Integración de Sistemas
El agua cae como un castigo bíblico sobre mi cuerpo desnudo, cada gota un pequeño proyectil helado que me arranca jadeos involuntarios. Una nueva forma de tortura: ducharme con agua glacial el 12 de octubre, primer día de mi regreso a la finca del abuelo. Parece que la caldera, como todo lo demás aquí, ha decidido castigarme por mi abandono.
—¡Joder, joder, joder! —El grito rebota contra los azulejos descascarillados mientras intento mantenerme bajo el chorro helado.
La piel se me eriza como la de un animal acorralado. Intento respirar, pero el frío me secuestra los pulmones. Un-dos-tres-cuatro-cinco… Cada número es un intento de controlar lo incontrolable. Como si contar pudiera alterar la física del agua helada quebrándome los huesos.
—Acéptalo —murmuro entre dientes castañeteantes mientras el agua escupe ráfagas irregulares por el cabezal oxidado—. No has venido aquí para estar cómodo.
Mis huesos, todavía débiles tras cuatro meses de psiquiátrico, protestan con un dolor que atraviesa la médula. Los músculos se contraen violentamente, como si quisieran huir de mi piel. Pero me obligo a quedarme ahí. A soportarlo. A purgarme con este bautismo gélido.
El frío me arranca la bruma química residual que todavía flota en mi cerebro, esa neblina farmacéutica con la que me han mantenido “estable” durante mi internamiento. Sin mi trinidad elegida. Sin mis dosis calculadas al miligramo. Sin el control obsesivo que ejercía sobre cada sustancia. Solo las pastillas recetadas, administradas por enfermeras con guantes de látex y miradas que oscilaban entre la compasión y el asco profesional.
Y yo, suspendido entre estas voces fragmentadas, intentando no ahogarme en su coro discordante.
Una araña se descuelga desde el techo mohoso. Me observa desde su hilo casi invisible, como si evaluara mi desintegración. Un testigo diminuto de mi derrumbe que no me juzga pero tampoco me absuelve.
—Cuatro meses —le digo a la araña—. Cuatro putos meses observándome como tú ahora. Evaluando mi progreso. Midiendo mis reacciones. Ajustando mis dosis. Diciéndome cuándo podía ver a mis hijos. Si podía verlos.
Cuatro putos meses. Cuatro meses desde que una ambulancia me recogió en el cementerio, mi cabeza abierta contra la lápida del abuelo, mezclando mi sangre con el vino de la cosecha del 80 y el blíster de Stilnox. Cuatro meses desde que el Capitán intentó desesperadamente interceder por mí, rogando por tratamiento en lugar de suspensión, luchando contra un sistema que quería expulsarme definitivamente. Cuatro meses de terapias grupales, de contención mecánica cuando las convulsiones eran demasiado violentas, de miradas vacías en comedores institucionales.
Cuatro meses intentando explicar a psiquiatras con bloc de notas que Sophia no era una alucinación, que los números tienen peso emocional, que el silencio puede ser una forma de automutilación más efectiva que cualquier cuchilla.
Ahora estoy aquí, en esta casa muerta, donde el agua se niega a calentarse, como si la propiedad misma quisiera recordarme lo que he perdido: el calor de mi familia, el abrazo de mis hijos, la vida que destrocé metódicamente, píldora a píldora, silencio a silencio, ausencia a ausencia.
Cierro la llave. El sistema hidráulico de la casa responde con un gemido metálico que parece venir desde las entrañas mismas de la estructura. El silencio que sigue me golpea más violentamente que el ruido.
Salgo temblando, los dientes castañeteando como un instrumento de percusión desafinado. La toalla raída que encontré en un armario apenas absorbe el agua. Huele a naftalina y a olvido. Mi piel está azulada, moteada como un cadáver recién rescatado de un lago helado. Apropiado. Soy un muerto que intenta resucitarse a sí mismo.
El espejo del baño está roto, una grieta diagonal que fragmenta mi reflejo. Otro símbolo obvio de mi psique fracturada que casi me hace reír por lo literal. Mi barba ha crecido desigual durante estas semanas. El pelo, largo y descuidado, me cae ya sobre los hombros. Las cicatrices del cáncer parecen más prominentes contra la piel pálida de hospitalización.
—Te has lucido, Marco —le digo al extraño del espejo—. Has perdido absolutamente todo.
Me envuelvo en la toalla mientras dejo un rastro de pisadas húmedas hasta la habitación desnuda.
La maleta abandonada junto a la puerta contiene toda mi vida: algunos pantalones, algunas camisas, ropa interior para una semana, un neceser con medicamentos recetados que no estoy seguro de querer tomar. Algunos objetos personales. Y, enterrado entre calcetines, el cuaderno de terapia con páginas arrancadas. Solo trescientos gramos de escritura obligada. La documentación de mi fracaso.
“Defina en sus propias palabras qué lo llevó a su intento de suicidio”, preguntaba la primera página. Como si cualquier palabra pudiera capturar la oscuridad. Como si el lenguaje, ese sistema de signos artificiales, tuviera el poder de contener el vacío que se instaló en mi pecho después de Eva. Después de la poesía mutilada. Después de convertirme en un refugiado dentro de mi propia vida.
Recuperé mi teléfono junto con mis pertenencias al salir del hospital. Vibra con un mensaje de Laura: “Los papeles de la excedencia están firmados. El Capitán los tramitó. ¿Necesitas algo más?”
La frialdad clínica del mensaje me golpea más fuerte que el agua helada. No hay emoción. No hay rabia. Solo eficiencia administrativa. La gestión de un trámite pendiente. Y esa pregunta final, ese “¿Necesitas algo más?”, es la formalidad vacía de quien ya cumplió su parte y espera poder cerrar el expediente.
La excedencia de cuatro años que el Capitán consiguió arrancarle al sistema —antes de que se hiciera efectiva mi suspensión de empleo y sueldo— es un acto de compasión que no merezco. Es excedencia voluntaria por interés particular que el Capitán inició, tramitándola durante mi hospitalización —aprovechando que la suspensión de empleo y sueldo no era firme aún— se hizo efectiva después de un proceso administrativo complejo.
El informe médico-psiquiátrico del hospital, que documentaba mi “incapacidad temporal por trastorno depresivo mayor con episodio psicótico”, fue clave para que la Dirección General no considerara que existía “expediente disciplinario en curso” sino una “baja médica por enfermedad”.
El Capitán argumentó que la excedencia era necesaria para mi “recuperación fuera del ámbito laboral”, cumpliendo con el requisito de que quedara “subordinada a las necesidades del servicio debidamente motivadas”. Cuatro años son el máximo permitido, y el mínimo exigible son dos años continuados.
La autorización firmada de Elena para usar la finca, otro milagro inexplicable. El dinero que queda en mi cuenta tras pagar la hipoteca durante mi ausencia alcanzará para subsistir aquí, lejos de Madrid, lejos de todo lo que importa.
Mi último contacto con Laura fue hace una semana —cuando se hizo efectiva mi excedencia—, una llamada breve donde me comunicó con voz clínica: “Lorenzo está durmiendo mejor desde que empezó con el nuevo psiquiatra. Candela ha dejado los dibujos de hombres que se desintegran. Han organizado sus vidas sin ti, y están mejorando. No lo estropees reapareciendo demasiado pronto”.
El agua fría ha despertado algo en mí: una rabia primitiva que no sentía desde antes del psiquiátrico. Rabia contra mí mismo. Contra mi cobardía. Contra mi egoísmo patológico disfrazado de enfermedad. He destrozado a mi familia con mi adicción elegida. He contagiado a Lorenzo con mi TOC. He infectado a Candela con mi hipersensibilidad. He transmitido mi veneno genético y mi veneno emocional. Y ahora estoy aquí, solo, con esta agua helada como único contacto humano.
La toalla huele a humedad y a tiempo estancado. La aprieto contra mi piel aún mojada. Dejo caer la manta. El frío del octubre castellano me abraza, honesto en su crueldad. Mejor esto. Mejor sentir, aunque duela que no sentir nada. Mejor temblar de frío que flotar en la tibieza artificial de la química.
Me visto para empezar a trabajar, con ropa vieja que encontré en un armario. Pantalones que me quedan grandes después de perder casi ocho kilos en el psiquiátrico. Una camisa desgastada del abuelo que huele a polvo y a tiempo perdido. Nada encaja, como yo no encajo en ninguna parte.
observo por la ventana sin cortinas la extensión de viñedos abandonados. La finca está muerta. Los viñedos, con cepas retorcidas que luchan por sobrevivir entre malas hierbas oportunistas. La piscina, un ataúd rectangular lleno de hojas podridas y agua estancada. El frontón, derrumbándose. Tierra agrietada por sequías sin contrarrestar. Un reflejo perfecto de mí mismo. Todo en ruinas, como mi vida, como mi carrera, como mi matrimonio, como mi relación con mis hijos.
Salgo al cobertizo y encuentro una pala oxidada. La empuño. Un viento frío me azota la cara húmeda, cada ráfaga como una pequeña bofetada.
«Hora de empezar tu penitencia, Marco», me digo. «La forma más dura posible. Como mereces. Como corresponde a alguien que ha jodido tantas vidas.»
La primera palada me desgarra el hombro derecho como un relámpago bajo la piel. El dolor dispara un recuerdo: mi cicatriz del melanoma, cincuenta y cuatro grapas que contaba mientras me las arrancaban una a una, el sonido metálico cayendo en el recipiente quirúrgico. Mis dedos encuentran instintivamente la cicatriz bajo la camisa empapada en sudor, ese mapa cartográfico de mi fragilidad. Hundo con más fuerza la herramienta en la tierra reseca. Que duela más. Quiero que duela hasta que me destroce. Necesito esta crucifixión diaria, este martirio autoinfligido.
Cada palada es un enfrentamiento con mi sombra, ese aspecto rechazado que siempre proyecté en otros: el descontrol de Elena, la fragilidad de Laura. El trabajo físico me fuerza a integrar lo que Jung llamaría mi función inferior: la sensación, lo corporal, lo presente. La tierra está tan compactada como mi función sensorial atrofiada por décadas de intelectualización.
Mis manos —manos de analista informático, de tecleador profesional, de manipulador calculado de benzodiacepinas— apenas sostienen el mango de madera astillada. Una astilla se me clava bajo la uña del pulgar. Ni siquiera la retiro. La dejo ahí, testimonio minúsculo de mi penitencia. La tierra está endurecida por doce años de abandono. Compacta. Hostil. Putrefacta. Como mi propio corazón.
Los viñedos del abuelo Honorio son un cementerio de cepas retorcidas. Matojos salvajes estrangulan lo que alguna vez fue su pasión. Cardos negros se retuercen entre hileras que ya nadie reconoce. La bodega que gestionaba con precisión científica ahora es una tumba de recuerdos fermentados. Como yo. Como mi vida. Como todo lo que he tocado y destruido. Me pregunto si mis neurotransmisores, después de dos décadas de química artificial, estarán tan secos y hostiles como esta tierra.
Soy Sísifo empujando la piedra de mi adicción montaña arriba, para verla rodar nuevamente. Soy Prometeo encadenado a mi propia roca, el hígado devorado diariamente por el buitre de mi culpa. Soy un Lázaro a quien nadie ha llamado para salir de su tumba, intentando desenterrarme a mí mismo con uñas rotas y voluntad vacilante.
El sudor me escuece en las incipientes ampollas, se mezcla con sangre donde la piel ya se ha desprendido. El sabor metálico en mi lengua es familiar: me recuerda a los despertares después de las noches de sobredosis controlada. Llevo seis horas cavando sin descanso, desde que el amanecer me sorprendió sentado en el porche, contemplando esta propiedad que estaba abandonada desde la muerte de Honorio en 2012. Mi herencia. Mi condena. Mi posible redención.
No, me corrijo mentalmente mientras la pala encuentra una piedra y la vibración me recorre hasta los dientes. No me pertenece todavía. Técnicamente, sigue siendo de Elena. La excedencia se hizo efectiva hace una semana, pero no me atreví a venir aquí sin su permiso explícito. Esa conversación con mi madre, tres días antes de mudarme, sigue ardiendo en mi memoria como una quemadura fresca.
Su piso en Madrid, tan blanco que duele a la vista. El olor a lejía quemándome las fosas nasales, cada superficie pulida hasta el punto de la desaparición. Elena, sentada en el sofá beige, con su té de manzanilla con leche, sin azúcar. Sin alcohol. Cinco años sobria. Sus ojos —mis ojos— estudiándome con esa mezcla de recelo y esperanza que solo comparten los que han tocado fondo. Reconocí en ella lo que el psiquiatra describió como “adicción al orden” tras la abstinencia. Sustituir una dependencia por otra.
—¿La finca? —Su voz sonó más aguda de lo normal, como un cable metálico tensado al límite—. ¿Quieres vivir allí? ¿Por qué?
—Necesito espacio, Elena.
—Espacio tienes en Madrid. Un apartamento. Una habitación de hotel. Un hospital. —La última palabra colgó entre nosotros, recordándome los cuatro meses que pasé encerrado en psiquiatría—. Esto es otra cosa.
—Tengo que reconstruirme desde los cimientos.
—¿Y crees que remover la tierra te reconstruirá? ¿Que restaurar unos viñedos muertos te devolverá la vida?
La miré. Los rastros del alcoholismo seguían ahí: capilares rotos en la nariz, arrugas prematuras, una palidez más allá de lo genético. Pero sus ojos estaban claros. De una claridad casi dolorosa. Sin la neblina del alcohol que yo reconocía tan bien en su mirada.
—No lo sé. Pero necesito intentarlo. Como tú con tu… —miré a mi alrededor, a la pulcritud obsesiva de su piso, a las superficies que reflejan su terror al caos—… tu forma de recuperación.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa. Un-dos-tres-cuatro-cinco. El mismo patrón que Lorenzo heredó de mí. Que yo heredé de ella, aunque lo descubrí demasiado tarde. La enfermedad familiar. La herencia podrida. El TOC transmitiéndose como el rasgo más fiel de los genes Sáez Villanueva.
—La finca tiene demasiada historia, Marco. Demasiados fantasmas.
—Por eso necesito ese lugar.
Silencio. Un silencio espeso, casi físico, tan diferente a los silencios que yo rompía con mi química elegida, cuando las pastillas desataban todo lo que mantenía atado durante el día. Podía oír el segundero del reloj en la pared, marcando como un metrónomo el avance implacable del tiempo que nunca podremos recuperar.
—Necesito tu autorización legal —añadí—. Sigue siendo tuya.
—¿Y si te digo que no?
La pregunta quedó flotando entre nosotros. Un desafío. Una prueba.
—Lo aceptaré. Buscaré otro lugar, otra forma.
Volvió a mirarme. Una evaluación fría, analítica. Buscando la mentira en mis palabras, en la tensión de mis hombros, en la comisura apretada de mis labios. Recordé cuando me analizaba así durante mi adolescencia, intentando determinar si había robado alguna de sus botellas escondidas para que no se la bebiera.
—¿Y Laura? ¿Los niños?
Mi estómago se contrajo. Las tres palabras más dolorosas posibles. Cada una un puñal: Laura (la mujer que no pude amar correctamente), los (el artículo que incluye a Eva, la hija que perdimos antes de siquiera poder verla), niños (esos seres que han heredado nuestras heridas).
—Estamos… separados. Temporalmente, al menos. Después de lo del hospital, después de todo… necesitamos distancia.
Elena asintió lentamente. Podía ver los engranajes girando en su mente, sopesando, calculando probabilidades como Lorenzo lo haría.
—No fue solo un intento de suicidio, ¿verdad? —preguntó finalmente—. Fue algo más.
—Un colapso total. Químico. Emocional. Mental. Una desintegración.
—¿Y ahora quieres reintegrarte? ¿En la finca del abuelo?
—Sí.
Otro silencio. Más largo. Más denso. El té en su taza se enfrió sin que lo probara. Un hábito que reconocí: la bebida como accesorio, no como necesidad. Como mi propia botella de agua que dejaba siempre junto a las pastillas, un ritual más que una hidratación.
—¿Cuánto tiempo llevas limpio?
La pregunta me sorprendió. El lenguaje de AA, el lenguaje de la sobriedad que ellos usan como un código secreto. Un lenguaje que durante años desprecié desde mi adicción “elegida”, desde mi superioridad de adicto funcional.
—Ciento diecinueve días. Cuatro meses en el hospital psiquiátrico. Sin química elegida desde entonces.
Una sonrisa amarga cruzó su rostro, tan parecida a la que vi en el espejo durante mi desintoxicación.
