VIII. El silencio y la resignación
El adiós silencioso
Dices que no, mas veo que te alejas
por los senderos de niebla y de olvido;
tus palabras son un viento perdido,
y tus sentimientos yacen tras rejas.
Contemplo cómo en silencio me dejas,
veo tu fuego interior extinguido;
sé que si hablas de este amor escondido,
pagas con gran dolor cuando te quejas.
Nada puede cambiar estos caminos
que el destino nos trazó diferentes:
somos cual peregrinos clandestinos.
Dos almas en dos mundos divergentes,
cruzadas por los designios divinos:
debemos cesar en estos presentes.
El silencio inevitable
Era cuestión del tiempo que viniera;
era el paso que el aire predecía:
este silencio que en la noche fría
como niebla callada descendiera.
¿Por qué buscar en ruta pasajera
un amor que al destino desafía?
¿Por qué, si cada estrella nos desvía?
¿Por qué el vuelo imposible persistiera?
La razón es un cáliz cristalino
que vierte la verdad en cada rama;
¡cómo hablar de este amor que pierde el tino!
La vida otros senderos nos reclama;
ruego que este silencio vespertino
no consuma el jardín que nos inflama.
El silencio vencedor
Ya llegó este silencio tan temido,
sin ruido alguno ni una despedida;
venció a este mi amor en franca embestida:
siento mi pecho en llamas consumido.
Tiemblo sin razón y casi vencido,
al concebir que aquella luz querida,
la que daba sentido a esta mi vida,
se distancia sin rumor definido.
No entiende este hallado amor tan profundo
lo que guardo para ella en mi interior:
un puro amor, en esencia fecundo.
Es un amor sin mancha y sin error,
es el tesoro más noble del mundo:
no sé si comprende tanto fervor.
Adiós silencioso
Tú proclamas que me amas, mas callada
prefieres mantener este momento;
yo respeto tu sagrado aislamiento,
aunque mi alma se quede lacerada.
He cruzado una distancia ignorada
hasta hallarte en mi propio firmamento;
contemplo ahora, con hondo lamento,
cómo el silencio se vuelve tu espada.
Sé que no seremos en esta vida,
mas no quiero renunciar al tesoro
de esta pasión en mi ser esculpida.
Sé bien que no seremos, y aunque imploro
contra esta certeza ya presentida,
mi esencia busca esa tu luz que añoro.
El tiempo y el silencio
Contemplo cómo el tiempo sacro avanza
mientras sepulto en criptas ancestrales,
bajo silencios casi celestiales,
este ser que a tu esencia siempre alcanza.
Ahogo al yo que en noches de esperanza
vierte letras cual ríos eternales,
nacidas del amor que, en sus señales,
busca evitar que el alma no te danza.
¿Cómo decir que eres la luz primera,
que cada instante en ti se hace infinito,
que mi espíritu en ti siempre te espera?
¿Cómo expresar lo que en mi ser habito,
si siento que esta voz ya no prospera?
Mi alma te llama: en ti me deposito.
Palabras inevitables
Salve, alma mía: sé que debo ahora
sellar mis labios en sagrado rito,
mas esta voz, cual pájaro infinito,
me domina y en mis versos se demora.
Sé que el silencio es la ley redentora,
mas compruebo este mi canto inaudito
que, a cada instante, invoca lo prescrito:
me ahogo en estas letras que atesora.
No diré que tu ausencia me desvela;
no diré cuántas veces el recuerdo
de un beso sacro el alma me revela.
No diré que en cada noche me pierdo;
sé bien que si esta verdad se rebela,
no hallará más descanso: en ella muerdo.
El amor incomprendido
Aquel que entre sus brazos te contiene,
quien tiene tus auroras y tus flores,
no advierte la grandeza de fulgores
que tu alma, como estrella, en sí mantiene.
No ve el tesoro que de ti proviene,
ni entiende la verdad de tus candores;
aquel que no comprende tus valores
es quien, sin merecerte, te retiene.
