sin glorificación posterior. La desarticulación de una célula del Grupo Islámico Armado, esos fanáticos argelinos afiliados a Al-Qaeda que habían empezado a infiltrarse en nuestro territorio desde el año anterior. Desmantelaron el grupo antes de que pudieran ejecutar su plan. Encontraron material, propaganda, planos detallados, explosivos caseros. Y rehenes. Civiles argelinos. Seis. Inmigrantes secuestrados, torturados para “purificar su fe”. Habían estado cautivos durante semanas en un sótano infecto. Dos ya habían muerto cuando llegaron. Antonio estaba al frente de la unidad táctica-operativa. Fue él quien forzó la puerta del sótano. Él quien encontró primero los cuerpos. Él quien tuvo que ver lo que ningún ser humano debería ver. Lo que los informes oficiales redactan en lenguaje aséptico. Lo que los noticieros nunca muestran. Lo que queda impreso en las retinas de quienes llegan primero, como ácido corrosivo derramado sobre fotografías que nunca se borrarán.

—El desorden se convirtió en mi orden —continúa, mientras su dedo índice alinea milimétricamente el borde de la carpeta con el del escritorio—. Cada archivo perfectamente alineado. Cada lápiz exactamente a 90 grados. Cada protocolo seguido al milímetro —un tic imperceptible sacude la comisura de su ojo derecho mientras habla—. No tomaba pastillas como tú. Mi droga era el control. Controlaba cada detalle porque no podía controlar lo que veía cada vez que cerraba los ojos.

El frío me invade como agua helada filtrándose por grietas invisibles, empapando cada órgano desde dentro. No puedo apartar la mirada de sus manos, que ahora arreglan obsesivamente los objetos del escritorio, ajustando ángulos que ya eran perfectos, corrigiendo alineaciones que no necesitaban corrección. Reconozco el patrón. Veo el reflejo. El espejo se ha convertido en ventana y ahora puedo ver al otro lado, hacia una habitación donde se ha estado desarrollando un ritual paralelo al mío durante todos estos años.

Esta confesión inesperada me deja sin palabras. El Capitán, siempre perfecto, siempre en control, revelando su propia prisión, su propio mecanismo de defensa. La ordenación perfecta de su escritorio ya no parece solo una manía militar, sino la manifestación visible de una guerra interior que nunca sospechamos.

—¿Por qué me cuentas esto ahora, Antonio? —pregunto, de repente consciente de cómo el aire acondicionado golpea contra mi nuca, de cómo las luces fluorescentes zumban a una frecuencia específica que parece diseñada para quebrar cristales y nervios a la vez.

—Porque necesitas saber que lo entiendo. La necesidad de control. La ilusión de que puedes mantener el caos a raya si solo sigues las reglas correctas, si solo te apegas al protocolo adecuado —su voz tiene un tono que nunca le había escuchado, una vulnerabilidad inusual en un hombre que siempre parece inquebrantable, un quiebre en la armadura—. Y porque necesitas saber que hay otra forma.

Sus ojos se fijan en los míos, una mirada penetrante que por primera vez no parece la de un superior evaluando a un subordinado, sino la de un hombre observando a otro que camina por el mismo infierno que él ya recorrió.

—¿Por qué vuelves? —pregunta finalmente, cambiando el tono, volviendo a ese registro profesional que conocemos tan bien—. Podrías haber seguido de baja. Pedir una licencia o una excedencia temporal. O incluso solicitar una incapacidad permanente, con ese diagnóstico.

La pregunta reverbera en mi cabeza, golpeando contra las paredes de mi cráneo como una bala perdida. ¿Por qué volver? ¿Por qué regresar a este lugar donde cada pantalla, cada línea de código, ha sido parte de mi prisión autoimpuesta? ¿Por qué no aprovechar la baja, las semanas libres, la posibilidad legal de no estar aquí? ¿Por qué volver a un lugar donde cada terminal de ordenador me recuerda cómo me escondí tras el código, cómo utilicé algoritmos para enterrar al poeta, cómo traduje el silencio a lenguaje máquina?

—Porque es parte de mí —respondo lentamente, buscando las palabras con la precisión que antes usaba para los análisis forenses, pero que ahora empleo para cartografiar mi propio interior inexplorado—. No todo ha sido una mentira. No todo ha sido un escape. Hay… hay belleza aquí también. En el código. En los patrones. En la forma en que los datos cuentan historias si sabes cómo leerlos.

Las palabras flotan entre nosotros como una ecuación a medio resolver, como un programa que compila, pero aún no ha sido probado. No explican todo, no justifican nada, pero contienen un fragmento de verdad que ambos reconocemos.

El Capitán asiente, como si mi respuesta confirmara algo que ya sospechaba, como si hubiera estado esperando precisamente esas palabras.

—Trabajarás con Sandra —indica, volviendo a su rol oficial, pero sin la distancia habitual—. Como siempre. Pero en revisión de casos cerrados. Nada activo por ahora. Nada que pueda… —se detiene, buscando la palabra correcta, la expresión precisa para algo que no está en ningún manual de procedimientos— nada que pueda desequilibrarte.

—Entendido.

—Y Marco —añade cuando me levanto, su voz alcanzándome antes de que llegue a la puerta— si necesitas salir, si necesitas un momento, si necesitas… cualquier cosa. No te quedes en silencio. Ya hemos visto dónde lleva eso.

—¿Nunca has…? —empiezo a preguntar, pero no sé cómo terminar la frase, cómo formular la pregunta que realmente quiero hacer.

—¿Recaído? —completa, entendiendo perfectamente a qué me refiero, leyendo el código incompleto como solo puede hacerlo alguien que ha escrito la misma función—. A veces. Hay días en que cada expediente debe estar perfectamente alineado. Días en que reviso las cerraduras cinco veces antes de irme. —Su sonrisa es triste, pero genuina, una grieta en la máscara profesional que raramente permite—. La diferencia es que ahora lo sé. Lo veo. Y tengo…

Señala una pequeña foto enmarcada en su escritorio. Su esposa. Sus hijos. Su ancla a la realidad. Su salvavidas en la tormenta. Los rostros que lo traen de vuelta cuando las compulsiones amenazan con arrastrarlo.

