Nuevo Sistema Operativo

Publicado el 05/01/2026
Advertencia de contenido: Intento de suicidio con hipnóticos y alcohol, coma farmacológico, hospitalización psiquiátrica, divorcio traumático

La botella me espera en el cajón inferior del escritorio de nogal. Un testamento líquido, el vino de 1980, mi cosecha. «Para cuando encuentres tu voz», dijo el abuelo, con sus dedos callosos acariciando el cristal como si fuera el cuerpo frágil de un recién nacido. Cuarenta y cuatro años de oscuridad controlada, de fermentación supervisada por manos que sabían lo que hacían. A diferencia de mi silencio, que fue simplemente pudrición sin propósito, descomposición sin transformación.

Cada movimiento es consciente mientras abro el cajón. La madera se desliza con un gemido que resuena en mi cráneo como la apertura de un ataúd. Mis dedos tiemblan —no convulsionan, solo tiemblan— cuando rozo el cristal polvoriento. Un temblor residual, vestigio químico, fantasma neurológico. El síndrome de abstinencia agudo terminó hace días, pero mi sistema nervioso aún grita por lo que le he negado, como un animal amputado que sigue sintiendo la extremidad perdida.

La tomo con manos que ya no tiemblan tanto. Nueve semanas y cuatro días desde mi último Diazepam; la sensación de sus aristas redondeadas disolviéndose bajo mi lengua se ha convertido en un recuerdo táctil que mi cerebro reproduce obsesivamente en los momentos más inesperados. Sesenta y seis días desde mi último Stilnox; a veces despierto convencido de que sigo bajo sus efectos, con la realidad ondulando como agua turbia. Un mes y doce días desde que salí del hospital, desintoxicado como un ordenador formateado, mis químicas internas recalibrándose sin los venenos elegidos, sin los filtros químicos con que modulaba mi experiencia de la realidad.

La botella es un feto muerto en mi mochila cuando salgo de casa. Un peso antinatural, una culpa materializada, un secreto que no puedo abortar, que no puedo enterrar sin ritual. El polvo se ha acumulado en su superficie, formando una pátina grisácea que difumina la etiqueta manuscrita del abuelo: “Marco - 1980 - Para cuando las palabras fluyan”. Su caligrafía: precisa y a la vez orgánica, como todo lo que hacía. ¿Qué diría ahora, viéndome sostener este legado como un arma suicida?

El blíster de Stilnox escondido detrás de “El mundo de Sofía” pesa en mi bolsillo como una hostia de plomo. Seis comprimidos que no entregué a Laura cuando encontré mis escondites, cuando le di todos los Diazepam menos este último reducto. Mi última carta en la manga. Mi último salvavidas químico, arrancado del hundimiento total. Seis pastillas blancas, aparentemente inocuas, cada una con capacidad para desgarrar el velo entre mi consciencia fragmentada y el abismo que hay debajo. Una bomba de fragmentación neurológica en espera.

Lo he planeado con precisión militar, con la meticulosidad enfermiza de quien ha descompuesto el suicidio en variables controlables. Laura se ha llevado a los niños a pasar el fin de semana con su madre —«para que tengas espacio», dijo, sin saber que estaba autorizando este ritual macabro. Setenta y dos horas de soledad. Tiempo suficiente para este ritual que mi cuerpo y mi mente exigen como un adicto en abstinencia, como un devoto privado demasiado tiempo de la comunión con su dios perverso.

El sacacorchos parece impropiamente pesado en mi mano, como si el metal hubiera absorbido gravedad adicional durante años de inactividad. No para abrir la botella aquí —ese ritual exige un espacio diferente. Un lugar donde los círculos puedan cerrarse, donde las herencias malditas puedan confrontarse cara a cara.

Guardo el sacacorchos en mi mochila, junto con la botella y el blíster de Stilnox. Cierro la puerta con tres vueltas de llave —no dos ni cuatro, tiene que ser tres— y compruebo que está cerrada tirando del pomo cinco veces. Uno-dos-tres-cuatro-cinco. Los rituales obsesivos permanecen, incluso sin la química que antes los alimentaba. Ahora son más puros, más descarnados, más dolorosamente conscientes.

La tarde está cayendo cuando salgo de casa. El sol se desangra tras los edificios de Madrid, tiñendo el cielo de un rojo obsceno que parece burlarse de mi propósito. El cementerio municipal cierra a las diez. Tengo aproximadamente cuatro horas. Tiempo suficiente para una última dosis de autodestrucción controlada, para un último intento desesperado de integrar mis fragmentos irreconciliables.

Mi Hyundai avanza por la M-30 mientras la ciudad se desangra a mis espaldas como una herida mal cerrada. Sin mis químicas elegidas, cada sonido me taladra el cerebro como una aguja oxidada buscando médula. El roce de la tela contra mi piel es papel de lija sobre carne en carne viva. Las luces de los coches son puñaladas directas a mi corteza visual. Mi sistema sensorial, privado de los amortiguadores químicos que lo mantenían funcional, procesa cada estímulo como una agresión potencialmente mortal.

Respiraciones controladas. Uno-dos-tres-cuatro-cinco segundos inhalando, uno-dos-tres-cuatro-cinco exhalando. Como me enseñó el psiquiatra. Como le enseño a Lorenzo cuando los patrones lo abruman. Herencia envenenada pasada de padre a hijo como un virus genético.

El cementerio apesta a falsa paz, a muerte maquillada con flores de plástico y lápidas demasiado pulidas. Un escaparate de mentiras, donde la muerte se disfraza de algo tolerable, donde las lápidas son espejos que reflejan nada más que nuestro miedo a mirar la putrefacción de frente. El abuelo habría odiado este lugar. Él quería ser enterrado entre sus viñedos, bajo una cepa especialmente vieja que daba uvas pequeñas pero intensas, que resistían la sequía. «Ahí he aprendido todo lo que sé de la vida», decía, «quiero que me devuelvan a la tierra que me enseñó a esperar». En lugar de eso, está aquí, en esta necrópolis suburbana que no tiene nada que ver con su vida, con su esencia de tierra y tinta y tiempo.

Es la primera vez que vengo. Doce años desde que lo enterraron, y hasta hoy no he sido capaz de pisar este sitio. Doce años de cobardía, de huir del dolor que supone enfrentarme a esta lápida con su nombre grabado. Al menos no soy como los que vienen solo el Día de Todos los Santos, dejando flores por compromiso y marchándose con la conciencia tranquila por otro año. Mi cobardía es diferente: absoluta, constante, una ausencia ininterrumpida. Me pregunto si habría venido hoy de no ser por la botella, por estas pastillas, por esta necesidad de cerrar círculos antes de romperme completamente.

Su lápida es simple: “Honorio Sáez Villagrán. 1931-2012. Bodeguero, padre, abuelo. La tierra recuerda”. Cuatro líneas para contener una vida de versos no escritos, de silencios autoimpuestos, de palabras enterradas bajo tantas capas de tierra que ya no pueden germinar.

Coloco la botella junto a la lápida y me siento en el pequeño banco de piedra frente a ella. Durante unos minutos, solo respiro. Sin palabras. Sin poemas. Sin torrentes internos. Solo el sonido de mis pulmones colapsando y expandiéndose, igual que los suyos dejaron de hacer hace doce años, cuando el linfoma finalmente devoró la última célula vital en su cuerpo.

—He encontrado tu carta —digo finalmente—. La de la bodega.

Mi voz suena extraña en el silencio del cementerio, como un intruso que no debería estar aquí. Ni siquiera los pájaros cantan; se detuvieron cuando las nubes comenzaron a acumularse, prometiendo una tormenta que nunca llega, como tantas promesas incumplidas en nuestra familia.

—“El silencio también puede ser una forma de cobardía”, escribiste. Tenías razón, por supuesto. Siempre la tuviste cuando se trataba de palabras. El silencio no es un refugio noble; es un tumor que crece en tu garganta, ahogando cada palabra antes de que nazca, convirtiéndote en cómplice de tu propia mutilación.

Saco el sacacorchos. La hélice penetra el corcho con un sonido húmedo y obsceno, como un bisturí atravesando carne. Quizás solo yo lo percibo así, mi mente todavía hipersensible sin el manto químico al que la he acostumbrado. El olor del corcho podrido me inunda la nariz. Huele a humedad, a tiempo contenido, a espera inútil.

—He publicado mis poemas —continúo mientras retuerzo metódicamente el corcho, viendo cómo se desintegra parcialmente en la espiral metálica—. Bueno, algunos de ellos. Los de “Lágrimas de una Vida”. El libro que encuaderné a los dieciséis. ¿Lo recuerdas? Me diste el dinero para la encuadernación. Me dijiste que algún día la gente leería esos versos. La gente lo está leyendo ahora, bajo el nombre de “El Cartógrafo del Alma”.

El corcho cede con un suspiro húmedo que me recuerda al sonido que hizo Eva al salir del útero de Laura. El aroma que escapa es como un puñetazo en la cara: viejo, agrio, como si la tierra misma hubiera vomitado sus secretos. Tiempo condensado en moléculas volátiles que ahora se expanden como fantasmas liberados.

—Debería haber traído copas —murmuro, observando el líquido oscuro que se mueve dentro de la botella como un animal inquieto—. Pero supongo que no te importará compartir conmigo directamente de la botella. Al fin y al cabo, compartimos la misma sangre. Nuestras células hablan el mismo lenguaje defectuoso.

Tomo un sorbo. El vino es una granada que estalla en mi boca, dejando esquirlas de nostalgia y veneno. Los taninos se aferran a mi lengua como raíces amargas, resistiéndose a ser tragados. Los aromas son un caleidoscopio enloquecido: madera podrida, ciruela fermentada, barro después de una tormenta, hierro oxidado, y algo más, algo que no puedo nombrar, pero que reconozco en mis propias venas. No es agradable, pero tampoco debería serlo. Es verdad líquida, fermentada durante cuatro décadas. Como mis propios silencios, solo que este vino tuvo propósito, dirección, supervisión amorosa.

Saco el blíster de Stilnox. Con un movimiento preciso, un gesto practicado durante años hasta convertirlo en un reflejo, extraigo una pastilla. La observo en la palma de mi mano durante unos segundos. Blanca. Pequeña. Aparentemente inocua. Como todo lo que nos destruye.

Me la trago con otro sorbo de vino. Una mezcla prohibida. Potencialmente letal. Pero es mi elección. Siempre ha sido mi elección. No una adicción incontrolada como el alcoholismo de Elena, sino una autodestrucción calculada, medida con la precisión de quien administra su propia muerte a plazos.

—He estado envenenándome —digo tras otro sorbo—. Veintidós años, abuelo. Veintidós putos años escondiendo al poeta bajo capas de Diazepam, Lexatin y Stilnox. Construyendo un muro químico entre quien soy y quien pretendía ser.

El vino se derrama parcialmente cuando intento servir un poco sobre la tierra frente a la lápida. La tierra lo absorbe con sed indecente, como un alcohólico recibiendo su primera dosis después de una sequía insoportable.

—Escribiste que el silencio corroe todo lo que toca. —Mi voz se quiebra ligeramente, el primer efecto del Stilnox manifestándose en mi laringe como una mano invisible apretando—. Y tenías razón. Ha corroído mis relaciones. Ha corroído mis entrañas. Y ahora amenaza con corroer a mis hijos.

El vino corre por mi garganta, calentando mis entrañas como no lo ha hecho ninguna sensación en meses. La sobriedad medicada es un tipo diferente de entumecimiento: presente pero contenido, consciente pero amortiguado. Este calor es diferente. Vivo. Peligroso. Sin filtros ni mediaciones.