Él te ostenta y mi esencia te solloza,
pues debo conservar las apariencias
ante un mundo que juzga y que no goza.
Me hablaste de sentir las transparencias
de mis versos, cual lluvia que se posa;
mas hoy callas y ocultas evidencias.
Ruego al rival
Tú, que la tienes como don sagrado;
tú, que guardas su esencia tan divina,
cuida el tesoro que el cielo destina
a tus manos: es cáliz consagrado.
Tú, que caminas por su llama guiado;
yo ni siquiera alcanzo su neblina;
me ahogo en estos versos que la espina
clava en mi pecho, ya desesperado.
No diré que es sencillo este tormento,
pues para mí la guerra está perdida;
yo, que la amo con sacro sentimiento,
renuncio a ser con ella en esta vida;
renuncio a ser su eterno firmamento:
es tuya, tienes mi alma preferida.
El cielo perdido
Tú me mostraste el cielo en tu mirada:
un cielo de almas puras que me inspira;
mas bien contemplo cómo se retira,
pues lo velas con sombra desolada.
Quizás existas solo en la sagrada
visión que el corazón, cuando delira,
forja de un alma eterna que suspira
buscando a su otra mitad anhelada.
Me bato contra el duelo en mi lamento;
me hiere no tenerte en mi camino;
me duele ver tan lejos el portento.
Es cierto que ese cielo es del destino,
mas contigo me alcé en vuelo un momento
que obró otro ser ante el que hoy yo me inclino.
El juego del amor
¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué el desasosiego
sale triunfante si, antes, ante el miedo,
siempre hablaba este amor con sacro credo,
mágico amor que helaba con su fuego?
Ambos retozamos, mas no fue un juego:
fuimos pasión sagrada en este enredo
donde liberé un ser que ahora ledo
silencio, pues te enlazo a un amor ciego.
Pase lo que pasare en este sino,
nada ocurriría… mas en la nada
quedé, tras este amor que es peregrino.
Soy aquel que nunca fui por tu mirada,
y aunque errase mil veces el camino,
yo volvería a errar por ti, mi amada.
Contemplación final
Te observo desde lejos, en la grada,
te miro con la calma del lucero;
sin la prisa del tiempo pasajero
que todo lo transforma en polvo y nada.
No me pidas borrar de la alborada
tu mirada de sol y de romero,
ni el baile de tu pelo, mensajero
del viento que acaricia la enramada.
Un momento, un destello fugitivo,
pude haber conquistado el universo,
mas detuve este impulso tan activo.
Desde entonces, cual nómada disperso,
sueño hacer tu semblante más altivo:
espero ser contigo un ser diverso.
La tormenta de su partida
Se esfumó cual tormenta desatada
en mi arena de fuego y de pesar:
fuerza elemental, que vino a arrasar
mi sustancia, ya rota y desgastada.
Viento y tierra en mi esencia desgajada,
polvo y agua impidiendo mi respirar,
sed de fuego en eterno suspirar,
soledad en materia disgregada.
Es espectro de antiguos elementos,
nostalgia de los aires ya perdidos
en la esencia fatal de los momentos.
Es el éter de días compartidos,
convertido en mortales elementos:
realidad de fuegos extinguidos.
Elixir del Pensamiento
Se extingue el elixir del pensamiento;
la pluma, como un astro que declina,
se arrastra por la página que inclina
mis sueños hacia el fuego macilento.
En criptas de silencio me aposento,
custodiando una esencia que fascina.
Con sangre de mis venas más divina,
trasmuto el folio en oro ceniciento.
Discurren los secretos como estrellas
fugaces por mi mente que los nombra,
mas estas manos, ávidas de huellas,
inquietas, desde el fondo de la sombra,
recogen el estilo. Sus centellas
se apagan cuando el éter las asombra.
Interactúa con el capítulo
Envía un mensaje privado al autor. Solo él podrá leerlo y responder si dejas tu email.