—Los cuerpos policiales tienen una tasa de suicidios que duplica la media nacional —añade, con voz más grave, volviendo a ese tono oficial que usamos para distanciarnos de las verdades intolerables—. No quiero esa estadística en mi Unidad. No otra vez.

Otra vez. La palabra cuelga entre nosotros, cargada de significado, pesada como plomo radiactivo. Recuerdos emergen: Torres, el que apareció en su coche con un disparo en la sien después de aquella operación contra la red de pornografía infantil. Méndez, que se tiró desde el octavo piso el día que se cumplían cinco años de la muerte de su hijo. Soler, que se voló la tapa de los sesos en el vestuario, con el arma reglamentaria. Otros agentes que no lo consiguieron, que eligieron una salida definitiva cuando el peso fue demasiado.

El resto de la mañana transcurre en una extraña normalidad. Sandra me asigna la revisión de un caso antiguo: un análisis de patrones de phishing que resultó en la detención de un grupo organizado dos años atrás. Trabajo simple. Mecánico. Una forma de reintegrarme sin presión, de permitirme recalibrar mi cerebro sin la química habitual, de reconstruir circuitos neuronales a partir de fragmentos dispersos por años de automedicación.

Mis dedos encuentran su lugar en el teclado por instinto, a pesar de las cuatro semanas de ausencia. El sonido de las teclas resuena en mis tímpanos con una intensidad insoportable, como pequeñas explosiones bajo mis falanges. La luz del monitor me agrede las retinas como un interrogatorio llevado a cabo con focos industriales y amenazas verbales. El cable de los auriculares roza contra mi muñeca, y la sensación es como alambre de púas arrastrándose sobre piel recién afeitada. Cada estímulo es un asalto sensorial, cada input una agresión sin filtrar.

La pantalla muestra columnas de datos, direcciones IP, timestamps, secuencias de transacciones. Antes, esto habría sido mi refugio. Un universo ordenado, predecible, donde cada bit tenía su lugar y cada byte su propósito. Un lugar donde podía esconderme, donde las ecuaciones, los algoritmos y las líneas de código eran una fortaleza contra el caos emocional.

Ahora veo algo diferente. El código ya no es solo código. Las secuencias de transacciones cuentan historias. Los patrones de comportamiento revelan vidas enteras condensadas en datos. Hay poesía en esas columnas de números, y ya no necesito ocultarla entre líneas, porque ahora puedo verla directamente, sin traducción, sin filtros, sin máscaras.

Detrás de cada transacción hay una persona. Un individuo. Un ser humano con esperanzas y miedos, con anhelos y pesadillas. Los flujos de datos son como líneas de un poema en código, donde cada byte cuenta una historia, donde cada paquete de información es una estrofa de vida comprimida en secuencias binarias.

“Los mejores hackers son poetas que no encontraron otra forma de expresarse”, dijo Sophia. O quizás lo dije yo mismo, proyectando en ella lo que necesitaba escuchar. Ya no importa realmente. La verdad sigue siendo verdad, independientemente de su origen.

Dejo que mis dedos dancen sobre el teclado, siguiendo los patrones, rastreando las secuencias. Es como leer un libro donde cada página tiene múltiples capas, donde cada párrafo esconde significados que solo se revelan cuando sabes buscarlos. Y yo sé buscarlos. Siempre he sabido. Solo que antes esa habilidad me aterraba, me paralizaba, me obligaba a esconderme tras capas de protección química.

A las dos horas, el temblor en mis manos es más evidente. Los dedos teclean con espasmos involuntarios, como si estuvieran interpretando una partitura errática escrita por un compositor demente. Un sudor frío empapa mi espalda, empapando la camisa que se adhiere a mi piel como un parche medicinal caducado. La mente se me nubla momentáneamente, como si neblina digital invadiera mis procesos cognitivos.

La abstinencia sigue su curso, y mi cuerpo protesta contra la ausencia de la química a la que lo he acostumbrado durante años. Siento un hormigueo inquietante en los dedos, como si pequeñas descargas eléctricas viajaran por mis terminaciones nerviosas. La piel me arde con un roce tan leve como el de la camisa contra mis brazos. Las articulaciones me pesan, como si me hubieran inyectado plomo líquido directamente en la médula ósea. Pequeños escalofríos me recorren la columna vertebral, como si alguien me pasara cubitos de hielo por la espalda.

Sandra lo nota inmediatamente, sus ojos registrando cada microespasmo facial, cada contracción, cada temblor. Se acerca a mi escritorio, aparentando casualidad, pero con la cautela de quien se aproxima a un sistema inestable.

—Deberías hacer un descanso —sugiere, con un tono que mezcla preocupación genuina y firmeza profesional—. El médico dijo cuatro horas máximo el primer día, y ya llevas casi tres seguidas frente a la pantalla.

—Estoy bien —respondo automáticamente, la respuesta programada, el protocolo de siempre. La mentira que ha sido mi escudo durante años.

—No, no lo estás —insiste, con una firmeza nacida de semanas viéndome luchar, de años observando mis patrones, de una vida entera lidiando con su propio hermano adicto—. Y está bien no estar bien. Es parte del proceso. El médico lo dijo, y ambos lo sabemos.

Cedo, reconociendo la sabiduría en sus palabras, permitiendo que la realidad se filtre a través de las grietas de mi negación. En la sala de descanso, el aroma del café me golpea con una intensidad casi dolorosa, como si alguien me hubiera metido granos recién molidos directamente en las fosas nasales. Sin la membrana farmacológica que amortiguaba mi realidad, cada sentido está amplificado al máximo.