El Stilnox comienza a hacer efecto. Me arranca de la realidad como un cuchillo que separa la carne del hueso. Las letras grabadas en la lápida parecen ondular, como si estuvieran vivas, como si intentaran reescribirse con cada parpadeo. Los contornos del mundo se suavizan, perdiendo su definición amenazante. Mi percepción del tiempo se dilata: cada segundo parece extenderse indefinidamente antes de colapsar en el siguiente.

—Mis hijos, abuelo. —Las palabras salen como esquirlas de vidrio—. Lorenzo cuenta como yo contaba. Candela ve colores con emociones como yo veía. Están heredando nuestros venenos, Honorio. Tus poemas, mi silencio, el alcohol de Elena, todo en un cóctel genético retorcido que ahora corre por sus venas.

Un sorbo más. Una segunda pastilla. El cementerio comienza a difuminarse en los bordes, como si la realidad fuera una fotografía mal revelada. El alcohol en un sistema nervioso aún sensible, un cerebro depurado por meses de desintoxicación, combinado con el Stilnox, crea un efecto potenciado, multiplicado, que ni siquiera mi experiencia con estas sustancias previó completamente.

—Lo que nunca entendí —continúo, alzando la botella a modo de brindis macabro— es porqué no me salvaste. Viste lo que me estaba pasando. Viste cómo me derrumbé cuando Ramírez leyó mis poemas ante todos. Viste cómo me iba silenciando día tras día, palabra tras palabra. ¿Por qué esperaste tanto? ¿Por qué esperar hasta tu lecho de muerte para escribir esa puta carta?

La rabia emerge sin previo aviso, como un archivo corrupto súbitamente recuperado del disco duro. No es la rabia controlada y fría que he cultivado durante años. No es la ira medida y administrada como otra forma de control. Es caliente, húmeda, primitiva. Es un animal que ha estado enjaulado durante décadas y ahora escapa, arrasando todo a su paso, incluyendo mi propia cordura.

—Podrías haberme enseñado a protegerme. —Mi voz se eleva, rebotando entre las lápidas como un eco maldito—. A usar las palabras como escudo y no solo como heridas abiertas. Podrías haberme enseñado que ser vulnerable no significa ser débil. Que ser sensible no es ser defectuoso. Pero no. Me enseñaste a amar las palabras, pero no a vivir con ellas. Me enseñaste el poder de la poesía, pero no cómo sobrevivir a ella.

Otro sorbo, más largo esta vez. Tercera pastilla. El vino ya no sabe bien; se ha oxidado demasiado rápido al contacto con el aire. Como todo en mi vida, incluso los placeres se corrompen al exponerse a la realidad, al oxígeno, a la verdad no filtrada.

El Stilnox distorsiona mi percepción del espacio. El suelo parece moverse bajo mis pies como si fuera líquido. Las lápidas respiran, expandiéndose y contrayéndose con un ritmo propio que no corresponde a ninguna función biológica conocida. Las estrellas dibujan constelaciones imposibles en el cielo nocturno, formando patrones que me recuerdan a los que Lorenzo dibuja obsesivamente en sus cuadernos, intentando dar sentido al caos de tener un padre como yo. Mi cuerpo parece pesar simultáneamente demasiado y nada en absoluto, como si mis átomos estuvieran a punto de dispersarse en el viento nocturno.

—Y ahora, cuando finalmente empiezo a reconstruirme, a integrarme, a aceptar todas las partes fragmentadas de mí mismo… ahora me doy cuenta de que nunca te conocí realmente. Nunca supe quién eras más allá del bodeguero poeta, el abuelito sabio con sus metáforas perfectas sobre fermentación y paciencia. Nunca vi tu miedo, tu propio silencio. No hasta que encontré esa carta, no hasta que leí tus últimas palabras, que tendrían que haber sido las primeras.

Busco en mi bolsillo y extraigo un papel doblado. La última carta del abuelo, recuperada de la bodega. La que me quebró por completo cuando la encontré enterrada entre ladrillos, como tantos secretos en nuestra familia. Está gastada en los pliegues de tanto abrirla y cerrarla, como si esperara que el texto cambiara, que ofreciera alguna respuesta diferente.

—“He visto a mi hija Elena hundirse en el alcohol, y mi silencio ha sido cómplice de su destrucción”. —Recito las palabras que he memorizado a la fuerza, que se han grabado como cicatrices en mi cerebro—. Tu hija. Mi madre. Tu silencio.

La palabra “silencio” resuena entre las tumbas como un eco maldito, un bucle infinito de culpa que rebota entre generaciones.

—¿Sabes lo que es verdaderamente aterrador, Honorio? Que ahora entiendo tu silencio. Lo comprendo en mis huesos, en mi médula, en esa parte primitiva del cerebro que no entiende de palabras, pero sí de supervivencia. Ese miedo a la vulnerabilidad, a la exposición. Ese terror a que si permites que una grieta aparezca, toda la estructura se derrumbe.

Dejo que el vino acaricie nuevamente mi paladar. La botella está ya medio vacía. ¿O medio llena? Perspectivas diferentes sobre la misma realidad corruptible. La paradoja del optimista y el pesimista, aplicada a un recipiente que contiene veneno fermentado.

Cuarta pastilla. Sé que estoy cruzando un límite. Que estoy llevando mi cuerpo a un territorio peligroso. A un abismo farmacológico del que podría no regresar. Pero hay una claridad terrible en este estado químico que no encuentro en la sobriedad. Como si tuviera que destruir las barreras de la consciencia para acceder a verdades que he mantenido enterradas durante décadas.

—He heredado todo de ti: tu talento para las palabras, tu obsesión por el control, tu tendencia a observar desde los márgenes. Incluso tu cobardía. —La palabra raspa mi garganta como lija—. Y mientras tú observabas a Elena hundirse en el alcohol, yo observo a Lorenzo perderse en patrones y a Candela gritar hacia la empatía que la está destrozando.

Un ruido me distrae. Una mujer de mediana edad coloca flores en una tumba cercana. Me mira de reojo, probablemente alarmada por el hombre que habla solo con una botella de vino junto a una lápida. Su mirada es la de quien ve algo impropio, obsceno. No puede saber que esto es terapia sin terapeuta, un análisis postmortem de relaciones fallidas, una confesión a un receptor que ya no puede absolverme ni condenarme.

—Lo que más me jode —bajo la voz, pero mantengo su intensidad— es que ahora, justo cuando estoy aprendiendo a hablar de nuevo, ya no estás aquí para escucharme. Podríamos haber tenido esta conversación hace veinticinco años, abuelo. Podríamos haber roto juntos el patrón. Podríamos haberle dado un puto final a esta maldición familiar. En lugar de eso, estoy hablando con una puta piedra que ni siquiera te representa realmente, en un cementerio que odiarías, bebiendo un vino que guardaste para un momento triunfante y no para este patético espectáculo de autodegradación.

Me acabo la botella. El último sorbo sabe a polvo y a pérdida, a oportunidades perdidas y reconciliaciones imposibles. La última molécula de tanino se adhiere a mi paladar como un recordatorio de todo lo que nunca será dicho, nunca será comprendido, nunca será perdonado.

Quinta pastilla. La realidad ya no existe como una entidad coherente. Se ha fragmentado en píxeles inconexos, en momentos superpuestos, en sensaciones que se contradicen. El tiempo es un concepto abstracto que ha perdido toda relación con mi experiencia. Podría llevar aquí minutos u horas. Podría haber nacido aquí. Podría morir aquí.

—Pero voy a hacer algo que tú no pudiste. —Me pongo de pie. El mundo oscila violentamente, como si la gravedad estuviera recalculando sus parámetros solo para mí, y tengo que sujetarme a la lápida para no caer—. Voy a romper este ciclo de mierda. Esta herencia envenenada. Este ADN podrido de silencio y autoengaño. No voy a permitir que mis hijos hereden esta maldita enfermedad familiar de palabras atragantadas y silencios ensordecedores.

Apoyo la botella vacía contra la lápida como una ofrenda, un testimonio, un símbolo de círculos cerrándose. Mi mano acaricia el granito frío, sintiendo las letras grabadas bajo mis dedos como un lenguaje táctil que mi cerebro químicamente alterado apenas logra descifrar.

—Te perdono, abuelo —digo finalmente, y las palabras queman mi garganta como ácido, como una confesión arrancada bajo tortura—. Y espero que, dondequiera que estés, puedas perdonarme a mí. Por no haber sido suficientemente fuerte. Por haber elegido el silencio. Por haber tardado veinticinco años en encontrar mi voz.

Una gota de lluvia impacta en mi nariz. Luego otra en mi frente. Y finalmente, como si el cielo mismo hubiera estado conteniendo el aliento, un torrente desciende sobre mí. Me empapa en segundos, el agua fría mezclándose con lágrimas que no sabía que estaba derramando, diluyendo el sudor frío que el Stilnox ha provocado. La lluvia golpea la lápida, creando patrones fractales en la superficie pulida que me recuerdan a los diseños que Lorenzo dibuja cuando la ansiedad lo devora.

Permanezco allí, bajo la lluvia purificadora, frente a la tumba del hombre que me enseñó a amar las palabras, pero no a vivir con ellas. Por primera vez en mucho tiempo, no cuento las gotas. No mido el tiempo. Solo existo en este momento perfecto de dolor y liberación, de amargura y potencial, de muerte y renacimiento.

La sirena corta el aire como un cuchillo, sobresaltándome. Un guardia del cementerio con impermeable amarillo chillón —tan incongruentemente vivo entre tanta muerte— me ilumina con su linterna, el haz de luz cegador en mi percepción alterada.

—Señor, estamos cerrando. Son más de las diez.

—Solo un momento más —pido, y mi voz suena distante, ajena, como si perteneciera a otra persona.

—Lo siento, pero son las normas. Debe marcharse ahora.

Hay algo en su tono que me irrita profundamente. Esa autoridad impostada. Esa falsa comprensión. El desprecio apenas velado hacia el hombre empapado y obviamente intoxicado que habla con los muertos, como si su uniforme le diera derecho a juzgar mi dolor, mi proceso, mi ridículo intento de reconciliación.

—Solo un puto minuto más —insisto, endureciendo mi voz, sobreponiéndola al sonido de la lluvia que ahora se ha convertido en un diluvio.

—Señor, no me obligue a llamar a seguridad.

Algo se rompe dentro de mí. Un dique reventando bajo demasiada presión acumulada. Un cortocircuito neurológico que desvía todas mis emociones hacia un único punto focal: este hombre que me está negando los últimos segundos con el fantasma de mi abuelo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Acusarme de qué? ¿De visitar a mi abuelo? —Mi voz se eleva, descontrolada, irreconocible en mis propios oídos—. Soy Guardia Civil, gilipollas. Estoy en mi puto derecho de estar aquí el tiempo que me dé la gana.

Es mentira, por supuesto. Todavía estoy en fase de “reincorporación parcial” en mi puesto de trabajo. Ni siquiera porto mi arma reglamentaria. No tengo ningún derecho especial. No soy nadie. Pero la rabia me consume, me posee, habla por mí con una voz que no reconozco, que emerge de un lugar al que solo accedo cuando la química altera las barreras de mi consciencia.

Sexta pastilla. La última del blíster. La trago a pesar de la lluvia, a pesar del guardia, a pesar de esa parte cada vez más pequeña de mi consciencia que grita que estoy cruzando un punto sin retorno. El comprimido se desliza por mi garganta sin agua, áspero como un trozo de hueso.

El guardia se acerca, aún manteniéndose a distancia prudencial, como si pudiera percibir la inestabilidad química y emocional que emana de mí como un campo magnético distorsionado.

—Señor, por favor. Está usted alterado. Déjeme ayudarle a salir.

Da un paso hacia mí y yo retrocedo, beligerante, preparado para defenderme de una amenaza que existe principalmente en mi percepción farmacológicamente deformada. La combinación de Stilnox y vino ha creado un monstruo que ya no reconozco como yo mismo. Soy pura pulsión primitiva, pura respuesta amígdala, pura reacción neurológica sin filtro cortical.