—Igual que yo, contando los días. La diferencia es que tú contabas para mantener el control durante el día, y luego usabas esas pastillas para perderlo por la noche. Dos caras de la misma moneda. Control y liberación, ambos llevados al extremo.
No respondí. No había nada que decir. La verdad sangra sin respuesta posible.
—¿Sabes por qué nunca volví a la finca después de que papá muriera? —preguntó.
—Supuse que por los recuerdos.
—No. Por miedo a mí misma. A lo que podría encontrar allí. A lo que podría despertar en mí.
Se levantó y caminó hasta un cajón. Sacó unos papeles. El sonido del cajón abriéndose fue casi pornográfico en el silencio. Como el blíster de benzodiacepinas rompiéndose en mis noches de ritual químico.
—La escritura está a mi nombre, pero el testamento contenía una cláusula específica —sacó una copia del testamento y señaló un párrafo—. Aquí: “Lego a mi hija Elena la totalidad de la finca, pero expreso mi voluntad de que, si mi nieto Marco está listo y se muestra preparado para restaurar los viñedos familiares, Elena considere transferirle esta propiedad, pues solo él comprende el alma de esta tierra como yo la comprendí”. Nunca entendí qué significaba eso. Ahora creo que empiezo a vislumbrarlo.
Me tendió los documentos. Un contrato de comodato que me otorgaba el uso gratuito de la propiedad por tiempo indefinido, y una promesa de donación condicionada a mi permanencia durante un año. Sus manos temblaban ligeramente, no por abstinencia sino por el miedo residual al que todos los adictos nos enfrentamos: el miedo a la recaída, a la reincidencia.
—Es una voluntad que no es legalmente obligatoria, pero que yo sabía que tendría que cumplir cuando fuera el momento correcto. Decía que tú eras el único que realmente entendía esta tierra. Que cuando estuvieras “listo”, yo debería dártela.
—¿Y nunca me lo dijiste? ¿Por qué?
—Nunca te lo dije porque no estabas listo, Marco. Y yo tampoco estaba lista para cumplir la voluntad de papá. Pero ahora…
—Si vas a hacerlo —dijo—, hazlo bien. No a medias. No con atajos. No con nueva química.
—Lo intentaré.
—No. Lo harás. O no lo harás. Los intentos son para los cobardes que quieren dejar una salida abierta. Son promesas de autosabotaje.
Sus palabras me recordaron inmediatamente una frase de “Hagakure”, aquel libro de Yamamoto Tsunetomo que Laura me regaló en nuestro primer aniversario y que releí obsesivamente durante mi recuperación: “La manera de un samurái es encontrar la muerte en vida”. O quizás era “La manera del samurái es la resolución inmediata”. Las líneas se confundían en mi memoria, como tantas cosas desde que dejé las pastillas. Todo borroso excepto el dolor.
Mis ojos se humedecieron. Un lujo que no me había permitido frente a ella en treinta y tres años. Había llorado frente a Laura, frente a Sandra, incluso frente al Capitán, pero nunca frente a la arquitecta original de mis silencios.
—No sé si podré hacerlo —admití, las palabras arrastrándose como reptiles desde mi garganta.
—Yo tampoco sabía si podría estar sobria. Cinco años después, aquí estoy. Un día a la vez. Un momento a la vez. A veces, un respiro a la vez.
Y entonces hizo algo que no había hecho en décadas. Me abrazó. Brevemente. Incómodamente. Un abrazo torpe y fugaz donde pude sentir cada ángulo de su cuerpo endurecido por la lucha. Pero un abrazo al fin y al cabo. Un contacto humano sin alcohol ni medicamentos interponiéndose por primera vez desde mi infancia.
—La finca es tuya, Marco. El resto depende de ti.
Arrojo la pala a un lado, volviendo al presente. La memoria duele más que mis músculos desgarrados. El sol de mediodía cae como plomo derretido sobre mi nuca, recordándome que llevo demasiadas horas sin hidratarme. El recuerdo se disuelve, dejando un sabor a culpa y hierro en mi lengua.
Saco las tijeras de podar del bolsillo trasero del pantalón. Las cepas muertas hay que cortarlas. No hay otra forma. No pueden simplemente trasplantarse o reconfigurarse para hacerlas útiles. Algunas cosas son irrecuperables. Como mi matrimonio. Como la confianza de Lorenzo. Como la inocencia de Candela. Como la vida que Eva nunca tuvo.
El sonido de las tijeras al cortar tiene un color cobrizo, como sangre oxidada. El olor de las vides muertas es un gris estancado, como depresión solidificada. Esta sinestesia emergente —¿o siempre estuvo ahí, sepultada bajo mi química elegida?— me conecta con Candela de una forma inesperada. Ahora entiendo por qué habla de “colores tristes” y cómo percibe el mundo en capas sensoriales superpuestas que los demás llamamos metáforas.
Las tijeras crujen cuando corto la primera cepa. La madera muerta ofrece más resistencia de la que esperaba. El material putrefacto ha desarrollado una dureza, como la resistencia de mi propio trauma. Tengo que aplicar toda mi fuerza, y cuando finalmente cede, el impulso me hace perder el equilibrio. Caigo hacia adelante, directamente sobre los tocones afilados que quedan. Uno me rasga el antebrazo izquierdo. La sangre brota inmediatamente, oscura contra mi piel pálida de urbanita. Un rojo profundo que parece negro bajo la luz intensa.
Siento una risa histérica brotando de mi garganta. La primera sangre real que veo en años. No la sangre fantasma de mis sueños, no la sangre menstrual de Eva nunca nacida que inventaba en pesadillas, no la sangre metafórica de mis versos autocomplacientes. Sangre real. Caliente. Física. Mi cuerpo recordándome que estoy vivo a pesar de mis mejores esfuerzos por desaparecer en vida.
Kafka escribió sobre Gregor Samsa convirtiéndose en un insecto monstruoso. Yo me transformé en una variante más sutil y devastadora: un adicto funcional, un padre ausente, un marido fantasma. Una metamorfosis más aceptable socialmente, pero igualmente destructiva. Al menos el insecto de Kafka tenía la excusa de su transformación física. Yo elegí cada paso de mi desaparición. Diseñé cada fase de mi auto-obliteración.
No me limpio la sangre. Dejo que fluya mientras sigo cortando. Las gotas caen sobre la tierra sedienta, formando pequeños cráteres oscuros. Es apropiado. Un sacrificio necesario. Bautizando con mi sangre esta tierra como el abuelo lo hizo con su sudor. He pasado veintinco años sangrando metafóricamente; ahora necesito sangrar literalmente. Hacerlo visible. Tangible. Real.
El rostro de Lorenzo me persigue mientras trabajo. Su expresión la última vez que lo vi. No era rabia, como esperaba. Era algo peor. Decepción. Resignación. Como si confirmara una ecuación que había estado calculando durante años. Mis manos se mueven mecánicamente, cortando, arrancando, limpiando, mientras mi mente proyecta su rostro como un holograma doloroso.
—No me sorprende —dijo simplemente, cuando le hablé sobre la excedencia y mi plan de restaurar la finca del abuelo—. Las variables predecían este resultado.
—¿Qué variables? —pregunté, y la pregunta sonaba estúpida incluso antes de completarla.
—Tu incapacidad para afrontar el presente. Tu tendencia a la evasión sistemática. Tu patrón de huida estructurada.
Sus ojos, calculando constantemente, buscando patrones que lo protegieran. Midiendo distancias. Evaluando riesgos. Como un pequeño animal asustado, pero con una calculadora en vez de instintos. Mi hijo, buscando refugio en el análisis y los números, creando un sistema que convierte el caos en algo predecible, exactamente como yo hice durante décadas.
—¿Cómo cálculo probabilísticamente cuánto tardarás en volver? —continuó, y cada palabra era un clavo en mi pecho—. ¿Hay alguna forma de calcular… de conocer la probabilidad de que regreses algún día? ¿O esto es una variable sin solución conocida?
Un niño de once años no debería analizar a su padre con esa precisión clínica. Un niño de once años debería estar jugando a videojuegos, practicando deportes, quedando con amigos. Debería estar experimentando con identidades, no calculando las probabilidades de que su padre vuelva a intentar suicidarse. No contando cada uno de sus propios pasos, buscando un patrón que proteja del caos. No heredando nuestras heridas como únicos juguetes disponibles.
Pero Lorenzo no es un niño normal. Nunca tuvo la oportunidad de serlo. No con un padre como yo. No con la carga genética que le transmití. No con los patrones que le enseñé silenciosamente, día tras día, gota a gota. Su TOC no es solo suyo: es una herencia directa de mi silencio, de mi control obsesivo, de mi incapacidad para manejar la incertidumbre.
¿Cuántas veces lo vi contar los pasos exactos para cruzar el salón? ¿Cuántas veces noté cómo organizaba los lápices por longitud, los libros por altura, las aplicaciones por color? ¿Y cuántas veces lo ignoré, fingiendo que no reconocía mi propio reflejo enfermizo en sus rituales infantiles? ¿Cuántas consultas evité, cuántos diagnósticos retrasé, por miedo a enfrentar mi responsabilidad en su trastorno?
“No juzgues los acontecimientos como buenos o malos; simplemente acéptalos tal como son”, escribió Marco Aurelio en sus “Meditaciones”, libro que dejé en la mesilla de noche de Lorenzo antes de marcharme. Era una cobardía disfrazada de gesto filosófico. Una forma de justificarme. De decirle: “No juzgues mi abandono. Acéptalo como necesario”. Como si algo en mi reconstrucción justificara destruirlo a él. Como si mi “integridad” valiera más que su estabilidad. Un acto de narcisismo paterno disfrazado de necesidad terapéutica.
Arranco una cepa particularmente resistente y el dolor me atraviesa la columna como un relámpago. Caigo de rodillas, jadeando. El sol de mediodía cae sobre mi nuca como un martillo incandescente. No hay nubes. No hay árboles cercanos que proporcionen sombra. Solo yo, expuesto y vulnerable bajo un cielo implacable.
Como me sentí en aquel cementerio, frente a la tumba del abuelo. Con el Stilnox y el vino mezclándose en mi sangre. Con la aguja percutora de la pistola dañada en el hotel, semanas antes de aquello. Con la desesperación de un hombre que ya no reconoce su propio reflejo, que ha huido tanto de sí mismo que ha olvidado quién era.
La memoria me golpea: fragmentos. Eva nunca nacida, sangre sobre azulejos, Laura gritando mi nombre, el pitido del monitor, flatline, silencio absoluto.
Eva. Nunca nos permitieron ver su cuerpo. Solo una ecografía con una línea plana donde debía haber latido un corazón. Tan minúscula. La envolví en metonimias y metáforas porque no tenía cuerpo que enterrar, no había tumba donde llorar. Solo el silencio químico, el escape metódico, la habitación verde que Laura limpiaba como quien venera un templo.
Respiro. Cuento. Uno. Dos. Tres. La tierra bajo mis manos. Real. Ahora. Presente.
El psiquiatra mencionó una vez la “ventana de tolerancia” - ese espacio donde el sistema nervioso no está ni hiperactivado ni embotado. Durante años, viví en los extremos: control rígido durante el día, y por la noche, mi química elegida para provocar una liberación explosiva, sin procesamiento real. Ahora, sin filtros químicos, oscilo violentamente entre la hiperactivación (flashbacks vívidos, ansiedad paralizante) y el embotamiento (disociación, vacío emocional). Cada día de trabajo físico extenuante amplia gradualmente esa ventana. La amígdala cerebral aprende, sinapsis a sinapsis, que el mundo es soportable sin filtros químicos, que el dolor no me destruirá, que puedo contener mis emociones sin desintegrarme.
Me levanto tambaleante. El mundo gira. Tinnitus en los oídos, puntos negros en la visión periférica. No he comido en todo el día. No he bebido agua suficiente. Estoy provocando deliberadamente un colapso físico. Porque quiero sentir. Necesito sentir. Después de dos décadas oscilando entre el control férreo y la liberación química, sin encontrar nunca un equilibrio real, necesito que cada terminación nerviosa grite. Que cada músculo proteste. Que cada sinapsis dispare sin filtro. Necesito el dolor para saber que estoy vivo, que hay algo debajo de tantas capas muertas.
Virginia Woolf entendía esta necesidad. Esa ansia de percibir el mundo con una intensidad que duele. Antes de caminar hacia el río con los bolsillos llenos de piedras, escribió: “No puedo seguir arruinando la vida de Leonard. Creo que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podemos pasar por otra de esas épocas terribles”. Pero lo que más me ha atormentado estos meses es lo que añadió después: “Y esta vez no me recuperaré”.
¿Es esto lo que estoy haciendo? ¿Un suicidio lento, una desaparición controlada para no “arruinar” más las vidas de Laura, Lorenzo y Candela? ¿O es realmente un intento honesto de sanar?
A ciegas, me arrastro hasta la casa. La estructura parece sólida desde fuera, pero por dentro está enferma. Otra metáfora obvia. Las paredes tienen manchas de humedad. El suelo cruje peligrosamente en ciertas zonas. Las ventanas están opacas por años de polvo acumulado. El tiempo es un ácido que corroe todo lo que toca.
Mis pies reconocen automáticamente las tablas del suelo que crujen: la tercera desde la entrada, la séptima junto al mueble. Ese reconocimiento repentino me sobresalta —no es memoria de esta casa, sino eco del piso de infancia. La forma en que mi cuerpo automáticamente evita delatar su presencia, incluso aquí, donde ya no hay tormentas que desencadenar. Sigo reproduciendo patrones de hace treinta y tres años. La casa es mi psique: aparentemente intacta por fuera, descomponiéndose por dentro.
Nunca he sido un hombre de herramientas, de trabajo físico. Mis manos formaron callos de sujetar plumas, no palas. De teclear códigos, no de clavar clavos. De manipular pastillas, no martillos. Separando con precisión de cirujano el Diazepam, el Lexatin y el Stilnox, calculando exactamente cada dosis para mi ritual nocturno, mi liberación medida, mi desintegración controlada.
“Para comprender la naturaleza de todas las cosas, uno debe primero experimentarlas físicamente”, escribió Miyamoto Musashi en “El Libro de los Cinco Anillos”. Otro libro que compré el día que entré en la Guardia Civil y que he releído compulsivamente durante mi recuperación, en un intento desesperado, en un intento desesperado de encontrar una filosofía que diera sentido a mi existencia fragmentada. Como si la respuesta pudiera encontrarse fuera de mí, cuando el problema siempre estuvo dentro. Como si leer sobre guerreros pudiera convertirme en uno, cuando siempre elegí la huida. Lecturas que acumulaba como escudos contra el contacto real con el mundo.
Bebo directamente del grifo oxidado. El agua sabe a metal y a olvido. Algunos contaminantes probablemente. Me da igual. Me miro en el espejo resquebrajado del baño. Un extraño me devuelve la mirada. Barba de… ¿cuántos meses? Rostro quemado por el sol. Ojos inyectados en sangre. Las mejillas hundidas de quien ha perdido peso sin darse cuenta. Cicatrices antiguas en el cuello, en el hombro, en el pecho. Las del melanoma. Diecisiete años atrás. Cuando la muerte me dio un aviso que ignoré, simplemente sustituyendo un tipo de anestesia por otra.
¿Es esto lo que Laura veía? ¿Es esta la imagen que tenían mis hijos de mí? Peor aún, ¿lo sigue siendo? El hombre del espejo es un desconocido, y, sin embargo, es más real que el que construí durante dos décadas. Al menos el extraño del espejo sangra. Al menos siente. Al menos está presente en su propio dolor.
Candela mostró la única emoción genuina cuando les comuniqué mi decisión. No el teatro habitual, no el drama calculado al que nos tenía acostumbrados. No hubo actuación ensayada en el espejo, como tantas veces antes. Un dolor auténtico, crudo, que atravesó todas sus defensas. Mi hija, siempre en búsqueda de autenticidad a través de su expresión dramática, momentáneamente despojada de sus capas habituales de intensidad teatral.
—¿Por qué te vas ahora? —preguntó, sus ojos (mis ojos) brillando con lágrimas contenidas—. Cuando por fin los colores están menos tristes.
Sus colores. Su forma de procesar emociones que no podía nombrar de otra manera. Su sinestesia emocional, tan parecida a la que yo mantuve encadenada bajo toneladas de métrica perfecta y control obsesivo durante el día, solo permitiéndole escapar brevemente en mis rituales nocturnos con mi química elegida.