El sabor metálico del agua del grifo es como lamer una batería de coche. La textura áspera de la silla plástica contra mis muslos es como papel de lija industrial aplicado directamente sobre nervios expuestos. El zumbido fluorescente que antes apenas notaba es ahora una presencia constante en mi consciencia, como un mosquito digital que me zumba directamente en el cerebro, buscando perforar la barrera hematoencefálica.

—¿La familia? —pregunta Sandra mientras me ofrece un vaso de agua, sus ojos registrando cada micromovimiento de mis manos temblorosas.

—Sobreviviendo —respondo, observando cómo el agua ondula en el vaso siguiendo el patrón exacto de mis temblores, creando pequeñas ondas que reflejan la luz fluorescente en patrones hipnóticos—. Lorenzo está en terapia también. Resulta que heredó más que mi aptitud para los patrones.

Por supuesto que los ha contado. Los días desde mi colapso. Las horas de mi ausencia. Los minutos de nuestras llamadas supervisadas desde el hospital. Por supuesto que ha buscado el patrón en el caos de mi descomposición. Es lo que yo le he enseñado a hacer: convertir el dolor en algoritmos, la incertidumbre en secuencias predecibles, el miedo en ecuaciones resolubles. He transmitido mi enfermedad a mi hijo como otros transmiten ojos azules o cabello rizado. Solo que mi herencia es una prisión de números, un laberinto de patrones obsesivos del que ahora él también intenta escapar.

—¿Y Candela?

—Sigue dibujando colores con emociones. Pero ahora algunos brillan.

Sandra asiente, como si eso tuviera perfecto sentido, como si fuera completamente normal que una niña de siete años percibiera las emociones como entidades cromáticas con características propias. Quizás lo es. Quizás es otra forma de procesar lo improcesable, otro lenguaje para traducir lo intraducible.

—Mi hermano dibujaba ecuaciones —dice después de un momento, removiendo su café con ese ritmo específico que delata años de conversaciones en salas de hospital, de vigilias junto a camas de contención—. Estando ya en el psiquiátrico. Decía que las matemáticas eran el único lenguaje que no mentía.

—Y tenía razón —respondo, mientras observo cómo la luz se refracta en el agua de mi vaso, creando un arcoíris microscópico que solo yo puedo ver—. Los números no mienten. Somos nosotros quienes mentimos sobre lo que significan.

Los números siempre han estado ahí, inmutables, constantes. Dos más dos siempre será cuatro. Una secuencia Fibonacci siempre seguirá el mismo patrón. Un número primo siempre será divisible solo por sí mismo y por uno. La mentira es pretender que esa constancia puede protegernos, que esa inmutabilidad puede contagiarnos, que ese orden puede salvarnos del caos inherente a la existencia.

Mi teléfono vibra. Un mensaje de Laura: “Candela ha preguntado si puedes ayudarla con su tarea cuando vuelvas. Dice que necesita a alguien que entienda los colores tristes”.

Algo revienta en mi interior como una tubería podrida bajo presión, inundando mi sistema con una verdad corrosiva que disuelve todas las estructuras de contención. Un último sello putrefacto entre mi verdad y el mundo, una membrana gangrenada que finalmente se pudre lo suficiente para que la infección supure a la superficie, ante la realidad de lo que mi silencio ha causado. Mi hija de siete años, buscando en mí precisamente aquello que he estado ocultando durante más de veinte años.

La ironía cósmica me aplasta como si el universo hubiera activado una prensa hidráulica precisamente encima de mi cabeza. Toda la energía que he dedicado a esconder el poeta, y mi hija busca precisamente al poeta, no al analista. Toda la vida creando máscaras, construyendo fachadas, levantando muros, y mi pequeña puede ver a través de ellos como si fueran de cristal. Ha notado lo que yo he negado. Ha visto lo que yo he ocultado. Ha comprendido lo que yo no he querido aceptar.

—¿Estás bien? —la voz de Sandra atraviesa la niebla, me alcanza a través de la bruma de realización que me envuelve como una manta electrificada.

—No —admito, y la palabra se siente como una victoria pequeña pero significativa, la primera ficha de dominó en una cascada de verdades por venir—. Pero lo estaré.

Una verdad tan simple, tan fundamental, tan básica. Y, sin embargo, la primera vez en más de veinte años que la pronuncio sin filtros. Una nueva sensación me invade, tan extraña que tardo en reconocerla: orgullo. Un orgullo minúsculo, frágil como un recién nacido, pero real.

El resto del día transcurre en una alternancia entre momentos de lucidez perfecta y episodios de ansiedad aguda que el nuevo medicamento, recetado por el psiquiatra, apenas logra contener. No es Diazepam, no es Lexatin, no es Stilnox. Es Buspirona, me explicó en nuestra última sesión. Algo diferente. Algo que no elegí yo, sino un profesional. Algo que no busca silenciarme, sino mantenerme funcionando mientras aprendo a existir sin máscaras químicas.

La diferencia es sutil, pero fundamental: la Buspirona suaviza los bordes de la ansiedad, pero no la elimina. No construye una pared entre mis emociones y yo, sino que establece un amortiguador, un espacio para procesar sin ser completamente abrumado. No es una anulación de la realidad, sino una ayuda para enfrentarla. No anestesia el dolor, solo lo hace soportable. Y lo más importante: no la elijo yo en función de mi deseo de control, sino que sigo la prescripción de un profesional que busca sanarme, no silenciarme.

A las dos de la tarde, mi tiempo asignado termina. Cuatro horas. El límite establecido por el equipo médico. «Reincorporación gradual», me dijeron. «El cerebro necesita tiempo para reajustarse. Como un músculo atrofiado que vuelve a ejercitarse, no pueden pedirte que corras una maratón el primer día.»