—No me toques —gruño, tambaleándome peligrosamente, mi equilibrio tan comprometido como mi juicio—. No te atrevas a tocarme.

Mi pie resbala en el barro que la lluvia ha creado. Caigo hacia atrás, pero mis reflejos ralentizados por la química no responden a tiempo para protegerme. Mi cabeza golpea contra el borde afilado de la lápida del abuelo con un crujido húmedo y nauseabundo que resuena dentro de mi propio cráneo como un eco monstruoso.

El dolor es inmediato, ardiente, expansivo. Se extiende desde el punto de impacto como una onda de choque que recorre mi sistema nervioso, paralizando cada terminación, anulando cada pensamiento. Siento algo caliente y espeso deslizándose por mi nuca, mezclándose con la lluvia fría. La sangre —mi sangre— se mezcla con el vino derramado, creando un charco rojizo que la tierra absorbe con la misma indiferencia con que ha absorbido todas mis lágrimas, todos mis silencios, todas mis miserias.

—¡Joder! —grita el guardia, corriendo hacia mí—. ¡No se mueva! ¡Voy a llamar a una ambulancia!

Pero ya no puedo moverme. El impacto ha sido brutal. La química en mi sangre magnifica el trauma, impidiendo que mi cuerpo reaccione como debería. Estoy paralizado, viendo la lluvia caer sobre mí mientras la oscuridad comienza a invadir los bordes de mi visión como una infección, como una mancha de tinta en papel absorbente.

El guardia se inclina sobre mí, su rostro una máscara de preocupación profesional. Sus labios se mueven, pero no puedo entender lo que dice. El sonido ha desaparecido, reemplazado por un zumbido constante y creciente, como si mis oídos estuvieran rellenándose lentamente de hormigón líquido.

Veo la botella vacía rodando por el barro. Veo la lluvia formando patrones fractales a mi alrededor. Veo al guardia hablando por radio, sus palabras ininteligibles, sus gestos exagerados como en una película muda. Mi sangre y el vino derramado se funden en la tierra, en un pacto macabro con la memoria del abuelo.

Y entonces, como un archivo corrupto abriéndose inesperadamente, veo a Sophia. Está de pie junto a la tumba, su cabello cobrizo intacto a pesar de la lluvia torrencial. Sus ojos color whisky añejo me miran con esa mezcla de reproche y compasión que solo ella podía lograr. Su vestido negro se adhiere a su cuerpo como una segunda piel, pero no gotea. No está mojada. No puede estar aquí.

—Elegiste este camino —dice, y su voz atraviesa el zumbido como un bisturí afilado—. Como el abuelo. Como Elena. El camino de la autodestrucción controlada. Del silencio que mata lentamente. Del veneno autoelegido que te permite fingir que no tienes elección.

Intento responderle, pero mi lengua es un músculo inerte en mi boca. La combinación de Stilnox, vino y conmoción cerebral ha sido demasiado. Mi cuerpo se rinde. Mi cerebro se rinde. Mi voluntad se rinde.

—Volverás a caer —continúa diciendo Sophia, y su voz no suena como la recuerdo, tiene un tono metálico, como si hablara a través de un filtro digital, o quizás es mi cerebro dañado procesando incorrectamente los estímulos—. Una y otra vez. Hasta que aprendas que caer no es el problema. El problema es no saber cómo levantarse. El problema es seguir eligiendo caer.

Lo último que veo antes de que la negrura me reclame es mi propia sangre mezclándose con el vino derramado sobre la tumba del abuelo. Una comunión perversa, un sacramento blasfemo, una ofrenda involuntaria. La final unión de nuestros venenos compartidos.                    


Blanco. Todo es blanco. Techos. Paredes. Sábanas. Como una página en blanco esperando ser escrita. Como un lienzo desnudo para nuevos errores. Como la nieve que nunca vi caer en Madrid, pero que imaginaba en mis poemas adolescentes.                    


El dolor es omnipresente. No localizado, no definido, sino existencial. Como si cada célula de mi cuerpo gritara simultáneamente. Como si mi sistema nervioso hubiera olvidado cómo filtrar el sufrimiento y ahora lo transmitiera amplificado, sin atenuaciones.                    


Voces fragmentadas llegan a través de una niebla de semiconsciencia, como transmisiones de radio mal sintonizadas, como mensajes en una botella que nunca logra llegar a la orilla: “…traumatismo craneoencefálico severo…”. “…niveles tóxicos de zolpidem en sangre…”. “…intento de autolisis…”. “…contenido alcohólico…”. “…compromiso respiratorio…”. “…coma inducido farmacológicamente…”.                    


Las palabras flotan sin anclarse a ningún significado concreto. Son sonidos que no logro vincular a conceptos. Son significantes sin significado. La comprensión se desliza entre las grietas de mi consciencia fragmentada como arena entre los dedos.                    


Oscuridad otra vez. Bendita. Silenciosa. Sin dolor. Sin tiempo. Sin culpa. Sin mí.                    


La siguiente vez que emerjo, hay más claridad. La habitación sigue siendo blanca, pero ahora puedo distinguir detalles. Un monitor cardíaco a mi derecha, su pitido constante marcando que, contra todo pronóstico, sigo existiendo. Tubos conectados a mis brazos como cordones umbilicales artificiales. Una ventana que muestra un cielo gris, indefinido, imposible de ubicar temporalmente. ¿Mañana? ¿Tarde? ¿Qué día es?

Un médico está a los pies de la cama, estudiando un portapapeles con la concentración de quien descifra un texto especialmente críptico. No se ha percatado de que estoy consciente.

—Ah, está despertando —dice cuando finalmente nota mis ojos abiertos—. Bienvenido de vuelta, señor Sáez. Soy el doctor Velasco, neurología.

Intento hablar, pero mi garganta está en carne viva. Como si hubiera tragado alambre de púas oxidado. Como si mis cuerdas vocales hubieran sido lijadas desde dentro.

—No intente hablar todavía —advierte, acercándose para examinar mis pupilas con una pequeña linterna—. Ha estado intubado durante cinco días. Su garganta necesita tiempo para recuperarse.

¿Cinco días? La información penetra lentamente en mi cerebro embotado, como agua filtrándose a través de capas y capas de roca calcárea. Cinco días borrados de mi existencia. Cinco días en los que no fui. Cinco días de preocupación para Laura, para Lorenzo, para Candela.

—Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico severo —continúa el médico, con esa cadencia neutra que solo logran los profesionales acostumbrados a dar malas noticias—. Tuvimos que inducirle un coma farmacológico para reducir la presión intracraneal. Además, había una cantidad letal de zolpidem en su sistema, combinado con un nivel alto de alcohol en sangre.

Sus palabras son clínicas, profesionales, pero hay un subtexto que no puede ocultar: “Intentaste matarte. De la forma más cobarde posible. A propósito o no, le diste a tu cuerpo todos los ingredientes para un final patético”.

—Ya le hemos comunicado a su esposa que ha despertado —añade, cambiando el tema, pero no el tono—. Aunque debo advertirle que tenía que trabajar hoy. Y los niños están con su abuela.

La mención de Laura y los niños me provoca una oleada de náusea que no tiene nada que ver con mi estado físico. Es puramente emocional, puramente psicosomática. El monitor cardíaco registra el cambio, acelerando su ritmo como si estuviera delatándome, traicionando mis respuestas internas más íntimas.

Laura. Lorenzo. Candela. Sus nombres me revuelven el estómago con una náusea que no es física. Mis hijos cautivos de la locura de su padre. Mi esposa atrapada en el limbo de un matrimonio con un suicida en potencia. La vergüenza me inunda como una toxina.

—Voy a ser directo, señor Sáez. —El médico me mira ahora directamente, sin la mediación del portapapeles—. Esto no parece un accidente aislado. Su historial médico muestra una hospitalización previa por uso problemático de benzodiacepinas e hipnóticos. Y ahora esto. —Hace una pausa, dejando que el peso de lo no dicho se asiente entre nosotros—. Voy a solicitar una interconsulta con psiquiatría. Y voy a recomendar encarecidamente una baja médica.

“Encarecidamente”. Como si tuviera opción. Como si cualquiera me dejara volver a trabajar después de esto. Como si pudiera volver a ponerme el uniforme, a portar un arma, a fingir que soy un funcionario funcional y no un desastre mental con piernas.

—Antes de que llegue cualquier visita —continúa el médico, bajando la voz como si estuviera por compartir un secreto—, debo informarle que, dado el contexto y sus antecedentes médicos, el equipo de psiquiatría ha tramitado su ingreso voluntario una vez se estabilice su condición neurológica.

Ingreso voluntario. Un eufemismo para “o aceptas quedarte en el psiquiátrico por tu propia voluntad o haremos que sea involuntario”. Una falsa elección presentada como libertad.

Asiento débilmente. ¿Qué otra opción tengo? ¿Qué otra respuesta puedo dar que no confirme la gravedad de mi condición psicológica?

No respondo verbalmente. ¿Qué podría decir? No hay defensa posible, no hay explicación que justifique lo que he hecho. No hay narrativa en la que yo sea el protagonista razonable y no el villano patético o la víctima autoinfligida.

—Bien —el médico parece aliviado por mi aquiescencia—. Descanse ahora. El psiquiatra pasará a verle esta tarde.

El médico se marcha, y yo me quedo solo con el pitido de las máquinas, el peso aplastante de lo que he hecho y el vacío resonante dentro de mi cráneo. La habitación parece expandirse y contraerse con cada respiración, como si fuera un organismo vivo que me contiene, que me digiere lentamente.

Sandra me visita al día siguiente. Ha perdido peso. Tiene ojeras profundas, como si no hubiera dormido en días. Su rostro es una máscara de profesionalismo, pero sus ojos la delatan: está furiosa. Y decepcionada. Y asustada.

entra en la habitación como un vendaval contenido, sin llamar, sin pedir permiso. No se sienta inmediatamente. Se queda de pie junto a la cama, observándome con una mirada que mezcla desprecio y algo más profundo, más doloroso: traición. Ha perdido peso. Tiene ojeras profundas, como si no hubiera dormido en días. Su postura es rígida, sus puños apretados a los costados.

—Eres un hijo de puta —dice finalmente, cada palabra como un trozo de hielo lanzado directamente a mi cara.

No hay preámbulos, no hay ese profesionalismo que siempre ha caracterizado nuestra relación. No hay la complicidad de años trabajando juntos. Solo esa furia cruda que reconozco porque la he visto antes: en Laura, en mi madre, en todas las personas a las que he decepcionado sistemáticamente.

Ahora puedo hablar, aunque cada palabra raspa mi garganta como papel de lija. Cada sílaba es un ejercicio de autodisciplina, de superación del dolor.

—Sandra —respondo, y su nombre sale como un graznido irreconocible.

—Te defendí —continúa, dando un paso hacia la cama, invadiendo deliberadamente mi espacio—. Te cubrí. Mentí por ti. Puse mi carrera en juego. Mi reputación. Todo para que pudieras recuperarte. —Su voz tiembla ligeramente, pero no de tristeza sino de rabia contenida—. ¿Y para qué? ¿Para que te metieras seis pastillas con alcohol en un puto cementerio? ¿Para tener que explicarle al Capitán que no, que no estabas intentando matarte, que solo eras un gilipollas inconsciente?

Finalmente, se sienta, no en la silla junto a la cama, sino en una más alejada, como si la proximidad física le resultara intolerable. Como si yo fuera contagioso.

—¿Por qué? —Su pregunta sale escupida, no formulada—. ¿Por qué cojones lo hiciste?

—No lo sé —respondo, y por primera vez en mucho tiempo, es la verdad más absoluta—. No fue… planeado. No conscientemente.