—¿Qué colores, princesa? —pregunté, y odiaba la ternura en mi voz, la debilidad, la vulnerabilidad.
—Los tuyos, papá. Los que siempre han estado negros como tinta derramada. Ahora tienen vetas azules. No mucho, pero están ahí.
No supe qué responderle. Todas las explicaciones sonaban a excusas en mi cabeza. Todos los argumentos parecían justificaciones baratas de un hombre que sigue huyendo.
—Necesito reconstruirme —dije finalmente—. Para poder ser el padre que merecéis.
—Pero te necesitamos ahora —insistió—. No cuando estés arreglado.
La sabiduría en su voz me destruyó. El entendimiento en su mirada, más allá de sus años. Como si ella, de alguna manera, comprendiera mis mecanismos mejor que yo mismo. Como si viera a través de todas mis defensas, mis excusas, mis justificaciones. Como si supiera que seguía huyendo, solo que ahora con otro nombre.
Y entonces, lo impensable. Se pegó a mí, abrazándome con toda la fuerza de sus brazos delgados. Sin rastro de teatro ni coreografía. Un abrazo desesperado, como si quisiera retenerme a través de la pura fuerza de voluntad.
Noté algo húmedo en mi camisa. ¿Lágrimas? ¿Mis lágrimas o las suyas? No podía distinguirlo. Nuestros fluidos mezclándose como nuestros genes defectuosos, como nuestra predisposición a la hipersensibilidad, a la intensidad emocional, a ver colores donde otros solo ven grises.
Laura no dijo nada. Se limitó a mirarme. Cansancio y resignación. Nada más.
No intentó disuadirme. No me pidió que reconsiderara. No me suplicó que buscara otra terapia, otro médico, otra solución. Quizás sabía que era necesario. Quizás solo estaba demasiado agotada para luchar contra una corriente que siempre la arrastraba al fondo. Laura, siempre buscando armonía donde yo traía fragmentación, intentando mantener un orden que yo constantemente amenazaba, retirándose emocionalmente cuando ya no podía sostener el peso de nuestro desequilibrio.
—Cuídate —fue todo lo que dijo antes de que me marchara.
No hubo abrazos. No hubo lágrimas. No hubo promesas. Solo una aceptación silenciosa de que nuestros caminos debían separarse para que cualquier posibilidad de sanación pudiera comenzar. Ni siquiera se enfadó. Eso fue lo peor. Que ya ni siquiera le importara lo suficiente para enfadarse.
Yo, que siempre elegí el control, que dosifiqué hasta la más mínima expresión de emoción, me convertí en el epicentro de un descontrol que arrasó todo: mi matrimonio, la infancia de mis hijos, mi carrera. Y lo peor no era el daño causado, sino la constante negación de que lo estaba causando. La pretensión de funcionalidad. La farsa de normalidad.
“La melancolía es la rebelión más noble del espíritu contra su desaparición del mundo”, leí una vez en “The Anatomy of Melancholy” de Robert Burton. En aquel momento, rodeado de pastillas meticulosamente ordenadas, la frase me pareció una justificación elegante para la autocompasión. Ahora, manchado de tierra y sangre, me parece una verdad dolorosamente simple. Sin filtro literario. Sin pretensión intelectual. Solo algo cierto.
Salgo al patio trasero. El cobertizo está tan abandonado como todo lo demás. La puerta cuelga de una sola bisagra, chirriando con cada ráfaga de viento como un animal herido. El olor a madera podrida y humedad rancia me golpea mientras entro. Dentro, herramientas oxidadas descansan como esqueletos de una vida anterior. La azada del abuelo. Su sierra. Sus tijeras de podar. La mula mecánica, cubierta por una lona llena de agujeros.
La caja de herramientas tiene sus iniciales: H.S.V. Mi mano tiembla cuando la toco. Su presencia sigue aquí, en estos objetos. No como un fantasma, sino como una memoria contenida en la materia. Como si estos hierros, estas maderas, recordaran el contacto de sus manos.
“La tierra tiene memoria”, decía mientras me enseñaba a reconocer las diferentes texturas del suelo. “No puedes engañarla. No puedes fingir con ella. Sabe exactamente quién eres por cómo la tocas”.
Tomo la azada. El mango de madera está sorprendentemente intacto, aunque el metal está oxidado. El fantasma de sus manos parece guiar las mías mientras la sopeso. Por un momento, casi puedo sentir su presencia a mi lado. Casi puedo escuchar su voz. Casi puedo oler su colonia Brummel mezclada con vino tinto y sudor. Aromas que en algún momento definieron la seguridad para mí, antes de que el silencio lo corroyera todo.
“El silencio también puede ser una forma de cobardía”.
Las palabras de su carta me golpean con la misma fuerza que cuando las leí por primera vez en esta misma finca, después de destrozar su laboratorio en un arrebato de rabia infantil. Antes de mi primer intento genuino de salir del silencio. Antes de regresar al hospital psiquiátrico con el ego destrozado y la realidad desmantelándose.
Ese día, después de leer su carta póstuma, arrasé su santuario como un niño furioso, como un adolescente incapaz de gestionar la revelación. Honorio, mi pilar, mi roca, confesando su propia cobardía. Admitiendo haber sido testigo silencioso del alcoholismo de Elena, del silenciamiento del poeta que fui. Reconociendo su complicidad en mi formación rota.
¿Y qué hice? Exactamente lo mismo. Me convertí en cómplice del TOC de Lorenzo, de la sobrexpresividad de Candela, de la depresión de Laura. Permanecí en silencio mientras ellos desarrollaban sus propios mecanismos de supervivencia frente a mi ausencia física y emocional.
La herencia familiar. La cadena de silencios que se transmiten como un gen defectuoso.
Regreso a los viñedos con la azada sobre el hombro, caminando como un condenado hacia el cadalso. El sol comienza su descenso, pero el calor apenas ha disminuido. Empiezo a trabajar la tierra alrededor de las cepas que aún podrían salvarse. El ritmo es hipnótico. Levantar la azada. Dejarla caer. Arrastrarla. Levantar. Caer. Arrastrar.
La tradición sufí habla del “muere antes de morir” - mi versión ha sido una muerte en vida, una fragmentación autoimpuesta. Control absoluto durante el día, liberación medida y calculada durante la noche. Nunca realmente presente, siempre alternando entre extremos. El Tao habla de “wu-wei”, la no-acción que es la acción perfecta; aquí, bajo este sol implacable, entiendo por primera vez: no estoy “haciendo” la recuperación, estoy permitiendo que suceda a través de mí. Como el campesino que no hace crecer la planta sino que elimina los obstáculos para su crecimiento natural.
Mi padre nunca existió. O al menos nunca existió en mi vida. Un espermatozoide, una partida de nacimiento, y nada más. Elena nunca habló de él. Supuse que era otro de los temas prohibidos, como la poesía que escribí de niño, como los poemas que el abuelo guardaba, como toda manifestación de vulnerabilidad en nuestra familia. Otro silencio forzado.
Mi cuerpo protesta con cada movimiento. Músculos que no sabía que tenía gritan en agonía. Las ampollas en mis manos revientan, dejando la carne viva expuesta. El sudor me ciega. La sal me quema los ojos. Me escuece en las heridas abiertas. Cada respiración es un esfuerzo. Cada movimiento un acto de voluntad. El dolor es clarificador. Es real. No hay escape, no hay distracción, no hay distancia. Solo yo y mi cuerpo, en este momento preciso, en este sufrimiento específico.
Sylvia Plath entendía este dolor. Este deseo de sentir físicamente lo que el alma ya soporta. “Morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien”. Mis músculos tiemblan con cada golpe, recordándome que estoy vivo, a pesar de mis múltiples intentos —químicos, psicológicos, ahora físicos— por desaparecer.
Pero sigo. Un golpe tras otro. La tierra respondiendo a mi violencia con su propia resistencia. Un diálogo primitivo, crudo, sin intermediarios. Sin mediación química, sin capas interpretativas, sin análisis paralelo. No hay metáfora aquí, solo materialidad pura. Yo, humano. Ella, tierra. Nosotros, en conversación directa a través del hierro y el esfuerzo.
El sudor ya no me pertenece. Es una entidad separada que recorre canales propios por mi piel, mezclándose con sangre allí donde las ampollas han reventado. Mi cuerpo ya no es un vehículo que conduzco a distancia, sino un organismo integrado que siente, sufre, responde. Mi mente ya no analiza, ya no calcula, ya no se separa. Estoy presente, completamente presente, por primera vez en décadas.
El ruido blanco de mi cerebro comienza a disiparse. Los pensamientos que normalmente zumban como una colmena frenética se aquietan. Por primera vez en meses —no, en años— siento una claridad que ninguna combinación química me ha proporcionado jamás.
Es aquí, en este acto primitivo de trabajo físico, donde finalmente entiendo lo que el abuelo intentaba enseñarme. Lo que intentó explicarme en todas sus cartas. Lo que he estado evitando toda mi vida.
No hay atajos. No hay pastillas mágicas. No hay sonetos perfectos que puedan contener el caos. Solo existe el lento, doloroso y honesto trabajo de reconocer quién eres realmente. De aceptar tus fallos. De asumir tus responsabilidades.
Las cápsulas de Lexatin. Los comprimidos de Diazepam. Los blísteres de Stilnox. Todas mis sustancias de elección fueron intentos de tomar atajos: de sentir sin sentir realmente, de expresarme sin exponerme realmente, de existir sin arriesgarme realmente.
Un sonido emerge de mi garganta. No es un sollozo. No es un grito. Es algo más primitivo, más básico. Un lamento que parece venir no solo de mí, sino de esta tierra maltratada. De estas vides abandonadas. De esta casa olvidada.
Caigo de rodillas, dejando que la azada resbale de mis manos ensangrentadas. El sollozo que he estado conteniendo durante más de veinte años finalmente erupciona desde mi pecho. No es elegante. No es métrico. No tiene rima ni cadencia. Es feo, desordenado, convulso.
Es real.
Lloro por Eva. Por la hija que nunca llegamos a conocer. Por esa parte de Laura y de mí que murió con ella. Por ese entierro que nunca pudimos darle. Por ese dolor que enterramos en la habitación verde y en mis pastillas.
Lloro por Lorenzo. Por el niño al que he transmitido mis obsesiones, mis miedos, mis patrones disfuncionales. Por cómo cada uno de sus conteos es un eco de mis propios intentos de contener el caos. Por cómo su programación es su forma de sobrevivir a la herencia podrida que le pasé.
Lloro por Candela. Por cómo su dramatismo es en realidad una respuesta a la inautenticidad que ha visto en mí. Por cómo sus “colores tristes” son simplemente su forma de nombrar el veneno emocional que he estado esparciendo. Por cómo ha tenido que gritar cada vez más fuerte para competir con mi silencio.
Lloro por Laura. Por la mujer que creyó en mí. Que me amó a pesar de mis silencios. Que intentó alcanzarme a través de mis muros hasta que ya no pudo más. Que lavaba la habitación verde mientras yo me desintegraba controladamente en la buhardilla. Que intentó salvarme tantas veces hasta que tuvo que elegir salvarse a sí misma.
Lloro por Sandra. Por la amiga que vio a su hermano reflejado en mí. Que intentó advertirme tantas veces. Que llegó al hospital cuando me trasladaron inconsciente en ambulancia desde el cementerio, mi cabeza abierta contra la lápida del abuelo, mezclando mi sangre con el vino de la cosecha del 80. Que estuvo allí cuando ni yo mismo podía estar presente. Que me visitó en el hospital psiquiátrico cuando ni siquiera Laura tenía fuerzas para hacerlo.
Lloro por Elena. Por la madre que nunca tuvo las herramientas para ser madre. Por su lucha contra el alcohol que perdió tantas veces. Por cómo transformó mis poemas infantiles en confeti. Por cómo finalmente encontró la sobriedad cuando yo ya estaba demasiado roto para perdonarla.
Lloro por Honorio. Por el abuelo que intentó ser padre cuando mi madre no podía serlo. Por sus lecciones sobre la tierra y el vino. Por su silencio cómplice. Por la carta que escribió demasiado tarde. Por la bodega que guardó para mí, esperando un momento de lucidez que nunca llegó.
Lloro por mí mismo. Por el poeta que silencié. Por el hombre que enterré. Por todas las palabras no dichas, los abrazos no dados, las emociones negadas. Por la vida que no viví mientras me escondía tras medicamentos elegidos.
“El dolor que no se transforma se transfiere”, leí en alguna obra de Jung cuyo título exacto se me escapa ahora. Quizás “Sobre el amor”. O quizás fue otro autor, otra fuente. La química en mi sangre durante tantos años ha dejado lagunas en mi memoria, párrafos enteros de mi vida que parecen haber sido borrados. Recuerdos quemados por los medicamentos como archivos en un disco duro corrupto.
No sé cuánto tiempo permanezco así, de rodillas en la tierra seca, con los hombros sacudiéndose por sollozos que me dejan sin aliento. Cuando finalmente me detengo, es porque ya no me quedan lágrimas. El sol se ha puesto. Las primeras estrellas aparecen en un cielo que nunca se ve así en Madrid.
Me tumbo de espaldas, exhausto. El cielo nocturno se extiende infinito encima de mí. Por primera vez en años, no cuento las estrellas. No busco patrones en su disposición aparentemente caótica. No intento crear orden donde no lo hay. Simplemente las observo. Las acepto como son. Perfectas en su imperfección. Completas en su incompletitud.
Las pastillas de la noche esperan sobre el alféizar donde las dejé antes de ducharme. Tres cápsulas cuidadosamente alineadas, ya no elegidas por mí sino prescritas por un equipo de batas blancas que decidió qué partes de mi cerebro necesitaban modulación química. Qué zonas debían silenciarse. Qué sinapsis requerían amplificación. Un control impuesto, no elegido.
Las contemplo. Se parecen tanto y a la vez son tan diferentes de mis antiguas combinaciones. Estas no buscan la difuminación de la realidad. No son puertas hacia un estado alterado donde la poesía fluya sin filtros. Son correctoras. Normalizadoras. Estabilizadoras. La diferencia entre elegir ahogarse y ser obligado a nadar.
Antes las tomaba para perder el control de forma controlada. Ahora debo tomarlas para mantener un control que no deseo.
Recojo las pastillas y las arrojo por la verja, observando su parábola perfecta hasta perderse entre la maleza. Sé que no puedo dejarlas abruptamente —las consecuencias serían devastadoras—. Pero ya no tengo nada más que perder. Es un acto ridículo, infantil, pero el primero que elijo de verdad desde que salí del hospital.
Desnudo y temblando, me permito lo único que no me permitieron en cuatro meses de terapia supervisada: llorar sin que nadie lo documente en mi expediente.
Esa noche duermo en el porche, incapaz de llegar hasta la cama. Mi cuerpo está tan agotado que ni siquiera los recuerdos pueden mantenerme despierto. Es el sueño más profundo que he tenido desde la infancia. Sin pastillas. Sin química elegida. Solo el agotamiento puro y la primera gota de algo que podría, quizás, con el tiempo, convertirse en paz.
La siguiente semana se convierte en rutina. Me levanto con el amanecer. Trabajo hasta que el calor es insoportable. Descanso a mediodía. Regreso al trabajo hasta el anochecer.
Los primeros dos días son una tortura. Mi cuerpo, acostumbrado a la inactividad de la oficina y el hospital, protesta con cada movimiento. Las ampollas se convierten en llagas supurantes. Los músculos se tensan hasta el punto de la inmovilidad. Hay momentos en que me arrastro literalmente para volver a la casa, incapaz de sostenerme sobre mis piernas temblorosas.
Pero hay algo gratificante en este dolor físico. No es autocastigo, aunque empezó así. Es reconexión. Es el cuerpo reclamando su lugar en mi existencia después de décadas siendo ignorado, fragmentado, dividido entre el Marco diurno controlado y el Marco nocturno que buscaba en la química elegida una vía de escape para todo lo reprimido. Reducido a vehículo pasivo de mi mente hiperactiva.
El segundo día de esa segunda semana, mientras limpio uno de los garajes abandonados, descubro un nido de avispas en el techo. La primera no la veo venir. El aguijón se clava en mi cuello como una aguja al rojo vivo. Después viene el enjambre. Huyo, golpeándome desesperadamente mientras sus cuerpos zumban alrededor de mi cabeza. Me lanzo a una zanja llena de agua estancada, putrefacta. El hedor es insoportable, pero se mezcla con la adrenalina y el dolor. El agua marrón entra en mi boca. Sabe a podrido, a muerte antigua.