Antes de irme, abro el editor de código por última vez. No para trabajar en ningún caso, sino para algo personal. Mis dedos vuelan sobre el teclado, creando una nueva función:

>> def integrate_protocols(data_stream, emotional_state):
>>     """
>>     Función para integrar flujos de datos con estados emocionales.
>>     La verdad técnica y la verdad emocional no son opuestas.
>>     Son facetas complementarias de la misma realidad.
>>     
>>     Parameters:
>>     -----------
>>     data_stream : array-like
>>         Flujo de datos a procesar.
>>     emotional_state : dict
>>         Mapa del estado emocional actual.
>>     
>>     Returns:
>>     --------
>>     integrated_output : dict
>>         Datos procesados con conciencia emocional.
>>     """
>>     # Inicialización
>>     integrated_output = {}
>>     
>>     # Procesamiento con conciencia dual
>>     for data_point in data_stream:
>>         # Análisis técnico
>>         technical_meaning = analyze_technically(data_point)
>>         
>>         # Reconocimiento emocional
>>         emotional_resonance = analyze_emotionally(data_point, emotional_state)
>>         
>>         # Integración de ambas perspectivas
>>         integrated_output[data_point] = {
>>             'technical': technical_meaning,
>>             'emotional': emotional_resonance,
>>             'integrated': synthesize(technical_meaning, emotional_resonance)
>>         }
>>     
>>     return integrated_output

Lo guardo en mi espacio personal, no en el servidor. No es código para el trabajo. Es código para mí. Un recordatorio de que puedo existir en ambos mundos simultáneamente. Que la precisión técnica y la resonancia emocional no son enemigas, sino compañeras en la búsqueda de la verdad completa. Una declaración de intenciones en forma algorítmica. Un manifiesto en forma de función. Un poema técnico sobre la integración.

Al salir, el Capitán me entrega discretamente un pendrive. «Algo más complejo», dice sin explicación. Lo entiendo sin necesidad de palabras: una prueba. Está evaluándome. Viendo si el nuevo Marco es funcional, si puedo manejar responsabilidades reales de nuevo. Es un voto de confianza cauteloso, una oportunidad que tendré que ganarme día a día, análisis a análisis, caso a caso.

El camino a casa se siente diferente. La ciudad me agrede con una realidad despiadada, como si alguien hubiera arrancado la película protectora que separaba mi cerebro del mundo, dejando cada sensación desangrarse directamente en mis receptores. Sin el velo químico, Madrid muestra colores que he olvidado que existían.

El cielo me apuñala con un azul tan obsceno que parece una provocación deliberada, como si el universo vomitara color directamente en mis pupilas desprotegidas. Los edificios proyectan sombras con bordes definidos, nítidos, casi matemáticos en su precisión. Hay ecuaciones en la arquitectura, patrones en el movimiento de los transeúntes, ritmos en el tráfico que fluye como versos en un poema urbano.

Un músico callejero interpreta algo en una guitarra desafinada, y cada nota desalineada es como un alambre de púas arrastrándose por mi tímpano. Una mujer con un perfume excesivamente dulce pasa a mi lado, y el aroma me invade como un gas tóxico, haciendo que mi estómago se revuelva. El autobús frena con un chirrido que parece diseñado específicamente para herirme, una frecuencia que ataca mis terminaciones nerviosas como un virus personalizado.

Lorenzo me espera en la entrada del adosado. Su cuerpo delgado está apoyado contra la pared, y sus dedos se mueven en ese patrón familiar: uno-dos-tres-cuatro-cinco. Lo hace casi imperceptiblemente, un tic que solo alguien que comparte el mismo ritual podría reconocer. Un bailarín minúsculo ejecutando una coreografía neurológica que conozco demasiado bien. El fantasma genético de mi propio TOC manifestándose en la siguiente generación.

—Papá —saluda cuando me ve, su rostro intentando mantener esa neutralidad que ha desarrollado como mecanismo de defensa—. ¿Has terminado tu primer día?

—Sí —respondo, acercándome lentamente, consciente de no invadir su espacio, respetando los límites invisibles que ha establecido—. Cuatro horas. Como estaba previsto.

Lorenzo asiente, procesando la información con la precisión analítica que ha heredado de mí. Sus ojos, idénticos a los de Laura, escanean mi rostro buscando signos específicos: dilatación de pupilas, sudoración, temblores, enrojecimiento. Está ejecutando un diagnóstico visual, y lo hace con la eficiencia implacable que he fomentado en él durante años.

—Papá —dice después de un momento, sus dedos tamborileando ese ritmo familiar—. ¿Los números… todavía te atrapan? ¿Como a mí?

La pregunta me detiene en seco. Mi hijo, mi reflejo algorítmico, el portador involuntario de mi obsesión por los patrones, formulando la pregunta exacta que yo nunca me he atrevido a hacer. Verbalizando lo que durante media vida he intentado negar. Diagnosticando con precisión milimétrica la enfermedad que ni siquiera yo he sido capaz de nombrar.

—No —respondo, buscando las palabras adecuadas para explicar algo que apenas comienzo a entender yo mismo—. Los números nunca fueron la prisión. Era lo que hacía con ellos. Cómo los usaba para esconderme.

Lorenzo considera esto. Su mente brillante procesa la información como un algoritmo de aprendizaje adaptándose a nuevos datos. Puedo casi ver las conexiones formándose en su cerebro, las sinapsis estableciendo nuevos vínculos, las conclusiones emergiendo de patrones de pensamiento recalibrados.

—He estado trabajando en algo —dice, mientras saca su portátil de la mochila—. Un programa. Para ti.

La pantalla muestra una interfaz simple pero elegante. Un editor de texto dividido en dos secciones: “Código” y “Poesía”. Entre ambas, un botón: “Integrar”.

—¿Qué es? —pregunto, aunque ya comienzo a intuirlo, aunque mi corazón ya ha empezado a bombear adrenalina pura ante lo que esto significa.

—Un traductor —explica Lorenzo, sus dedos acariciando la pantalla con ese cuidado reverencial que siempre muestra hacia la tecnología—. Escribes código en un lado y te sugiere posibles estructuras poéticas basadas en la sintaxis. O escribes poesía y te sugiere estructuras de código que podrían capturar esa misma lógica.