Incluso mientras lo digo, sé que es parcialmente falso. ¿No fue planeado? Yo mismo puse esas seis pastillas en mi bolsillo. Yo mismo elegí llevar la botella al cementerio. Yo mismo decidí tomarlas, una tras otra, sabiendo perfectamente la reacción química que provocarían.

Sandra suelta una risa breve y amarga, ese sonido que hace cuando detecta una mentira evidente.

—Seis pastillas de Stilnox con una botella de vino —enumera, golpeando su dedo índice contra su palma con cada elemento de la lista, como si estuviera clavando mi culpabilidad en el aire—. En el cementerio. De noche. Bajo la lluvia. ¿Y me dices que no fue planeado? —Se inclina hacia adelante, con sus ojos fijos en los míos, sin permitirme esquivar su mirada—. No me insultes, Marco. Al menos ten los cojones de admitir lo que intentaste hacer.

No tengo respuesta. No hay defensa posible. Los hechos son los hechos, y la interpretación más lógica es precisamente la que ella insinúa: un intento de suicidio disfrazado de accidente, una cobardía final presentada como ritual.

—Pensaba que eras diferente —continúa, y ahora hay algo más en su voz. Algo roto. Algo personal—. Que estabas progresando. Que había esperanza tras la desintoxicación. —Se pasa una mano por el pelo, un gesto nervioso que nunca le había visto hacer—. ¿Sabes qué es lo peor? Que le dije a mi madre que tú no eras como mi hermano. Que tú sí querías mejorar. Que tú sí valorabas lo que tenías.

Se levanta bruscamente, incapaz de mantener la quietud, como si la energía de su rabia necesitara una salida física.

—Eres exactamente igual que él —dice finalmente, y las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago—. Exactamente igual. Promesas vacías. Las mismas excusas. Las mismas recaídas calculadas. La misma manera de usar la química como búnker contra la realidad. Al menos mi hermano tuvo la honestidad de reconocer que se estaba destruyendo. Tú sigues fingiendo que tienes control —se pasa una mano por el pelo, un gesto que nunca le había visto hacer—. Y al menos él no arrastró a dos niños en su naufragio. Cuando empezó con las convulsiones de abstinencia, no había menores en primera fila viendo cómo su padre se desintegraba.

Eso duele más que cualquier herida física. Porque tiene razón. Lorenzo y Candela son las verdaderas víctimas de mi debilidad, de mi incapacidad para mantenerme estable incluso por ellos.

—Lo siento —es todo lo que logro decir, y las palabras suenan tan huecas, tan insuficientes que casi me avergüenzo de pronunciarlas.

—¿Lo sientes? —repite con incredulidad mordaz—. ¿LO SIENTES? ¿Sabes cuántas veces escuché esas mismas palabras de mi hermano? ¿Cuántas veces lo recogí del suelo? ¿Cuántas veces pagué sus deudas, limpié su vómito, lo defendí ante todos? —Se detiene, respirando profundamente, recuperando algo de su control profesional—. No quiero tus disculpas, Marco. No significan nada. Absolutamente nada.

Recoge su bolso con un movimiento brusco. Su lenguaje corporal grita que esta visita ha terminado, que ha cumplido con su deber profesional y personal, pero que no tiene nada más que ofrecerme.

—El Capitán quería venir —dice con una voz ahora más controlada pero no menos cortante—. Le convencí de que esperara. Hasta que estuvieras más… estable. No porque te lo merezcas, sino porque él no necesita ver esto. No después de cómo te ha defendido todo este tiempo.

—Lo sé.

—La denuncia del guardia del cementerio —continúa, enumerando con dedos firmes cada cargo en su contra—. Tu comportamiento agresivo. La amenaza usando tu autoridad como Guardia Civil. Tu estado de intoxicación. Las pastillas no prescritas.

Cada palabra es un clavo en el ataúd de mi carrera. Cada acusación es un hecho irrefutable. No hay matices. No hay explicaciones. No hay justificación posible.

—Marco Sáez Villanueva —Sandra se detiene en la puerta, girándose parcialmente, y su rostro es ahora una máscara de profesionalismo que apenas contiene la decepción y la rabia—. Me he enterado de que están iniciando los trámites para una suspensión de empleo y sueldo. La Dirección General ya está moviendo papeles. El Capitán está intentando interceder, pero esta vez… esta vez has ido demasiado lejos.

La culpa me aplasta más que cualquier herida física. La culpa hacia Sandra, hacia el Capitán, hacia mis compañeros. La culpa de haber traicionado a quienes confiaron en mí, de haber arrastrado a otros en mi caída, de haber manchado por asociación a quienes intentaron protegerme.

—También he hablado con los médicos —añade con una voz un poco más suave ahora—. Estarás aquí al menos tres semanas más. Luego, dependiendo de tu evolución, pasarás directamente a la unidad de psiquiatría. Indefinidamente.

La palabra “indefinidamente” resuena en la habitación como una sentencia de muerte. No una muerte física, sino una muerte social, profesional, identitaria.

—¿Y el trabajo…?

—Si no hacemos algo, si no se nos ocurre nada, serán al menos seis meses de suspensión —sentencia Sandra—. Pero quizás haya otra salida. El Capitán tiene una idea. Te la explicará él mismo.

Me mira una última vez, y por un instante veo algo parecido a pena en sus ojos, como si estuviera contemplando los restos de algo que alguna vez valoró y ahora está irreparablemente roto.

—No vuelvas a contactar con Laura ni con los niños hasta que los médicos lo autoricen —dice como despedida—. Si intentas algo así otra vez, si les causas más daño… —deja la amenaza suspendida en el aire, pero su intención es clara— yo misma me aseguraré de que no vuelvas a acercarte a ellos.

Sale sin mirar atrás, dejando tras de sí el eco de una amistad fracturada y la certeza de que algunas traiciones no tienen retorno. Y yo me quedo en la cama de hospital, conectado a máquinas que monitorean mis constantes vitales, pero no pueden registrar el vacío creciente dentro de mí. La realidad de mi situación se asienta como una losa: he perdido mi trabajo, mi familia, mi libertad. Todo por un momento de debilidad, por una ceremonia autoindulgente, por un ritual que debía purificarme y acabó condenándome.

Los siguientes días son un borrón de pruebas médicas, visitas de psiquiatras y largos períodos de soledad. Mi cerebro, lentamente recuperándose del trauma, comienza a procesar la magnitud de lo que he hecho, de lo que he perdido, de las consecuencias que ahora debo enfrentar.

El psiquiatra principal, un hombre de unos cincuenta años con barba cuidadosamente recortada y la mirada cansada de quien ha visto demasiada autodestrucción humana, es brutalmente honesto:

—Esto fue un intento de suicidio, señor Sáez. —No formula la afirmación como una acusación, sino como una verdad que debe ser reconocida—. Quizás no consciente, quizás no planificado con esa intención explícita, pero su comportamiento fue objetivamente suicida. Seis pastillas de Stilnox con alcohol, en esas circunstancias, con su historial médico…

No lo niego. No puedo. La evidencia es demasiado contundente, y la negación solo confirmaría la gravedad de mi condición psicológica.

—El plan de tratamiento incluirá terapia individual intensiva, terapia grupal, monitorización farmacológica estricta y, finalmente, terapia familiar —continúa, consultando sus notas ocasionalmente—. Pero eso será más adelante. Si su familia está dispuesta a participar.

La duda implícita en esa última frase es un puñal retorciéndose en mi pecho. “Si su familia está dispuesta”. Como si fuera perfectamente razonable que no lo estuvieran. Como si fuera comprensible que decidieran que esto, por fin, es demasiado.

—¿Han… han llamado? —pregunto, y odio la desesperación en mi voz, la necesidad patética que transparenta.

—Su esposa llama diariamente para preguntar por su evolución —responde el psiquiatra con tono neutro, profesional—. Pero ha dejado claro que, por el momento, necesita mantener la distancia. Por el bien de sus hijos.

Por el bien de mis hijos. Alejados de su padre autodestructivo. De su influencia tóxica. De su legado envenenado. La frase me quema como ácido, pero no puedo discutirla. Es lo correcto. Es lo que yo mismo haría en su lugar.

—¿Y podré verlos… en algún momento?

—Con el tiempo —confirma—. Cuando su estado sea más estable. Cuando podamos garantizar que no presenciarán otra crisis. Otra recaída.

Las palabras son clínicas pero compasivas. No hay juicio, solo realidad cruda. Aun así, cada sílaba es una confirmación más de todo lo que he perdido, de todo lo que he dañado, quizás irreparablemente.

—TEPT-C —dice, pasándome una hoja con un diagnóstico formal—. Depresión mayor recurrente. Trastorno obsesivo-compulsivo. Uso problemático de benzodiacepinas e hipnóticos.

Mi vida reducida a acrónimos y terminología clínica. Mi sufrimiento categorizado, clasificado, codificado para el sistema médico. Pero la etiqueta no captura la experiencia vivida, la sensación de estar dividido entre múltiples versiones incompatibles de mí mismo, el terror de enfrentar cada día sin las murallas químicas que me protegían del dolor y de mí mismo.

Las semanas siguientes transcurrieron en una neblina de evaluaciones psiquiátricas, ajustes de medicación y silencios que se extendían como continentes entre las escasas visitas.

Tres semanas después, cuando las heridas físicas han comenzado a sanar, pero las emocionales están más en carne viva que nunca, me trasladan a la unidad de Psiquiatría. El pasillo es un corredor de miradas apagadas, de cuerpos moviéndose con la lentitud de quien ha renunciado a alcanzar cualquier objetivo.

La habitación es más pequeña, más austera. Compartida con otro paciente, un hombre de unos cuarenta años con la piel amarillenta de quien ha intentado ahogar su hígado en alcohol, cuyos ojos tienen la misma mirada vacía que veo cada mañana en el espejo. No hablamos. No es necesario. Hay un reconocimiento silencioso, una hermandad de autodestructores.

Es aquí, en este limbo aséptico de batas blancas y medicación supervisada, donde finalmente Laura viene a verme. Sola. Sin los niños. Su ausencia grita más fuerte que cualquier reproche verbal podría hacerlo.

Entra a la habitación sin llamar, con esa confianza territorial que siempre ha tenido en los hospitales, su segundo hogar. Está más delgada. Ojerosa. Su pelo, siempre perfectamente peinado cuando está en público, recogido descuidadamente en una coleta improvisada. El anillo de bodas sigue en su dedo, pero lo gira constantemente, ese gesto nervioso que desarrolló después de Eva. Lo que más me impacta es su mirada: hay rabia contenida, calculada, como un depredador evaluando la condición de su presa antes de decidir si vale la pena el ataque.

—Hola, Marco —saluda, sentándose en la única silla de la habitación. No acerca la silla a mi cama; mantiene la distancia exacta que establecen los protocolos hospitalarios.

—Laura —respondo, y su nombre es una herida abierta en mi lengua, una promesa incumplida, una traición en sílabas.

No hay abrazos. No hay contacto. Solo esta distancia insalvable entre nosotros, este cañón que yo mismo he excavado pastilla a pastilla, silencio a silencio, mentira a mentira.

—Los médicos dicen que estás estable —comenta, sacando su móvil para comprobar mensajes antes de guardarlo nuevamente, ese gesto que hace cuando necesita mostrar que tiene otras prioridades, otras urgencias—. Que la herida en la cabeza ha cicatrizado bien.

—Físicamente, sí —respondo, señalando la cicatriz visible en mi nuca, donde tuvieron que dar puntos—. Mentalmente…

—Lo sé —me corta con impaciencia, como si le irritara mi intento de buscar simpatía—. No hace falta que me des los detalles técnicos. He leído tu historial completo.

Por supuesto que lo ha hecho. Laura, la enfermera, usando sus contactos profesionales para acceder a información, para mantener la ventaja informativa, para no depender de mi versión de los hechos.