Cuando emerjo, cubierto de lodo y mordisqueado por decenas de aguijones, me echo a reír. Una carcajada histérica, dolorosa, que me rasga la garganta. Es tan apropiado. Yo mismo soy una encarnación humana de esta charca: estancado, maloliente, putrefacto por dentro.
La risa se convierte en llanto y de vuelta en risa. No hay nadie para juzgarme, nadie para analizar mis reacciones, nadie para diagnosticar mi comportamiento. Solo yo, cubierto de barro, picado por avispas, riendo y llorando como un lunático.
Es liberador. Por primera vez en mucho tiempo, no hay división entre sentir y pensar. No hay un Marco observando a otro Marco sentir. El dolor es inmediato, la experiencia directa. Estoy vivo. Asquerosamente, dolorosamente, gloriosamente vivo.
Mis manos desarrollan callos donde antes había ampollas. Mis músculos se acostumbran gradualmente al esfuerzo constante. Mi piel, siempre pálida, adquiere un tono bronceado que no había tenido desde la adolescencia, cuando ayudaba al abuelo con la vendimia.
El décimo día descubro un panal de abejas en uno de los árboles frutales. No huyo esta vez. Me acerco lentamente, observando la danza hipnótica de los insectos. Su zumbido me recuerda al tinitus que experimentaba durante mis noches de sobredosis controlada. Pero ahora no hay disonancias, no hay distorsiones. Solo el sonido natural de seres vivos haciendo lo que están programados para hacer.
Al final de la segunda semana, mientras intento mover sacos de abono para el huerto, uno de ellos se rompe. El contenido —estiércol animal mezclado con tierra— me cubre entero cuando resbalo y caigo de espaldas. La mierda me entra en la boca, en los ojos, en cada pliegue del cuerpo. La ironía no se me escapa: soy literalmente un trozo de mierda cubierto de mierda. No puedo evitar reírme de nuevo, tendido allí bajo el sol implacable, hediendo a excrementos y sudor.
Vómito una vez, dos veces. El estiércol es diferente al vómito inducido por pastillas. Es orgánico, natural, parte del ciclo de la vida. No es un rechazo químico, un sistema nervioso sobrecargado, sino simplemente un cuerpo respondiendo a un estímulo repulsivo. Incluso este acto de purga tiene una honestidad que mis rituales autodiseñados nunca tuvieron.
La escritura es como esta tierra que trabajo. Requiere preparación. Requiere remover lo estancado, arrancar lo muerto, plantar semillas nuevas. Hay días en que cada palabra escrita es una victoria contra la inercia, contra el silencio, contra la propia muerte. Franz Kafka entendía esto cuando escribió: “Un libro debe ser un hacha para el mar helado dentro de nosotros”. Mis viejos diarios, con sus métricas perfectas y sus defensas impenetrables, nunca fueron esa hacha. Eran más cadenas que armas liberadoras.
La finca es un cuerpo maltratado que intento reanimar. El huerto había desaparecido bajo malas hierbas. Los frutales, abandonados, producían frutos raquíticos. La piscina está vacía, con grietas en el fondo y una capa de hojas podridas. El hedor cuando comienzo a limpiarla es insoportable. Vomito dos veces antes de poder continuar.
Al inicio de la tercera semana me toca limpiar el fondo. Me quito la camisa y me introduzco descalzo. La superficie está cubierta de una capa de moho verdoso, viscoso. Inevitable, resbalo. Caigo sobre mi espalda desnuda, y el moho putrefacto se me adhiere como una segunda piel. El olor me rodea, me invade, se mete por cada poro. Como yo mismo, pienso. Un hombre pudriéndose por dentro, infectando a todos los que amo con mi propia descomposición.
Pero también hay momentos de belleza inesperada. Un nido de golondrinas en el porche. Una fuente que, después de horas desatascando tuberías, vuelve a funcionar. La primera planta que brota en el huerto recién trabajado. Pequeñas victorias que me recuerdan que la regeneración es posible, incluso para los sistemas aparentemente irreparables.
Cada noche, después de una ducha que nunca parece eliminar completamente el olor del trabajo del día, me siento en el porche con un cuaderno nuevo. No el de tapas azules gastadas de mi adolescencia. No los que escondía en la buhardilla como tesoros prohibidos. Uno nuevo, comprado en una tienda de pueblo durante mi primer viaje para conseguir provisiones.
No es poesía artificiosa. No hay métrica perfecta. No hay ritmo cuidadosamente calculado. No hay rima elaborada. Es crudo, simple, directo. A veces solo son listas: “Lo que he hecho hoy”. “Lo que me duele”. “Lo que extraño”. “Lo que temo”.
Escribo sobre Lorenzo y su forma de programar la realidad. Sobre cómo sus algoritmos son su forma de protegerse del caos que ha visto en mí. Sobre cómo me aterroriza pensar que pueda desarrollar las mismas adicciones, las mismas tendencias autodestructivas. Sobre cómo su talento matemático está entrelazado con su ansiedad, y cómo nunca supe distinguir dónde terminaba uno y empezaba la otra.
Escribo sobre Candela y sus colores emocionales. Sobre cómo su aparente dramatismo es en realidad una autenticidad que el resto de nosotros hemos perdido. Sobre cómo temo que la vida —o yo— termine apagando esa luz que ve el mundo con tanta claridad. Sobre cómo su capacidad para nombrar las emociones a través de colores es un don que yo reprimí en mí mismo, convirtiéndolo en métricas perfectas y silencios químicos.
Escribo sobre Laura y nuestro amor fracturado. Sobre cómo nos perdimos en nuestros respectivos silencios después de perder a Eva. Sobre cómo nos convertimos en guardianes de nuestras ausencias, cada uno honrando su pérdida en espacios separados. Sobre cómo dejamos de vernos realmente. Sobre cómo ella limpiaba compulsivamente la habitación verde mientras yo me deshacía en la buhardilla con mis rituales químicos nocturnos, ambos fingiendo no escuchar el llanto del otro.
Esta escritura no es arte. No es para ser publicada, para ser admirada, para ser estudiada. Es la externalización de un dolor interno para poder observarlo desde cierta distancia. Es dar estructura a experiencias caóticas. Es un intento de integrar partes rotas de mí mismo.
La escritura como terapia no funciona por ser bella, sino por ser verdadera. Virginia Woolf lo sabía cuando escribía en sus diarios para hacer frente a sus demonios internos. Sylvia Plath lo entendía cuando volcaba en el papel el veneno que la devoraba por dentro. Kafka lo sabía cuando transformaba su alienación en monstruosas metamorfosis literarias.
Una noche, mientras escribo a la luz de una vieja lámpara de mesa que encontré en un armario (la electricidad es intermitente en la casa abandonada), me doy cuenta de que estoy usando un patrón métrico sin haberlo planeado. Las líneas fluyen con un ritmo natural, no forzado ni calculado. La poesía está regresando, pero no como un ejercicio intelectual, sino como una expresión auténtica.
Las estrellas respiran frente a mi mesa esta noche sin testigos químicos. Mis dedos temblorosos ya no cuentan sílabas perfectas. Solo escriben dolor que desborda, vómito sangriento de todo lo enterrado bajo métricas.
No es buena poesía. Quizás ni siquiera sea poesía. Pero es mía. Auténtica. No es una exhibición de control, sino una rendición al caos. No es una demostración de técnica, sino una confesión de fragilidad.
Es un comienzo.
Un mes después de mi llegada, recibo la primera visita. Sandra aparece sin previo aviso, en su coche particular. No el oficial. Me encuentra en el huerto, luchando con una manguera retorcida que parece tener vida propia. El agua brota de pequeñas perforaciones en el plástico envejecido, convirtiéndome en el centro de miniaturizadas fuentes danzantes.
—Pareces un jornalero —dice a modo de saludo—. Un jornalero con la peor técnica que he visto.
No puedo evitar sonreír. Sonreír, esa acción casi olvidada. Su franqueza siempre ha sido refrescante. Su capacidad para no andarse con rodeos, para no embalar la verdad en capas de protección. Era lo que más valoraba de ella en el trabajo, y lo que ahora me hace sentir, extrañamente, como en casa.
—No sabía que fueras experta en jardinería.
—Mi padre tenía un huerto —responde, acercándose—. Me enseñó antes de que el Alzheimer lo convirtiera en un extraño.
Me quita la manguera de las manos y, con unos movimientos precisos, soluciona el nudo que me ha estado frustrando durante veinte minutos. Sus manos muestran una seguridad que no tienen las mías. Manos que han aprendido a manejar lo físico, no solo lo abstracto.
—¿Cómo me has encontrado? —pregunto sonriendo, sabiendo que es una pregunta estúpida.
—Marco, avisaste a todo el mundo dónde estarías —responde con una media sonrisa—. Excedencia oficial. Autorización de Elena. Dirección registrada. No es precisamente un programa de protección de testigos.
La miro, intentando leer su expresión. No hay reproche directo, pero sí preocupación. Recuerda cuando vinimos aquí después del Hotel Miranda, cuando le mostré la pistola estropeada y los blísteres vacíos. Cuando me recogieron inconsciente en el cementerio y ella corrió al hospital.
—No me refería a eso —aclaro—. Me refería a… ¿cómo sabías que necesitaba ver una cara amiga?
Su expresión se suaviza.
—Intuición policial —dice, y luego más seria—: Ha pasado más de un mes sin que respondieras mensajes. Era hora de una visita.
—No estoy huyendo —digo, necesitando aclararlo.
—¿No? —Su mirada recupera esa cualidad penetrante, la que usa en interrogatorios—. Estás físicamente localizable, cierto. Pero ¿no es esto otra forma de distancia? ¿Otro espacio donde puedes controlarlo todo, desde el riego hasta quién cruza esa puerta?
El comentario me golpea con más fuerza de la que esperaba. Hay verdad en lo que dice. Cambié la buhardilla por la finca, pero mantengo el mismo patrón: control total sobre mi entorno.
—Es diferente —digo, sin sonar convincente ni a mis propios oídos.
—¿En qué? ¿En que aquí tus manos sangran en lugar de tus versos? ¿En que aquí el sudor reemplaza a tus rituales nocturnos?
Miro mis manos callosas. La tierra bajo mis uñas. Los arañazos y cortes medio cicatrizados. El sol en mi piel. ¿Es solo otra forma de control, más primitiva pero igualmente aislante?
“La fortaleza es inútil sin discernimiento”, escribió Yamamoto Tsunetomo en aquel libro que Laura me regaló en nuestro primer aniversario, y que he releído obsesivamente estos meses. Durante demasiado tiempo, confundí la resistencia con fortaleza. La rigidez con carácter. El silencio con dignidad.
—Al menos aquí soy honesto —respondo finalmente—. No estoy dividido entre el control diurno y la liberación química nocturna. No vivo fragmentado. Siento cada momento, cada dolor, cada recuerdo.
Sandra asiente lentamente, evaluando la veracidad de mis palabras. La preocupación en sus ojos me duele más que mis músculos agotados. Me recuerda que la confianza, una vez rota, no se repara con palabras.
—Los niños preguntan por ti —dice finalmente.
El corazón me da un vuelco. El primer instinto es buscar el fantasma del blíster en mi bolsillo, la memoria muscular de mi antigua forma de gestionar emociones intensas. No hay nada allí, y el vacío es tanto aterrador como liberador.
—¿Lorenzo…?
—Sigue con sus algoritmos. Ha desarrollado uno que supuestamente predice tu progreso basándose en patrones previos. Dice que las variables son… prometedoras.
No puedo evitar la punzada de esperanza. Mi hijo, el traductor de emociones a matemáticas, calculando mi redención en ecuaciones. Por supuesto que lo ha contado. Por supuesto que ha buscado el patrón en el caos de mi descomposición. Es lo que yo le he enseñado a hacer: convertir el dolor en algoritmos, la incertidumbre en secuencias predecibles.
—¿Y Candela?
—Dice que los colores están cambiando. No sé qué significa, pero parece tomarlo como algo positivo.
—¿Laura? —La pregunta sale casi como un susurro. Algo se retuerce en mi estómago. Un nudo que he estado ignorando desde que me marché, fingiendo que la distancia física podría traducirse en distancia emocional.
Sandra me estudia antes de responder. Años de interrogatorios y de entrevistas le han enseñado a medir cada palabra, a calcular su impacto.
—Está mejor sin la presión constante de mantenerte a flote. Pero te echa de menos. A su manera.
La invito a la casa. No es mucho, pero ya no es el desastre que era cuando llegué. He limpiado. He reparado los problemas más urgentes. He creado un espacio habitable, si no acogedor.
Pasamos por el salón donde solíamos ver películas durante mis visitas ocasionales con el abuelo. El sofá está cubierto por una sábana para protegerlo del polvo. La televisión, desaparecida hace tiempo. Las paredes conservan marcas rectangulares más claras donde antes había fotografías.
Sandra recorre las habitaciones en silencio. Sus ojos de investigadora lo registran todo. Las reparaciones improvisadas. Los intentos de restauración. Los espacios que aún esperan atención. Su expresión no revela sus pensamientos.
En la cocina se detiene frente a una serie de frascos etiquetados. Semillas que compré en el pueblo, organizadas según el sistema de clasificación que encontré en los viejos cuadernos del abuelo. Las he clasificado meticulosamente, como antes clasificaba mis pastillas o mis poemas.
—Sigues ordenando el mundo —comenta, pero no suena como una acusación.
—Algunas costumbres son difíciles de romper.
La conduzco al porche trasero. Desde allí se pueden ver los viñedos parcialmente restaurados. Las filas rectas donde antes había caos. Las cepas podadas donde antes había abandono. Todavía está lejos de estar recuperado, pero hay progreso visible.
—Falta algo —dice finalmente.
—Muchas cosas.
—No. Algo específico.
Me mira de forma significativa, y entonces lo entiendo.
—La bodega.
Asiente.
—No has entrado, ¿verdad?
Debería ser honesto. Decirle que sí he entrado, dos veces desde el inicio de mi colapso. Una vez solo, en aquel arrebato de furia cuando destrocé el laboratorio del abuelo. Y otra con ella misma, después, cuando encontramos la carta y escribí ese poema honesto, sin filtros químicos.
Pero la verdad es que no he vuelto a entrar desde entonces. No desde que me instalé aquí. La puerta cerrada me acusa cada día. Me llama cobarde en silencio cada vez que paso frente a ella.
—No desde la última vez que estuvimos juntos allí —admito—. Después de lo del cementerio…
—¿Por qué?
—No estoy listo.
—¿O tienes miedo?
La pregunta me sorprende. No es una pregunta típica de Sandra. No es su estilo habitual de interrogatorio. Es más directa, más personal. Como si fuera tanto una pregunta para mí como para ella misma.
—Mi hermano solía decir que hay momentos en los que el miedo es señal de que estás exactamente donde debes estar —continúa—. Que cuando algo te aterroriza tanto, probablemente es porque contiene una verdad que necesitas enfrentar.
—Tu hermano lo consiguió —digo, buscando afirmación más que cuestionando.
—Sí. Pero fue un camino largo y doloroso —responde, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Años de terapia. De aceptación. De integración, como él lo llama.
Me quedo en silencio, absorbiendo sus palabras. El hermano de Sandra, quien pasó por un infierno similar al mío, encontró su camino de vuelta sin tener que llegar al extremo que yo alcancé.
—¿Qué fue lo que finalmente funcionó para él? —pregunto, no por curiosidad sino por necesidad.
—Dejar de luchar contra sus partes rotas —dice simplemente—. Aceptarlas como parte de quien es, en lugar de intentar silenciarlas o controlarlas obsesivamente.
Nos quedamos en silencio un momento. El reloj de la cocina marca los segundos con un tic-tac que parece amplificarse en la quietud. Cada segundo es un paso más cerca de algo inevitable.
“La pérdida del miedo es el principio de la sabiduría”, escribió Russell en alguna parte. O quizás fue Bertrand Russell citando a alguien más. El laberinto de referencias en mi mente a veces se convierte en un ecosistema propio, donde las ideas se entrelazan y se transforman hasta que ya no puedo rastrear su origen.
—¿Quieres que vaya contigo? —ofrece finalmente.
—No —respondo después de considerarlo—. Esto es algo que tengo que hacer solo.
—Marco —dice antes de marcharse—. Esta regeneración tuya… no la conviertas en otra forma de aislamiento. No construyas otro refugio para esconderte del mundo.
La miro, y hay algo en sus ojos. Preocupación genuina. Cariño quizás. O tal vez solo el reconocimiento de patrones que ha visto antes.