La tráquea se me colapsa como un edificio controladamente demolido, sepultando palabras que nunca deberían haber nacido. Desnudo de mis escudos farmacológicos, las emociones son brutalmente reales, tan físicas como un puñetazo en el plexo solar. Mi hijo, a quien he intentado proteger ocultando mi verdadera naturaleza, ha creado una herramienta precisamente para reconciliar las dos mitades de mi ser.

Lorenzo, con sus once años, con su cerebro brillante y atormentado, ha visto a través de la fachada que he mantenido durante dos décadas. Ha comprendido mi fragmentación, ha mapeado mi disociación, ha diagnosticado mi división interna. Y en lugar de juzgarla, ha buscado una solución técnica. Ha programado un puente entre mis mundos separados.

—Es… —intento hablar, pero las palabras se atascan como datos corruptos en un sistema sobrecargado. La garganta me arde como si hubiera tragado cristal molido—. Es perfecto, Lorenzo.

—No funciona del todo bien todavía —aclara, con el perfeccionismo que también ha heredado de mí, con esa incapacidad para aceptar el elogio que reconozco como propia—. Los algoritmos de traducción entre lenguajes formales y naturales son complejos. Pero sigo trabajando en él.

Por supuesto que sigue trabajando en él. Por supuesto que no lo considera terminado. Por supuesto que ve fallos donde yo solo veo milagros. Es mi hijo. Mi reflejo. Mi legado algorítmico.

Entramos juntos a casa. Laura está en la cocina, preparando algo que huele a orégano y tomate. El aroma me golpea con una intensidad que antes nunca hubiera percibido, despertando receptores olfativos que han permanecido adormecidos bajo capas de anestesia química. También ella parece diferente. No más suave, sino más definida en sus bordes, como si mi ausencia hubiera intensificado sus contornos emocionales en lugar de suavizarlos. Sus movimientos son precisos, calculados, cada gesto una afirmación territorial que proclama “sobreviví sin ti, como siempre lo hago”.

—Bienvenido —saluda, con una sonrisa que no llega a sus ojos, una cortesía performativa que parece ensayada frente a un espejo—. ¿Cómo ha ido?

—Extraño —respondo honestamente—. Pero bien. Diferente.

Me estudia con esa mirada doble que he aprendido a reconocer: la enfermera clínica evaluando síntomas y la mujer herida catalogando evidencias para un juicio futuro. Sus ojos registran cada temblor, cada gota de sudor, archivándolos como pruebas de mi fragilidad, de mi incapacidad para mantenerme entero sin química industrial. Hay una postura en su cuerpo, una tensión controlada que habla de vigilancia constante. Estas tres semanas sin mí también le han cambiado. Ha tenido que ser madre soltera de facto. Ha tenido que explicar cosas a los niños. Ha tenido que cargar sola con el peso de nuestra vida compartida. Y en algún nivel, esto ha alimentado su identidad de mártir sacrificada, de superviviente única de un dolor que nadie más podría comprender.

—Papá —la voz de Candela llega desde la sala—. ¿Puedes ayudarme con mi tarea? Los colores están confusos hoy.

Mi hija está sentada en la alfombra, rodeada de libros de arte y dibujos. Sus colores expresivos miran desde el papel con emociones que van desde la alegría hasta la confusión. Un azul parece particularmente desconcertado, con grandes ojos interrogantes y una postura encorvada. Un rojo vibra con una energía nerviosa, como si no pudiera quedarse quieto en el papel. Un amarillo parece intentar esconderse detrás de otros colores, como si temiera ser visto.

—¿Qué pasa con los colores, princesa? —pregunto, sentándome a su lado, absorbiendo el caos creativo que siempre rodea a mi hija.

—No saben qué sentir —explica Candela con la seriedad que solo los niños pueden dar a las cosas importantes, con esa gravedad que confiere absoluta legitimidad a cada palabra—. Antes estaban tristes porque tú estabas triste. Luego asustados porque tú estabas asustado. Ahora están… confundidos. Como si no supieran qué viene después.

Me quedo mirando los dibujos de mi hija, cada trazo una revelación, cada matiz una confesión. Cada color es un retrato emocional. Cada tono una ventana a cómo ella percibe el mundo. No es una metáfora elaborada. No es un ejercicio de imaginación. Es simplemente la forma en que su mente brillante y sensible procesa la realidad, cómo traduce lo invisible a lo visible, cómo externaliza lo que otros intentamos contener.

—Creo que están aprendiendo —respondo finalmente, las palabras fluyendo desde un lugar que no sabía que existía en mí, un espacio que la química mantenía sellado—. Como yo. Como todos nosotros. Están aprendiendo que pueden ser muchas cosas. Tristes a veces. Felices otras. Confundidos cuando es necesario.

Candela considera esto con la seriedad de una filósofa miniatura, con la intensidad de quien está procesando una revelación cosmológica fundamental.

—¿Pueden ser poemas? —pregunta después de un momento, sus ojos —mis ojos— brillando con una chispa de reconocimiento.

—Sí —respondo, sorprendido por la pregunta, por su intuición, por cómo ve conexiones que nunca le he mostrado explícitamente—. De hecho, los mejores poemas tienen colores ocultos. Se llama sinestesia. Es como pintar, pero con palabras.

Los ojos de Candela se iluminan, como si acabara de revelarle un secreto universal, como si hubiera confirmado algo que ella siempre ha sospechado, pero nunca había podido nombrar.

—¡Lo sabía! —exclama, comenzando a dibujar frenéticamente—. Sabía que los colores podían contar historias. Como el gris de los ojos del abuelo que siempre parece estar contando un cuento triste.

Laura nos observa desde la entrada del salón que da a la cocina. Por un momento, nuestras miradas se encuentran por encima de la cabeza de Candela. No hay el reproche habitual en sus ojos, ese fuego controlado que siempre parece a punto de convertirse en incendio forestal, pero tampoco hay calidez genuina. Veo algo diferente, algo que no había notado antes en su mirada. No es alivio. No es amor. Es una evaluación fría, una recalibración de su postura frente a mí. Como si estuviera recalculando la cantidad exacta de vulnerabilidad que puede permitirse mostrar ahora que he demostrado mi debilidad de forma tan espectacular. Como si mi crisis le hubiera dado una nueva arma en nuestro arsenal compartido de heridas mutuamente infligidas.

