IV. El silencio y la distancia
El silencio inevitable
Era cuestión de tiempo:
llegó el silencio, mudo y soberano;
te vi en fatal destempo,
cual sueño tan lejano
que escapa entre los dedos del verano.
Cual roca te levantas,
ya muda ante mi canto y mis señales;
tus voces, que eran santas,
se ocultan cual cristales
que temen revelar sus celestiales.
Hay crónicas sagradas
de amor que entre palabras florecieron;
son páginas doradas
que solas se escribieron:
historia que los hados permitieron.
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