—Es diferente esta vez —digo, pero las palabras suenan huecas incluso para mí.
—Eso decía mi hermano cada vez.
Cuando Sandra se marcha, me quedo mirando la puerta de la bodega desde la distancia. La estructura parece sólida a pesar de los años de abandono. Como si estuviera esperando. Como si tuviera paciencia.
No hoy, me digo. Pero pronto.
El Capitán Rodríguez aparece dos semanas después. Como Sandra, sin previo aviso. Su coche oficial se detiene frente a la casa, levantando una nube de polvo que tarda minutos en asentarse. Me sorprende empapado en sudor, intentando arrancar un tocón particularmente resistente con un par de guantes de trabajo desgastados y una determinación obstinada que no está dando resultados.
—La última vez que trabajaste tanto fue durante el curso básico de especialización —comenta, cruzando los brazos—. Y entonces te las arreglaste para evitar la mayoría de las tareas físicas.
—Las prioridades cambian —respondo, soltando la pala y limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo, dejando un rastro de tierra en mi cara.
—Ciertamente.
No viene de uniforme. Lleva una camisa arrugada y pantalones que parecen demasiado informales para su personalidad estructurada. Parece incómodo, fuera de lugar en esta ruralidad que contradice su esencia urbana.
Su presencia me descoloca. Aún puedo ver en su escritorio su nombre grabado en metal: “Capitán Antonio Rodríguez”. El Capitán. Mi mentor, mi superior, el hombre que vio algo en mí que ni yo mismo veía. Que me reclutó para la Unidad de ciberdelincuencia cuando todos los demás solo veían a un agente con aptitudes tecnológicas básicas.
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos realmente? —pregunta Antonio, y hay algo en su tono que sugiere que no se refiere a nuestro primer encuentro oficial.
Lo recuerdo. Por supuesto que lo recuerdo. No fue en el despacho de destinos, no fue durante mi presentación formal en la Unidad. Fue tres meses después de terminar el curso de Policía Judicial.
—El caso Hermes —digo, y veo cómo asiente.
—Llevábamos semanas intentando descifrar aquel servidor. Los mejores analistas de Madrid habían fracasado. Y entonces apareció este guardia recién graduado del curso, con cara de niño y una propuesta imposible.
El caso Hermes. Una red de fraude financiero que operaba desde servidores cifrados. Habían derrotado a todos los equipos especializados. Yo llevaba dos días estudiando el problema desde una perspectiva diferente: no intentando descifrar el código, sino entendiendo la mente que lo había creado.
—“No intenten romper la encriptación” —recuerdo que les dije—. “Encuentren el error humano. Todo programador comete al menos uno”.
—Y lo encontraste —dice Antonio—. Una variable mal inicializada en el código de autenticación. Un error de novato escondido en un sistema que parecía inexpugnable.
Tres líneas de código defectuoso que comprometían toda la seguridad del sistema. Lo resolví en seis horas. No por brillantez, sino porque reconocí el patrón: era el mismo tipo de error que yo había cometido mil veces en mi 486, durante mis noches de autodidacta.
—Ese día supe que no habíamos fichado a un técnico más —continúa Antonio—. Habíamos encontrado a alguien que pensaba como ellos. Que entendía la psicología detrás del código.
Tenía razón sin saberlo. Yo entendía a los criminales digitales porque llevaba años siendo uno: ocultando información, compartimentando secretos, construyendo sistemas para esconder mi verdadero yo. Todo lo que había aprendido para sobrevivir a Elena me había convertido en el depredador perfecto de quienes hacían lo mismo.
—Por eso me reclutaste —digo—. No por mis conocimientos técnicos.
—Por tu capacidad para ver patrones donde otros solo ven caos. Por entender que cada línea de código cuenta una historia sobre quien la escribió. —Se detiene, mirándome directamente—. Porque vi en ti lo mismo que veo ahora: alguien que ha aprendido a sobrevivir en sistemas rotos.
La observación me golpea como una revelación dolorosa. Antonio me reclutó no a pesar de mis fracturas, sino precisamente por ellas. Vio en mi capacidad para descifrar sistemas criminales el reflejo de alguien que había pasado la vida descifrando el caos doméstico, navegando entre la locura y la supervivencia.
—No es una visita oficial —aclara, como si hubiera leído mis pensamientos—. Quería ver cómo estabas. Con mis propios ojos.
Algo en su tono me hace sospechar. Hay más en esta visita que simple curiosidad o supervisión. El Capitán no se adentra en caminos abandonados fuera de Madrid sin un propósito específico.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros, pero el gesto parece ensayado. Demasiado casual para ser auténtico.
—Tengo un interés personal en tu recuperación.
—¿Por qué? —insisto, y la pregunta tiene un filo que no pretendía.
El Capitán suspira, desviando la mirada hacia los viñedos semi-restaurados. Hay algo en su postura. Una vulnerabilidad que nunca le había visto. Una grieta en la armadura del hombre que siempre fue un pilar de fortaleza inalterable.
—Porque he visto demasiados buenos agentes perderse por no recibir la ayuda necesaria en el momento adecuado. Porque sé lo que es enfrentarse a sus propios demonios. Porque me recuerdas a mí, hace más de veinticinco años.
—¿Qué pasó hace veinticinco años?
—Sabes que te entiendo, Marco —dice el Capitán después de un silencio contemplativo mientras observamos los viñedos—. No es solo empatía profesional. Es experiencia compartida.
—Lo sé —respondo, recordando nuestras conversaciones sobre el TOC que desarrolló después de la Operación Alhambra. Valencia. La célula del GIA—. Siempre has sido transparente conmigo sobre eso.
—Transparente, sí. Pero quizás no lo suficientemente específico —admite, con una mirada que sugiere que hay más por decir—. Nunca te hablé realmente de cómo lo superé. De cómo encontré mi camino de regreso.
Esto capta mi interés. Siempre hemos hablado del trauma, del niño en el frigorífico, del TOC resultante, pero nunca profundizamos en su proceso de recuperación.
—¿Cómo? —pregunto, genuinamente interesado en la respuesta.
—Haciendo exactamente lo que estás haciendo ahora —dice, señalando los surcos de tierra recién trabajada—. Encontrando algo tangible. Real. Algo que respondiera al cuidado de forma visible, no con informes y estadísticas.
—¿Trabajaste la tierra? —pregunto sorprendido, recordando vagamente alguna mención a un huerto urbano en conversaciones previas.
—Un huerto urbano en mi terraza. Pequeño, pero suficiente. Algo que crecía bajo mis manos, que respondía a mis cuidados con vida nueva. Era mi terapia después de ver tanta muerte.
Su revelación no es completamente nueva, pero nunca había conectado esos puntos: su huerto como terapia para el trauma de la Operación Alhambra, como paralelo a lo que yo estoy intentando ahora con la finca.
—Nunca lo había visto como un patrón entre nosotros —confieso.
—Tú y yo somos más parecidos de lo que crees, Marco. Siempre lo hemos sido. Por eso te recluté. Por eso te he protegido todos estos años. Porque vi en ti lo mismo que vi en mí: alguien capaz de encontrar patrones en el caos, pero también alguien que podría perderse en esos mismos patrones.
—La diferencia es que tú lo superaste —señalo, sin poder evitar el tono amargo—. Y yo… colapsé.
—¿Crees que no tuve mis recaídas? —pregunta con una sonrisa triste—. ¿Mis noches revisando cerraduras cinco veces? ¿Mis episodios ordenando informes hasta la madrugada porque no podía tolerar la más mínima imperfección? La diferencia no fue la ausencia de recaídas, Marco. Fue tener algo, o alguien, que me anclara a la realidad cuando ocurrían.
“El miedo solamente acompaña a la ignorancia”, decía el abuelo mientras me enseñaba a cortar correctamente los racimos durante la vendimia. O tal vez estoy citando algún libro que leí. Las fronteras entre memoria y ficción se han vuelto borrosas. Como tantas otras fronteras en mi vida. Como la línea entre el padre y el hijo, entre el poeta y el analista, entre el enfermo y el sanador.
—¿Cómo lo superaste? —pregunto.
—No lo “superé” —responde—. Aprendí a vivir con ello. A integrarlo como parte de mí, en lugar de negarlo o controlarlo obsesivamente.
—¿Sabes cuándo lo entendí realmente? —dice mientras observa los viñedos—. Cuando me ofrecieron el ascenso a Comandante. 2018. Un aumento de sueldo considerable. Oficina más grande. Más responsabilidades administrativas.
Se detiene, como si recordar esa decisión aún le costara.
—¿Y? —pregunto, aunque intuyo la respuesta.
—Lo rechacé. En contra de lo que esperaba mi familia, en contra de lo que me recomendaban mis superiores. Su voz tiene una firmeza que no admite cuestionamientos. Los puestos, desde Comandante hacia arriba, son cargos políticos, Marco. No son funcionales. Te alejan del trabajo real, del equipo real.
—¿Te arrepientes?
—Nunca. Mi lugar está aquí, con vosotros. Formando parte del equipo, no observándolo desde un despacho. Su mirada se endurece ligeramente. Vi lo que les pasaba a mis compañeros cuando ascendían. Se convertían en gestores, en burócratas. Perdían el contacto con lo que realmente importa: proteger a la gente que hace el trabajo sucio.
Escucho sus palabras y algo se remueve dentro de mí, algo que creía perdido para siempre. Antonio habla de valores como si fueran cosas reales, tangibles, posibles de vivir. Como si no fueran solo frases bonitas escritas en cartillas que nadie lee.
—El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil —murmuro, casi sin darme cuenta. Las palabras brotan desde algún lugar profundo donde las enterré hace décadas.
Antonio se detiene. Me mira. Y algo cambia en su expresión.
—Debe por consiguiente conservarlo sin mancha —continúa él, con una voz que reconoce el texto, que conoce cada palabra—. Una vez perdido no se recobra jamás.
—Artículo segundo —sigo, y mi voz se vuelve más firme—. Debe ser un dechado de moralidad, observar buena conducta, y jamás se le vea alterado por el vino.
—Debe tener buenos modales —añade Antonio, y hay dolor en su voz—. No usar jamás palabras malsonantes, no dirigirse a persona alguna con sequedad o malos modos.
—Artículo tercero —continúo, y mi voz tiembla—. Debe evitar todo lo que pueda molestar a los habitantes de los pueblos, no hacer vejaciones ni usar malas palabras.
—Y jamás, jamás se le vea en tabernas o casas de juego —completa Antonio.
Nos miramos. Dos hombres rotos por la misma institución, reconociendo las mismas palabras que memorizamos con esperanza y que vivimos con dolor.
—Debe ser prudente sin debilidad —decimos al mismo tiempo, y nuestras voces se superponen como un coro macabro de reconocimiento.
—Firme sin violencia —continúa Antonio.
—Político sin bajeza —termino yo.
El silencio que sigue es denso, cargado de décadas de contradicciones compartidas.
—Artículo séptimo —digo, con voz ahora más grave—. No debe aceptar recompensas de ninguna clase por cumplir con su deber.
—Debe esperar solo gratitud —añade Antonio—. Lo que fomenta la humildad y el sentido del servicio.
—¿Sabes lo que es? —pregunto, y mi voz se quiebra—. ¿Saber de memoria que debes ser “prudente sin debilidad” mientras te enseñan que la violencia es la única respuesta a la diferencia?
Antonio asiente, y veo en sus ojos el mismo dolor que siento yo.
—Recitar “debe ser un dechado de moralidad” —dice él—. Mientras te destrozan el alma. Mientras convierten palabras sagradas en decoración para cubrir la podredumbre.
—Pero no era mentira —susurro—. Los valores no eran mentira. Eran reales. Eran posibles.
—Quienes los enseñaban los habían traicionado —completa Antonio.
Nos quedamos en silencio, procesando esta revelación mutua. Dos generaciones que memorizaron las mismas palabras, que creyeron en las mismas promesas, que pagaron el mismo precio por mantener la integridad.
—Cuando rechazaste el ascenso —digo finalmente—. No sabías que estabas practicando artículo por artículo lo que a mí me enseñaron que era imposible. Que estabas siendo el ejemplo de lo que el Cuerpo debería ser y raramente es.
Antonio me mira con algo que podría ser comprensión, o tal vez reconocimiento de un dolor compartido.
—Hoy en día —continúo, mientras mi voz se carga de una amargura que llevaba décadas fermentando—. ¿Quién rechaza un ascenso por principios? ¿Quién elige la funcionalidad sobre el estatus? ¿Quién practica realmente esa “humildad” que predica la Cartilla?
—Tú —digo, con voz aún más firme—. Prácticamente solo tú.
—Y tú —responde Antonio, sorprendiéndome—. Nunca perdiste realmente la poesía. Solo la escondiste. Pero seguía ahí, esperando. Como estos valores. Pueden enterrarse, pueden silenciarse, pero no mueren.
Miro los viñedos que me rodean, esta tierra que estoy devolviendo a la vida con mis propias manos, y entiendo algo fundamental: la restauración no es solo para la tierra. Es para el alma también.
—Tal vez —digo lentamente—. Tal vez el precio de vivir esos valores en un mundo que los ha olvidado sea precisamente ese. Romperse un poco. Pero seguir eligiendo vivirlos de todas formas.
Antonio asiente, y en sus ojos veo el mismo reconocimiento que siento yo: dos hombres que memorizaron las mismas palabras, que creyeron en las mismas promesas, que pagaron el mismo precio por mantener la integridad.
Y tal vez, solo tal vez, eso es suficiente.
Se acerca a mí, su mirada evaluando mi estado físico, mi progreso.
—Estás más delgado. Pero también más fuerte. Hay color en tu cara.
—El trabajo físico ayuda.
—No es solo el sol. Es la claridad. Te conozco desde hace más de veinte años, Marco. Nunca te había visto completamente presente hasta ahora.
Recorremos la propiedad juntos. Le muestro lo que he hecho, lo que planeo hacer. Es más fácil hablar mientras caminamos, mientras nuestros ojos están ocupados en algo que no sea el otro. La vulnerabilidad es más tolerable en movimiento.
—¿Sabes que estamos preocupados por Lorenzo? —menciona casualmente mientras examinamos las primeras hileras de vides restauradas.
—¿Está empeorando? —pregunto, el miedo anudándose en mi estómago.
—Su fijación con los algoritmos se ha intensificado. Según Laura, pasa horas frente al ordenador, desarrollando predicciones estadísticas sobre tu recuperación, tu posible retorno, incluso la probabilidad de que vuelvas a intentar… ya sabes.
El dolor me atraviesa. Mi hijo, mi reflejo, calculando las variables de mi autodestrucción. Repitiendo mis patrones, mi obsesión por el control, mi incapacidad para aceptar la incertidumbre.
—Es mi culpa. Todo esto.
—No —el Capitán me detiene con una mano en el hombro—. Es genética y es aprendizaje. Pero más importante, es reversible. Con las intervenciones adecuadas.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
—Nunca lo es —responde con una seguridad que debe venir de su propia experiencia—. La neuroplasticidad es asombrosa, especialmente en jóvenes.
Llegamos a la bodega. La puerta cerrada nos observa como un ojo silencioso.
—La bodega —dice cuando pasamos frente a la puerta cerrada—. ¿Cuándo vas a enfrentarla?
—Sandra preguntó lo mismo.
—Es una buena policía. Observadora.
No respondo directamente. El Capitán no insiste. Eso es lo que siempre he apreciado de él: sabe cuándo presionar y cuándo retroceder. Sabe leer a las personas como yo leía códigos.
Cuando se marcha, me aprieta el hombro con fuerza. Un gesto simple pero cargado de significado entre nosotros. Todos nuestros años de trabajar juntos han creado un lenguaje propio.
—Llámame cuando quieras —dice—. No como jefe. Como amigo.
—Lo sé —respondo, y realmente lo sé. Siempre ha estado ahí, incluso cuando no podía verlo a través de mi bruma auto-impuesta.
—Y Marco… —añade, deteniéndose—. Este lugar te queda bien. Te pareces más a ti mismo aquí que en todos los años que te he conocido.
El comentario resuena en mí mucho después de que su coche desaparece por el camino. “Más a ti mismo”. Como si finalmente estuviera emergiendo la persona que debería haber sido, que podría haber sido, antes de que el silencio y el control se convirtieran en mi prisión.
He estado aquí durante casi cuatro meses cuando el huerto da sus primeros frutos. Tomates pequeños pero firmes. Pimientos todavía verdes. Lechugas de hojas tiernas. El contraste entre la tierra seca y estos brotes de vida me sobrecoge.