El resto de la tarde transcurre en una nueva normalidad tentativa. Lorenzo trabajando en su programa, con los dedos volando sobre el teclado con la precisión de un pianista interpretando una sonata compleja. Candela dibujando colores que ahora recitan poemas, creando un universo cromático donde cada tono tiene voz propia, personalidad, agencia. Laura mantiene una vigilancia silenciosa desde la periferia, moviéndose por los bordes de la escena familiar como un centinela que ha retirado momentáneamente sus armas, pero no su armadura. Mientras prepara la cena, tararea algo que nunca le había escuchado, una melodía que suena como victoria contenida. Y yo, moviéndome entre ellos con la percepción en carne viva, sintiendo cada interacción con una intensidad casi insoportable, notando cómo Laura ha reorganizado sutilmente el espacio físico durante mi ausencia, cómo los objetos cotidianos han sido desplazados siguiendo un nuevo orden que desconozco, pero que claramente afirma su dominio sobre el territorio doméstico.

A las siete, mi teléfono suena. La Dra. Alonso, mi psiquiatra asignada. Reconozco su número antes de ver su nombre en la pantalla, otro efecto secundario de la hipersensibilidad: una memoria mejorada para detalles que antes habría pasado por alto.

—Marco —su voz es cálida pero profesional, ese tono calibrado para transmitir seguridad sin prometer demasiado—. Solo quería saber cómo te ha ido hoy.

—He sobrevivido —respondo, instintivamente a la defensiva, aún no acostumbrado a la vulnerabilidad honesta.

—Hmm. —Hace una pausa deliberada, una técnica que reconozco de nuestras sesiones. No está pidiéndome directamente que diga más, está creando espacio para que yo voluntariamente expanda mi respuesta—. ¿Y qué ha sido lo más difícil? —pregunta, sutilmente redirigiendo la conversación hacia detalles concretos en lugar de generalidades.

—Los sonidos. Las luces. Todo es… demasiado.

—Es natural. El cerebro está reajustándose a procesar los estímulos sin el filtro químico —explica, como si estuviéramos teniendo una conversación casual y no una evaluación terapéutica, como si no estuviera verificando si necesito una readmisión inmediata—. ¿Has notado momentos en que te sentías más cómodo?

—Cuando me concentraba en un único punto. Cuando trabajaba con el código.

—Interesante. —Otra pausa estudiada, otro momento de silencio terapéutico diseñado para que yo profundice por iniciativa propia—. ¿Y cómo te sientes ahora mismo, mientras hablamos?

La pregunta parece inocua, pero reconozco la técnica. Está evaluando mi estado actual, mi capacidad para identificar y nombrar emociones, mi nivel de autoconciencia y claridad cognitiva.

—Incómodo. Expuesto. Como si mi piel fuera demasiado fina —aunque realmente quiero decirle “Como si me hubieran arrancado la epidermis y me obligaran a rodar sobre cristales rotos mientras cada terminación nerviosa grita en un coro desafinado de dolor consciente”.

—¿Y físicamente?

—Temblores. Hipersensibilidad. Un zumbido constante. Hormigueos en las extremidades. La piel me duele cuando algo me roza. Pero es manejable.

—¿Y el trabajo en sí? ¿Cómo lo has experimentado?

La pregunta flota como un gas tóxico en el aire por un momento, mientras busco la respuesta adecuada, la formulación precisa que no dispare alarmas y active protocolos de contención, pero que tampoco sea una mentira completa.

—Diferente —digo finalmente, optando por la simplicidad, por la verdad fundamental—. Veo cosas que antes no veía. Patrones que estaban ahí pero que ignoraba. Es como si toda mi vida hubiera estado mirando código con un solo ojo, y ahora de repente pudiera verlo en tres dimensiones.

—Es un buen comienzo —responde ella con un tono que sugiere satisfacción genuina, una pequeña victoria compartida—. Recuerda: integración, no separación. No se trata de ser dos personas diferentes. Se trata de ser una persona completa.

Integración, no separación. Fusión, no fisión. Unidad, no fragmentación. Las palabras resuenan con una verdad fundamental que me atraviesa como una descarga eléctrica. No se trata de silenciar al poeta para que viva el analista. No se trata de enterrar al analista para liberar al poeta. Se trata de que ambos coexistan, se comuniquen, colaboren. Se trata de ser un sistema operativo unificado, no dos programas compitiendo por los mismos recursos.

Después de colgar, me dirijo a la buhardilla. Mi santuario. Mi prisión. Mi espacio de transformación. El lugar donde durante años he experimentado con combinaciones químicas, donde he documentado métodos de auto-silenciamiento, donde he escrito en clave poemas que nunca me he permitido reconocer como míos, atribuyéndolos a estados alterados, a fragmentos disociados, a personalidades secundarias.

El ordenador zumba suavemente en la esquina, pero no lo enciendo. No recurro a la pantalla como escudo. En su lugar, saco el cuaderno que el psiquiatra me ha sugerido mantener, un diario analógico para un ser digital que intenta reconectarse con su humanidad.

«Escribe», me dijo en el hospital, mientras ajustaba la dosis de mi nueva medicación. «No como ejercicio literario. No como manifestación artística. No como composición poética. Escribe como documentación. Como registro. Como cartografía de tu propio territorio interior. No guardes nada dentro. No más silencios. No más venenos elegidos.»

La página en blanco me desafía con la crueldad silenciosa de un interrogador que sabe que eventualmente confesaré, que vomitaré mis secretos si me mantiene bajo su mirada implacable el tiempo suficiente. El papel inmaculado es una acusación en sí mismo, un testimonio de todas las palabras no escritas, de todos los versos silenciados, de todas las verdades enterradas.