Un silencio incómodo se instala entre nosotros. Hay tanto que decir que las palabras se atropellan, se anulan, se vuelven insuficientes.

—Los niños preguntan por ti —dice finalmente, su voz oscilando entre la acusación y el agotamiento—. Lorenzo calcula probabilidades de tu recuperación. Dice que el patrón es diferente esta vez. Más… definitivo.

La idea de mi hijo analizando mi autodestrucción con la precisión clínica que heredó de mí es una nueva puñalada. Lo imagino frente a su ordenador, creando algoritmos que intentan predecir el comportamiento de un padre que ni siquiera yo mismo puedo anticipar. Aplicando lógica matemática a un problema fundamentalmente ilógico. Buscando patrones donde solo hay caos.

—¿Y Candela?

—Dibuja. Todo el tiempo —responde, y su tono se endurece—. Dice que los colores en tu cabeza están completamente negros ahora. Que no logra ver ni siquiera un punto de luz. —Se inclina ligeramente hacia delante, su voz bajando a un susurro cargado de veneno—. ¿Tienes idea de lo que es explicarle a una niña de siete años por qué su padre ha decidido autodestruirse? ¿Otra vez?

Trago saliva. Mi hija, mi pequeña empática… La culpa me atraviesa como un rayo. Mi hija, mi pequeña empática, leyendo mi dolor a través de colores que nadie más puede ver. Y Laura, teniendo que explicar lo inexplicable, traducir mi egoísmo en términos que una niña pueda comprender sin quedar devastada.

—Laura, yo…

—No —me corta, levantando una mano en un gesto que es tanto protección como rechazo. Sus ojos brillan con una intensidad que reconozco: está conteniendo la explosión, dosificando su rabia para maximizar el impacto—. No quiero oírlo. No quiero tus disculpas, tus explicaciones, tus promesas. Ya las he escuchado todas antes. Y aquí estamos.

Tiene razón. Por supuesto que tiene razón. Se levanta y camina hacia la ventana, dándome la espalda. Un gesto calculado que sé que usa para recuperar control cuando siente que podría quebrarse.

—¿Sabes qué les dijo su profesora? —continúa, su voz ahora peligrosamente controlada—. Que son “niños resilientes”. Como si fuera algo bueno. Como si ser “resiliente” a los ocho y once años no fuera una puta tragedia. Como si tener que desarrollar estrategias para sobrevivir al caos emocional fuera un logro y no un fracaso de sus padres.

Se gira nuevamente hacia mí, y ahora veo que ha dejado caer parte de su máscara. La rabia está ahí, pura y sin filtrar.

—¿Qué va a pasar ahora? —pregunto, intentando sonar práctico, intentando no dejar que la desesperación inunde mi voz.

—No lo sé, Marco —responde con honestidad brutal, sin adornos ni consuelo—. De verdad que no lo sé. Los médicos hablan de meses de tratamiento. De terapia intensiva. De medicación supervisada de por vida, quizás. —Sus dedos vuelven a jugar con su anillo, girándolo—. Lo que sí sé es que no puedo seguir así. Que los niños no pueden seguir así.

La realidad de mi situación me golpea con una claridad aterradora: soy un enfermo mental crónico. Un adicto. Un peligro para mí mismo y, potencialmente, para los que amo. Un problema a gestionar, no una persona en quien confiar.

—Y entre nosotros… —dejo la pregunta en el aire, incapaz de formularla completamente.

Laura suelta una risa breve y amarga, ese sonido cortante que usa cuando cree que algo es obviamente estúpido. Me observa durante un largo momento, como si estuviera decidiendo qué versión de sí misma desplegar. Cuando habla, su voz tiene el filo quirúrgico que reserva para las amputaciones emocionales necesarias.

—¿”Entre nosotros”? —repite con incredulidad mordaz—. No hay un “nosotros” ahora mismo, Marco. No puede haberlo. No después de esto. No cuando has vuelto a elegir tus malditas pastillas y tu maldita autocompasión sobre tu familia. Otra vez.

No puedo discutir. No tengo derecho a protestar. No puedo pedirle que siga esperando a un hombre que ni siquiera existe de manera consistente, que fluctúa entre versiones incompatibles de sí mismo según la química que circule por sus venas.

No puedo discutir. No tengo derecho a protestar. No puedo pedirle que siga esperando a un hombre que ni siquiera existe de manera consistente, que fluctúa entre versiones incompatibles de sí mismo según la química que circule por sus venas.

—¿Los niños?

—Conmigo, obviamente —responde, con ese tono que usaría para explicar algo elemental a alguien particularmente lento—. En la casa. Es lo único estable que tienen ahora. Y es lo único que importa: su estabilidad, no tus sentimientos, no tus necesidades, no tus interminables crisis existenciales.

—¿Podré verlos?

—Cuando los médicos lo autoricen. —Se cruza de brazos, adoptando esa postura de guardia que utiliza cuando establece límites no negociables—. Cuando yo pueda confiar en que no presenciarán otra… recaída. Cuando tenga garantías de que no les harás más daño del que ya les has hecho.

La palabra “recaída” apenas araña la superficie de lo que realmente ocurrió. No recaí. Me desintegré. Me fracturé. Me lancé voluntariamente al abismo con los ojos bien abiertos.

—Lo entiendo —digo, y es verdad—. Es lo mejor para ellos.

Laura se levanta, recogiendo su bolso con un movimiento brusco. Noto que tiene un libro dentro. Por un momento creo ver la cubierta azul de mi poemario, pero debe ser imaginación. O esperanza. O proyección.

—El Capitán Rodríguez vendrá mañana —informa, ajustándose el abrigo con movimientos precisos, controlados—. Para hablar de tu situación laboral. Me ha dicho que están a punto de terminar la tramitación de la suspensión. Solo quedaría la notificación oficial a ti y a tu Unidad.

Otro golpe más. Uno que esperaba, pero que duele igualmente. Mi identidad profesional, esa parte de mí que permanecía funcional incluso en mis peores momentos, también se ha desmoronado.

—Y Marco —añade, deteniéndose en la puerta, su mano sobre el picaporte, su rostro una máscara de determinación fría—, deberías considerar la excedencia. O mejor aún, la renuncia. Cuando salgas de aquí. Cuando puedas tomar decisiones racionales de nuevo. Si es que eso llega a ocurrir.

—¿Excedencia?

—Para reconstruirte. Lejos de todo esto. De las presiones, las expectativas. De nosotros.

La claridad de sus intenciones me golpea como una ola fría. No está sugiriendo un espacio temporal de recuperación. Está insinuando una separación a largo plazo. Una reestructuración completa de nuestras vidas.

—Estás terminando conmigo —digo, y no es una pregunta.

—Estoy salvando a nuestros hijos —responde, y en su voz hay una firmeza que no admite réplica—. Estoy salvándome a mí misma. Porque tú has demostrado que no puedes, o no quieres, salvarte.

—Laura…

—No, Marco. Esto no es una negociación. No es una terapia de pareja. Es lo que va a pasar, quieras o no. —Su mandíbula se tensa, ese gesto que hace cuando ha tomado una decisión irrevocable—. He soportado suficiente por una vida. He visto morir a mi hija. He visto a mi marido elegir pastillas sobre nosotros repetidamente. He limpiado tu vómito, te he recogido del suelo, he mentido a los niños para protegerlos. No más… Se acabó, Marco. Se acabó.

Las palabras se atoran en mi garganta. Quiero protestar, quiero prometer cambios, quiero jurar que esta vez será diferente. Pero el peso de la evidencia es aplastante: siete semanas sobrio y luego esto. Meses de terapia y luego un colapso total. ¿Qué garantía puedo ofrecer? ¿Qué seguridad puedo proporcionarle a ella, a mis hijos?

—La casa —digo finalmente, entendiendo por fin la magnitud de lo que está sucediendo—. Te quedarás con la casa. Con los niños.

Laura asiente, y hay una satisfacción oscura en su mirada, como quien finalmente obtiene lo que considera justo.

—Es lo más práctico. Para su estabilidad. El colegio, las terapias, sus rutinas…

—Cuando salga de aquí —digo, y las palabras saben a ceniza, a derrota, a rendición—, buscaré otro lugar. Os daré el espacio que necesitáis.

—Marco —su voz se endurece nuevamente, y veo ese brillo calculador en sus ojos—, piensa en lo que te he dicho. Sobre irte lejos. Quizás sea lo único que puedas hacer bien por ellos ahora: desaparecer lo suficiente para que puedan sanar. Para que puedan construir una vida que no gire alrededor de tus crisis, tus recaídas, tu autodestrucción.

Asiento, incapaz de responder. La idea adquiere una solidez inesperada. No como escape, sino como posibilidad. Un espacio donde el poeta y el profesional, el padre y el hijo, el hombre roto y el hombre en reconstrucción, puedan coexistir sin máscaras. Un lugar donde no tenga que ser el Marco de Laura, el papá de Lorenzo y Candela, el agente Sáez, sino simplemente la suma de todos esos fragmentos.

Laura se marcha sin más palabras. El taconeo de sus zapatos resuena por el pasillo como el martillo de un juez dictando sentencia. Me quedo en la habitación aséptica, rodeado de otros hombres rotos, contemplando el vacío absoluto en que se ha convertido mi existencia. Y, paradójicamente, percibiendo en ese vacío una extraña forma de libertad. La libertad de quien ya no tiene nada que perder, de quien ya ha tocado fondo, de quien solo puede reconstruirse cuando ha perdido todo lo que alguna vez importó.

El Capitán Rodríguez viene al día siguiente, como prometió Laura. Lleva un pantalón de pana y una camisa a cuadros que parece pertenecer a otro hombre, a otra vida. Lleva un pantalón de pana y una camisa a cuadros que parece pertenecer a otro hombre, a otra vida. Su rostro muestra el mismo cansancio, la misma decepción que el de todos los que solían importarme.

—Joder, Marco —es su saludo, sentándose pesadamente en la silla con la familiaridad de quien ha visitado demasiados hospitales en su carrera—. Menuda has liado esta vez.

No hay defensa posible. No hay explicación que pueda justificar lo que hice. No hay narrativa heroica en la que mi comportamiento sea comprensible o perdonable.

—Lo sé —respondo simplemente.

—Están a punto de terminar la tramitación de la suspensión —confirma, inclinándose hacia delante, los codos apoyados en las rodillas—. Y eso tras mover todos los hilos posibles. La denuncia del guardia… se pasó a Asuntos Internos. No pude contenerla. En cuanto llegue la notificación, serán seis meses sin sueldo.

—Lo entiendo.

—Pero eso no es lo peor —continúa, pasándose una mano por el pelo canoso—. Lo peor es que cuando vuelvas, si vuelves, no será igual. No tendrán la misma confianza en ti. No después de esto.

Pérdida de confianza. Sus palabras confirman lo que ya sospechaba: mi carrera, tal como la conocía, ha terminado.

Esas tres palabras significan todo en nuestra Unidad. Sin confianza, no hay acceso a información sensible, no hay participación en casos críticos. Es una muerte profesional en cámara lenta. Me relegarían a funciones administrativas de bajo nivel, vigilado como un niño problemático, apartado de cualquier operación significativa. Mi credibilidad como analista de inteligencia estaría destruida; nadie apostaría por conclusiones formuladas por alguien con un historial de crisis psicóticas y comportamiento autodestructivo.

Incluso si logro recuperar mi puesto, nunca volveré a ser el analista respetado, el profesional en quien confían. Siempre seré el que se rompió, el que amenazó a un guardia, el que se intoxicó deliberadamente.

—Laura mencionó una excedencia —digo, tanteando el terreno.

El Capitán asiente lentamente, considerando la idea como si fuera algo que ya había meditado.