La primera vez que como algo que he cultivado con mis propias manos, el sabor es tan intenso que casi duele. Como si mi lengua, acostumbrada a los sabores apagados por años de química en mi sangre, estuviera despertando apenas. Como si cada papila gustativa estuviera renaciendo después de un largo invierno químicamente inducido.
Mastico lentamente. Percibo cada textura, cada nota de sabor. La acidez del tomate, el dulzor que sigue después, el toque terroso del final. Cuando Elena me alimentaba, en los pocos períodos en que estaba lo suficientemente sobria para hacerlo, la comida era un acto mecánico. Un ritual de supervivencia, no de placer. Cuando Laura cocinaba, yo ya estaba tan fragmentado entre mi control diurno y mi liberación nocturna que apenas permanecía presente en esos momentos cotidianos. Todo tenía el sabor de la obligación.
“Todos los problemas humanos, en última instancia, surgen de nuestra incapacidad para sentarnos quietos en una habitación solos”, escribió Pascal. O quizás era de “Sobre el amor” de Jung. Las citas se mezclan en mi memoria como productos químicos en mis antiguas combinaciones elegidas.
Esa noche, escribo en mi cuaderno: “La tierra no guarda rencor. No importa cuánto la hayas abandonado, si la trabajas honestamente, te recompensa. ¿Puede una familia hacer lo mismo? ¿Pueden las relaciones, como estas plantas, regenerarse desde raíces que parecían muertas?”
No tengo respuesta. Pero por primera vez, la pregunta no me paraliza de miedo.
Levanto la mirada hacia la bodega. Su puerta cerrada me desafía cada día. Cada noche.
Aún no, me digo. Pero más cerca.
Cinco meses. Los viñedos empiezan a mostrar signos de recuperación. He podado las cepas enfermas, he limpiado las malas hierbas, he reparado el sistema de riego. No habrá vendimia este año, ni probablemente el siguiente. Pero las vides comienzan a mostrar brotes verdes. La vida obstinadamente abriéndose paso a través del abandono.
La casa es habitable ahora. He reparado todas las goteras. He pintado las paredes. He reemplazado los cristales rotos. He restaurado los muebles que podían salvarse y he tirado los que estaban más allá de cualquier recuperación. Solo queda un espacio sin tocar. Un santuario intacto al paso del tiempo, al proceso de restauración.
Ayer, mientras revisaba un viejo baúl en el desván, encontré una caja con cuadernos del abuelo. No sus diarios de vinificación, que siempre guardó en la bodega, sino cuadernos personales. Registros de pensamientos, observaciones, dudas. Su letra precisa, casi arquitectónica, llenaba páginas con una disciplina que reconozco como familiar.
“2 de octubre de 1985. Marco cuenta cada uva que corta durante la vendimia. Las ordena por tamaño antes de colocarlas en el cesto. Las clasifica con una precisión que inquieta a los jornaleros. Elena dice que hay que llevarlo al médico. Que algo está mal en él. Que no es normal esa obsesión por el control. No le he dicho que yo hacía exactamente lo mismo a su edad. Que yo también necesitaba esa precisión cuando mi padre bebía. Que hay un placer secreto, una paz profunda, en reducir el mundo a números, a patrones reconocibles. Que es nuestra forma de sobrevivir al caos”.
“14 de abril de 1988. Marco ha escrito hoy su primer poema verdadero. ‘Madre, tus pasos son campanas muertas’, comenzaba. Elena lo ha encontrado y lo ha roto en pedazos durante uno de sus episodios. He recogido los fragmentos cuando se ha ido a desplomarse al sofá. Los he guardado en mi despacho. Algún día se los entregaré, cuando pueda entender lo que significan. Cada línea perfectamente medida, cada sílaba contada con precisión matemática. Con solo ocho años y ya busca orden en el caos. Ya intenta contener lo incontrolable dentro de estructuras precisas. Es mi nieto, sin duda. Con mis mismos demonios. Con mis mismas defensas”.
“18 de junio de 1999. Marco se graduó hoy con honores. Su discurso fue perfecto. Técnicamente impecable. Métricamente preciso. Y completamente vacío. Su voz auténtica sigue sepultada bajo capas de estructura. Como mis vinos, envejecidos en barricas demasiado herméticas, sin el oxígeno necesario para desarrollar su verdadero carácter. ¿Es este mi legado? ¿Un control tan férreo que termina asfixiando lo que pretende preservar?”
Leí durante horas, fascinado por este espejo inesperado, por esta confesión póstuma que el abuelo nunca me hizo en vida. Su precisión obsesiva que yo creía admirar no era virtud sino síntoma. Su meticulosidad en el laboratorio enológico era la misma que yo reproduje en mi propio laboratorio químico personal, dosificando pastillas en lugar de levaduras, calibrando efectos en lugar de fermentaciones.
El abuelo luchó con los mismos demonios. El abuelo construyó las mismas defensas. El abuelo intentó, a su manera torpe y tardía, romper el ciclo. Su carta póstuma, la que encontré y que desencadenó mi colapso, no era un acto cruel de revelación final, sino su último intento desesperado de librarme de nuestro legado compartido.
Sandra viene de visita regularmente, trayendo noticias de Madrid. Del mundo que dejé atrás. De las personas que siguen allí, viviendo sus vidas. Cada visita es como un cordón umbilical que me conecta con el exterior, evitando que me convierta en un ermitaño, que mi aislamiento se vuelva patológico.
Lorenzo ha ganado un concurso de programación. Su algoritmo de análisis textual, inspirado por mis patrones de escritura, ha impresionado a los jueces. Cuando Sandra menciona este detalle, algo se agita en mi interior. Un orgullo mezclado con culpa. ¿Estoy orgulloso de su logro o culpable por haber influido en su obsesión? ¿Es su talento algo a celebrar o un síntoma que debo temer?
Candela ha comenzado clases de arte. Sus dibujos de “colores emocionales” han llamado la atención de su profesor. Según su profesor, tiene un don extraordinario para expresar sentimientos a través del color, algo que yo nunca supe reconocer completamente. De nuevo, orgullo y culpa se entrelazan. Su talento es genuino, pero su sensibilidad a las emociones de otros es una herida que heredó de mí. Una capacidad que nace de un trauma compartido, una hipersensibilidad transmitida que le permite ver emociones donde otros solo ven tonos.
De Laura, Sandra habla menos. Respeta sus límites. Sus secretos. Solo me dice que está “mejor”. Que está “avanzando”. Palabras deliberadamente vagas que podrían significar cualquier cosa o nada. ¿Mejor que cuando me visitaba en el hospital? ¿Mejor que cuando me encontró convulsionando en el suelo del salón, cuando mi sistema nervioso hizo implosión tras años de abusar de él, alternando entre rigidez diurna y desintegración nocturna?
—¿Ha preguntado por mí? —No puedo evitar preguntar. Patético en mi necesidad, en mi anhelo de saber que aún ocupo algún espacio en su vida.
Sandra me mira, evaluando si estoy listo para la verdad.
—No directamente —responde finalmente—. Pero siempre escucha con atención cuando menciono mis visitas aquí.
Es algo. No mucho. Pero algo. Como un pequeño brote en tierra que parecía muerta.
“Somos muchos cuerpos, pero una misma alma”, escribió Brian Weiss en uno de sus libros que Laura me hizo leer durante su fase de exploración espiritual. Nunca le encontré sentido a esa frase. Ahora me pregunto si no encerraba una verdad más profunda de lo que pensaba. Si todos los que amamos y odiamos no son en cierta forma extensiones de nosotros mismos.
—La bodega —dice Sandra en su última visita, no como una pregunta sino como una afirmación.
—Pronto —respondo.
—Define “pronto”.
—Cuando esté listo.
—¿Y cuándo sabrás que estás listo?
No tengo respuesta. O tal vez sí, pero no quiero admitirla ni ante ella ni ante mí mismo. Que nunca estaré “listo”. Que hay heridas que nunca estarán “preparadas” para ser expuestas. Que la diferencia entre valentía y cobardía es precisamente actuar sin estar listo.
Seis meses. Abril trae una explosión de vida a la finca. Los días se alargan, la temperatura asciende gradualmente. La primavera avanza inexorable, como el tiempo que nunca se detiene, que nos arrastra hacia adelante incluso cuando intentamos aferrarnos al pasado.
Una mañana temprano, mientras reviso el sistema de calefacción de la casa, encuentro algo en el sótano. Una caja olvidada, cubierta de polvo. Me acomete un déjà vu: otro escondite secreto, otro legado oculto. La abro con dedos temblorosos.
Dentro, fotos antiguas. El abuelo con su mentor, el antiguo dueño de estos viñedos antes de que él los comprara. El abuelo con Elena, cuando ella era pequeña y todavía sonreía sin la sombra del alcohol en sus ojos. El abuelo conmigo, durante mi primera vendimia. Mis pantalones demasiado cortos, mis rodillas huesudas marcadas por raspaduras de niño activo. Una camiseta de los Ramones que él me había regalado, convencido de que era una banda “moderna” que me gustaría.
Las fotos me devuelven una versión de mí mismo que había olvidado. Un niño delgado pero fuerte, con ojos brillantes y una sonrisa genuina. Un niño que todavía no había aprendido a silenciarse. Que no necesitaba química para sentir o para dejar de sentir. Que encontraba alegría en lo simple, en recoger uvas bajo el sol, en aprender del abuelo los secretos de la tierra.
Mi instinto forense se activa. Estas fotos, deterioradas por el tiempo y la humedad, podrían restaurarse digitalmente. Mi conocimiento de algoritmos de reconstrucción de imágenes, que siempre usé para desentrañar evidencias en casos de ciberdelincuencia, podría aplicarse aquí para recuperar recuerdos familiares. Es extraño cómo las mismas habilidades que usé para analizar fríamente pruebas podrían ahora servir para reconectar con mi historia emocional.
¿Dónde quedó ese niño? ¿En qué momento exacto decidí enterrarlo? ¿Fue cuando Elena destrozó mi primer cuaderno de poemas, arrancando las páginas frente a mí? ¿O fue antes, cuando aprendí que hacer ruido durante sus resacas significaba castigo? ¿O después, cuando la humillación en la Academia me enseñó que la vulnerabilidad era debilidad?
“Todos llevamos múltiples vidas dentro de nosotros”, escribió Jung. O quizás fue Freud, en su “Psicopatología de la vida cotidiana”. Tal vez sea simplemente un recuerdo fabricado de algo que nunca leí. Pero la verdad de la afirmación resuena mientras contemplo estas imágenes de un yo que ya no existe. Que quizás pueda recuperar, no intacto, pero sí integrado.
Esa noche, bajo una manta en el porche, escribo en mi cuaderno hasta que los dedos me duelen y la muñeca protesta. Es casi como si escribir fuera un acto físico comparable a cavar, a podar, a limpiar. Un trabajo que implica al cuerpo tanto como a la mente.
“La memoria es selectiva. He pasado tanto tiempo recordando los traumas, las pérdidas, los abandonos, que había olvidado que también hubo momentos de alegría. De conexión. De pertenencia. Quizás la integración no es solo unir las partes fragmentadas, sino también recuperar lo que decidí olvidar”.
El frío nocturno me cala los huesos. Me recuerda que estoy vivo, que mi cuerpo es un organismo complejo que responde a su entorno. No es solo un vehículo para transportar mi mente. Es parte integral de quién soy.
Levanto la mirada hacia el cielo. Las estrellas brillan con una claridad imposible en Madrid. Sin contaminación lumínica que las oculte. Sin filtros químicos que las difuminen. Una claridad que duele pero que también permite ver más lejos, más profundo.
Y entonces lo sé. Estoy listo.
La llave tiembla en mi mano mientras la inserto en la cerradura de la bodega. No por síndrome de abstinencia esta vez. Es un temblor más profundo, más honesto. Miedo puro. Miedo a lo que podría encontrar. No fantasmas literales, sino los espectros de todas mis versiones anteriores. El niño que escribía poemas en secreto. El adolescente humillado en la Academia. El padre ausente. El marido fantasma. El adicto funcional. Todos ellos me esperan allí dentro.
La puerta se abre con un chirrido que parece un lamento. El aire que escapa es frío, húmedo, cargado de memoria. Enciendo la luz. Las bombillas parpadean antes de iluminar tenuemente el espacio.
La bodega está como la dejé la última vez. El desastre que creé en mi arrebato de rabia sigue ahí. Vidrios rotos. Papeles esparcidos. Instrumentos destruidos. Los restos del laboratorio del abuelo: probetas quebradas, medidores arrojados contra las paredes, libros de registro arrancados y pisoteados.
Camino lentamente, como si temiera despertar fantasmas. Mis pasos resuenan en el suelo de piedra. Cada eco es como un latido. Cada crujido bajo mis pies un recordatorio de mi presencia física en este espacio cargado de memoria.
“Todos los fracasos del hombre provienen de su incapacidad para estar sentado tranquilamente en una habitación”, escribió Pascal. Esta vez estoy seguro de la cita, porque la leí en “Meditaciones” de Marco Aurelio, aunque probablemente él estaba citando a su vez. La recursividad del conocimiento, del pensamiento humano, siempre construyendo sobre lo que vino antes.
El escritorio del abuelo. La silla donde se sentaba durante horas, analizando muestras, escribiendo en sus cuadernos. El laboratorio donde analizaba meticulosamente cada muestra, donde me enseñó que la vinificación es tanto ciencia como arte. Todo lleva su huella, aunque él se haya ido hace años.
Me detengo frente a las barricas alineadas contra la pared. Algunas están vacías. Otras contienen vino que probablemente se ha convertido en vinagre después de tanto tiempo sin mantenimiento. La madera está reseca, agrietada. Los aros metálicos, oxidados. Todo decayendo lentamente en la oscuridad.
“El silencio es ácido,” escribió el abuelo. “Corroe todo lo que toca”.
Como el vino mal conservado. Como las relaciones abandonadas. Como el talento negado. El silencio que mantuve durante veintinco años ha actuado como un ácido, corroyendo todo lo que formaba mi identidad. Mi poesía. Mi matrimonio. Mi paternidad. Mi autenticidad.
Comienzo a limpiar. Metódicamente. Recojo los cristales rotos, uno a uno. Organizo los papeles esparcidos. Barro el polvo acumulado. Friego las manchas de sangre —mi sangre— de la pared donde golpeé con el puño después de leer la carta del abuelo.
No es solo limpieza. Es ritual. Es confesión. Es penitencia. Es una forma física de reparación que mi cuerpo entiende mejor que mi mente. Mis manos, ahora callosas pero fuertes, pueden hacer lo que mis palabras no podían: reconstruir lo destruido.
“Puedes barrer Grecia y Roma, atravesar las Cruzadas, la Edad Media y el Renacimiento, y hallarás un elemento dominante en todos los lugares: en cada época el hombre sufrió de un dolor que él mismo se infligió”, escribió Inazō Nitobe en “Bushido: El Código del Samurai”. O quizás lo leí en otro libro. O quizás lo he inventado ahora mismo. La línea entre la memoria, la lectura y la invención se ha vuelto tan difusa como la frontera entre mi poesía y mi programación.
Cuando el sol comienza a ponerse, la bodega está irreconocible. He restaurado lo que podía salvarse. He tirado lo que estaba irreparablemente dañado. He ordenado. He limpiado. He sanado, en cierta forma.
Me siento en la silla del abuelo. Su presencia parece envolverme. No como un fantasma, sino como un recuerdo. Un legado. Una responsabilidad. Una línea de continuidad entre generaciones, entre el pasado y el presente, entre lo perdido y lo que podría recuperarse.
Las estanterías de vino están ordenadas por año. Cada botella etiquetada con precisión. 1980: mi cosecha. Las botellas que el abuelo guardaba para cuando encontrara mi voz. Hay menos de las que recuerdo. Algunas están rotas, destruidas en mi arranque de furia. Otras simplemente han desaparecido con el tiempo.
Tomo una. La sopeso en mi mano. Cuarenta años de oscuridad controlada. A diferencia de mi silencio, que no fue maduración sino pudrición, este vino ha evolucionado en la oscuridad. Ha desarrollado complejidades que no existían cuando fue embotellado. Ha transformado químicamente su esencia en algo más profundo, más rico.
El corcho cede con un suspiro cuando utilizo el sacacorchos del abuelo. El sonido me transporta instantáneamente a las cenas de mi infancia, cuando él abría una botella con ese mismo ritual solemne. El aroma que escapa es complejo, rico, sorprendente. No se ha convertido en vinagre. Ha madurado. Ha sobrevivido al abandono, al olvido, a la negligencia.