Comienzo a escribir, sin pensar, dejando que las palabras fluyan sin el filtro habitual, sin la censura autoimpuesta, sin la vigilancia interna que ha sido mi carcelero durante dos décadas:

Primer día. Primer intento de existir como un ser integrado. La oficina es la misma, pero yo soy diferente. O quizás siempre fui así y lo que ha cambiado es mi disposición a reconocerlo. El código sigue siendo código, pero ahora puedo ver la poesía en él sin necesidad de ocultarla entre líneas. Sin necesidad de disfrazar los versos de comentarios técnicos, de documentación funcional, de notas al margen.

El Capitán me ha mostrado su expediente. Su TOC tras la ‘Operación Alhambra’. Sus rituales de control. Su obsesión por el orden como respuesta al caos insoportable. Me he visto reflejado en él como en un espejo invertido: él usando orden externo para controlar el caos interno, yo usando química para conseguir el mismo efecto. Diferentes métodos para el mismo fin desesperado.

Lorenzo ha creado un programa para mí. Un traductor entre mis dos mundos. Mi hijo, a quien intenté proteger ocultándole mi verdadera naturaleza, ha construido un puente entre los fragmentos de mi ser. Hay una ironía perfecta en esto que me desgarra y me reconstruye simultáneamente. El niño salvando al padre que pretendía salvarlo.

Candela dibuja colores que recitan poemas. Dice que antes estaban tristes porque yo estaba triste. Luego asustados porque yo estaba asustado. Ahora están confundidos porque están aprendiendo, como todos nosotros, que pueden ser muchas cosas a la vez. Tristes y alegres. Asustados y valientes. Perdidos y encontrados.

Antonio me ha mostrado su expediente médico. Su propio TOC. Su propia prisión de orden y control. Me ha mostrado una vulnerabilidad que nunca sospeché en él. Quizás esa es la lección más importante de hoy: que todos llevamos heridas, que todos construimos defensas, que todos buscamos formas de contener el caos.

Esta noche no tomaré Diazepam. Ni Lexatin. Ni Stilnox. Solo lo que el psiquiatra ha recetado. Buspirona. Escitalopram. No es mi elección. Y eso es precisamente el punto. Durante años elegí la química del silencio. Ahora estoy aprendiendo a elegir la química de la presencia, de la integración, de la verdad incómoda pero necesaria.

Si esto es un error, al menos es mi error. Si es un acierto, es nuestro acierto. De todos nosotros”.

Las palabras siguen fluyendo, pero ya no son solo palabras. Son colores con emociones, como los dibujos de Candela. Son líneas de código con pulsaciones líricas, como el programa de Lorenzo. Son bytes y versos entrelazados en una nueva sintaxis personal que apenas comienzo a comprender, un lenguaje híbrido para un ser que ya no está dispuesto a fragmentarse para encajar en dicotomías artificiales.

Al terminar, cierro el cuaderno. No es un soneto perfecto. No es un algoritmo optimizado. Es algo nuevo. Algo híbrido. Algo incompleto pero auténtico: una simple prosa. Un humilde intento de capturar la complejidad de estar vivo, de existir en este preciso momento, de habitar un cuerpo y una mente que han sufrido tantas fracturas como reinicios forzados.

La buhardilla ya no huele a medicamentos y desesperación contenida. Huele a madera vieja y a posibilidad. A polvo acumulado y a aire fresco. A pasado que se desvanece y a futuro que comienza a materializarse. Los libros en las estanterías parecen diferentes, como si hubieran estado esperando durante años a que finalmente los viera como realmente son: no solo recipientes de historias ajenas, sino mapas para mi propia reconstrucción, no solo escapismo encuadernado, sino manuales de navegación para territorios inexplorados de mi propio ser.

Saco el pendrive que me dio el Capitán. Dentro hay un archivo simple titulado “Evaluación”. Un caso más complejo, con una nota adjunta: “Sin prisa. Si puedes, si quieres, si estás listo”. No lo dice explícitamente, pero entiendo el mensaje: están decidiendo si el nuevo Marco es funcional, si puede volver a confiar en él con responsabilidades reales, si la versión parcheada del sistema operativo es lo suficientemente estable para manejar datos sensibles, para analizar amenazas, para proteger en lugar de ser una amenaza en sí mismo.

Abro el archivo y comienzo a revisarlo, no por obligación sino por elección. Los datos cuentan una historia que puedo leer claramente ahora. Hay belleza en los patrones, poesía en las secuencias, verdad en los algoritmos. Y por primera vez, no siento la necesidad de ocultarla, de disimularla, de traducirla a un lenguaje más aceptable, más técnico, más “apropiado”.

El código ya no funciona como mi prisión. Es simplemente otro lenguaje para expresar la complejidad de existir. Como la poesía. Como los dibujos de Candela. Como el programa de Lorenzo. Como las miradas cautelosas pero esperanzadas de Laura. Diferentes protocolos para la misma comunicación esencial: Existo en este instante. Estoy presente. Estoy intentándolo.

Guardo el archivo a medio analizar. Mañana, con más horas, con más fuerza.

Al guardar el pendrive, mi mirada se detiene en la caja de la pluma que Laura me regaló ayer, con un cuaderno nuevo encuadernado en cuero azul oscuro, con páginas de papel grueso, pensado específicamente para escritura a mano. «Para que escribas lo que necesites escribir», me dijo, con esa mezcla de generosidad calculada y control sutil que caracteriza sus regalos. Un gesto aparentemente noble que esconde una demanda implícita: que mis palabras ahora fluyan donde ella pueda verlas, donde pueda evaluarlas, donde pueda integrarlas en su narrativa personal de superviviente. Es, a la vez, un olivo extendido y una cadena invisible.