—Sería una opción. Cuatro años, renovables. Tiempo para… reconstruirte. Y lo mejor es que si la tramitamos ahora, antes de que llegue la notificación de la suspensión, tu expediente quedará limpio. Una excedencia voluntaria por asuntos propios en lugar de una suspensión disciplinaria.

—¿Y después?

—Después… ya veremos. El mundo da muchas vueltas, Marco.

Nos quedamos en silencio un momento, cada uno perdido en sus propios pensamientos. El Capitán contempla sus manos, grandes y encallecidas, manos que han visto demasiada mierda humana. Manos que, sospecho, han sostenido a demasiados compañeros rotos.

—¿Sabes? —dice finalmente el Capitán—. Todos tenemos nuestros demonios. Yo mismo… después de la operación Alhambra. Ese niño en el frigorífico…

Se detiene, incapaz de continuar. No necesita hacerlo. Conozco la historia. Todos en la Unidad la conocen. Los fragmentos de cuerpos. Las fotografías. Los videos. El infierno documentado meticulosamente por sus propios creadores.

—Pero encontré un camino de vuelta —continúa, después de una larga pausa—. Un propósito. Algo que me anclara.

—¿Y qué fue?

—Mi familia. Mis hijos. La idea de ser el hombre que ellos creían que era. No el que yo sabía que era.

El comentario me atraviesa como un cuchillo. Yo he perdido eso. Al menos temporalmente. Quizás para siempre. No tengo esa ancla, ese espejo externo que me devuelva una imagen completa y coherente de mí mismo.

—La bodega del abuelo —digo de repente, sorprendiéndome a mí mismo, la idea formándose mientras la pronuncio—. Lleva años abandonada. Podría… podría restaurarla.

El Capitán me estudia, evaluando mi estado mental, intentando determinar si esto es una fantasía escapista o un plan genuino.

—¿La bodega? ¿La de tu abuelo Honorio?

—Sí. En La Rioja. He pensado… he tenido tiempo para pensar aquí. Sobre integración. Sobre encontrar un lugar donde todas mis partes puedan coexistir. La bodega tiene viñedos. Tierra. La oportunidad de trabajarla físicamente, no solo mentalmente. Pero también tiene la biblioteca del abuelo. Sus cuadernos. Sus poemas nunca publicados.

—Es una idea —concede el Capitán—. Pero no una decisión que debas tomar ahora mismo. Tienes tiempo, Marco. Primero, recupérate. Luego, decide.

Se levanta, dando por terminada la visita. Su uniforme invisible pesa sobre él más que el real, como si en su mente nunca dejara de ser el Capitán, incluso en estos momentos personales.

—Una cosa más —dice antes de salir—. Sandra quería venir hoy. No pudo. O no quiso, no sé. Pero me pidió que te dijera algo.

—¿Qué?

—Que su hermano finalmente encontró la paz. Después de años de luchar contra sí mismo. Que espera que tú también la encuentres. Sin tener que llegar tan lejos como él.

La implicación me hiela la sangre. La frase queda suspendida entre nosotros como una amenaza, como un espejo de un futuro posible. El hermano de Sandra. Ingresado por años en un psiquiátrico. ¿Encontró la paz? ¿Cómo?

El Capitán parece leer mi mente, reconociendo el terror que se ha instalado en mi mirada.

—No como crees —aclara rápidamente—. No de esa manera. No suicidándose. Simplemente… aceptando quién era. Todas sus partes. Incluso las rotas. Especialmente las rotas.

Sale, dejándome con esas palabras reverberando en mi mente como un eco en un pozo sin fondo. Aceptar todas mis partes. Incluso las rotas. Especialmente las rotas. Me pregunto si es posible, si hay un camino hacia esa integración que no pase por la química, por la autodestrucción, por el silencio.

Los días se convierten en semanas, las semanas en meses. La unidad psiquiátrica se vuelve mi mundo, con sus ritmos propios, sus rituales, sus pequeñas victorias y derrotas diarias. Aprendo a reconocer los patrones de mis compañeros de infortunio: el que no puede evitar lavarse las manos hasta sangrar, la mujer que solo habla en tercera persona, el joven que se autolesiona para sentir algo diferente al vacío.

La terapia es brutal. No hay otra palabra para describirla. Es como ser despellejado vivo, capa por capa, hasta que no queda nada más que la verdad cruda y sangrante. Cada sesión es un descenso a un infierno personal, a los rincones más oscuros de mi mente, a los secretos que ni siquiera me he confesado a mí mismo.

TEPT-C. Depresión mayor. TOC. Adicción a las benzodiacepinas. Todos los diagnósticos que llevaba años evitando, negando, ocultando bajo capas de control obsesivo. Todos los monstruos que alimenté mientras fingía que no existían, mientras construía murallas químicas para mantenerlos a raya.

En las sesiones grupales escucho historias que podrían ser la mía. Hombres y mujeres que han tocado fondo, que se han roto contra los límites de su propia resistencia. Que han intentado, como yo, controlar el caos interno mediante sustancias, obsesiones, autolesiones. Que han construido sistemas elaborados de negación que finalmente se han desmoronado bajo su propio peso.

Lentamente, dolorosamente, comienzo a ver patrones. Conexiones. La forma en que mi silencio autoimpuesto alimentaba mi necesidad de control químico. Cómo mi obsesión por los patrones era tanto síntoma como causa de mi fragmentación interna. Cómo mi adicción a las benzodiacepinas no era un efecto secundario, sino una elección deliberada para acceder a partes de mí mismo que mantenía rígidamente contenidas cuando estaba sobrio.

La herencia familiar no es solo la sensibilidad, la creatividad, la obsesión por los algoritmos de supervivencia. Es también la cobardía. La incapacidad de actuar. La asfixia de lo no dicho como estrategia de supervivencia. Honorio, Elena, yo… Lorenzo. Todos atrapados en la misma prisión genética, en el mismo patrón de silencio y autoengaño.

Laura viene una vez por semana, siempre puntualmente a las 16:30, nunca antes, nunca después, una precisión que es tanto control como acusación. Siempre sola. Sus visitas son breves, clínicas, como un deber que cumple meticulosamente, pero sin implicación emocional. Se sienta en la misma silla, mantiene la misma postura, revisa su móvil con la misma frecuencia exacta.

Me habla sobre los niños con una eficiencia calculada, seleccionando información que sabe que me dolerá: Lorenzo ha mejorado sus notas desde que yo no estoy en casa; Candela ha dejado de tener pesadillas desde que siguieron las recomendaciones del terapeuta de “establecer un entorno predecible”; la casa funciona con una nueva rutina donde mi ausencia ha sido perfectamente integrada, como si siempre hubiera sido así.

—Tu madre llamó —me dice un día, casi tres meses después de mi ingreso, con ese tono falsamente casual que usa cuando sabe que está a punto de dejar caer una bomba emocional—. Quiere saber si puede visitar a los niños. Le dije que sí. Creo que necesitan algo de continuidad familiar mientras tú estás… indispuesto.

Elena. Mi madre alcohólica ahora sobria. La mujer que me enseñó que el amor y el dolor son inseparables, que el afecto y el control son dos caras de la misma moneda. Laura sabe exactamente lo que implica permitir que Elena tenga mayor acceso a mis hijos: que está creando nuevas alianzas, estableciendo un nuevo orden familiar donde yo soy el elemento prescindible.

—¿Los ha visto ya? —pregunto, intentando mantener mi voz neutral.

—Dos veces —responde, con una sonrisa tensa—. Lorenzo está fascinado con sus historias de cuando eras pequeño. Y ella parece realmente cambiada. Sobria. Estable. —Deja que la implicación flote en el aire: a diferencia de ti.

Un día, llegando ya al tercer mes después de mi ingreso, trae algo diferente: un cuaderno. El mío. El de tapas azules que encontró hace tiempo en la buhardilla. Lo arroja sobre la cama con un gesto que parece casual, pero que contiene una violencia apenas contenida.

—Pensé que querrías esto —dice, entregándomelo—. Para tus sesiones. Para… no sé. Para lo que necesites. Quizás quieras quemarlo o tirarlo. O lo que sea que hagas con los restos de tu vida anterior.

No es un gesto de amabilidad. Es una declaración: ya no hay espacio para mis cosas en su casa, en su vida. Está desmantelando mi presencia física como ha desmantelado mi lugar en la familia.

—Gracias —respondo, tomando el cuaderno con manos que ya no tiemblan tanto—. Significa… mucho. Lo guardaré.

—Los niños preguntan cuándo podrán verte —dice, cambiando de tema con esa brusquedad que usa cuando algo le resulta emocionalmente incómodo—. El psiquiatra dice que quizás en unas semanas. Si sigues estable. Si yo estoy de acuerdo.

La idea de ver a mis hijos, de enfrentar sus preguntas, sus miradas, sus miedos, me aterra y me motiva a partes iguales. Es el motor más poderoso para mi recuperación, pero también la carga más pesada. No quiero que me vean así. No quiero que me recuerden así. Pero tampoco quiero ser una ausencia, un padre fantasma que solo existe en sus recuerdos y temores.

—Me gustaría—digo honestamente—. Cuando esté listo. Cuando ellos estén listos.

Laura asiente, pero hay algo calculador en su mirada.

—Tendrán que ser visitas supervisadas —advierte—. En un entorno neutral. Con un profesional presente.

Como si fuera un delincuente sexual. Como si fuera un peligro para mis propios hijos. Y tal vez lo soy, no físicamente sino emocionalmente. Tal vez merezco este nivel de precaución, de desconfianza.

—He estado pensando —digo finalmente, mirando el cuaderno en mis manos—. Sobre lo que dijiste. Sobre irme lejos. La bodega del abuelo podría ser un lugar.

—¿Y?

—Creo que es lo que necesito. Cuando salga de aquí. Un espacio propio. Un proyecto. Algo que integre todas mis partes. El analista y el poeta. El padre y el hijo. El adicto en recuperación y el profesional.

—Creo que sería lo mejor —dice, y hay una frialdad en su voz que corta más que cualquier estallido de ira—. Para todos. Especialmente para los niños.

—¿Crees que algún día…? —No termino la pregunta. No me atrevo. Las palabras se quedan suspendidas entre nosotros como un puente inacabado sobre un abismo.

Laura me mira con esa mezcla de lástima y desprecio que ha perfeccionado a lo largo de los años.

—No, Marco —responde con una certeza que no deja espacio a dudas—. No lo creo. Hay cosas que se rompen y no se arreglan. Esta es una de ellas. —Se levanta, recogiendo su bolso—. Lo único que podemos hacer es que los fragmentos no hagan más daño a los niños.

—Lo entiendo.

Y lo entiendo. Realmente lo entiendo. Quizás por primera vez, comprendo que hay límites que no se pueden cruzar, heridas que no sanan, confianzas que, una vez rotas, no pueden reconstruirse. Que hay daños irreparables, y que yo he causado demasiados como para merecer una nueva oportunidad.

Laura se dirige hacia la puerta, pero se detiene, como si acabara de recordar algo importante.

—Por cierto, he iniciado los trámites de divorcio —dice con esa frialdad clínica que usa cuando habla de diagnósticos terminales—. Te llegará la notificación aquí. He pedido la custodia completa, con visitas supervisadas a determinar según tu evolución psiquiátrica. —Me mira directamente, sin parpadear—. No pienso pelear por esto, Marco. No pienso arrastrar a los niños por un proceso judicial. Así que espero que, por una vez en tu vida, hagas lo correcto y no lo compliques.

Y con eso, se va, dejándome con un cuaderno vacío y la certeza aplastante de que esta vez no hay vuelta atrás. Que esta vez, finalmente, he destruido todo lo que alguna vez tuve.

Mi última sesión con el psiquiatra antes del alta es diferente a todas las anteriores. No estamos en su consulta habitual, con sus paredes de un verde institucional y sus diplomas cuidadosamente enmarcados, sino en un pequeño jardín interior del hospital. El doctor Merino ha insistido en que salgamos al aire libre, “para que recuerdes que hay un mundo más allá de estas paredes”.

