VI. La lucha interior
El retorno de la inspiración
Vuelve a manar la fuente sacrosanta
de estos dedos que tejen lo divino,
versos que un día fueron torbellino
de sombras que mi espíritu quebranta.
Pero las sombras huyen, se levanta
un nuevo resplandor en mi destino:
credos de luz que tornan cristalino
lo que esta mano, al fin libre, decanta.
La tinta brota cual sagrado río,
mas sé que el manantial no está en mis manos:
tú eres la fuente, amada luz que ansío.
Tú eres la musa de versos arcanos,
y sabes que estos cantos que confío
llegan a ti, perfectos y tempranos.
El destierro y el regreso
Antaño abandoné mi noble pluma;
debí romperla en trozos de cristales;
debí arrojarla a fuegos ancestrales:
esta voz que en mi ser tanto rezuma.
Pensé que renunciar a tanta bruma,
a versos de reflejos siderales,
bastaría para cerrar portales
de una voz que el silencio no consuma.
Hoy regresa con fuerza renovada,
convirtiendo mis dedos en un templo
donde cada palabra es llamarada.
Nunca debí olvidar este contemplo:
el don que torna en oro la alborada
y hace que el dolor brille cual ejemplo.
El alma indomable
¿¡Cómo puedo lograr que mi alma no hable!?
Creer que puedo hacer que no te llame,
evitar que mi esencia se derrame,
ser, sin ser… Lo lamento: es algo inviable.
Lo intento y, aunque mi intento es muy notable,
es difícil que mi alma no te aclame
y mi esencia tu nombre no reclame;
silenciarla es cortarla con un sable.
Sé que debe de hacerse y así será hecho:
pronunciaré tu nombre con mutismo;
no dejaré que salga de mi pecho.
Vaciaré a esas palabras de erotismo;
tu nombre ocultaré en mi frío lecho;
quizás oculte tu nombre aquí mismo.
La paradoja de la soledad
Anhelo soledad si no estoy solo;
solo encuentro vacío entre la gente,
pues es entre la turba donde siente
mi ser la ausencia del sagrado polo.
En la soledad sagrada me inmolo,
libero a mi ser más puro y consciente;
en soledad mi esencia transparente
alza el vuelo que siempre me aureolo.
En soledad percibo compañía
y, si estoy rodeado, el alma llora,
pues pierde su divina melodía.
Tengo en la soledad lo que atesora
mi espíritu: tu luz junto la mía;
soy pleno en mi silencio, hora tras hora.
El disfraz del alma
Si el alma fuera una piel transparente,
si el ser interno se hiciera visible,
si lo oculto se tornara tangible,
si el amor se nos mostrara presente…
¡Qué divino sería y cuán ardiente
mirar al mundo en su luz imposible!
¡Qué sagrado ese momento increíble
de revelar lo que cada uno siente!
Mostrar todos los secretos guardados,
liberar todos los sueños eternos
que se adormecen en tiempos pasados;
descubrir nuestros anhelos internos,
al fin vivir nosotros, no velados…
Mas solo dulces sueños son, modernos.
Las preguntas sin respuesta
Buscamos el porqué de cada cosa
cuando nada precisa ser nombrado;
perseguimos un signo designado
cuando el ser en sí mismo ya reposa.
Lanzamos la pregunta silenciosa
al vacío del tiempo consagrado,
mas emerge el dolor desesperado
de un alma que se siente tan ansiosa.
Este enigma es el cáliz que bebemos:
inquietudes y dudas ancestrales,
piedras donde constantes tropecemos;
senderos de misterios eternales,
caminos donde nunca pararemos,
designios que se tornan inmortales.
Renacimiento poético
Como aves que regresan a su nido,
los versos retornan a mi memoria;
cada letra renace con gran gloria,
cual tesoro que se hallaba escondido.
Este canto, que descansa fundido
con mi esencia, reconquista su historia;
mi alma, antes reclusa en su propia escoria,
se eleva libre del tiempo dormido.
Te contemplo en la mente, persistente,
iluminas mis horas, cual lucero;
si te alejas, mi ser queda doliente.
Si no brillas en mi mundo sincero,
todo es gran sombra en la noche inclemente:
sin tu fulgor en el alma yo muero.
Lágrimas de amor
“Quisiera consolar todas tus penas”,
me dices, mas yo anhelo este quebranto;
son lágrimas de amor, es sacro llanto,
déjalas que en mi ser fluyan serenas.
Si recluyo este duelo entre mis venas,
me encierro en soledad, pierdo mi canto;
estas lágrimas duelen, duelen tanto,
mas son del alma heridas tan amenas.
Si ceso en este llanto, tu memoria
se me esfuma y, al perderte, me resigno
a encerrarme de nuevo en mi honda noria.
Si das consuelo al duelo, yo me indigno:
mi pluma necesita esta victoria
del llanto que me vuelve más benigno.
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