Es el primer cumpleaños que recuerdo con nitidez en años. Los anteriores son nebulosas farmacodinámicas, celebraciones vistas a través del filtro ambarino del Diazepam, momentos registrados con la capa protectora del Lexatin, recuerdos diluidos en el baño ácido del Stilnox. Este, sin embargo, permanece dolorosamente nítido: el temblor incontrolable de mis manos al sostener la caja de regalo; la sensación de ser un extraño observando una familia que intentaba reconectar con alguien que nunca había estado completamente presente; la vergüenza corrosiva de ver a mis hijos calibrando sus reacciones, midiendo sus palabras, calculando el esfuerzo emocional óptimo para no desequilibrarme.

Saco la pluma. El latón oxidado muestra las huellas dactilares de mi abuelo, fosilizadas en la pátina verdosa del metal. La probé esta mañana, antes de ir al trabajo, garabateando un simple “Gracias” en una servilleta. Un mensaje para Laura, pero también una primera prueba de escritura consciente. La tinta fluyó irregular, como si la pluma, como yo, necesitara reaprender su función después de años de desuso y abandono.

El cuaderno lo abrí anoche, cuando todos dormían, y escribí un simple verso en la primera página: “Cuarenta y cuatro años. Un millón de píldoras. Cero poemas propios”. Una estadística vital tan precisa como dolorosa. Ya no puedo esconderme tras la química ni las excusas.

El regalo de Laura, en su simplicidad aparente, esconde múltiples intenciones entrelazadas: una invitación genuina a la expresión, sí, pero también una forma de reclamar propiedad sobre mis palabras, de convertir mi poesía —antes secreta y medicada— en algo monitorizado, evaluado, sujeto a su aprobación.

Cuando finalmente bajo a cenar, mi familia me espera alrededor de la mesa. Es una escena familiar y, sin embargo, enteramente nueva. Lorenzo ha dejado su portátil a un lado. Candela ha ordenado sus dibujos en patrones precisos. Laura ha preparado la mesa con un cuidado meticuloso que habla más de control que de hospitalidad. Hay algo ceremonial en la forma en que los platos están dispuestos, los vasos alineados, los cubiertos paralelos. Como si esta cena fuera un ritual de reiniciación, una liturgia familiar donde mi papel aún está por definirse. Sus movimientos, mientras sirve la comida, tienen precisión territorial. Cada gesto es una declaración silenciosa de que este es su dominio, que mi presencia es permitida pero condicional.

—¿Estás bien? —pregunta Laura mientras me siento, y sus ojos registran cada microexpresión, cada parpadeo, cada tensión muscular. La pregunta parece simple, pero esconde esa dualidad característica de ella: preocupación genuina entrelazada con la necesidad de clasificar mi vulnerabilidad, de catalogarla en su archivo mental de pruebas y contrapruebas.

—No —respondo, porque la honestidad es el nuevo protocolo, porque la verdad es el nuevo código fuente, porque la autenticidad es la nueva interfaz—. Pero estoy aquí. Y eso es un comienzo.

Por un instante, algo parpadea en los ojos de Laura. Una grieta momentánea en la armadura, un reconocimiento fugaz de nuestra fragilidad compartida. Pero la vulnerabilidad dura apenas un segundo, antes de que su rostro se recomponga en esa expresión cuidadosamente calibrada que mantiene el equilibrio perfecto entre la mujer herida y la fortaleza inexpugnable.

Lorenzo asiente, reconociendo la lógica de mi respuesta, la coherencia interna de una afirmación que es a la vez humilde y prometedora. Candela sonríe, quizás viendo colores que por fin comienzan a encontrar su equilibrio emocional, su paleta expandiéndose más allá del gris y el azul oscuro que han dominado durante años. Laura simplemente extiende su mano hacia la mía sobre la mesa, un contacto físico que antes habría evitado y que ahora siento con una intensidad casi dolorosa, pero necesaria, como un músculo atrofiado que comienza a ejercitarse de nuevo, como una conexión neuronal que se reactiva tras años de inactividad.

Su mirada contiene algo que no había visto antes: un respeto nuevo, como si finalmente me viera como un igual en esta lucha y no como una carga que debía soportar. Hay en sus ojos una mezcla de cautela y esperanza, pero también un reconocimiento silencioso de mi esfuerzo, de mi vulnerabilidad, de mi valentía imperfecta y temblorosa.

Fusión en lugar de fisión. Unidad frente a fragmentación. Totalidad contra disociación. No ser dos personas diferentes, sino una persona completa. Un algoritmo que no niega su poesía. Un poema que no rechaza su lógica interna. Un sistema integrado que funciona con todos sus componentes en comunicación constante, no con módulos aislados operando en paralelo sin interacción.

El primer día de innumerables batallas. El primer intento tras mil errores programados. El primer paso en un laberinto cuya salida podría no existir, pero cuyo recorrido ya no emprenderé solo, fragmentado, silenciado.

La integración ha comenzado. Aunque la guerra de independencia molecular de mi cerebro continúa. Es un proceso, no un evento. Un camino, no un destino. Una secuencia iterativa, no una solución instantánea. No es un final. Ni siquiera un nuevo comienzo. Es solo un paso más en el doloroso proceso de restauración. Un sistema dañado comenzando a reconectar sus partes, a integrar sus fragmentos, a depurar sus errores.

¿Y si este es solo otro estado alterado? ¿Otra ilusión temporal? ¿Otro espejismo neurológico creado por nuevas combinaciones químicas? Quizás. Probablemente. Pero esta vez, al menos, es un espejismo compartido. Una alucinación colectiva en la que todos participamos con los ojos abiertos. Un acto de fe común en que la integración es posible, en que los fragmentos pueden unirse, en que las cicatrices pueden sanar sin desaparecer completamente.

Lorenzo tiene razón: los números ya no son una prisión. Solo son números. Las palabras ya no son un riesgo. Solo son palabras. Y yo ya no soy solo un analista. Ni solo un poeta silenciado. Soy ambos. Y ninguno. Soy la integración imperfecta de protocolos contradictorios. Soy el sistema operativo que finalmente ha comenzado a comunicar sus módulos incompatibles. Soy el código que por fin reconoce que tiene alma. Y el alma que por fin acepta que necesita estructura.

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