—Después de todo este tiempo, Marco, la pregunta que sigues haciéndote es si tienes cura —dice, observándome con esa mirada penetrante que ha aprendido a traspasar mis defensas, a ver más allá de mi fachada de paciente cooperativo—. Pero quizás esa no sea la pregunta correcta.

—¿Y cuál sería? —pregunto, sintiendo el sol en mi rostro por primera vez en meses, percibiendo el viento en mi piel con una intensidad casi dolorosa.

—No si tienes cura, sino si necesitas ser “curado” —responde, enfatizando las comillas con gestos—. Lo que necesitas —lo que todos necesitamos— es aprender a existir con nuestras heridas de una manera que no nos destruya. La escritura, la poesía, puede ser ese puente entre el dolor y la supervivencia. No es la enfermedad; puede ser la cura.

Sus palabras me golpean con una verdad que no había considerado antes. Durante veinticinco años he visto mi sensibilidad, mi tendencia a la poesía, como una enfermedad que debía ser controlada, suprimida, medicada. Como algo de lo que debía ser “curado”. Como un defecto avergonzante, no como un don complejo.

—La integración no significa eliminar las partes dolorosas —continúa, señalando hacia un árbol que ha crecido alrededor de una vieja valla de hierro, incorporándola a su tronco en vez de rechazarla—. Significa incorporarlas a un sistema que pueda funcionar con ellas, no a pesar de ellas.

—¿Como con un miembro fantasma? —pregunto—. ¿Aprender a vivir con la sensación de algo que ya no está?

—No exactamente. Más bien como un trasplante. El órgano nuevo siempre será extraño, siempre habrá riesgo de rechazo. Pero con el tratamiento adecuado, puede integrarse y funcionar como parte del sistema. Tu sensibilidad, tu creatividad, tu capacidad para la poesía no son enfermedades. Son órganos vitales que has estado rechazando. Órganos que has intentado anestesiar con benzodiacepinas.

Contemplo los árboles del jardín, sus ramas moviéndose suavemente con la brisa. Pienso en las palabras que he empezado a escribir de nuevo, ya no bajo el influjo de químicas elegidas, sino en la claridad brutal de la sobriedad vigilada.

—La poesía siempre fue mi forma de procesar el dolor —admito—. De darle forma, de contenerlo. De hacerlo manejable. La química solo me ayudaba a… a permitirme ese acceso.

—Entonces no necesitas ser curado de la poesía —dice con una sonrisa—. Necesitas aprender a acceder a ella sin destruirte en el proceso.

Me entrega un sobre. Dentro, los papeles de mi alta médica. Mi permiso para reintegrarme al mundo, aunque sea con restricciones, con monitorización, con medicación supervisada. Mi pasaporte a una libertad condicional que solo yo puedo convertir en definitiva.

—La bodega de tu abuelo —dice mientras me levanto para marcharme—. Es un buen proyecto. Un espacio donde la precisión técnica y la expresión poética pueden coexistir. Como tú mismo.

Asiento, incapaz de responder. Por primera vez en mucho tiempo, siento que hay un camino posible. No de vuelta a lo que fui, sino hacia algo nuevo. Algo integrado. Algo que incluya todas mis partes, incluso las rotas, especialmente las rotas.

Cuatro meses y medio después del incidente en el cementerio, recibo el alta psiquiátrica. No es una cura —ambos sabemos que no hay “cura” para lo que me ocurre— sino un reconocimiento de que he alcanzado suficiente estabilidad para funcionar fuera de la institución.

Con medicación supervisada. Con terapia tres veces por semana. Con revisiones periódicas. Con restricciones en todos los aspectos de mi vida, como un preso en libertad condicional permanente. Pero libre, al fin y al cabo. Libre para empezar de nuevo. Libre para intentarlo una vez más, con herramientas nuevas, con conciencia nueva, con propósito nuevo.

La excedencia ha sido aprobada. Cuatro años, como sugirió el Capitán. Cuatro años para reconstruirme. Para encontrar un nuevo propósito. Un nuevo sistema operativo que integre todas mis partes fragmentadas en lugar de tenerlas en guerra constante.

Laura no viene a recogerme. Es Sandra quien aparece en la entrada del hospital, con esa mezcla de cautela y esperanza que define nuestra relación ahora. Ya no hay rabia en sus ojos. Solo una vigilancia constante, como quien observa a un niño propenso a meterse en problemas.

—El Capitán no pudo venir —explica mientras me ayuda con la pequeña bolsa que contiene mis escasas pertenencias—. Reunión de último minuto con la Dirección General.

—Gracias por venir tú —respondo, y lo digo en serio—. Después de todo…

—No lo menciones —me corta, como si el tema fuera un territorio que es mejor evitar—. Para eso están los amigos. Incluso los que te llaman imbécil a la cara.

Una sombra de nuestra antigua camaradería asoma entre las grietas de lo que hemos vivido. Es frágil, provisional, pero está ahí. Un puente minúsculo sobre el abismo que mi comportamiento ha creado.

—Laura me ha dado las llaves de la casa —informa Sandra mientras subimos a su coche—. Dijo que puedes pasar a recoger tus cosas. Ella estará fuera con los niños hasta las siete.

Para evitar el encuentro incómodo. Para facilitarnos las cosas a ambos. Típico de Laura, siempre pensando en la logística emocional, en cómo minimizar el daño, incluso cuando es la principal afectada.

—¿Sabes si han… preparado a los niños? Para verme más adelante.

—Lorenzo lleva un registro detallado de tu estancia en el hospital —responde Sandra mientras conduce, su mirada fija en la carretera como si temiera encontrar algo en mi rostro que no pudiera manejar—. Con gráficos de progreso y todo. Típico de él, buscando patrones hasta en la locura de su padre. Y Candela ha hecho dibujos para decorar tu nuevo lugar, cuando lo tengas.

El nudo en mi garganta amenaza con ahogarme. Mis hijos, encontrando formas de procesar mi ausencia, mi inestabilidad, mi colapso. Mis hijos, intentando dar sentido a lo incomprensible. Mis hijos, heredando mis mecanismos de supervivencia.

—¿Y tú? —pregunto finalmente—. ¿Estás bien?

Sandra me mira brevemente antes de volver a concentrarse en la carretera.

—Lo estaré —responde, y hay una honestidad en su voz que agradezco—. Cuando esté segura de que no voy a perderte como perdí a mi hermano.

El viaje hasta la casa —ya no “mi” casa, sino la casa de Laura y los niños— transcurre en un silencio cargado de palabras no dichas, de confesiones contenidas, de disculpas insuficientes.

Recoger mis pertenencias es un ejercicio de duelo. Cada objeto que empaco es un fragmento de la vida que construí y luego destruí sistemáticamente. Ropa. Libros. El ordenador portátil. La pluma del abuelo. Los cuadernos que Laura no quiso quedarse. Las fotografías que ya no me representan, que muestran a un hombre que pretendía ser entero cuando en realidad estaba dividido en fragmentos irreconciliables.

La buhardilla es la parte más difícil. Mi santuario. Mi prisión. Mi refugio químico durante tantos años. Está exactamente como la dejé aquella tarde fatídica, como si el tiempo se hubiera congelado. El ordenador apagado. Los libros alineados. El cajón donde guardaba las pastillas, ahora vacío, como una tumba exhumada.

La habitación de los niños es la última que visito. No para llevarme nada —casi nada de lo que hay aquí me pertenece— sino para despedirme, de alguna manera, de la vida que construimos, de la cotidianidad que ya no tendré, de los rituales nocturnos que marcaban mis días.

El cuarto de Lorenzo está meticulosamente ordenado. Cada objeto en su lugar preciso, cada libro perfectamente alineado en la estantería. Su obsesión por el orden, su necesidad de patrones, son un reflejo perfecto de las mías. Un espejo donde veo mis propios demonios mirándome con los ojos de mi hijo.

Sobre su escritorio, veo algo que me congela en el sitio: una carpeta azul, etiquetada con su letra precisa: “Datos sobre papá”. La abro, aunque sé que no debería. Aunque es una violación de su privacidad, de su proceso personal.

Dentro, un registro detallado de mi deterioro. Gráficos, tablas, análisis estadísticos. Mi hijo de once años ha estado documentando meticulosamente mi autodestrucción, buscando patrones donde quizás no los haya, intentando predecir lo impredecible. Intentando controlar lo incontrolable. Como yo mismo he hecho toda mi vida.

“Primer episodio grave: Diazepam + Lexatin + Stilnox + desorientación. Duración: 36 horas. Tiempo de recuperación observado: 14 días. Variables contribuyentes: estrés laboral (78%), conflicto familiar (65%), descubrimiento de manuscritos (92%)”.

Y así, página tras página. Mi hijo, convirtiendo el caos de su padre roto en datos manejables. Buscando orden en el desorden emocional. Intentando comprender lo incomprensible mediante números y porcentajes y correlaciones. La herencia más maldita, manifestándose de la manera más dolorosa.

Paso a la habitación de Candela. A diferencia de la precisión matemática de Lorenzo, aquí reina el caos creativo. Dibujos por todas partes. Colores que se derraman de las páginas, que invaden el espacio con su intensidad emocional, que gritan verdades que las palabras no pueden contener.

Un dibujo me llama la atención. Está clavado en el corcho sobre su escritorio. Es un retrato mío, pero no como me veo en el espejo. Es como ella me ve: un hombre partido en dos mitades. Una mitad está hecha de palabras densamente escritas, versos que se enroscan formando un perfil reconocible. La otra mitad está compuesta por código, por números, por patrones matemáticos perfectamente alineados.

Y entre las dos mitades, una grieta por donde sangran colores. Rojos y azules y morados que se derraman hacia abajo, formando un charco en el suelo. La imagen más precisa de mi psique que jamás he visto, traducida al lenguaje visual de una niña de ocho años.

Pero lo que me derrumba, lo que me hace caer de rodillas en medio de la habitación de mi hija, es lo que ha escrito en la parte inferior del dibujo:

“Papá entero. Algún día”.

Un sollozo escapa de mi garganta. No el llanto controlado y consciente de las sesiones de terapia, sino algo primario, visceral. Un grito animal que brota desde ese lugar donde no hay palabras, ni versos, ni códigos, ni patrones. Solo dolor crudo y esperanza insensata.

Es ahí, arrodillado en la habitación de mi hija, aferrando su dibujo como un náufrago se aferra a un trozo de madera, cuando escucho la puerta principal abrirse.

Pasos. Voces. Han vuelto antes.

—¿Papá?

La voz de Candela llega desde el pasillo. Pequeña. Insegura. Asustada.

No puedo dejar que me vea así. No puedo ser otra vez el padre roto, el hombre desmoronándose frente a sus ojos. No puedo confirmar sus peores temores, sus pesadillas cromáticas.

Me levanto, secando mis lágrimas con la manga. Respiro profundamente. Una vez. Dos. Tres. Como me enseñaron en terapia. Como le enseño a ella cuando los colores la abruman.

—Aquí estoy, Candela —respondo, y mi voz suena sorprendentemente firme.

Aparece en la puerta. Se ha cortado el pelo. Un nuevo flequillo enmarca su rostro. Ha crecido en estos meses, o quizás es mi percepción la que ha cambiado. Ya no es mi bebé. Es una niña que ha tenido que madurar demasiado rápido por culpa de un padre inestable.

—Mamá dijo que vendrías a buscar tus cosas —dice, alternando su peso de un pie a otro, un hábito nervioso que ha desarrollado recientemente—. No sabía que sería hoy.

—Yo… lo siento. Pensé que volverían más tarde.

—Está bien —responde, y hay una madurez en su voz que me rompe el corazón—. Puedo salir si quieres estar solo.