Me sirvo un poco en una copa que he limpiado. El color es de un rojo tan oscuro que parece negro en la luz tenue. Lo levanto, permitiendo que la luz lo atraviese. Vetas de carmesí y púrpura brillan en los bordes del líquido, revelando una vitalidad insospechada.
No lo bebo. No me atrevo. Incluso una gota podría despertar al monstruo de la adicción que sigue dormido en algún rincón de mi mente. Seis meses de trabajo físico, de claridad mental, podrían deshacerse con una simple decisión equivocada. En cambio, lo huelo. Profundamente. Permitiendo que los aromas —tierra, cuero, especias, frutos secos— me inunden.
Este vino es como las palabras que he estado encontrando en estos meses. Honesto. Crudo. Real. No hay artificio en él. No hay pretensión. Solo verdad.
En el escritorio del abuelo, encuentro su viejo cuaderno de registro de vinos. Lo había pasado por alto antes, confundiéndolo con otros libros de apuntes. Su caligrafía, precisa y clara, anota cada detalle de cada cosecha. Entre las entradas técnicas, encuentro notas personales en los márgenes:
“Marco ha preguntado hoy sobre el proceso de fermentación. Su curiosidad me recuerda a mí mismo a su edad”.
“La cosecha del 80 promete ser excepcional. Como mi nieto, que escribe versos que me dejan sin aliento”.
“Marco ha dejado de escribir. El silencio lo está consumiendo, como a Elena el alcohol. ¿Es este el legado que les he dejado? ¿El miedo a su propia voz?”
La última entrada, escrita con una mano temblorosa, probablemente poco antes de su muerte:
“La bodega espera. El vino espera. Las palabras esperan. Espero que Marco encuentre el camino de regreso”.
Cierro el cuaderno con cuidado. Las palabras del abuelo resuenan en mi cabeza. Su honestidad. Su culpa. Su esperanza.
“Para dominarte a ti mismo, primero debes conocerte”, escribió Miyamoto Musashi. “Conocer es controlar, pero no al revés”. He pasado toda mi vida intentando controlar sin conocer. Controlando el silencio, la química, los límites, las emociones. Controlando cada aspecto de mi existencia sin entender realmente quién era yo.
Sé lo que quiero hacer con este espacio. Con esta bodega. Con este legado.
No será solo una bodega. Será un espacio para la palabra. Para el encuentro. Para la expresión sin miedo. Para la integración de todas las partes fragmentadas.
Un lugar donde se pueda hablar de poesía y de vino. De programación y de pintura. De pérdida y de esperanza. Donde Lorenzo pueda explorar sus algoritmos y Candela sus colores. Donde Laura, si algún día está lista, pueda hablar de Eva sin que la habitación verde sea su único santuario.
Donde yo, finalmente, pueda ser todas las versiones de mí mismo simultáneamente: el analista y el poeta, el padre y el hijo, el marido y el hombre, el herido y el sanador.
En una esquina, noto que una de las piedras sobresale ligeramente de la pared. La recuerdo. El escondite secreto del abuelo. Donde encontramos su manuscrito personal.
La extraigo con cuidado. El hueco está vacío ahora. Coloco dentro mi cuaderno de estos meses. No para esconderlo, sino para preservarlo. Como testimonio. Como promesa. Como puente entre el pasado y el futuro que intento construir.
“La integración no es la ausencia de dolor”, escribo en la última página antes de guardar el cuaderno, “sino la capacidad de contener todas nuestras partes, incluso las rotas, sin que nos definan completamente. No es ser perfecto. Es ser auténticamente imperfecto”.
Vuelvo a colocar la piedra, no como barrera sino como protección. Un recordatorio. Una frontera porosa entre lo privado y lo compartido.
En medio de la bodega, sobre la mesa grande ahora limpia de escombros, enciendo un pequeño círculo de velas tomadas de la cocina. Su luz bailotea contra las paredes de piedra, creando sombras que se mueven como entidades vivas. La tradición tibetana enseña que solo atravesando el bardo —ese espacio liminal entre la muerte y el renacimiento— podemos alcanzar una nueva forma de consciencia. Quizás esta bodega es mi propio bardo: el umbral donde lo que fui muere para que pueda emerger lo que seré.
Encuentro una pequeña caja de madera que el abuelo usaba para guardar corchos etiquetados. La vacío, limpio cuidadosamente, y coloco dentro el último objeto que traje conmigo desde Madrid: la ecografía de Eva, con su línea plana donde debería haber latido un corazón. La única prueba física de su existencia. Durante años, la original ha estado guardada en el cajón de la mesita de noche de la habitación verde que Laura limpiaba obsesivamente, mientras yo guardaba una copia en mi buhardilla, cada uno honrando a su manera a la hija que nunca llegamos a conocer.
Cavo un pequeño agujero en el suelo de tierra de la bodega. Coloco la caja con la ecografía dentro. La cubro con tierra. Improviso unas palabras, mitad oración, mitad poema:
“Eva nunca nacida pero siempre presente. Sangre de nuestra sangre que nunca corrió. Aliento que no llegó a ser pero que siempre sentimos. Te entregamos a esta tierra, no como olvido sino como reconocimiento. Para que puedas descansar. Para que nosotros podamos seguir”.
No es un ritual reconocible de ninguna tradición. Es algo que surge de algún lugar primitivo dentro de mí. Algo que Laura y yo deberíamos haber hecho juntos hace años, en vez de construir santuarios separados para nuestro dolor: ella su habitación verde, yo mi química elegida.
Pero es un comienzo.
Siete meses desde mi llegada. La finca es irreconocible. Los viñedos están ordenados, aunque todavía débiles. El huerto produce regularmente. La casa está completamente restaurada. La bodega se ha transformado.
He instalado estanterías para libros. Una gran mesa central para reuniones, lecturas, conversaciones. Un rincón con cómodos sillones para reflexión, escritura, lectura. Es un híbrido entre biblioteca y bodega, entre espacio de producción y espacio de expresión.
“El hombre es un sistema dinámico”, leí en alguna obra de Russell. “No puede ser clasificado, solo comprendido en movimiento”. Durante años, intenté clasificarme, encajonarme, definirme por lo que no era en lugar de por lo que podía llegar a ser. Me convertí en un sistema estático, congelado en el tiempo, recitando siempre las mismas respuestas a preguntas que nunca me atreví a formular.
Ahora, después de siete meses de trabajo físico, de reconexión con la tierra, de enfrentamiento con mis demonios, siento el movimiento en mí. No un progreso lineal hacia alguna meta arbitraria de “sanación”, sino un flujo constante de destrucción y reconstrucción, de muerte y renacimiento, de silencio y expresión.
Saco el teléfono. Mis dedos tiemblan ligeramente mientras escribo el mensaje: “La bodega está lista. ¿Vosotros también lo estáis?”.
Lo envío a Laura. No presiono. No suplico. Simplemente ofrezco. Respiro profundamente. Espero. El mensaje flota en el éter digital, como una botella arrojada al mar desde una isla desierta. Podría hundirse sin respuesta. Podría regresar vacía. O podría traer algo inesperado.
La respuesta llega tres días después: “Visita supervisada. Domingo. Una hora. Sin contacto físico inicial. Sin discusiones sobre el pasado o planes futuros sin mi autorización previa. -L”.
El estómago me da un vuelco. No es la respuesta que esperaba, pero es más de lo que merezco. Las condiciones son claras, frías, clínicas. Como un protocolo médico para manipular material peligroso. Como las reglas para visitar a un preso. Y tal vez es lo que soy para ella ahora: una sustancia potencialmente tóxica que debe ser contenida, controlada, supervisada.
El pánico me invade como una ola física. Siento náuseas, vértigo, un sudor frío recorriendo mi espalda. La casa no está suficientemente limpia. La comida no está decidida. Mi discurso no está preparado. Yo no estoy listo. Nunca estaré suficientemente listo para afrontar el daño que he causado, para mirar a los ojos a quienes más he herido.
Pero esa es la cuestión, ¿no? Nunca estaré completamente listo. Nunca estaré perfecto. Nunca seré el padre, el exmarido, el hombre que debería ser. El que fantaseo con ser en mis momentos de autoindulgencia, en mis escenarios imaginarios donde todo se resuelve con una disculpa perfectamente formulada o un gesto dramáticamente redentor.
Solo puedo ser quien soy. Un hombre en proceso. Un poeta que ha encontrado su voz sin filtros químicos. Un padre que ha herido profundamente a sus hijos y ahora busca, no borrar ese daño, sino repararlo como se pueda. No desde la perfección, sino desde la autenticidad quebrada. No como un salvador, sino como un sobreviviente.
“Lo opuesto a la muerte no es la vida, sino la creación”, leí en alguna parte. Quizás en “Psicopatología de la vida cotidiana” de Freud. O quizás en otro libro. O quizás lo soñé en alguna de mis noches de desintegración controlada con el Stilnox. Pero mientras preparo la casa para la visita, mientras ordeno, limpio, cocino, entiendo el profundo significado de esa frase. No estoy simplemente viviendo. Estoy creando. Creando un espacio. Creando posibilidades. Creándome a mí mismo de nuevo.
Durante décadas, mi existencia fue una forma de muerte en vida. Un mantenimiento mecánico de funciones vitales sin verdadera vitalidad. Respiraba, comía, trabajaba, incluso procreaba, pero no creaba. No generaba. No transformaba. Era un receptáculo pasivo de estímulos externos que mi química elegida amortiguaba hasta hacerlos tolerables.
El domingo llega con una claridad casi dolorosa. El aire es tan nítido que corta. El cielo de un azul imposible que parece una provocación para mis sentidos recién despertados. Espero en el porche, y el corazón amenaza con explotar en mi pecho con un ritmo tribal que ningún metrónomo podría contener.
El coche aparece en la distancia, avanzando lentamente por el camino de tierra. Se detiene a una distancia calculada de la casa, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Nadie sale inmediatamente. Puedo sentir la duda desde aquí. La vacilación. La tensión. Quizás el miedo. No solo el mío, sino el de ellos. El miedo a lo que encontrarán. A quién encontrarán. ¿Al Marco que conocían o a un extraño con su rostro?
Laura es la primera en salir. Está diferente. No solo por la ropa —profesional, impecable, una armadura más que un atuendo—, o el pelo que lleva recogido en un moño severo que deja su cuello expuesto, vulnerable pero desafiante. Cada músculo grita control recuperado.
Hay algo en su postura: una rigidez vigilante, como un guardián evaluando el perímetro de seguridad. Una fuerza recién descubierta o recuperada. Como si estos meses sin mí le hubieran devuelto algo que mi presencia constante le robaba. Como si mi ausencia la hubiera aligerado de un peso invisible. ¿Acaso yo era una especie de vampiro energético para ella?
Sus ojos recorren la propiedad con esa mirada clínica que usa para evaluar pacientes, buscando signos de peligro, de inestabilidad, de recaída.
Me quedo donde estoy, respetando el espacio invisible pero palpable que ha establecido entre nosotros con su lenguaje corporal. No avanzo, no la saludo efusivamente, no pretendo una calidez que sería falsa y ofensiva dadas las circunstancias.
Laura abre la puerta trasera y ayuda a Candela a bajar, manteniéndola cerca con una mano firmemente posada en su hombro. Un gesto que es tanto protección como advertencia: “Esta niña es mía, y determino cómo y cuándo interactúa contigo”.
Candela ha crecido. Dios mío, ha crecido tanto en estos meses. Ocho años ya. Ya no es la niña que dejé. Está en ese umbral precario entre la infancia y la preadolescencia. Sus movimientos tienen todavía la espontaneidad infantil, pero su mirada revela una consciencia nueva, un entendimiento que no debería tener a su edad. Mi hija, con su intensidad emocional que desafiaba cualquier intento de encasillarla, buscando expresión auténtica incluso en medio del desastre familiar que habíamos creado. Veo cómo mira a su madre antes de mirarme a mí, buscando permiso, calibrando la situación, un comportamiento aprendido de quien ha tenido que navegar aguas emocionales turbulentas desde demasiado joven.
Lorenzo es el último. Cada movimiento calculado. Midiendo riesgos. Evaluando probabilidades. Tan parecido a mí que duele. Un espejo que refleja no solo mi genética, sino mis fracturas, mis mecanismos de defensa, mi forma truncada de procesar el mundo. Lleva su ordenador portátil bajo el brazo. Probablemente sus algoritmos, sus cálculos, sus evaluaciones de mi progreso. Su sistema de navegar un mundo que le hemos presentado como amenazante. Mi hijo, siempre observando desde una distancia calculada, analizando antes de involucrarse, como si necesitara comprender completamente un sistema antes de arriesgarse a formar parte de él.
—Hola —digo simplemente, y mi voz suena extraña incluso para mí. Como si no la hubiera usado en mucho tiempo. Como si las palabras emergieran de un instrumento desafinado por el desuso.
—Marco —responde Laura, con ese tono neutro y distante que ha perfeccionado, el que usa cuando necesita mantener control total sobre una situación potencialmente volátil. No hay cordialidad, solo reconocimiento formal de mi existencia.
Candela no espera invitación. Se lanza hacia mí, pero la mano de Laura en su hombro la detiene suavemente.
—Recuerda lo que hablamos —le dice en voz baja pero perfectamente audible para mí, un recordatorio tanto para la niña como para mí de que hay reglas, límites, protocolos que deben respetarse.
—Sí, mamá —responde Candela, y hay una resignación en su voz que me parte el alma. Ha aprendido a contener sus impulsos, a medir sus reacciones, a calibrar su afecto en función de lo que es “seguro” expresar.
Se acerca con pasos dubitativos, como tanteando el terreno. Me abraza con una intensidad que me deja sin aliento. Su cabeza llega ahora a mi pecho. Sus brazos, antes tan pequeños, me rodean con una fuerza sorprendente. Su abrazo no es teatral, no es actuado, no es parte de su repertorio dramático. Es genuino, visceral, casi desesperado. Pero también es breve, como si temiera que un contacto prolongado pudiera romper algo frágil en ambos.
—Te echo de menos —murmura contra mi camisa.
—Yo también te echo de menos, princesa.
Lorenzo se mantiene a distancia. Observando. Calculando. Sus ojos recorren la finca restaurada, evaluando mi trabajo, mi progreso, mi estado mental. Puedo ver casi los números formándose en su mente, las variables ajustándose, las ecuaciones reescribiéndose en tiempo real con cada nueva observación.
—Has trabajado mucho —dice finalmente. No es un cumplido. Es una observación factual.
—Sí —respondo—. Era necesario.
Laura da un paso adelante. No me abraza. No me toca. Pero está más cerca de lo que ha estado en mucho tiempo. Hay algo en sus ojos que no puedo identificar.
—La casa se ve… ordenada —comenta Laura, con ese tono de evaluación profesional que usa para distanciarse emocionalmente—. ¿Podemos entrar? Preferiría no quedarnos aquí fuera.
No es una petición sino una instrucción. No quiere que los vecinos —si es que hay alguno a kilómetros de distancia— presencien este reencuentro, esta visita supervisada, este experimento de reintegración familiar controlada.
—Por supuesto —respondo, haciéndome a un lado para permitirles pasar.
Les enseño la casa. No con orgullo sino con la humildad de quien presenta evidencia de su recuperación, sabiendo que será evaluada con escepticismo justificado. Laura observa cada detalle con ojo crítico, como buscando signos de inestabilidad, de desorden, de caos oculto bajo la superficie de organización. Lorenzo toma notas mentales, posiblemente comparando lo que ve con sus predicciones, ajustando variables en tiempo real. Candela observa todo con una curiosidad contenida, como quien se acerca a un animal potencialmente peligroso pero fascinante.
Les muestro la propiedad. El huerto. Los viñedos. El frontón restaurado. La piscina limpia, aunque todavía vacía, esperando el calor pleno del verano que se aproxima. Cada espacio tiene una historia de lucha, de sudor, de sangre, de lágrimas. De momentos en que quise rendirme y momentos en que encontré fuerzas que no sabía que tenía.
Candela corre entre las hileras de verduras, maravillada por las mariposas que revolotean sobre las flores. Lorenzo examina el sistema de riego con interés técnico, analizando mi diseño, probablemente calculando su eficiencia, comparándola con soluciones que él habría implementado. Laura observa todo con una expresión indescifrable, pero atenta a cada detalle, a cada pista sobre mi estado mental.