—No —digo rápidamente, extendiendo mi mano hacia ella—. No, por favor. Quédate.

Nos miramos durante lo que parece una eternidad. Mi hija y yo, separados por un abismo de daño, de ausencia, de fragmentación. Y entonces, sin previo aviso, corre hacia mí y me abraza. Su pequeño cuerpo se estrella contra el mío con la fuerza de un meteorito emocional. Sus brazos se cierran alrededor de mi cintura como si temiera que pudiera desvanecerme.

—Los colores están diferentes ahora, papá —susurra contra mi pecho—. Ya no son solo negros. Hay azules también. Y un poco de amarillo en los bordes.

La levanto en brazos, como hacía cuando era más pequeña. Es más pesada de lo que recordaba, pero no me importa. La sostengo contra mí como el tesoro invaluable que es. Como la prueba viviente de que, a pesar de todo, algo bueno ha salido de mí.

Sus pequeños puños se aferran a mi camisa con la fuerza desesperada de quien intenta anclar un barco a la deriva. Siento su respiración entrecortada contra mi pecho, cada exhalación una pequeña declaración de necesidad y perdón.

—Te he hecho dibujos —dice, con esa capacidad infantil de pasar del drama a lo práctico en segundos—. Para tu nueva casa. Cuando la tengas.

—Los llevaré conmigo —prometo, sintiendo su peso contra mi pecho, su calor, su vida—. Los pondré en las paredes para recordarme quién soy realmente. Quién quiero volver a ser.

Lorenzo aparece en la puerta. Su cuerpo está rígido, contenido. A diferencia de la explosividad emocional de su hermana, él siempre ha sido de movimientos calculados, de expresiones medidas. De emociones cuantificadas y registradas en cuadernos secretos.

—Papá —saluda formalmente, como si fuéramos adultos en una reunión de negocios.

—Lorenzo —respondo, respetando su necesidad de distancia—. ¿Cómo estás?

—Bien. Los patrones de conducta en el colegio muestran una ligera mejoría. Un 8.3% menos de episodios disruptivos este trimestre.

Traducción: está manejando mejor su ansiedad, sus obsesiones. Está aprendiendo a existir con sus propias heridas, a contener sus propios demonios. A sobrevivir a pesar de la herencia genética que le he transmitido.

—Me alegro —digo, y lo digo en serio—. Estoy orgulloso de ti.

Un ligero rubor tiñe sus mejillas. No está acostumbrado a los cumplidos directos, a las expresiones emocionales sin filtro. Como yo, se siente más cómodo con el código, con los patrones, con lo cuantificable.

—Te he preparado algo —dice, extendiéndome una memoria USB negra, con una etiqueta meticulosamente escrita a mano—. Es un programa. Básicamente, una versión mejorada del traductor de código a poesía. Pensé que podrías necesitarlo… después.

La tomo con manos que tiemblan ligeramente. Es más que un programa. Es un puente entre nuestros mundos. Entre sus algoritmos y mis versos. Entre su forma de procesar el mundo y la mía. Una declaración silenciosa: “No quiero que te fragmentes otra vez”.

—Gracias —logro decir, y la palabra es totalmente insuficiente para lo que siento—. Lo instalaré en cuanto tenga un ordenador configurado.

Laura aparece tras ellos. Su rostro se transforma al verme, pasando del desconcierto inicial a una furia glacial que reconozco demasiado bien. Es esa rabia contenida, calculada, la que usa cuando ha tenido tiempo suficiente para convertir el dolor en munición de precisión.

—¿Qué cojones haces aquí? —dice con una voz peligrosamente baja, medida para que los niños escuchen la amenaza pero no su magnitud completa.

—Sandra me trajo —explico, bajando a Candela suavemente mientras siento cómo mi estómago se contrae—. Pensé que estaríais fuera hasta más tarde.

—La clase de natación de Candela se canceló —responde, y sus dedos se contraen en ese gesto que hace cuando se contiene para no estallar—. Y no me has respondido. ¿Qué haces en MI casa?

Enfatiza el “mi” con una posesividad territorial que corta como un cuchillo. Ya no es nuestra casa. Es su territorio, su fortaleza contra mi caos.

Un silencio incómodo cae entre nosotros. Los niños nos miran alternativamente, Lorenzo calculando variables de conflicto, Candela percibiendo los colores tóxicos que seguramente ve emanar de nosotros.

—Vine por unas cosas —consigo decir—. Para el traslado. No pretendía…

—¿No pretendías qué, Marco? —me interrumpe con unos ojos que brillan de ira contenida—. ¿No pretendías aparecer sin avisar después de otra puta recaída? ¿No pretendías mentir otra vez? ¿No pretendías hacernos creer que esta vez sí era diferente?

Los niños se tensan visiblemente. Lorenzo comienza a contar en voz baja—uno, dos, tres, cuatro…—su mecanismo de defensa ante el conflicto. Candela se aferra a mi pierna, con ojos enormes y asustados.

—Niños —dice Laura, sin apartar su mirada de mí—. Id a vuestras habitaciones ahora mismo.

—Pero mamá… —comienza Candela.

—AHORA —la voz de Laura no admite réplica. Es el tono que reserva para las situaciones de emergencia familiar.

Lorenzo toma la mano de su hermana y la guía hacia las escaleras, no sin antes lanzarme una mirada que contiene demasiada sabiduría para un niño de su edad, demasiada resignación ante un patrón que ya conoce demasiado bien.

—Laura, por favor —intento cuando los niños están fuera de alcance—. Podemos hablar de esto civilizadamente.

—¿Civilizadamente? —su risa es breve y cortante—. ¿Después de lo que has hecho? ¿Después de que te dejara entrar otra vez y volvieras a traicionarnos?

Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con la precisión de quien conoce exactamente mis puntos vulnerables.

—Te creí, Marco —dice, y cada palabra es un dardo envenenado—. Creí en tu sobriedad. Creí en tu “nuevo comienzo”. Creí que esta vez sí era diferente. Te dejé acercarte a los niños otra vez, te dejé recuperar su confianza. —Su voz se quiebra momentáneamente, pero se recupera con una dureza renovada—. ¿Y para qué? ¿Para que vuelvan a verte destrozado? ¿Para que tengan otro recuerdo traumático más?

—No fue así —intento explicar—. No fue una recaída como las anteriores. Fue…

—Me importa una mierda cómo lo llames —me corta—. La cuestión es que siempre vuelves al mismo punto. Siempre encuentras una excusa. Siempre hay una justificación para tu siguiente desastre.

Se cruza de brazos, con ese gesto defensivo que usa cuando se siente acorralada, pero que se niega a mostrarlo.

—Ya no puedo más, Marco. Esta vez se acabó de verdad. Sandra puede recoger el resto de tus cosas mañana, cuando yo no esté. No quiero verte aquí cuando vuelva.

—¿Y los niños? —pregunto, sintiendo cómo el pánico me sube por la garganta—. Necesito despedirme al menos, explicarles…

—¿Explicarles qué? —su voz se eleva peligrosamente—. ¿Que papá volvió a elegir sus demonios por encima de ellos? ¿Que todas esas promesas sobre estar mejor eran mentira? No, Marco. Ya he tenido que explicarles demasiadas cosas. Esta vez serás tú quien les escriba una carta que yo revisaré antes de dársela. Si es que eres capaz de ser honesto por una puta vez en tu vida.

Me quedo inmóvil, absorbiendo cada golpe verbal, reconociendo la justicia terrible en su furia. No tengo derecho a defenderme, no después de lo ocurrido.

—Laura… —intento una última vez, pero ella levanta una mano, deteniéndome.

—Vete. Ahora. Antes de que bajen los niños y tengan que presenciar otra escena más. Ya han visto suficientes como para llenar una vida entera de terapia.

Su postura es inflexible, su mirada impenetrable. Veo en ella a la mujer que ha sobrevivido a Eva, a mi cáncer, a mis adicciones, a mis abandonos repetidos. La que ha tenido que ser fuerte porque yo elegí ser débil. La que ha convertido su dolor en una armadura impenetrable porque yo convertí el mío en autodestrucción.

Sandra espera pacientemente mientras recojo los últimos vestigios de mi existencia fragmentada. No pronunciamos palabra mientras bajamos con las cajas. En el recibidor, escucho a Lorenzo consolando a Candela arriba, sus voces un murmullo ahogado que me perseguirá en pesadillas.

Cuando estoy a punto de cruzar el umbral por última vez, la voz de Laura me detiene:

—Marco.

Me giro, con un último destello de esperanza irracional.

—Devuélveme las llaves —dice, extendiendo su mano con la palma hacia arriba—. No volverás a entrar en esta casa sin mi permiso expreso.

Deposito las llaves en su mano, evitando cualquier contacto. Ella cierra el puño sobre el metal, como aplastando físicamente el último vínculo que nos unía.

—Adiós, Marco.

Y cierra la puerta, el sonido final de una sentencia ejecutada sin posibilidad de apelación.

—¿Dónde vas a quedarte? —pregunta Sandra mientras cargamos el maletero—. Hasta que arregles lo de la bodega.

—Hotel, supongo —respondo—. Unos días. Hasta que pueda organizar el viaje a la finca del abuelo.

—Puedes quedarte en mi piso —dice—. En la habitación libre de la plancha. Ya sabes que no es gran cosa, pero…

—Gracias —la interrumpo, genuinamente conmovido—. Pero creo que necesito estar solo por un tiempo. Procesar todo esto. Encontrar mis propios ritmos sin la estructura del hospital.

Sandra asiente, comprendiendo. Hay aceptación en su mirada, no el rechazo que temía encontrar. La compasión que solo puede tener alguien que ha visto este proceso antes, que ha estado al otro lado del abismo.

—La oferta sigue en pie —dice—. Por si acaso.

Cuando cargamos la última caja en su coche, me detengo un momento para mirar la casa. El hogar que construimos. El que destruí con mi silencio, mis mentiras, mi autodestrucción elegida. Una ola de nostalgia amenaza con ahogarme. Mi cuerpo entero anhela volver a este espacio que ya no me pertenece, a esta vida que ya no es mía, como si mis células no hubieran recibido la notificación de expulsión, como si mi sistema nervioso siguiera mapeado según una geografía emocional obsoleta.

—Volverás —dice Sandra, interpretando mi silencio—. Quizás no a vivir aquí. Quizás no como marido o como compañero. Pero volverás como padre. Como amigo. Como la versión integrada de ti mismo que estás construyendo.

Sus palabras son un ancla en medio de la tormenta emocional. Una promesa de un futuro que quizás no sea como lo imaginé, pero que podría ser suficiente. Que podría ser digno. Que podría ser auténtico, por primera vez.

—Vamos —dice, dándome un ligero empujón—. Un paso a la vez, ¿recuerdas? Un día a la vez.

Un paso a la vez. Un día a la vez. Un byte a la vez. Un verso a la vez.

El nuevo sistema operativo se está instalando. Y esta vez, no hay opción de cancelar. No hay posibilidad de escape. No hay químicas voluntarias que filtren la realidad. Solo este camino largo y doloroso hacia la integración de todas mis partes, incluso las rotas, especialmente las rotas.

Mientras el coche avanza por la calle familiar que pronto dejará de serlo, veo a mis hijos en la ventana. Lorenzo, erguido y analítico. Candela, expresiva y emocional. Dos mitades de mi ser, separadas y contenidas en cuerpos distintos. ¿Podré ser para ellos el padre que merecen? ¿Podré integrar mis fragmentos lo suficiente para no transmitirles más dolor, más caos, más silencio corrosivo?

No lo sé. Pero por primera vez en mucho tiempo, creo que es posible intentarlo. Y quizás, solo quizás, ese intento sea suficiente para empezar.

Interactúa con el capítulo

Envía un mensaje privado al autor. Solo él podrá leerlo y responder si dejas tu email.