La bodega es la última parada. Me detengo frente a la puerta. Mi mano tiembla ligeramente cuando giro el pomo. No es un temblor de adicción esta vez. Es el temblor de quien se expone completamente, de quien abre no solo una puerta física sino un portal hacia su interior más vulnerable.
La luz entra a raudales por las ventanas limpias, iluminando el espacio transformado. Los barriles brillan, pulidos a mano. Las estanterías de libros ocupan una pared entera. La mesa central, restaurada a su antigua gloria, espera con sillas alrededor. Es un espacio que ya no es solo el laboratorio del abuelo, ni solo mi refugio, sino algo nuevo. Un híbrido. Una integración.
Lorenzo se detiene abruptamente cuando ve el pequeño montículo de tierra en el suelo, delicadamente rodeado por un círculo de piedras. Su mente analítica registra inmediatamente la anomalía en un espacio por lo demás ordenado.
—¿Qué es eso? —pregunta, señalando el pequeño túmulo.
Miro a Laura. Su cuerpo entero se tensa, como preparándose para un golpe. Sus ojos se entrecierran, calculando, evaluando la amenaza potencial de lo que estoy a punto de revelar.
—Eva —respondo simplemente.
Laura se acerca lentamente al montículo, su postura completamente transformada. Ya no es la madre protectora, la exmujer cautelosa. Es algo más primario, más visceral: una madre acercándose a lo que representa a su hija perdida. Su respiración se vuelve superficial, controlada, como si temiera que una inhalación demasiado profunda pudiera quebrarla completamente.
—¿Qué has hecho? —pregunta, su voz apenas un susurro, pero cargada de una emoción compleja: no es acusación pura, sino una mezcla de sorpresa, confusión y algo parecido al terror.
—La ecografía —respondo—. El único recuerdo físico que teníamos de ella. La he enterrado aquí.
Laura se queda completamente inmóvil. Puedo ver la batalla interna que libra: la rabia territorial por haber tomado unilateralmente una decisión sobre algo que considera suyo —el dolor por Eva, la memoria de Eva—, frente a la comprensión reluctante de que este gesto contiene algo genuino.
—No tenías derecho —dice finalmente. La voz tiembla, se quiebra en “derecho”. Sus dedos buscan apoyo en la mesa. Por primera vez en meses, no es la Laura blindada. Es solo una madre frente a la tumba improvisada de su hija—. Eva era… es…
—Nuestra —completo suavemente—. Siempre lo será.
Candela se acerca cautelosamente, más hacia su madre que hacia el montículo, como si intuyera que Laura necesita apoyo más que el pequeño monumento.
—¿Podemos acercarnos, mamá? —pregunta, con esa voz pequeña que usa cuando teme alterar un equilibrio emocional precario.
Laura asiente, un movimiento apenas perceptible. Candela toma su mano, un gesto de solidaridad, pero también de anclaje. Lorenzo permanece inmóvil, visiblemente incómodo con esta explosión de emotividad no programada, no anticipada en sus cálculos.
—Nunca pudimos enterrarla —dice Laura, y por primera vez desde que llegaron, su voz contiene algo que no es control sino vulnerabilidad genuina—. Nunca tuvimos… nada.
—Lo sé.
Hay un silencio cargado. Laura parece luchar contra algo interno, alguna emoción que amenaza con desbordarla. Veo cómo recupera el control con un esfuerzo visible: su espalda se endereza, su respiración se regula, su expresión se endurece nuevamente.
—No uses a Eva —dice, su voz recuperando ese filo que conozco demasiado bien—. No la conviertas en una herramienta para manipularnos emocionalmente.
—No es eso —respondo, manteniendo mi voz calmada a pesar del dolor que me causa su acusación—. Es… reconocimiento. De lo que perdimos. De lo que compartimos.
Laura me mira directamente, y por primera vez veo algo más que evaluación clínica o desprecio en sus ojos. Hay confusión, hay dolor, hay tal vez un destello fugaz de reconocimiento de que quizás, solo quizás, hay algo genuino en este gesto.
Lorenzo permanece inmóvil, sus ojos están fijos en la escena, pero su mente claramente procesando algo más complejo que lo visible. Está recalculando todo. Todo lo que creía saber sobre mí, sobre nosotros, sobre cómo funcionamos como familia.
Lentamente, casi mecánicamente, saca un papel doblado de su carpeta. Lo desdobla con cuidado. Puedo ver ecuaciones complejas, gráficos, variables con nombres crípticos. Su algoritmo. Su intento de predecir lo impredecible.
Con un gesto deliberado, lo coloca sobre la mesa. No lo rompe, no lo descarta, pero lo deja ahí. Como diciendo: “Esto ya no es suficiente para comprender lo que está sucediendo”.
—¿Qué es todo esto? —pregunta Candela, rompiendo la tensión al señalar los libros.
—Poesía —respondo—. Para leer. Para compartir.
Mira a Laura, buscando permiso, aprobación. Ese gesto me desgarra. Incluso para acercarse a la literatura necesita verificar que es seguro, que no desencadenará otra crisis, otra ruptura familiar.
Laura asiente brevemente, pero su mirada no abandona a Candela mientras la niña se acerca a las estanterías. Una vigilancia constante, preparada para intervenir al menor signo de peligro.
—¿Qué pretendes con todo esto, Marco? —pregunta Laura cuando los niños están lo suficientemente distraídos para no escuchar—. ¿Qué es este… teatro?
—No es teatro —respondo, manteniendo mi voz baja pero firme—. Es… integración. Intento unir todas las partes fragmentadas. El análisis y la poesía. El trabajo y la creación. El pasado y el presente.
—¿Y nosotros? ¿Qué papel jugamos en esta… integración tuya? —Su tono es escéptico, casi mordaz, pero hay algo más bajo la superficie. Una pregunta genuina, quizás.
—El que queráis jugar —respondo honestamente—. No os estoy pidiendo que volváis. No os estoy pidiendo que perdonéis. Solo… que veáis. Que sepáis que estoy intentándolo. Que hay un lugar aquí para vosotros, cuando y si alguna vez lo queréis.
Laura cruza los brazos, ese gesto defensivo que usa cuando siente que está perdiendo control sobre una situación.
—Los niños preguntan por ti —dice finalmente, como admitiendo una derrota táctica—. Lorenzo intenta calcularlo todo, como siempre. Candela tiene pesadillas donde tus colores desaparecen completamente. —Me mira directamente—. No puedo prohibirles que te vean. No sería… saludable. Pero esto no significa reconciliación, Marco. Significa… supervisión. Observación. Control de daños.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes —insiste, bajando aún más la voz para asegurarse de que los niños no escuchen—. Tuve que explicarles porqué su padre intentó matarse. Otra vez. Tuve que sostenerlos mientras lloraban. Tuve que responder preguntas para las que no hay respuestas. Tuve que ser fuerte cuando lo único que quería era derrumbarme. —Su voz tiembla ligeramente, la única grieta en su fachada de control—. No puedes simplemente… volver y esperar que todo se arregle con poesía y viñedos.
—No espero eso —respondo, aceptando cada palabra como la verdad que es—. Solo espero… existir para ellos. De alguna forma. Aunque sea limitada. Aunque sea supervisada.
Lorenzo se acerca a una de las estanterías, examinando los títulos. Sus dedos se detienen en un volumen de poesía matemática contemporánea que encontré especialmente para él. “La belleza de los algoritmos” de Vikram Seth. Algo que podría hablar tanto a su mente lógica como a su sensibilidad estética reprimida.
—¿Puedo cogerlo? —pregunta, y la formalidad en su voz me duele. Como si fuera un extraño pidiendo permiso en una biblioteca pública, no un hijo en la casa de su padre.
—Por supuesto. Son para ser leídos.
Candela está explorando cada rincón, bajo la vigilancia constante de Laura, cuyos ojos no abandonan a su hija ni un segundo. Su naturaleza intuitiva y simbólica la impulsa a buscar significados ocultos, a percibir capas de sentido donde otros solo veían superficies. Se detiene frente a la piedra que oculta el escondite secreto.
—Hay algo aquí —dice—. Puedo sentirlo.
La miro, sorprendido. ¿Cómo puede saberlo? No por deducción lógica como Lorenzo, sino por intuición emocional. Por esa hipersensibilidad que heredó de mí y que, a diferencia de mí, no ha aprendido todavía a silenciar.
—El abuelo guardaba cosas importantes ahí —le digo—. Yo también ahora.
—¿Puedo ver? —Sus ojos brillan con curiosidad.
Dudo. Esas páginas contienen mis reflexiones más crudas, mis confesiones más íntimas. Toda la fealdad y la belleza de estos meses de deconstrucción y reconstrucción. Pero si realmente quiero romper el ciclo del silencio, tengo que empezar por aquí. Por la verdad, por incómoda que sea.
Miro a Laura, buscando permiso. Ella se acerca, colocándose entre Candela y yo, una barrera física que es también simbólica.
—¿Qué hay ahí? —pregunta, su tono cauteloso.
—Mis escritos. Lo que he estado procesando estos meses.
Laura me estudia, evaluando riesgos, calculando probabilidades, sopesando peligros potenciales contra beneficios terapéuticos.
—No hoy —decide finalmente—. La próxima vez, quizás. Si la hay.
Asiento, aceptando su autoridad en esto. No es el momento de presionar, de cuestionar, de desafiar los límites que ha establecido. Los niños miran este intercambio con atención, aprendiendo, evaluando, integrando esta nueva dinámica en sus modelos mentales de cómo funciona nuestra familia fragmentada.
—Algún día —le digo a Candela—. Cuando estés lista. Cuando yo esté listo.
Laura se ha sentado a la mesa.
—¿Has hablado con alguien de tus planes para este lugar? —pregunta Laura, cambiando de tema, volviendo al terreno más seguro de lo práctico, lo concreto.
—No —respondo—. Me gustaría hacerlo.
Laura mira su reloj, ese gesto que hace cuando está midiendo el tiempo, controlando la exposición como si fuera radiación.
—Tienes veinte minutos —dice—. Luego nos iremos.
—Siéntate, Marco —añade, señalando la mesa, estableciendo la estructura de esta conversación como lo haría con una sesión terapéutica o una visita médica—. Háblanos sobre este lugar. Sobre lo que quieres hacer aquí.
Me siento. Lorenzo, cautelosamente, toma asiento también. Candela se une a nosotros, pero permanece pegada a Laura, como si temiera separarse demasiado de su fuente de seguridad. Y entonces, por primera vez en veintidós años, empiezo a hablar sin filtros. Sin planificar cada palabra. Sin medir cada sílaba. Sin dosificar químicamente cada emoción.
Les hablo de mi despertar en esta finca. De las ampollas en mis manos, que se convirtieron en callos. De los músculos doloridos que se fortalecieron. De las lágrimas que finalmente pude derramar, no como actuación sino como liberación.
Les hablo del abuelo y sus enseñanzas. De cómo trabajar la tierra me conectó con una parte de mí mismo que había olvidado. De cómo cada golpe de azada era una forma de terapia más efectiva que cualquier sesión en el psiquiátrico. De cómo la tierra no miente, no juzga, solo responde a lo que le das.
Les hablo de mis planes para la bodega. No solo como lugar de producción, sino como espacio de encuentro. De lectura. De aprendizaje. De sanación. Para nosotros, pero también para otros que puedan encontrar aquí un refugio contra sus propios silencios. Una posibilidad de integración para sistemas fragmentados.
No es elocuente. No es perfecto. Es desordenado, tangencial, a veces incoherente. Como yo mismo. Como la vida real. No hay métrica, no hay orden artificial, solo la verdad caótica de un hombre que está aprendiendo a hablar después de décadas de silencio autoimpuesto.
Y ellos escuchan.
Candela con los ojos brillantes, con una fascinación cauta que lucha contra el condicionamiento de desconfianza que ha aprendido. Lorenzo con escepticismo cauteloso y analítico, pero atento. aura con una expresión indescifrable, evaluando cada palabra, cada gesto, cada tono, buscando signos de manipulación, de falsedad, de la misma fragmentación que casi nos destruyó a todos. No prometen volver regularmente. No prometen perdonar todo. No prometen que las cosas volverán a ser como antes.
Pero escuchan. Y por ahora, eso es más de lo que merezco. Más de lo que esperaba. Un comienzo frágil pero real.
Cuando termino, hay un silencio. No cómodo, no reconciliador, pero tampoco hostil. Un silencio de procesamiento, de asimilación, de recalibración.
Laura mira su reloj nuevamente.
—Es hora de irnos —dice, y su tono no admite discusión—. Niños, recoged vuestras cosas.
Lorenzo se levanta inmediatamente, disciplinado, obediente. Pero duda un momento, con el libro de poesía matemática todavía en sus manos. Se acerca a mí. Lo sostiene como si fuera algo precioso y peligroso al mismo tiempo.
—¿Puedo llevármelo? —pregunta, mirando primero a Laura, luego a mí, reconociendo la cadena de autoridad establecida—. Para estudiarlo.
—Por supuesto —respondo—. Es tuyo.
Me mira directamente por primera vez en todo el día. En sus ojos veo algo más que cálculo. Veo al niño que era antes de que mis patrones lo infectaran. Al niño que contaba estrellas no por ansiedad sino por asombro.
Veo una pregunta, una evaluación, una posibilidad.
—He calculado tus probabilidades —dice, y hay algo diferente en su voz—. De recuperación sostenida. De… estabilidad a largo plazo.
—¿Y qué dicen los números? —pregunto, temiendo la respuesta. Los números no mienten. No tienen la amabilidad de la mentira piadosa ni el consuelo de la verdad parcial.
—Son… inconclusos —responde, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Necesito más datos. Más observaciones. Más tiempo.
Asiento, comprendiendo lo que no dice: que esta visita es solo el primer punto de datos en un nuevo conjunto, que está recalculando, recalibrando, reorganizando sus modelos predictivos basados en lo que ha visto hoy.
—Volveremos —dice Laura cuando están todos en la puerta, pero no es una promesa sino una declaración práctica—. En un mes. Una hora y media esta vez. Si no hay… incidentes entre tanto.
—Gracias —respondo, con la sinceridad más absoluta de la que soy capaz.
Laura me mira, y por un instante, un brevísimo instante, veo algo en sus ojos que no es desconfianza, ni evaluación clínica, ni desprecio. Es reconocimiento. De esfuerzo. De intención. De posibilidad.
—No lo arruines esta vez —dice finalmente, no como amenaza sino como advertencia. Como quien le recuerda a un paciente en recuperación que cada día es una batalla, que cada decisión importa, que cada paso puede ser hacia adelante o hacia atrás.
“No hay sendero hacia la armonía: la armonía es el sendero”, escribió Buda. O quizás no fue Buda en absoluto. Quizás fue Lao Tse, o algún otro filósofo oriental que el abuelo solía citar mientras trabajábamos en los viñedos. O quizás es simplemente otra construcción de mi mente fragmentada intentando encontrar orden en el caos de mi recuperación.
Cuando el coche desaparece por el camino, me quedo solo en el porche. El sol se pone, tiñendo los viñedos de oro rojizo. Las cigarras cantan su canción frenética. El viento trae el olor a tierra húmeda, a hojas secas, a cambio de estación.
Respiro. Profundamente. No hay química en mi sangre que filtre la experiencia. Solo yo, aquí, ahora, plenamente presente en este momento. No es euforia. No es felicidad permanente. Es algo más modesto, pero más auténtico: es presencia real. La capacidad de estar, finalmente, en mi propia vida.
Hay un largo camino por recorrer. La sanación no es un destino, sino un viaje. La integración no es un evento, sino un proceso. La restauración no es instantánea, sino gradual.
Pero por primera vez en más de veinte años, siento que el camino es posible. Que el silencio se ha roto. Que la voz, mi voz, ha regresado.
No para crear arte perfecto. No para impresionar. No para esconderme.
Sino para conectar. Para sanar. Para existir, finalmente, como un ser completo en todas sus imperfecciones.
Marco Sáez Villanueva. Ya no solo número de placa 65535. Ya no solo especialista en ciberterrorismo y experto en análisis forense informático. Ya no solo marido silencioso. Ya no solo padre ausente. Ya no solo poeta enterrado.
Todas esas identidades, todas esas máscaras, todos esos fragmentos, finalmente comenzando a integrarse en un todo coherente. Imperfecto. Incompleto. En proceso.
Pero auténtico. Por fin, auténtico.
Interactúa con el capítulo
Envía un mensaje privado al autor. Solo él podrá leerlo y responder si dejas tu email.